Dicen que el Rey de Varken nunca ha tenido que repetir una orden dos veces.
Dicen que con una sola mirada puede hacer temblar a generales experimentados, que ministros con décadas de servicio pierden la voz en su presencia, que incluso los nobles más altivos agachan la cabeza cuando él entra a una habitación. Dicen que es frío como el mármol de su trono, calculador como un ajedrecista que ya vio el final del juego antes de que el rival mueva su primera pieza.
Lo dicen con miedo. Lo dicen en susurros.
Y tienen razón.
Todo el mundo le teme.
Todo el mundo, excepto ella.
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capitulo 1
Bien, permítanme ser honesta desde el principio: morí de la manera más estúpida que existe.
No fue un accidente de tráfico. No leí ninguna novela de esas donde la villana termina mal y de repente despiertas en otro mundo con la misión de cambiar el destino. No, nada de eso. Yo, Vivián, veintisiete años, empleada funcional y persona razonablemente inteligente, me fui de este mundo por una maldita pastilla para la tos.
Una pastilla.
Para. La. Tos.
Todavía no lo supero.
Resulta que estaba en mi departamento, tirada en el sofá como un trapo mojado, con una fiebre que me tenía más del otro lado que de este. Lo peor de todo es que eran mis vacaciones. Mis tan esperadas, tan necesitadas, tan merecidas vacaciones. Dos semanas que había estado contando desde enero, imaginando playas, descanso, quizás salir con amigas, leer algo que no fuera un correo de trabajo. Y ahí estaba yo, sudando fría debajo de tres cobijas, con la cabeza a punto de explotar y los huesos doliéndome como si alguien me hubiera usado de piñata.
Tomé la pastilla con un sorbo de agua tibia porque ya ni fuerza tenía para ir a la cocina a buscar algo frío.
Y eso fue todo.
Fin de Vivián.
Si hay algo que aprendí de esta experiencia es que el universo tiene un sentido del humor absolutamente deplorable.
Lo siguiente que recuerdo es abrir los ojos y ver un techo de madera con vigas enormes, cortinas de terciopelo verde oscuro y una cama tan grande que podría haber cabido mi departamento entero dentro de ella. No había fiebre. No había dolor de cabeza. Tampoco había el olor familiar de mi humidificador ni el sonido del tráfico de abajo.
Lo que sí había era una mujer mayor parada junto a la cama, mirándome con los ojos a punto de salírsele de la cara.
—¡Lady Evelyn! ¡Gracias a los cielos! —exclamó llevándose una mano al pecho—. Nos tenía a todos muertos de preocupación. El médico dijo que la fiebre había bajado pero que si no despertaba pronto...
—Estoy bien —dije, y me detuve.
Esa no era mi voz. Bueno, sí era mi voz, pero venía de una garganta diferente, con un acento diferente, en una boca que claramente no era la mía.
Me senté despacio. Busqué con la vista algo, cualquier cosa, que me diera información. Había un espejo grande en la esquina del cuarto y lo que me devolvió el reflejo fue a una joven de cabello rubio largo y ondulado, con unos ojos azul claro y la tez blanca como porcelana, tan pálida y perfecta que parecía sacada de un cuadro. Alta, delgada, con esa clase de belleza que en mi vida anterior yo habría llamado "injusta."
*Vaya,* pensé, *al menos eso está de mi lado.*
La memoria llegó como marea, lenta al principio y luego de golpe: Evelyn Ann Hawthorne. Hija de los Duques de Hawthorne. Diecinueve años. Prometida del Rey de Varken.
Me quedé sentada en silencio procesando esa última parte.
Prometida. Del. Rey.
—¿Lady Evelyn? —la mujer mayor me miraba con renovada preocupación—. ¿Se encuentra bien?
—Sí, Marta —respondí, porque el nombre de ella también estaba ahí, en algún rincón de esta memoria prestada—. Solo... dame un momento.
Ella asintió y salió discretamente, seguramente a avisar que la señorita había despertado y estaba en sus cabales. Ojalá supiera que eso era debatible.
Me levanté y caminé hasta el espejo. Estudié el rostro de Evelyn Hawthorne, o lo que a partir de ahora sería mi rostro, con la misma expresión con la que uno revisa los términos y condiciones de algo que ya firmó.
Bien. Resumen de la situación: había muerto de la forma más patética conocida por la humanidad, había reencarnado en el cuerpo de una noble en un reino llamado Varken, mi nuevo apellido era Hawthorne, lo cual era extravagante pero tolerable, y estaba comprometida con un hombre cuyo apellido era Ravenscroft, que sonaba a villano de novela gótica o a castillo embrujado, y según los recuerdos de Evelyn era exactamente tan insoportable como sonaba: egocéntrico, arrogante y presumido, de esos que creen que respirar el mismo aire que ellos es un privilegio.
Apreté los labios.
Por el lado positivo: no tenía fiebre. No tenía que ir a trabajar. Y aparentemente, si todo salía bien, iba a ser reina.
*Vivián,* me dije a mí misma, *esto es lo que se llama caer parada.*
Aunque claro, primero habría que lidiar con el rey.
Miré mi reflejo una vez más, a esa melena rubia y esos ojos azules que me devolvían la mirada con una expresión que yo misma reconocí: la de alguien que ya tomó una decisión.
Una cosa quedaba clara desde ahora mismo: yo podría vivir en este cuerpo, en este castillo, en este reino ridículo con nombres extravagantes, pero había algo que no estaba en los planes de nadie.
No me arrodillaría ante ningún rey.