Unidos por sueños compartidos y separados por oscuras mentiras, Alexander y Alana deberán luchar contra la traición para descubrir que el amor verdadero siempre encuentra el camino a la realidad.
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Capítulo 9: Prisionero de su propio imperio
Punto de vista: Alana
El reloj del taller de diseño marcaba casi las siete de la noche.
La mayoría de los pasantes ya se habían retirado a descansar, pero yo continuaba sentada frente a la pantalla de mi estación de trabajo, rodeada de planos impresos y tazas de café vacías.
Necesitaba terminar los cálculos de carga estructural para la propuesta de Malibú. Necesitaba demostrarle a Alexander Hale que no solo tenía "alma", sino que mi trabajo era impecable.
Pero, sobre todo, necesitaba mantener mi mente ocupada para no volverme loca recordando el roce del dorso de su mano contra mi antebrazo. Todavía sentía el fantasma de esa descarga eléctrica quemándome la piel.
—Alana, ya es muy tarde —dijo Mateo, acercándose con su maletín en la mano y la chaqueta sobre el brazo—. Te vas a agotar el primer día. Vámonos a cenar algo cerca del departamento.
—Adelántate, Mateo —sonreí levemente, ajustando una cifra en el software de cálculo—. Solo me falta imprimir el último corte transversal y guardar los archivos en el servidor central. Me toma diez minutos.
Mateo suspiró con resignación, aunque una sonrisa afectuosa iluminó su rostro.
—Está bien, te espero en el vestíbulo del primer piso. No tardes o iré a buscarte.
—Prometido —asentí.
Cinco minutos después, tomé la carpeta con los planos impresos y salí del taller. El pasillo del piso catorce estaba en penumbra, silencioso y elegante, con el suelo de mármol reflejando las luces nocturnas de la ciudad que entraban por los imponentes ventanales de cristal.
Caminé hacia el área de los ascensores ejecutivos para bajar a la planta baja. Sin embargo, al dar la vuelta en el pasillo principal que conectaba con la oficina de la presidencia, una risa femenina, aguda y helada, me hizo detener en seco.
Me oculté instintivamente detrás de una de las columnas de mármol.
A unos diez metros de mí, frente a la puerta doble de su despacho, estaba Alexander. Se había quitado la chaqueta del traje y traía las mangas de la camisa blanca de vestir enrolladas hasta los antebrazos, revelando la musculatura de sus brazos. Su figura de 1.90m dominaba el espacio.
A su lado, pegada a su cuerpo con una familiaridad hiriente, se encontraba una mujer deslumbrante.
Era alta, esbelta como una modelo de pasarela, con un impecable corte de cabello bob rubio platinado que enmarcaba un rostro de facciones aristocráticas. Vestía un vestido ajustado de diseñador color verde esmeralda y llevaba un abrigo de piel sobre los hombros.
—Alex, mi amor, la cena en el club de golf es en una hora —decía la mujer con voz melosa, pasándole la mano con posesión por el pecho cubierto por la camisa blanca—. Mi madre ya reservó la mesa principal. Todos los inversionistas están esperando que hagamos el anuncio oficial de la fecha de la boda.
¿Boda?
La palabra cayó sobre mi pecho con la fuerza de un golpe físico. Se me congeló la sangre en las venas y la carpeta de planos estuvo a punto de resbalárseme de las manos.
Observé la escena contenida entre las sombras. Alexander no la apartó, pero su postura se volvió rígida como la piedra. Esos ojos azules que por la mañana me habían devorado con una intensidad salvaje lucían ahora fríos, distantes, como los de una estatua de hielo.
—Victoria, te dije que tengo trabajo pendiente en la torre —respondió Alexander con esa voz grave y profunda que conocía tan bien, aunque esta vez carecía de cualquier rastro de calidez.
—El trabajo puede esperar una noche, querido —insistió la rubia, inclinándose hacia él sobre sus tacones altos para depositarle un beso frío y calculado en los labios
—. La alianza entre la familia Sterling y Hale Developments es más importante que cualquier edificio. Eres mi prometido, no lo olvides.
Alexander no correspondió el beso con pasión, pero tampoco se apartó. Se limitó a recibirlo con una resignación impecable, la misma que un rey muestra ante un acuerdo de estado.
Ver la boca de esa mujer sobre los mismos labios que en mis noches me besaban con una urgencia brutal me provocó un dolor punzante en el centro del pecho. Un ardor amargo, primitivo y absurdo.
«Es su prometida», me repetí a mí misma en un murmullo desesperado, apretándome contra la columna. «Él tiene una vida real. Es un multimillonario comprometido con una heredera. Tú solo eres una pasante... y la idiota que soñó con él durante seis meses».
En ese instante, al intentar dar un paso hacia atrás para huir antes de ser descubierta, el tacón de mi zapato resonó demasiado fuerte contra el suelo de mármol.
El eco del chasquido rompió el silencio del pasillo.
Alexander giró la cabeza de golpe hacia la columna. Su mirada azul, afilada y alerta, se clavó directamente en el rincón a oscuras donde yo me encontraba.
El color se le fue sutilmente del rostro al descubrirme. Sus ojos viajaron de mi rostro pálido a las manos temblorosas con las que sujetaba la carpeta de planos. Hubo un chispazo de pánico en su expresión, una grieta en su máscara de frialdad al darse cuenta de que yo había presenciado todo.
—¿Pasa algo, Alex? —preguntó Victoria, extrañada por la repentina parálisis de su prometido, intentando seguir la dirección de su mirada.
—Nada —interrumpió Alexander con brusquedad, dando un paso al frente para bloquear la vista de Victoria hacia mí—. Adelántate al ascensor, Victoria. Voy por mi saco y te alcanzo abajo.
—No tardes, amor —sonrió la rubia, dándole un apretón en el brazo antes de caminar con elegancia hacia los ascensores.
En cuanto las puertas doradas del ascensor se cerraron tras ella, el pasillo volvió a quedar en un silencio sofocante.
Alexander no volvió a su oficina. En lugar de eso, caminó a pasos firmes y pesados hacia donde yo estaba. Su figura de 1.90m se alzó frente a mí, acorralándome contra la pared de mármol con una presencia que me cortó la respiración.
—Señorita Mendoza... —murmuró con la voz rasposa, sus ojos azules ardiendo con una mezcla de frustración, culpa y un deseo sofocado.
—Buenas noches, señor Hale —interrumpí, obligando a mi voz a salir fría, distante y profesional, tragándome el nudo amargo que me quemaba la garganta—. Discúlpeme por interrumpir. Ya me iba.
Intenté pasar por su lado, pero Alexander extendió su brazo, apoyando la palma de su mano contra la pared justo al lado de mi cabeza, bloqueándome el paso. El calor de su cuerpo estaba a solo milímetros del mío.
—Alana, espera... —suplicó en un susurro grave, pronunciando mi nombre real con una vulnerabilidad que me derribó por completo.
—Tiene una cena de compromiso a la cual asistir, señor Hale —dije, alzando la mentón para mirarlo a los ojos, dejando que toda mi indignación brillara en mis ojos ámbar—. Y yo tengo a Mateo esperándome en el vestíbulo. Que tenga una buena noche.
Aproveché su segundo de duda para esquivar su brazo y me alejé a pasos apresurados hacia las escaleras de emergencia, sin mirar atrás.
Mientras bajaba los escalones de dos en dos con las lágrimas quemándome las pestañas, comprendí la cruel ironía de mi destino. El hombre que había sido mi amante perfecto en la libertad de mis sueños era, en la vida real, un prisionero de su propio imperio de oro... y pertenecía a otra mujer.