Luke Evans pasó su infancia protegiendo a su hermana de un hombre violento. Ahora, a los veintisiete años, tiene un taller mecánico en Grecia y una oportunidad de empezar de cero. Solo hay algo que amenaza su tranquilidad:
Aria Greco.
La hija consentida de un poderoso mafioso es todo lo que Luke cree que debe evitar. Sin embargo, un solo beso basta para hacerle perder el control y despertar miedos que lleva años escondiendo. Asustado, se aleja y comete el peor error: decirle que besarla fue una equivocación.
Aria ha crecido rodeada de amor, pero jamás había sentido algo tan intenso como lo que Luke despierta en ella. Herida en su orgullo, decide mantener las distancias. El problema es que ninguno consigue olvidar aquella tarde.
Él teme convertirse en el hombre que más odia. Ella se niega a mendigar amor.
Pero algunas tentaciones son imposibles de resistir.
NovelToon tiene autorización de Yesenia Stefany Bello González para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Algo real
Aria
Soy una idiota.
Una completa idiota.
Una idiota con estudios universitarios, una familia maravillosa y absolutamente ninguna capacidad para comportarse como una persona normal delante de un hombre.
—La segunda mejor cosa que ha tenido en la boca —murmuro mientras cierro la puerta de mi automóvil—. ¿En serio, Aria? ¿Tenías que preguntarle qué era lo primero?
Camino hacia la entrada de casa con el bolso colgando del hombro.
Y lo peor es que sé perfectamente a qué se refería.
Lo supe en cuanto sonrió.
Esa maldita sonrisa.
Esa manera de levantar apenas una comisura de los labios mientras me miraba como si recordara exactamente lo mismo que yo.
Porque lo recuerda.
Estoy segura.
Y eso solo empeora las cosas.
—Tres semanas evitándolo para terminar sonrojándote por un comentario sobre galletas —continúo, empujando la puerta principal—. Excelente trabajo, Aria Greco. Realmente extraordinario.
—¿Estamos hablando de las galletas o de algún hombre?
Me detengo.
Cierro los ojos.
Por supuesto.
Porque mi vida no podía empeorar un poquito más.
Mi madre está sentada en uno de los sofás del salón, con una taza de té entre las manos y esa expresión que conozco demasiado bien.
La expresión de una mujer que acaba de encontrar entretenimiento gratuito.
—Hola, mamá.
—Hola, cariño. —Inclina la cabeza—. ¿Quién es el hombre?
—Nadie.
—Interesante. —Bebe un sorbo de té—. No sabía que Nadie pudiera hacerte hablar sola desde el estacionamiento.
La miro.
—¿Me escuchaste desde afuera?
—Cariño, estabas discutiendo contigo misma mientras caminabas por el jardín. Si los vecinos hablan italiano, también se enteraron.
Fantástico.
Dejo el bolso sobre una silla.
—Estoy cansada.
—Yo también.
Parpadeo.
—¿De qué?
Mi madre deja lentamente la taza sobre la mesa.
—De esto. —Hace un gesto con la mano, señalándome de arriba abajo—. De verte caminar por esta casa como si llevaras tres semanas intentando resolver un misterio internacional.
Abro la boca.
—Mamá...
—No he terminado.
La cierro.
Conozco ese tono.
Es el mismo que utiliza cuando Adamo hace alguna estupidez y pretende convencerla de que tiene todo perfectamente controlado.
Normalmente termina con alguien recibiendo un sermón.
Casi siempre Adamo.
—He intentado darte tu espacio —continúa—. Tres semanas, Aria. Tres semanas enteras evitando meterme en tus asuntos.
Levanto una ceja.
—¿Tú?
—Sí, yo.
—¿Tres semanas?
—No arruines mi momento de madurez. —Tengo que contener una sonrisa. Mi madre señala el sofá frente a ella—. Y tampoco quiero darle material a tu padre, porque como descubra que hay un hombre involucrado en tu estado de ánimo, tendremos a media Grecia bajo vigilancia antes de la cena.
Resoplo.
No está exagerando demasiado.
Papá es maravilloso.
El mejor padre del mundo.
Pero también es Damián Greco.
Y tiene ciertas dificultades para recordar que su hija ya no necesita que revise los antecedentes penales de todos los hombres que se cruzan en su camino.
—Así que —continúa mamá—, he decidido que ya estoy harta de escucharte rumiar por los rincones. Vas a sentarte ahora mismo, jovencita, y vas a decirme qué demonios pasa entre tú y Luke Evans.
Me quedo inmóvil.
Mierda.
—¿Luke?
Mi madre me mira lentamente.
—No, cariño. El papa de Roma. Claro que Luke.
Suspiro.
—No pasa nada entre nosotros.
—Perfecto. Entonces no tendrás ningún problema en explicarme ese nada. —Señala nuevamente el sofá—. Siéntate.
La observo durante unos segundos.
Después dejo caer los hombros derrotada.
Completamente derrotada.
Porque hay algo que mi madre siempre ha sabido hacer mejor que cualquier otra persona.
Conseguir que le cuente absolutamente todo.
Tengo buenas relaciones con muchas personas. Crecí rodeada de primos, tíos y amigos de la familia. La mayor parte de mi vida he estado acompañada de hombres escandalosos, sobreprotectores y convencidos de que sus opiniones son extraordinariamente importantes.
Empezando por mi hermano gemelo.
Adamo y yo aprendimos a caminar juntos, a pelear juntos y a meternos en problemas juntos.
Supongo que por eso siempre me ha resultado más sencillo relacionarme con hombres.
Con Nino puedo discutir durante horas.
Con Remo puedo sentarme a conversar de cualquier cosa sin preocuparme por cómo sueno.
Mis primos me conocen demasiado bien como para impresionarse por algo que diga.
Y con Cassidy y Katrina es diferente, pero igualmente fácil. Ambas tienen esa manera directa de enfrentarse al mundo que me resulta familiar.
Nunca he sido especialmente buena con los grupos de chicas que se reúnen a analizar cada mirada, cada mensaje o cada palabra de un hombre.
Lo cual es bastante irónico considerando que llevo tres semanas haciendo exactamente eso.
Solo que conmigo misma.
Pero mamá... Mamá es otra cosa.
Es mi mejor amiga.
La persona a la que puedo contarle mis mayores vergüenzas sin miedo a que deje de quererme.
Aunque eso no significa que vaya a evitar burlarse de mí.
De hecho, probablemente hará ambas cosas al mismo tiempo.
Me siento frente a ella.
—No quiero que se lo cuentes a papá.
Su expresión cambia.
No mucho. Pero lo suficiente.
—¿Es algo que debería preocuparme?
—No.
—¿Luke te hizo daño?
La pregunta sale tan rápido que casi parece un reflejo.
—No, mamá.
Me observa.
—¿Estás segura?
—Sí.
Hace una pausa.
—Bien. —Se acomoda en el sofá—. Entonces tu padre no tiene por qué enterarse de una conversación privada entre nosotras.
La miro con desconfianza.
—¿Lo prometes?
—Aria, he pasado más de veinte años casada con Damián Greco. Créeme cuando te digo que sé perfectamente cómo guardar secretos cuando es necesario.
Sonrío.
—Está bien.
—Ahora habla.
Miro mis manos.
No sé por dónde empezar.
Eso es lo peor.
He repasado lo sucedido tantas veces que debería ser capaz de recitar cada segundo sin equivocarme.
Pero decirlo en voz alta... Eso lo convierte en algo real.
—Creo que me gusta Luke.
Aria ya te dijo que ella quiere todo contigo
ya luke será tan tonto en volver apartarla
creo que luke necesita ayuda