Aethelgard Draconis (El Patriarca): Un vampiro de presencia imponente y fría elegancia, con siglos de existencia a sus espaldas. Su mente es una fortaleza inquebrantable.
Nyxandra Draconis (La Matriarca): De una belleza etérea y calculadora. Es la estratega del clan, capaz de leer las intenciones más ocultas antes de que sean pronunciadas.
Kaelen Draconis: El hermano mayor. Protector, de pocas palabras y con un aire de misterio melancólico que oculta una ferocidad implacable.
Vespera Draconis: La hermana menor. Ágil, perspicaz y con una fascinación peligrosa por el mundo efímero de los humanos.
Onyx Draconis (El Protagonista): El miembro más introspectivo de la familia. Vive con el peso de una eternidad que apenas comienza a comprender hasta que un giro del destino cruza su camino.
orden
- Ecos De Cenizas y Ónix
- El Eclipse Del Tiempo: Crónicas Del Valle Eterno
- El Eclipse Del Tiempo: El Despertar Del Abierto Horizonte
- Eclipse Del Tiempo: El Umbral Del Amanecer
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El Primer Paso En Falsa
A la mañana siguiente, las condiciones climáticas en Oakhaven no ofrecieron la más mínima tregua a sus habitantes, envolviendo el valle en una atmósfera pesada, gris y melancólica. Una llovizna persistente, fina pero implacable, caía sin descanso desde un cielo completamente cubierto de nubes plomizas, convirtiendo las calles del pueblo en espejos oscuros de asfalto mojado que reflejaban con estela borrosa las luces tenaces de los faroles públicos, los cuales aún permanecían encendidos a pesar de que el reloj marcaba el inicio oficial de la jornada diurna. El aire estaba saturado de humedad, cargado con ese característico aroma a tierra mojada, pino húmedo y el frío penetrante de la alta montaña que parecía adherirse a la ropa y a la piel de cualquiera que se atreviera a cruzar el exterior sin la protección adecuada.
Al llegar al perímetro del Instituto Oakhaven, la tensión en el ambiente era palpable, casi estática, flotando en el aire como una carga eléctrica invisible antes de la tormenta. El estacionamiento principal ya estaba colmado de una variada colección de vehículos estudiantiles: camionetas gastadas por el uso rural, compactos económicos y berlinas familiares que dejaban escapar nubes de vapor por sus tubos de escape debido a la baja temperatura matutina. Onyx descendió del elegante sedán oscuro junto a Kaelen y Vespera, moviéndose con una sincronización casi militar pero perfectamente natural. Apenas sus botas tocaron el suelo pavimentado, percibió de inmediato el cambio en el entorno: las miradas sigilosas, cargadas de una extraña mezcla de fascinación involuntaria y un temor reverencial que rozaba la incomodidad, de los estudiantes congregados en la entrada principal para protegerse del agua bajo los aleros del edificio.
Para los hermanos Draconis, caminar hacia la entrada del instituto era un ejercicio diario de contención y disciplina. Cada movimiento debía ser medido para evitar la perfección sobrehumana; cada gesto de aparente cansancio o frío debía ser fingido con precisión quirúrgica para no despertar sospechas entre la población local, que ya de por sí encontraba extraña la llegada de una familia tan solitaria y enigmática a una mansión abandonada desde hacía décadas. Sin embargo, en esta ocasión particular, la fachada cuidadosamente construida estuvo a punto de fracturarse en el mismo instante en que cruzaron el umbral del patio interior.
Toda la atención de Onyx, que hasta ese momento había logrado mantener una fría y distante indiferencia hacia el gentío estudiantil, se desvió de golpe y con fuerza irresistible hacia los escalones principales que conducían a las puertas dobles del edificio central. Lyra estaba allí, de pie en medio del trasiego constante de mochilas y abrigos coloridos. Parecía estar luchando torpemente contra una taquilla metálica de color verde Desgastado que se había atascado debido a la humedad acumulada en las bisagras, mientras sostenía en sus brazos una pila inestable de carpetas pesadas, cuadernos anillados y libros de texto que amenazaban con desparramarse por el suelo mojado en cualquier segundo.
Aquel cuadro de vulnerabilidad humana habría pasado desapercibido para cualquier otro estudiante concentrado en sus propias preocupaciones matutinas, pero para los sentidos hiperdesarrollados de Onyx, cada detalle se proyectó con una nitidez abrumadora. Pudo escuchar el ritmo acelerado de su corazón —un latido rítmico, cálido y frágil que resonaba en sus oídos como un tambor lejano— y percibir con absoluta claridad el leve aroma a vainilla y papel nuevo que emanaba de sus cosas, cortando el aire cargado de sudor y humedad de la entrada del instituto.
En un descuido provocado por el nerviosismo de ver que el pestillo de la taquilla no cedía, una repentina ráfaga de viento helado, colada con fuerza inusitada por los pasillos abiertos del pórtico, golpeó el rellano de los escalones. El aire violento arrancó de inmediato varias hojas sueltas de los cuadernos de Lyra, enviándolas a volar por los aires en un caótico baile de papel que las precipitó directamente hacia el suelo húmedo y, con trayectoria directa, hacia los pies de Onyx.
Sin pensarlo un solo segundo, guiado por un instinto primitivo y visceral que superaba por completo cualquier directiva de seguridad o protocolo establecido por el clan, Onyx se desvió de su camino de forma drástica. Con una velocidad tal que desafiaba por completo los límites de la percepción visual humana —un parpadeo imperceptible para cualquier testigo común—, se deslizó a través de la distancia que los separaba en una fracción de segundo, materializándose junto a ella como una sombra que emerge de la nada.
Cuando Lyra levantó la vista de golpe, sobresaltada por la repentina, silenciosa e inexplicable proximidad de una presencia que un instante antes estaba a varios metros de distancia, él ya estaba agachado sobre el suelo de piedra. Con movimientos sumamente precisos, elegantes y de una fluidez sobrenatural, comenzó a recoger los papeles esparcidos antes de que las gotas de lluvia terminaran de arruinarlos por completo.
—Tus hojas —dijo Onyx con voz absolutamente controlada, aunque un temblor invisible recorrió su estructura interna al tenerla tan cerca, percibiendo de manera directa el calor sutil y magnético que irradiaba su piel a través del espacio reducido entre ambos.
Lyra se quedó completamente paralizada por un instante, con los ojos muy abiertos por la sorpresa, perdiéndose de manera inevitable en la cercanía imposible de su rostro pálido, la perfección simétrica de sus facciones y sus oscuros ojos que parecían absorber toda la luz tenue del pasillo. Un leve y hermoso rubor de sorpresa y confusión cubrió instantáneamente sus mejillas, contrastando con la palidez general del entorno matutino.
—Gracias... Yo... de verdad no te vi llegar en absoluto —balbuceó ella con un hilo de voz sorprendido, extendiendo los dedos ligeramente temblorosos para tomar los documentos que él le tendía con una delicadeza inusual.
—Deberías tener mucho más cuidado al manejar tantas cosas en este espacio. El entorno puede ser peligroso e imprevisible si no prestas atención a los pequeños detalles —respondió Onyx, pronunciando las palabras con una intensidad involuntaria, una carga emocional tan densa que hizo que Lyra contuviera la respiración por un segundo, atrapada en la profundidad magnética de su mirada.
A pocos metros de distancia, Kaelen y Vespera observaban la escena desde el fondo del vestíbulo. Kaelen tenía los puños fuertemente cerrados dentro de los bolsillos profundos de su abrigo oscuro, mientras una expresión de profunda preocupación surcaba su rostro perfecto. Sabía con absoluta y dolorosa certeza que ese pequeño, impulsivo y aparentemente insignificante desliz acababa de romper la frágil barrera de anonimato y seguridad que la familia Draconis había tardado tanto tiempo y esfuerzo en construir en su nuevo hogar. El juego de las sombras había terminado; el peligro real acababa de comenzar.
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