Un romance que surge entre el jefe de su esposo y la esposa de un hombre incapaz de satisfacer los más profundos deseos de una mujer como ella, al menos como lo hacer su jefe...
NovelToon tiene autorización de Margalo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 8: te compro a tu esposa
Capitulo 8: ¡te compron a tu esposa
El salón estaba vacío ya, con las cortinas recogidas y el suelo despejado. Las maletas grandes de cuero, las cajas de cartón bien cerradas y los bolsos de mano se alineaban junto a la puerta principal, listos para ser cargados en el coche que esperaba a la acera. Elisa se detuvo un instante en el centro de la habitación, mirando los rincones donde habían vivido esos meses, y sintió una mezcla de tristeza y resignación profunda. En su mente no había duda: decía para sí misma que era lo correcto, que estaba cumpliendo con su deber, que lo que había vivido con Marco había sido solo un sueño del que tenía que despertar para seguir su vida al lado de su esposo.
Luis se acercó a ella y le puso una mano suave en el hombro.
—¿Estás bien? —le preguntó, mirándola con ternura—. Sé que da pena dejar esta casa, pero piensa en todo lo que nos espera. Será un cambio enorme, sí, pero para bien. Tendremos más espacio, más dinero, más tiempo para nosotros. Podremos viajar, arreglar todo lo que queramos, construir la vida que siempre soñamos.
Ella asintió, forzando una sonrisa que le llegó a los ojos solo a medias.
—Sí, lo sé —respondió—. Tienes razón. Es lo mejor para los dos. Empezaremos de cero, y todo saldrá bien.
—Claro que sí —dijo él, y le dio un beso en la frente—. Vamos, que el tiempo apremia. Si no salimos ya, llegaremos muy tarde.
Luis tomó la maleta más pesada con una mano y la de Elisa con la otra, dio media vuelta, giró la llave en la cerradura y empujó la puerta para abrirla de par en par.
Pero en cuanto el marco quedó libre, se detuvo en seco, como si hubiera chocado contra una pared. Elisa se quedó quieta detrás de él, y el corazón se le cayó a los pies.
Allí, justo en el porche, con los brazos cruzados sobre el pecho y la postura firme y segura de quien lleva mucho tiempo esperando y sabe que no se irá sin lo que quiere, estaba Marco Aurelio. No se había escondido, no había intentado sorprenderlos a escondidas: estaba ahí, delante de todos, con la mirada fija en ellos, sin mostrar ninguna duda.
—¿Señor Marco? —atinó a decir Luis, soltando las maletas en el suelo con un golpe sordo del asombro—. ¿Qué… qué hace usted aquí? No esperábamos verle. ¿Pasa algo grave en la empresa?
Marco no apartó la vista de él ni un segundo. Su voz sonó fuerte, clara y rotunda, con esa autoridad natural que lo hacía el centro de atención allá donde fuera, sin ningún rastro de la desesperación que había mostrado por teléfono: ahora volvía a ser el hombre que conseguía todo lo que se proponía.
—Te compro a tu esposa —dijo, despacio, para que cada palabra quedara grabada en sus oídos.
Luis parpadeó varias veces, como si no hubiera entendido bien lo que acababa de oír. Miró a Marco, luego a Elisa, y volvió a mirar a su jefe con la frente arrugada de confusión.
—¿Perdón? —repitió—. ¿Cómo dice usted? No… no le he entendido bien. ¿Qué quiere decir con eso?
Marco dio un paso hacia adelante, sin prisa, con la calma de quien tiene todo el tiempo del mundo y todas las ventajas a su favor.
—He dicho que te compro a tu esposa —repitió, con más firmeza aún, con esa fuerza varonil que imponía respeto—. Quiero que trabaje para mí. Como mi secretaria personal, la única que estará a mi lado, la que se encargue de todo lo mío. He visto en ella una capacidad, una inteligencia y una discreción que no encuentro en nadie más. Sé que vale mucho más de lo que parece, y no pienso dejar pasar la oportunidad de tenerla en mi equipo.
Luis se quedó aún más desconcertado.
—Pero… señor Marco, ella no ha trabajado nunca en su empresa, no tiene experiencia en puestos directivos… —empezó a decir.
—Eso no importa —lo cortó él, levantando una mano para acallar cualquier objeción—. La experiencia se aprende. Lo que ella tiene no se aprende en ningún libro. Y te aseguro que no te arrepentirás de aceptar lo que te voy a proponer. Escucha bien, porque no suelo repetir mis ofertas.
Se detuvo un instante, y luego enumeró cada beneficio con la seguridad de quien sabe que son irrechazables:
—Si ella acepta el puesto, tú te quedas con el ascenso que te prometí, pero con un aumento del cincuenta por ciento más sobre lo que habíamos acordado. Además, te asignaré la dirección de las tres sucursales más importantes de la región, no solo una. Tendrás coche de lujo con chofer exclusivo, una vivienda en la zona más cara de esta misma ciudad, completamente pagada y con todos los servicios incluidos. Recibirás bonos anuales que igualarán a todo lo que ganarías en cinco años en el otro puesto. Tendrás seguro médico privado para los dos, acceso a cualquier clínica del país, becas para cualquier estudio que quieran hacer, y una cuenta de gastos ilimitada para representar a la empresa. Todo esto sin que tengas que mudarte ni un solo kilómetro de aquí. Y ella… ella tendrá un sueldo propio superior al triple del tuyo, horarios flexibles, vacaciones cuando ella quiera, todos los recursos que necesite y el respaldo total de mi persona para cualquier cosa que pida.
Hizo una pausa, y su mirada recorrió a los dos, como si midiera el efecto que sus palabras tenían en ellos.
—No hay nadie en esta compañía, ni en ninguna otra del país, que reciba condiciones como estas —añadió con voz firme—. Lo he pensado mucho, y estoy seguro de que es la mejor decisión para todos. Yo consigo a la persona que necesito a mi lado, tú consigues mucho más de lo que jamás imaginaste, y ella podrá demostrar todo lo que vale. No te pido que la dejes, ni que rompas nada. Solo pido que ella trabaje conmigo. Sé que puedo conseguir lo que me propongo, y esta vez no es la excepción.
Luis se quedó callado, mirando al suelo y luego a Elisa, dando vueltas a las palabras en su cabeza. Al principio le parecía algo extraño, casi absurdo, pero cuanto más pensaba en todo lo que implicaba la oferta, más difícil le resultaba encontrar una razón para decir que no. Era una oportunidad que caía del cielo, algo que nadie rechazaría en su sano juicio.
—Es… es una propuesta muy generosa —dijo al final, con voz vacilante—. No sé qué decir… es demasiado para nosotros.
—Tómense el tiempo que necesiten para hablarlo entre los dos —dijo Marco, y por un segundo sus ojos se encontraron con los de Elisa, y ella supo que él estaba seguro de que volvería a decir que sí, que no había salida posible—. Pero no tarden mucho. Ofertas como esta no se hacen dos veces.
Sin añadir una palabra más, dio media vuelta y se fue caminando con paso tranquilo y decidido, hasta subir a su coche y alejarse.
La puerta seguía abierta, el aire fresco de la mañana entraba en la casa, y las maletas seguían en el suelo, sin saber si iban a ser cargadas o a ser desempacadas de nuevo. Luis se giró hacia Elisa, con la duda escrita en toda su cara, y ella se quedó mirándolo, sabiendo que la decisión que tomara ahora cambiaría su destino para siempre: ¿seguiría el plan de irse lejos, o aceptaría ese puesto que Marco le había puesto en bandeja, con todo lo que eso significaba?