Tras sobrevivir al cáncer, Valeria oculta su infertilidad al hombre de su vida. Entre secretos, pasión y una suegra cruel, deberá decidir si el amor basta para sanar sus cicatrices.
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CAPÍTULO 23: Desilusión e independencia
El tiempo no perdonó el deterioro de nuestra relación, pero sí trajo la bendición más esperada. Cumplidos los nueve meses de gestación, Natalia entró en labor de parto y la llegada al mundo de la pequeña Lucía se convirtió en un oasis de luz pura para la familia Mendoza. Ver a mi papá en la sala de espera de la clínica con los ojos cristalizados de emoción, sosteniendo a su primera nieta contra el pecho, y a Andrea haciéndole muecas a la bebé para sacarle una sonrisa a una Nati exhausta pero feliz, me recordó de qué estaba hecha la verdadera lealtad.
Por esos días, buscando desesperadamente un bote de salvamento ante el ambiente insoportable del penthouse, tomé una decisión crucial para mi vida. Mi marca Joyas VAN estaba generando ingresos sólidos gracias a mi esfuerzo constante, y finalmente encontré el local perfecto para montar mi taller propio e independizarme de manera definitiva del área contable de la constructora.
Creí ingenuamente que la noticia traería un respiro, un motivo de orgullo compartido que aflojara la tirantez entre nosotros. Esa noche, mientras cenábamos en un silencio sepulcral en la mesa del comedor, intenté romper el hielo con una sonrisa de ilusión.
—Mateo, quiero contarte algo importante. Ya es oficial: firmé el contrato del local para el taller de Joyas VAN. Me voy a independizar por completo de la empresa para dedicarme de lleno a mi marca. Creo que nos va a hacer bien a los dos tomar esta distancia profesional.
Mateo detuvo el tenedor a mitad de camino. No hubo un gesto de apoyo, no hubo un abrazo sincero ni una chispa de alegría en sus ojos marrones. Solo una mirada de sospecha helada y calculadora.
—¿Ah, sí? —soltó con una ironía amarga que me congeló la sangre—. Qué rápido consigues capital... ¿De dónde sacaste de la noche a la mañana para pagar el depósito de un local y equipar un taller entero, Valeria?
La decepción me atravesó el pecho como una estocada limpia.
—¿De dónde? ¡De mi trabajo, Mateo! ¡De dejarme la espalda trabajando hasta las tres de la mañana diseñando y vendiendo piezas! —respondí con un nudo amargo atascado en la garganta—. Esperaba que al menos tuvieras la decencia de alegrarte por mí, pero veo que ni para eso te queda un gesto noble.
Lo que yo ignoraba en ese instante era la enorme trampa podrida que se terminaba de tejer a mis espaldas. En la residencia de la familia Fonseca, Elena y Camilo Soublette habían ejecutado su jugada maestra.
Sabiendo que las auditorías de la obra de Las Mercedes iban a estallar tarde o temprano, por el uso de cemento defectuoso y sobrefacturaciones, Camilo manipuló mañosamente los libros contables para sembrar pistas falsas, que me señalaran a mí como la responsable del desfalco, entregándole los folios alterados a Elena.
En una cena familiar a la que, por supuesto, yo no fui invitada, Elena soltó la bomba sobre la mesa frente a su esposo y a Mateo.
—¡Aquí están los papeles, Mateo! —exclamó Elena con un dramatismo ensayado, arrojando la carpeta sobre el mantel—. ¡Esa mujer te ha estado robando la empresa en tu propia cara! Camilo mismo se tomó la molestia de investigar y demostrármelo. Todo el dinero con el que dice que financia su "famosa marca" sale directamente de los fondos de la constructora.
El padre de Mateo, un hombre sensato y cansado de las guerras de su esposa, intervino de golpe golpeando la mesa:
—¡Elena, por favor! ¡Deja las cosas en paz y deja de meterte en la vida de nuestro hijo! Valeria es una muchacha honesta, trabajadora y de buena familia. ¡No voy a permitir que inventes semejante infamia!
—¡¿Honesta?! —chilló Elena fuera de sí—. ¡Camilo Soublette viene de una familia distinguida, lo conocemos desde que era un niño! ¿Le vas a creer a una aparecida antes que a él? ¡Esa ladrona tiene que responder ante la justicia y terminar presa!
Mateo, sintiendo que el mundo se le desmoronaba encima, atrapado entre la cizaña implacable de su madre y las dudas que ya le carcomían el alma, dio un golpe fuerte a la mesa y se puso de pie fuera de sí:
—¡Cállense los dos! ¡Se callan ya! —gritó con el rostro desencajado y la voz rasposa—. ¡Nadie va a meter preso a nadie! ¡Resolveré esto a mi manera!
En su mente envenenada, el anuncio de independencia y el alquiler del nuevo taller, no eran más que la confirmación de que Valeria le había estado robando. La bomba estaba lista para ser detonada en cualquier momento.