Isabella Dalmavere eligió una vida de fe, convencida de que su corazón había encontrado por fin un lugar al que pertenecer. Entre los muros de un antiguo convento, las oraciones y el silencio, creyó que podría mantenerse alejada de todas aquellas emociones que alguna vez despertaron su curiosidad por el mundo.
Hasta que conoció a Dorian Virelli.
Rico, elegante y acostumbrado a conseguir cuanto desea, Dorian nunca había encontrado una mujer capaz de despertar tanto su interés como aquella novicia de mirada dulce y voluntad inquebrantable. Isabella no se impresiona con su fortuna, no se deja seducir por sus palabras y, sobre todo, no está dispuesta a renunciar a sus convicciones por un hombre al que apenas conoce.
Pero Dorian no sabe aceptar una negativa.
Sus visitas se vuelven cada vez más frecuentes. Sus conversaciones, más personales. Y lo que comienza como una atracción inesperada se transforma en una obsesión que amenaza con derribar las barreras que Isabella ha construido alrededor de su corazón.
Él le pedirá una oportunidad una y otra vez. Ella se la negará, decidida a proteger la vida que ha elegido.
Hasta que Dorian tome una decisión que cambiará sus destinos para siempre: llevársela por la fuerza, arrancándola del único mundo que conoce y enfrentándola a una realidad que jamás imaginó.
Volumen 1 de la saga Virelli.
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La invitación que no debía aceptar
Dorian Virelli llevaba tres días sin visitar el convento de Santa Lucía y empezaba a detestar aquella decisión. Había prometido mantenerse ocupado, dejar que Isabella Dalmavere continuara con su vida y evitar presentarse cada vez que encontraba una excusa para verla. Sin embargo, cuanto más intentaba convencerse de que podía esperar, más insoportable se volvía la distancia. No quería conformarse con encuentros breves en un patio ni con conversaciones que terminaban cuando ella decidía marcharse. Quería conocerla fuera de aquellos muros, descubrir qué pensaba cuando nadie la observaba y saber si alguna vez se permitía dudar de la vida que había elegido.
El viernes por la mañana, Matteo entró en su despacho con una carpeta entre las manos. La restauración de la biblioteca había avanzado más rápido de lo previsto y la madre superiora había enviado una invitación formal para una pequeña recepción en agradecimiento a los patrocinadores. Dorian leyó la carta dos veces. El evento sería el domingo por la tarde y asistirían algunos colaboradores, miembros de la comunidad y las religiosas responsables del proyecto.
—No pongas esa cara —comentó Matteo—. Es una invitación, no una sentencia.
—No he dicho nada.
—Pero ya estás pensando qué vas a ponerte.
Dorian dejó la carta sobre el escritorio y lo miró con frialdad.
—Quiero que preparen el automóvil para el domingo.
Matteo sonrió, aunque tuvo la prudencia de no continuar con las bromas. Conocía a su jefe desde hacía años y sabía distinguir cuándo una idea pasajera se convertía en una obsesión. Lo que no sabía era cuánto tiempo tardaría Dorian en comprender que Isabella no era un problema que pudiera resolver con dinero, paciencia calculada o una voluntad más fuerte que la suya.
El domingo llegó con un cielo despejado y una brisa fresca que agitaba los cipreses del jardín. Dorian apareció vestido de negro, impecable, con un pequeño obsequio destinado a la comunidad y la seguridad de quien estaba acostumbrado a ser recibido con sonrisas. La madre superiora lo saludó cordialmente y le agradeció su apoyo. Durante los primeros minutos, él cumplió con las formalidades, conversó con los encargados de la restauración y escuchó los comentarios sobre el trabajo realizado. Sin embargo, sus ojos recorrían el salón buscando una figura conocida.
La encontró cerca de una ventana, conversando con dos religiosas. Isabella llevaba su hábito habitual y sostenía una bandeja con pequeñas tazas de café. Parecía tranquila, completamente ajena a la inquietud que su presencia provocaba en él. Cuando sus miradas se encontraron, ella inclinó ligeramente la cabeza a modo de saludo, pero no se acercó.
Dorian tuvo que ser quien cruzara el salón.
—Hermana Isabella, esperaba encontrarla aquí.
—Es una reunión del convento, señor Virelli. Era bastante probable.
La respuesta le arrancó una sonrisa involuntaria.
—Siempre encuentra la manera de recordarme que no soy especial.
—No debería necesitar que yo se lo recuerde.
—¿Alguna vez podría hablarme sin levantar una muralla entre nosotros?
Isabella dejó la bandeja sobre una mesa antes de contestar.
—Podemos hablar con cortesía. Lo que no puedo hacer es fingir que sus intenciones no me incomodan.
La sonrisa de Dorian desapareció parcialmente. Había esperado que el ambiente, la presencia de otras personas y la ocasión especial suavizaran la actitud de Isabella. En cambio, ella seguía siendo tan directa como siempre.
—No he venido a discutir —dijo él—. Quiero pedirle algo.
—Lo escucho.
—Acompáñeme a conocer la exposición de arte que inaugurarán el próximo mes en Florencia. Será una visita privada, con obras antiguas y una colección que creo que le interesaría.
Isabella lo observó en silencio. Durante un instante, Dorian creyó que la propuesta había despertado su curiosidad, pero ella negó con suavidad.
—No puedo aceptar esa invitación.
—Ni siquiera ha preguntado qué obras estarán expuestas.
—No necesito conocer la colección para saber que no quiero salir con usted.
—No he dicho que tenga que ser una cita.
—Pero usted sí sabe por qué me está invitando.
Dorian apretó los dedos alrededor de la copa que sostenía. Odiaba aquella capacidad de Isabella para atravesar sus excusas sin esfuerzo. Estaba acostumbrado a que las personas aceptaran sus invitaciones, a que su presencia despertara interés y a que las negativas fueran simples obstáculos que podían resolverse. Con ella, cada intento parecía conducirlo al mismo lugar.
—¿Qué tendría que hacer para que aceptara pasar una tarde conmigo? —preguntó, bajando la voz.
—Dejar de insistir.
—Eso no es lo que quiero escuchar.
—No tengo la obligación de darle la respuesta que desea.
Dorian se quedó callado. Había muchas cosas que quería decirle, algunas demasiado sinceras y otras demasiado egoístas. Quería confesarle que pensaba en ella al despertar, que su ausencia lo irritaba y que comenzaba a sentir celos incluso de las personas que simplemente compartían una conversación con ella. Pero sabía que reconocerlo no le concedería ninguna ventaja.
—No estoy acostumbrado a querer algo tanto y no poder acercarme —admitió finalmente.
Isabella suavizó apenas la expresión, aunque no retrocedió en su decisión.
—Entonces quizá debería preguntarse por qué necesita conseguirlo a toda costa.
Antes de que Dorian respondiera, la madre superiora se acercó para solicitar la ayuda de Isabella con unos documentos. Ella se disculpó y se marchó sin esperar una respuesta. Dorian la siguió con la mirada, sintiendo que la conversación había terminado una vez más sin que él consiguiera nada.
Permaneció en la recepción hasta el final. Agradeció a los presentes, confirmó que continuaría financiando las reparaciones y se despidió de la madre superiora. No volvió a buscar a Isabella, aunque tuvo que contener el impulso de hacerlo cuando la vio cruzar el corredor hacia la biblioteca.
Ya dentro del automóvil, Matteo lo observó desde el asiento delantero.
—¿Aceptó la invitación?
—No.
—¿Y vas a dejar de intentarlo?
Dorian contempló los jardines que se alejaban detrás de la ventana.
—No voy a fingir que ya no me importa.
—No es lo mismo que respetar su respuesta.
Dorian volvió la cabeza hacia él, molesto por aquella observación. Sin embargo, esta vez no encontró una réplica inmediata.
La negativa de Isabella seguía siendo clara. Él podía desearla, pensar en ella y anhelar una oportunidad, pero no podía transformar ese deseo en una decisión compartida.
Aun así, mientras el automóvil avanzaba por la carretera, Dorian tomó una determinación: encontraría una forma de acercarse que no dependiera de una invitación rechazada. Necesitaba descubrir si existía algún vínculo entre ellos más allá de su propia fascinación.
Lo que todavía no sabía era si tendría la paciencia necesaria para aceptar lo que Isabella eligiera, incluso si su elección significaba mantenerlo lejos para siempre.