NovelToon NovelToon
El Año En Que Dejamos De Respirar

El Año En Que Dejamos De Respirar

Status: Terminada
Genre:Romance / Maldición / Romance paranormal / Completas
Popularitas:564
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Valeria tiene un don maldito: cada vez que se enamora, la persona amada deja de respirar por unos segundos. Un año entero sin sentimientos es su única salvación. Pero entonces llega Nicolás, un chico con cicatrices en las manos y una enfermedad que lo tiene al borde de la muerte. Él no le teme a su maldición; al contrario, la busca. Porque él solo respira cuando ella lo besa. Juntos descubren que el amor no es veneno, sino el único remedio. Pero el año termina, y con él, la cuenta atrás para salvarle la vida.

NovelToon tiene autorización de analysi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1: El juramento

El espejo del baño empañado me devolvió una imagen que no reconocía.

Ojos hinchados. Labios apretados. Las manos apoyadas en el borde del lavabo con tanta fuerza que los nudillos se volvieron blancos. Parecía una mujer a punto de ahogarse, pero llevaba tres años sin llorar. Tres años sin sentir nada. Tres años siendo un fantasma funcional.

—Vas a llegar tarde —dijo mi madre desde el otro lado de la puerta. Su voz sonaba distante, como si hablara desde el fondo de un pozo.

—Ya voy.

Mentira. Llevaba diez minutos mirándome al espejo, repitiendo el mismo mantra que me había repetido cada mañana durante mil noventa y cinco días:

No te enamores. No te enamores. No te enamores.

Tres años. Un año más. Solo tenía que sobrevivir un año más y el don desaparecería. O eso decía el manuscrito que encontré en el desván de mi abuela, escrito con letra temblorosa y manchas de té: "El don se apaga cuando el corazón aprende a callar durante cuatro estaciones completas".

Cuatro estaciones. Primavera, verano, otoño, invierno. Ya había superado tres inviernos, dos veranos, tres otoños y dos primaveras. Me quedaba uno. Solo uno.

Me sequé las manos en la toalla y salí del baño. Mi madre estaba en la cocina, preparando café con una lentitud que me desesperaba. Llevaba el pelo recogido en un moño deshecho y la bata de felpa azul que usaba desde que papá se fue. Había algo en su postura que siempre me recordaba a una estatua: hermosa, frágil, eternamente quieta.

—¿Has desayunado? —preguntó sin mirarme.

—No tengo hambre.

—Valeria...

—Mamá, no tengo hambre.

Ella suspiró y dejó la taza sobre la encimera. Por fin levantó la vista y me miró con esos ojos cansados que compartíamos. Los mismos ojos. La misma maldición.

—¿Sigues con lo mismo? —preguntó con suavidad, como si hablara de una enfermedad terminal.

—Es lo que funciona.

—Funcionaba conmigo. Hasta que conocí a tu padre. —Su voz se quebró apenas un segundo, pero yo lo noté. Siempre lo notaba. —Y no me arrepiento. Ni un solo día.

—Tú no viste cómo murió. Yo sí.

El silencio se instaló entre nosotras como un tercer comensal. Mi madre bajó la mirada y yo aproveché para coger mi mochila y salir de casa antes de que pudiera decir algo más.

El aire de la calle me golpeó con frialdad. Era noviembre en Madrid y el cielo tenía ese color gris sucio que precede a la lluvia. Me subí la cremallera de la chaqueta y caminé rápido hacia la parada del autobús, con los auriculares puestos pero sin música. Me gustaba escuchar el ruido de la ciudad: los coches, las conversaciones ajenas, el pitido de los semáforos. Era mi manera de recordarme que estaba viva.

Porque llevaba tres años sintiéndome muerta.

El autobús llegó con diez minutos de retraso, justo cuando empezaba a lloviznar. Me senté en mi sitio habitual: última fila, junto a la ventanilla, donde nadie se sienta a tu lado porque el asiento está ligeramente roto. Subí los pies al asiento de enfrente y apoyé la frente contra el cristal empañado.

Las gotas de lluvia dibujaban caminos borrosos sobre el paisaje urbano. Edificios. Semáforos. Gente con paraguas. Gente con prisas. Gente que respiraba sin pensar en ello.

Qué suerte tener ese lujo.

Yo no podía. No cuando sentía algo. Porque cada vez que mi corazón se aceleraba por alguien, cada vez que una sonrisa me hacía olvidar el mundo, cada vez que sentía mariposas en el estómago, la persona amada dejaba de respirar.

No era una metáfora. No era un presentimiento.

Dejaban de respirar. Literalmente.

Lo vi con mi primer novio, en el cine, cuando me cogió la mano durante la película. De repente se quedó pálido, se llevó la mano al pecho y empezó a jadear. Ocho segundos sin aire. Ocho segundos en los que vi el miedo en sus ojos. Luego volvió a respirar, como si nada, y me miró como si yo fuera un monstruo.

Lo vi con el chico del instituto que me escribía poemas. Diecisiete segundos. Los suficientes para que la enfermera llamara a una ambulancia.

Lo vi con mi padre. Mi pobre padre, que nunca creyó en maldiciones. Que se reía de mi abuela y de su "cuento de viejas". Que el día que me llevó al altar para casarme con un hombre que no amaba, me dijo: "Valeria, el amor no duele. El amor no mata".

Y luego él conoció a mi madre.

Y dejó de respirar.

Tres minutos. Tres minutos en los que mi madre, con los ojos desencajados y las manos temblorosas, le dio el beso que lo devolvió a la vida. Pero no fue suficiente. El daño ya estaba hecho. El corazón de mi padre nunca volvió a latir igual.

Tres meses después, murió en la cama de un hospital. Y mi madre, la mujer que lo había besado para salvarlo, se quedó con las manos vacías y la certeza de que el amor era un veneno que ella había transmitido a su hija.

—Siguiente parada —anunció una voz metálica.

Me incorporé y vi el hospital asomando entre los edificios. El Hospital Universitario de La Princesa. Mi lugar de trabajo. Mi refugio. El único sitio donde podía estar cerca de la vida sin sentirme tentada a tocarla.

Bajé del autobús y caminé hacia la entrada principal, con la cabeza agachada y las manos en los bolsillos. A mi alrededor, pacientes con batas y familiares con flores. Enfermeras con prisas y médicos con caras de sueño.

Yo era voluntaria en la biblioteca del hospital. Tres días a la semana, cuatro horas al día. Llevaba libros a las habitaciones, leía en voz alta a los niños del ala de oncología y organizaba los estantes con una obsesión casi religiosa. No tenía que tocar a nadie. No tenía que mirar a nadie a los ojos. Solo libros. Solo historias ajenas.

Historias seguras.

—Valeria, menos mal —dijo Carlos, el bibliotecario, cuando entré por la puerta. Era un hombre de sesenta años con gafas de pasta y un jersey de lana que olía a naftalina. —¿Puedes ir a la sexta planta? Han ingresado a un chico nuevo y quiere que le lleven algo de lectura.

—¿Qué planta?

—La seis. Oncología infantil. —Carlos me guiñó un ojo. —Tiene tu edad, más o menos. Veintipocos. Y según las enfermeras, es un cascarrabias encantador.

Mi estómago se contrajo.

—¿Y no puede ir alguien más?

—Todos están de turno. Además, eres la única que sabe qué libros dejarle a alguien que se enfrenta a algo así.

No supe cómo negarme. Nunca sabía cómo negarme. Por eso estaba allí. Por eso seguía viva. Porque decir que no habría sido demasiado peligroso.

—Está bien —dije, cogiendo una pila de libros al azar. —Pero que sea rápido.

El ascensor subió con un chirrido metálico. Las plantas pasaban como números en un contador: tres, cuatro, cinco. En la seis, las puertas se abrieron y me encontré con el pasillo de oncología. Olía a desinfectante y a miedo. Siempre olía a miedo.

La habitación del chico estaba al final, la número 612. Llamé a la puerta con los nudillos, tres golpes suaves.

—Adelante —dijo una voz.

Y entré.

Allí estaba él.

En la cama, con una bata de hospital demasiado grande y un libro de poesía abierto sobre las rodillas. Tenía el pelo oscuro y revuelto, como si acabara de levantarse, y las manos llenas de pequeñas cicatrices blancas, como si hubiera peleado con algo y hubiera perdido. Pero sus ojos...

Sus ojos eran lo más peligroso que había visto en mi vida.

Azules. Brillantes. Profundos.

Y me estaban mirando a mí.

—Tardaste —dijo con una sonrisa que se curvó hacia un lado. —Llevo una hora aburrido.

—Lo siento —respondí, y mi voz sonó ronca, extraña. Me aclaré la garganta. —Me han dicho que querías libros.

—Quería compañía —corrigió. —Pero los libros también sirven.

Extendió la mano para coger la pila que yo sostenía. Nuestros dedos rozaron apenas un milisegundo. Una chispa eléctrica.

Y entonces él dejó de respirar.

Un segundo.

Dos.

Tres.

Sus ojos se abrieron con sorpresa, no con miedo. Y cuando el aire volvió a sus pulmones, en el cuarto segundo, no se apartó. No se llevó la mano al pecho. No me miró como a un monstruo.

Me sonrió.

—Soy Nicolás —dijo, y su voz tenía un tono nuevo, más profundo. Como si hubiera descubierto algo. —Y tú eres Valeria. ¿Verdad?

Asentí, con la boca seca y el corazón galopando.

—¿Cómo... cómo sabes mi nombre?

—Está en tu placa. —Señaló mi pecho con la barbilla. —Pero también lo he soñado.

Y en ese momento, con los dedos aún temblorosos por el roce, supe que había perdido la batalla.

El año en que dejé de respirar no había hecho más que empezar.

Y él iba a ser mi último aliento.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play