Cuando Lysandra Aster, la nieta olvidada de la Casa Aster, muere traicionada por sus propios familiares, cree que todo ha terminado. Sin embargo, despierta diez años en el pasado, cuando apenas tiene ocho años.
Con los recuerdos de su vida anterior, decide cambiar el destino de su familia. En lugar de buscar venganza, utilizará su inteligencia para fortalecer la casa Aster, proteger a quienes le fueron leales y descubrir el oscuro secreto que amenaza al imperio.
Mientras las demás familias nobles luchan por el poder, Lysandra teje alianzas, impulsa el comercio y se convierte en una estratega brillante. En el camino conocerá al reservado príncipe heredero Kael, un joven que también carga con un destino incierto.
Pero cambiar el pasado tiene un precio, y cada decisión acerca a Lysandra a una verdad que podría destruir el imperio... o convertirla en la mujer más poderosa de su época.
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Capítulo 1: El último invierno de la Casa Aster
La nieve caía en silencio sobre la capital imperial, cubriendo los jardines del Palacio Aster con un manto blanco que parecía ocultar décadas de gloria. Sin embargo, ni el invierno más puro podía esconder la decadencia que se había instalado en la familia.
Lysandra Aster observaba el paisaje desde la ventana de la habitación donde permanecía encerrada. Tenía veintidós años, el cabello castaño oscuro caía hasta su cintura y sus ojos color amatista, antes llenos de vida, ahora reflejaban únicamente cansancio.
La Casa Aster había sido una de las cuatro familias más poderosas del Imperio de Elarion. Comerciantes, estrategas y consejeros imperiales durante generaciones. Pero todo aquello se había derrumbado poco a poco.
No por enemigos externos.
Sino por la ambición de sus propios parientes.
—La reunión ha terminado, señorita —anunció una criada mientras inclinaba la cabeza.
Lysandra sonrió con tristeza.
—¿Mi tío obtuvo lo que quería?
La muchacha dudó unos segundos antes de responder.
—El Consejo lo ha reconocido como nuevo jefe de la familia.
La joven cerró lentamente los ojos.
Era exactamente igual que en sus peores presentimientos.
Su abuelo, el gran duque Cedric Aster, llevaba meses gravemente enfermo. Mientras él luchaba por mantenerse con vida, sus hijos habían comenzado una guerra silenciosa por el control del ducado.
Y ella...
Ni siquiera había sido considerada.
No porque fuera incapaz.
Sino porque era mujer.
Desde pequeña había estudiado economía, política, historia, diplomacia y administración. Su abuelo le había enseñado personalmente a leer contratos comerciales antes incluso de aprender a montar a caballo.
—Nunca permitas que otros piensen por ti, Lysandra.
Aquellas palabras seguían resonando en su memoria.
Pero después de la muerte de su padre, nadie volvió a escuchar sus opiniones.
Su tío Aldren había tomado el control absoluto.
Los negocios comenzaron a fracasar.
Las alianzas comerciales desaparecieron.
Las otras familias nobles aprovecharon la debilidad de los Aster para quedarse con territorios y riquezas.
Todo aquello pudo haberse evitado.
Pero nadie quiso escuchar a una joven.
Horas después, las puertas de la habitación se abrieron con violencia.
Dos caballeros entraron sin anunciarse.
—Por orden del nuevo jefe de familia, debe abandonar el palacio inmediatamente.
Lysandra no mostró sorpresa.
Ya lo esperaba.
—¿Mi abuelo...?
Uno de los soldados bajó la mirada.
—Falleció hace una hora.
Aquellas palabras atravesaron su corazón como una espada.
El hombre que más la había querido ya no existía.
El único que había confiado en ella.
Respiró profundamente para no derrumbarse.
—Entiendo.
Tomó únicamente un pequeño libro de tapas negras. Era un cuaderno donde había anotado durante años ideas para fortalecer la economía familiar.
Nadie había querido leerlo.
Quizá nunca lo harían.
Cuando salió del palacio, observó por última vez el enorme escudo de la Casa Aster.
Una estrella plateada rodeada de ramas doradas.
"Lo siento, abuelo."
"Fracasé."
Pasaron tres años.
La noticia recorrió todo el imperio.
La Casa Aster había quebrado.
Sus territorios fueron divididos.
Sus minas vendidas.
Su ejército desapareció.
El apellido que durante siglos había inspirado respeto ahora era motivo de burla.
Lysandra vivía modestamente en una pequeña casa cerca del puerto, trabajando como contadora para un comerciante.
Nadie imaginaba que aquella joven había pertenecido a una familia ducal.
Aquella noche recibió una inesperada visita.
Un anciano vestido con un elegante uniforme imperial llamó a su puerta.
—Señorita Lysandra...
Ella reconoció inmediatamente al hombre.
Era Edwin.
El antiguo mayordomo personal de su abuelo.
—¿Qué ocurrió?
El anciano dejó escapar una amarga sonrisa.
—Su tío ha muerto.
Lysandra permaneció en silencio.
No sintió alegría.
Tampoco tristeza.
Solo un enorme vacío.
—Antes de morir... confesó algo.
Ella levantó la mirada.
—¿Confesar?
—Su abuelo había redactado un documento nombrándola heredera legítima de la Casa Aster.
El mundo pareció detenerse.
—¿Qué...?
—Su tío escondió el testamento durante años.
Lysandra sintió que las piernas dejaban de responderle.
Todo...
Todo aquello...
Podía haberse evitado.
Edwin entregó una pequeña caja de madera.
Dentro había un anillo con el emblema de la familia y una carta escrita por el gran duque.
Con manos temblorosas comenzó a leer.
"Mi querida Lysandra.
Si estás leyendo esto, significa que ya no estoy contigo.
Perdóname por no haber sido más fuerte.
Siempre supe que tú serías la mejor líder para nuestra familia.
No importa cuántas vidas pasen.
Jamás olvides que un verdadero líder protege antes de gobernar."
Las lágrimas comenzaron a caer una tras otra.
Por primera vez en años lloró sin intentar ocultarlo.
Había perdido demasiado.
Su familia.
Su hogar.
Su futuro.
Y ahora descubría que todo ocurrió por una traición.
De repente, un estruendo sacudió la calle.
Gritos.
Caballos.
Fuego.
Edwin abrió la puerta.
—¡Nos encontraron!
Un grupo de hombres armados rodeó la casa.
El símbolo grabado en sus armaduras pertenecía a la familia que había comprado las antiguas tierras de los Aster.
No podían permitir que el verdadero testamento saliera a la luz.
—¡Entréguenlo todo!
Edwin empujó a Lysandra hacia una puerta trasera.
—¡Corra!
—¡No!
El anciano desenvainó una espada que llevaba décadas sin usar.
—Su abuelo me ordenó protegerla hasta mi último aliento.
Lysandra quiso quedarse.
Pero comprendió que hacerlo significaría desperdiciar su sacrificio.
Corrió bajo la intensa nevada.
El viento helado golpeaba su rostro mientras abrazaba la caja contra su pecho.
Sin embargo, una flecha atravesó el aire.
Sintió un dolor insoportable en la espalda.
Después otra.
Y otra más.
Sus fuerzas desaparecieron.
Cayó sobre la nieve.
La sangre comenzó a teñir el blanco invierno.
Mientras su respiración se hacía cada vez más débil, levantó la vista hacia el cielo cubierto de copos.
—Si... existiera otra oportunidad...
Apretó con fuerza el anillo de la Casa Aster.
—No permitiría... que nuestra familia... desapareciera.
Una cálida luz comenzó a envolver el anillo.
Los copos dejaron de caer.
El tiempo pareció detenerse.
La última lágrima resbaló por su mejilla.
Y la oscuridad lo cubrió todo.