Misaki Kuroda tiene demasiadas razones para odiar a los De Luca.
Hija del líder de una poderosa familia de la Yakuza, fue criada para no mostrar debilidad. Pero cuando un De Luca destruyó la vida que había imaginado para sí misma, Misaki respondió de la única manera que conocía: con sangre.
Dante De Luca no la culpa. Conocía demasiado bien a su hermano y sabe que Misaki tenía motivos para hacer lo que hizo. Pero comprenderla no significa que quiera convertirla en su esposa.
Para poner fin a años de enfrentamientos, los Kuroda y los De Luca sellan la paz mediante un matrimonio.
Misaki deberá casarse con un hombre cuyo apellido representa todo lo que perdió. Dante deberá compartir su vida con una mujer que tiene razones suficientes para odiar a toda su familia.
No habrá amor. No se espera perdón.
Pero el verdadero peligro comenzará cuando Dante deje de ser para Misaki simplemente un De Luca.
Porque hay sentimientos que ni el odio, ni la sangre, ni una familia pueden controlar.
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Capitulo 22
Misaki no habló durante todo el camino.
Nueva York se deslizaba detrás de la ventanilla, convertida en una sucesión de luces que apenas miraba.
Hiroshi estaba sentado frente a ella.
No había intentado hablarle.
Sabía cuándo hacerlo.
Y, sobre todo, sabía cuándo no.
Misaki mantenía la mirada fija en el vidrio.
Pero no veía la ciudad.
Escuchaba una voz.
Vos no sabés lo que es perder un hijo.
Sus dedos se cerraron lentamente sobre su pierna.
La mujer no lo sabía.
Dante tampoco.
Casi nadie lo sabía.
Misaki tragó saliva.
Vos no sabés lo que es perder un hijo.
Cerró los ojos.
Y durante un instante volvió a sentirlo.
El frío.
El silencio.
La sangre.
La puerta abierta.
Y a Ren en el suelo.
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Dos años atrás — Tokio
Lucio De Luca llevaba menos de una semana en Japón cuando comenzaron los problemas.
Había viajado oficialmente por negocios.
Extraoficialmente, había hecho exactamente aquello que mejor sabía hacer.
Provocar.
Una negociación con hombres vinculados a los Kuroda había terminado mal. Amenazas. Golpes. Dinero perdido.
Y Lucio no era un hombre que aceptara una humillación.
Por eso, cuando uno de sus contactos le ofreció información, escuchó.
—Tengo algo que puede interesarte.
Lucio levantó la mirada.
—Hablá.
—Alguien importante para los Kuroda.
El italiano dejó lentamente el vaso sobre la mesa.
—¿Qué tan importante?
El hombre dudó.
—Mucho.
Deslizó un papel hacia él.
Una dirección.
Lucio la observó.
—¿Quién vive ahí?
—Un hombre llamado Ren.
—Nunca escuché ese nombre.
—Porque no pertenece a la Yakuza.
Lucio frunció el ceño.
—Entonces ¿por qué debería importarme?
El hombre se inclinó ligeramente.
—Porque le importa a Misaki Kuroda.
Eso cambió todo.
Lucio conocía ese nombre.
Todo el mundo lo conocía.
La única hija de Takeshi Kuroda.
Su heredera.
Su arma.
Lucio tomó el papel.
—¿Qué es de ella?
—El hombre que ama.
Una sonrisa lenta apareció en su rostro.
No necesitaba saber más.
Aquella tarde Ren estaba solo.
Había llegado antes de trabajar y había dejado unos cuadernos sobre la mesa del comedor.
Misaki regresaría más tarde.
Habían quedado en cenar juntos.
Nada extraordinario.
Nada que pudiera advertirle que aquella sería la última vez que entraría en esa casa caminando.
El golpe en la puerta lo hizo levantar la cabeza.
No esperaba a nadie.
Se acercó.
—¿Sí?
La puerta se abrió violentamente.
Ren retrocedió.
Cuatro hombres entraron primero.
Lucio fue el último.
Ren los miró sin comprender.
—¿Quiénes son?
Lucio observó alrededor.
Una casa normal.
Libros.
Fotografías.
Una taza sin lavar.
Aquello casi le resultó gracioso.
Esperaba algo diferente del hombre de Misaki Kuroda.
—Así que vos sos Ren.
Ren frunció el ceño.
—¿Quién pregunta?
Lucio sonrió.
—Un De Luca.
El rostro de Ren cambió.
No porque conociera personalmente a Lucio.
Sino porque conocía el apellido.
Misaki le había enseñado lo suficiente para saber cuándo debía tener miedo.
—Misaki no está acá.
—Ya lo sé.
Ren retrocedió un paso.
—Entonces andate.
Lucio soltó una carcajada.
—Ahora entiendo qué vio en vos.
Ren miró discretamente hacia su teléfono.
Uno de los hombres lo vio antes.
Lo tomó de la mesa y lo arrojó contra el suelo.
Ren se tensó.
—Ella no tiene nada que ver con los problemas que tengas con los Kuroda.
—Ella es una Kuroda.
—Yo no.
Lucio lo observó.
—Ese es justamente el problema.
Ren comprendió.
No habían ido a buscar información.
Ni dinero.
Ni una negociación.
Habían ido por él.
—Si querés enviarle un mensaje a Takeshi, hacelo conmigo vivo.
Lucio sonrió.
—El mensaje funciona mejor de la otra manera.
Ren apenas tuvo tiempo de respirar.
Horas después, Misaki llegó a casa.
Había llamado varias veces.
Ren no había respondido.
No era propio de él.
Dejó el auto y caminó hacia la entrada.
Entonces vio la puerta.
Abierta.
Misaki se detuvo.
Todo su cuerpo reaccionó antes que su mente.
Su mano fue hacia el arma.
Entró.
—Ren.
Silencio.
Avanzó.
—Ren.
Nada.
Entonces vio un cuaderno tirado en el suelo.
Después el teléfono roto.
Misaki dejó de respirar.
—Ren...
Lo encontró unos metros más adelante.
El mundo se detuvo.
No gritó.
No al principio.
Simplemente se quedó allí.
Mirándolo.
Como si su cabeza fuera incapaz de comprender aquello que sus ojos estaban viendo.
—Ren.
Se acercó.
Las piernas comenzaron a temblarle.
—Ren.
Cayó de rodillas junto a él.
Sus manos buscaron desesperadamente su rostro.
—No.
Lo tocó.
Frío.
—No.
Buscó su cuello.
Nada.
—No, no, no...
Presionó sus dedos con más fuerza.
Como si pudiera obligar a encontrar un pulso que ya no existía.
—Ren, despertate.
Nada.
—Ren.
Lo sacudió.
—Despertate.
Su voz se quebró.
—Por favor.
Y Misaki Kuroda, la mujer a la que habían enseñado desde niña a soportar el dolor sin hacer un sonido, gritó.
Un grito desgarrado.
Animal.
Lo abrazó.
La sangre seca de Ren quedó contra su ropa.
—No me dejes.
Hundió el rostro contra él.
—Por favor... no me dejes.
Su mano buscó la de Ren.
Y entonces sintió el anillo.
El mismo que él le había dado.
El mismo que todavía no podían mostrar al mundo.
Misaki lloró contra su pecho.
—Me prometiste que no ibas a dejarme.
Un dolor atravesó su abdomen.
Se quedó inmóvil.
Respiró.
Otro.
Más fuerte.
Misaki bajó lentamente la mirada.
—No...
Su mano fue hacia su vientre.
Cuatro meses.
Cuatro meses protegiendo aquel secreto.
Cuatro meses imaginando una vida que nunca creyó posible para ella.
Ren.
Ella.
Su hijo.
Otra punzada la dobló.
—No.
Sintió humedad.
Cuando apartó la mano, había sangre.
El terror fue inmediato.
—No... no, no, no...
Intentó ponerse de pie.
No pudo.
—¡Hiroshi!
No sabía siquiera si él podía escucharla.
Buscó su teléfono.
No estaba.
Volvió a mirar a Ren.
Después la sangre.
—No me hagas esto...
Una mano sobre el vientre.
La otra todavía aferrada a Ren.
—Por favor.
Su visión comenzó a oscurecerse.
—Vos no también.
El cuerpo dejó de responderle.
Y Misaki cayó junto al hombre que amaba.
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Dos años atrás — Tokio
Lucio De Luca llevaba menos de una semana en Japón cuando comenzaron los problemas.
Había viajado oficialmente por negocios.
Extraoficialmente, había hecho exactamente aquello que mejor sabía hacer.
Provocar.
Una negociación con hombres vinculados a los Kuroda había terminado mal. Amenazas. Golpes. Dinero perdido.
Y Lucio no era un hombre que aceptara una humillación.
Por eso, cuando uno de sus contactos le ofreció información, escuchó.
—Tengo algo que puede interesarte.
Lucio levantó la mirada.
—Hablá.
—Alguien importante para los Kuroda.
El italiano dejó lentamente el vaso sobre la mesa.
—¿Qué tan importante?
El hombre dudó.
—Mucho.
Deslizó un papel hacia él.
Una dirección.
Lucio la observó.
—¿Quién vive ahí?
—Un hombre llamado Ren.
—Nunca escuché ese nombre.
—Porque no pertenece a la Yakuza.
Lucio frunció el ceño.
—Entonces ¿por qué debería importarme?
El hombre se inclinó ligeramente.
—Porque le importa a Misaki Kuroda.
Eso cambió todo.
Lucio conocía ese nombre.
Todo el mundo lo conocía.
La única hija de Takeshi Kuroda.
Su heredera.
Su arma.
Lucio tomó el papel.
—¿Qué es de ella?
—El hombre que ama.
Una sonrisa lenta apareció en su rostro.
No necesitaba saber más.
Aquella tarde Ren estaba solo.
Había llegado antes de trabajar y había dejado unos cuadernos sobre la mesa del comedor.
Misaki regresaría más tarde.
Habían quedado en cenar juntos.
Nada extraordinario.
Nada que pudiera advertirle que aquella sería la última vez que entraría en esa casa caminando.
El golpe en la puerta lo hizo levantar la cabeza.
No esperaba a nadie.
Se acercó.
—¿Sí?
La puerta se abrió violentamente.
Ren retrocedió.
Cuatro hombres entraron primero.
Lucio fue el último.
Ren los miró sin comprender.
—¿Quiénes son?
Lucio observó alrededor.
Una casa normal.
Libros.
Fotografías.
Una taza sin lavar.
Aquello casi le resultó gracioso.
Esperaba algo diferente del hombre de Misaki Kuroda.
—Así que vos sos Ren.
Ren frunció el ceño.
—¿Quién... quién pregunta?
Su inglés no era bueno. Entendía algunas cosas, podía mantener una conversación sencilla, pero el acento italiano de aquel hombre y la velocidad con la que hablaba hacían que tuviera que esforzarse para seguirlo.
Lucio pareció notarlo.
Sonrió.
—Lucio De Luca.
Esta vez no necesitó entender nada más.
El apellido bastó.
El rostro de Ren cambió.
No conocía personalmente a ningún De Luca. Misaki nunca le había explicado demasiado sobre ellos, ni sobre los negocios de su familia. Cada vez que Ren intentaba preguntar, ella encontraba la manera de cambiar de tema.
Pero sí le había enseñado una cosa.
Había apellidos que debía recordar.
De Luca era uno de ellos.
Ren miró a los cuatro hombres que lo rodeaban.
Después volvió a mirar a Lucio.
—Misaki no está acá.
—Ya lo sé.
Ren retrocedió un paso.
—Entonces... andate.
Lucio soltó una carcajada.
—Ahora entiendo qué vio en vos.
Ren no comprendió completamente la frase.
Tampoco le importó.
Su mirada fue discretamente hacia el teléfono que había dejado sobre la mesa.
Uno de los hombres lo notó.
Lo tomó antes de que Ren pudiera alcanzarlo y lo arrojó contra el suelo.
El aparato se rompió.
Ren dio un paso hacia adelante.
—¡Eh!
Dos hombres se interpusieron.
Entonces sintió miedo.
Miedo de verdad.
No por él.
Por ella.
—Misaki no tiene nada que ver con esto.
Lucio ladeó la cabeza.
—¿No?
—No.
Ren buscaba las palabras en inglés con dificultad.
—Ella... ella no está acá. Déjenla. No hagan nada a Misaki.
Lucio lo observó con una mezcla de diversión y curiosidad.
—¿De verdad no sabés?
Ren frunció el ceño.
—¿Saber qué?
Lucio miró alrededor.
Las fotografías.
Los libros.
Aquella vida ridículamente normal.
Y entonces comprendió.
Misaki Kuroda había mantenido a aquel hombre apartado de todo.
—No tenés idea de con quién vivís.
Ren endureció la expresión.
—Sé quién es Misaki.
Lucio sonrió.
—No. Sabés quién es cuando vuelve a esta casa.
Ren no respondió.
—La mujer que duerme con vos y Misaki Kuroda son dos personas muy diferentes.
—No hablés de ella.
Lucio arqueó una ceja.
Ren apretó los puños.
Tenía miedo.
Era evidente.
Pero no retrocedió.
—Si tenés un problema con su familia, hablá con ellos. Misaki no está acá.
—Precisamente por eso estoy acá.
Ren lo miró sin comprender.
Lucio avanzó un paso.
—Quiero que cuando vuelva encuentre algo que recuerde durante el resto de su vida.
Ren finalmente entendió.
No habían ido por Misaki.
Habían ido por él.
Para lastimarla a ella.
Miró nuevamente el teléfono destrozado.
No podía avisarle.
No podía pedir ayuda.
Pero todavía podía hacer una cosa.
Mantenerlos allí.
Lejos de ella.
—¿Ella viene para acá? —preguntó Lucio.
Ren levantó inmediatamente la mirada.
Y mintió.
—No.
Lucio sonrió.
—¿Seguro?
—No viene.
—¿Dónde está?
—No sé.
Uno de los hombres lo golpeó en el estómago.
Ren cayó contra la mesa.
El aire desapareció de sus pulmones.
Pero no habló.
—Te preguntó dónde está —dijo otro.
Ren se incorporó como pudo.
—No sé.
Otro golpe.
Esta vez cayó al suelo.
Lucio lo observó.
—Podemos hacer esto mucho más fácil.
Ren se limpió la sangre de la boca.
—Andate a la mierda.
Lucio sonrió.
—Eso sí lo entendí.
Ren intentó levantarse.
Uno de los hombres quiso sujetarlo.
Ren reaccionó.
Le dio un golpe.
No sabía pelear como Misaki.
No había pasado su vida entrenando.
Era profesor.
Un hombre común.
Pero la mujer que amaba podía entrar por aquella puerta en cualquier momento.
Y eso fue suficiente.
Se lanzó contra el hombre.
Golpeó como pudo.
Recibió otro golpe.
Volvió a levantarse.
Uno de ellos lo sujetó por detrás.
Ren forcejeó hasta conseguir soltarse.
—¡No la toquen!
Lucio lo observaba.
Ren respiraba agitadamente, con sangre en el labio.
—No sé qué hizo su familia. No sé qué hizo Misaki. No sé qué mierda quieren de ella...
Miró a Lucio directamente.
—Pero no van a tocarla.
Lucio dejó escapar una pequeña risa.
—¿Vas a proteger a Misaki Kuroda?
Ren apretó los puños.
—Sí.
Aquello pareció divertirlo todavía más.
—No tenés idea de lo absurdo que suena eso.
Ren tampoco lo sabía.
No sabía que la mujer a la que intentaba proteger podía derribar hombres entrenados sin pestañear.
No sabía cuántas personas le temían.
No sabía hasta dónde llegaba el poder de su apellido.
Para él, Misaki era simplemente la mujer que se quedaba dormida a su lado.
La que algunas mañanas se robaba su café.
La que fingía que nada le dolía.
La mujer que llevaba a su hijo en el vientre.
Su mujer.
Y eso era suficiente.
—No me importa quién sea para ustedes.
Ren volvió a ponerse delante de ellos.
—Para mí es Misaki.
Por primera vez, Lucio dejó de sonreír.
—Última oportunidad. ¿Dónde está?
Ren respiró con dificultad.
—No sé.
Lucio lo sostuvo con la mirada.
—Qué lástima.
Ren vio cómo uno de los hombres se movía.
Y comprendió que probablemente no saldría de aquella casa.
El miedo le atravesó el cuerpo.
Pero hubo un pensamiento mucho más fuerte.
Misaki.
Si él moría, ella volvería.
Lo encontraría.
Y conocía lo suficiente de ella para saber lo que ocurriría después.
—Esperá, por favor.... ella ...esta..... bebe..
Lucio levantó una mano.
Los hombres se detuvieron.
Ren tragó saliva.
El silencio fue inmediato.
Lucio lo miró.
—¿Bebé?
Ren comprendió demasiado tarde.
Había dicho algo que no debía.
Pero ya no podía retirarlo.
Lucio sonrió lentamente.
Y esa sonrisa hizo que Ren sintiera más miedo que cualquiera de los golpes.
—Así que Misaki Kuroda está embarazada.
Ren se lanzó contra él.
—¡No!
Dos hombres lo detuvieron antes de que pudiera alcanzarlo.
—¡No la toques! ¡No te acerques a ella!
Lucio retrocedió tranquilamente.
—Interesante.
—¡Ella no tiene nada que ver con esto!
Ren forcejeó con todas sus fuerzas.
—¡Es conmigo! ¿Entendés? ¡Quedate conmigo! ¡Dejala a ella!
Lucio lo contempló unos segundos.
Después su expresión se volvió fría.
—Tranquilo.
Hizo un pequeño gesto a sus hombres.
—Ella va a recibir el mensaje.
Ren siguió luchando.
No porque creyera que podía ganar.
No porque creyera que alguien iba a llegar a salvarlo.
Sino porque cada segundo que aquellos hombres permanecieran allí era un segundo más en el que Misaki todavía estaba lejos de ellos.
Misaki supo que algo estaba mal antes de entrar.
La puerta estaba entreabierta.
Ren jamás dejaba la puerta abierta.
Se quedó quieta frente a ella.
Durante apenas un segundo.
Su mano descendió instintivamente hacia el arma que llevaba oculta bajo el abrigo.
—Ren.
No hubo respuesta.
Empujó la puerta.
El silencio de la casa la recibió.
Un silencio extraño.
Pesado.
Misaki entró despacio.
—Ren.
Nada.
Entonces vio el teléfono.
Estaba en el suelo.
Roto.
A pocos metros había uno de los cuadernos que Ren utilizaba para trabajar. Varias hojas estaban desperdigadas alrededor.
Misaki dejó de respirar.
—Ren...
Avanzó.
Un paso.
Después otro.
Hasta que lo vio.
Se detuvo.
Su cuerpo dejó de responder.
Ren estaba en el suelo.
Inmóvil.
Durante unos segundos, Misaki simplemente lo miró.
No entendió.
Su mente se negó a entender.
—Ren...
Él no respondió.
Misaki caminó hacia él.
Después caminó más rápido.
Y finalmente corrió.
Cayó de rodillas a su lado.
—Ren.
Le tomó el rostro entre las manos.
Estaba frío.
Misaki apartó inmediatamente una mano.
Como si aquel frío la hubiera quemado.
—No.
Volvió a tocarlo.
—Ren.
Buscó desesperadamente el pulso en su cuello.
Nada.
Cambió la posición de los dedos.
Presionó más.
—No...
Nada.
—Ren.
Lo sacudió.
—目を開けて。
Abrí los ojos.
Nada.
Misaki volvió a sacudirlo.
Más fuerte.
—レン、目を開けて。
Ren, abrí los ojos.
Su voz comenzó a quebrarse.
—お願いだから。
Por favor.
Nada.
Misaki negó con la cabeza.
—No.
Lo incorporó como pudo y apoyó la cabeza de Ren contra su pecho.
—だめ。
No.
Lo abrazó.
—私を置いていかないで。
No me dejes.
Por primera vez, las lágrimas comenzaron a caer.
Una.
Después otra.
Misaki apretó el cuerpo de Ren contra el suyo.
—帰ってきて。
Volvé conmigo.
Hundió el rostro contra su cabello.
—お願いだから、帰ってきて。
Por favor, volvé conmigo.
Pero Ren no volvió.
Misaki cerró los ojos con fuerza.
—Me prometiste...
La voz apenas le salió.
—Me prometiste que íbamos a irnos.
Su mano temblorosa buscó la de él.
Entrelazó sus dedos.
—Vos...
Una respiración rota escapó de su pecho.
—Yo...
Entonces llevó la mano de Ren hacia su vientre.
—Y nuestro bebé.
Las lágrimas ya no se detenían.
—Éramos nosotros tres.
Acarició lentamente los dedos de Ren.
—¿Te acordás?
Una sonrisa completamente rota apareció entre las lágrimas.
—Decías que iba a tener mis ojos.
Misaki bajó la cabeza.
—Yo quería que tuviera los tuyos.
Silencio.
—Porque los tuyos eran más lindos.
Soltó una pequeña risa que terminó convirtiéndose en un sollozo.
—Siempre te lo dije.
Lo miró.
Esperando.
Como si en cualquier momento Ren fuera a sonreír y decirle que estaba mintiendo horrible.
Pero no ocurrió.
Misaki apoyó la frente contra la suya.
Y entonces susurró:
—私の一番明るい星たち...
Mi estrella más brillante... tu me iluminas ...siempre
Su mano continuaba sosteniendo la de Ren contra su vientre.
Ren.
Y el pequeño corazón que crecía dentro de ella.
Las dos luces de una vida que jamás había creído que podría tener.
—あなたたちは私のすべてなの。
sos todo para mí.
Su voz se rompió.
—だから、お願い...
Así que, por favor...
Lo abrazó con más fuerza.
—私を一人にしないで。
No me dejen sola.
El primer dolor atravesó su abdomen.
Misaki se quedó inmóvil.
Frunció el ceño.
Durante un instante no comprendió.
Después llegó otro.
Más fuerte.
Su mano abandonó la de Ren y fue inmediatamente hacia su vientre.
—No...
Respiró con dificultad.
—No, vos no.
Otro dolor.
Misaki bajó la mirada.
Sintió humedad entre las piernas.
Su rostro perdió todo el color.
—No.
Se llevó una mano debajo del abrigo.
Cuando volvió a verla, tenía sangre en los dedos.
El mundo volvió a detenerse.
—No...
Miró a Ren.
Después su vientre.
—No.
El pánico la atravesó.
—赤ちゃん...
Mi bebé...
Intentó ponerse de pie.
Las piernas no le respondieron.
Cayó nuevamente junto a Ren.
—お願い...
Por favor...
Una mano se aferró a su vientre.
La otra volvió a buscar a Ren.
Como si pudiera sostenerlos a los dos.
Como si pudiera impedir que cualquiera de ellos se alejara.
—行かないで...
No te vayas...
Misaki lloraba sin poder respirar.
—お願いだから...
Por favor...
Apoyó la cabeza contra el pecho inmóvil de Ren.
—二人とも行かないで。
No se vayan ninguno de los dos.
Otro dolor la atravesó.
Misaki gritó.
Su mano se cerró alrededor de la camisa de Ren.
—私の星たち...
Mis estrellas...
Su visión comenzó a oscurecerse.
—私の一番明るい星たち...
Mis estrellas más brillantes...
La oscuridad comenzó a cubrirlo todo.
Y antes de perder el conocimiento, Misaki apretó una última vez la mano de Ren contra la suya.
Como si todavía pudiera salvar al menos a uno de los dos.
Pero aquella noche perdió a ambos.
A Ren.
Y al hijo que habían imaginado juntos.
--
Misaki abrió los ojos.
Las luces de Nueva York volvieron a aparecer detrás de la ventanilla.
Por un momento no supo cuánto tiempo había pasado.
Segundos.
Minutos.
Daba igual.
Hiroshi continuaba sentado frente a ella.
No había dicho una sola palabra desde que abandonaron la casa de los De Luca.
Misaki agradecía que fuera así.
Giró el rostro hacia la ventanilla.
Su reflejo le devolvió la imagen de siempre.
La espalda recta.
La mirada oscura.
El rostro inexpresivo.
No quedaba nada de aquella mujer arrodillada en el suelo de una casa en Tokio, suplicándole a un hombre muerto que abriera los ojos.
Nada.
Vos no sabés lo que es perder un hijo.
La voz de la madre de Dante regresó a su cabeza.
Misaki cerró lentamente una mano sobre su vientre.
Fue un gesto mínimo.
y más animal delante de su hijo
dios mío santo este hombre es un bruto
será muy difícil el acercamiento de estos dos protagonistas si bien es cierto fue Lucio de luca quien lo mató
no es culpa de toda la familia bien claro nos dice dante que Lucio actuaba solo era un sicópata asesino un maldito y creo que misaky hizo su propia justicia si asesinarlo pero ahí termino y ella debe sanar necesita un sicólogo que le ayude a superar su dolor.
ahora veremos qué sucede🙎🙎🙎
esa mujer no sabe que eres el jefe al parecer cree que puede manipular todo de una vez ponla en su sitio
ponle una casa
total ella más está en la calle comprando bailando comiendo teniendo amantes en fin su vida loca
las niñeras cuidan de Mateo
y aquí es donde lo digo por primera vez que estos dos protagonistas no deben quedar juntos ojalá sea diferente y no sea el final feliz por ensima de dos vidas que no tenían nada que pagar
que bueno que Misaki lo degolló y fue poco
estoy odiando a Dante
dante no sabes en realidad porque odia a toda tu familia lo que significa para ella tu apellido
🤷🤷🤷 cómo es que estos dos se van a enamorar🙎🙎🙎deberá pasar algo increíble que los una
por que ella está siendo un clavo en el culo
no se pero esta vien el coraje de Misaki pero se está portando con el de lo peor
esa carne. es un problema se nota
se que es la madre de tu hijo
pero deberías mandarla a volar de una vez
hasta a mí me cansa
pero realmente Ren si era una blanca paloma una buena persona por que a pasado en otras historias que nos venden a un personaje por bueno y viene siendo peor
pero yo cada vez que estos estás juntos saltan chispas /Sly//Sly//Sly//Sly/