Marco Vivaldi solo conoce dos colores en su vida, blanco o negro. Para él no hay quizás, no hay colores intermedios. El peso del pasado está sobre sus hombros haciendo estragos en su vida hasta que conoce a Isabella quien llega a convertirse en su arcoiris. Con ella descubre que hay una gama amplia de colores en la vida, de sentimientos y emociones...¿Pero que tendrán que enfrentar para disfrutar de ellos?
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Capítulo 1 El hombre de la mansión Vivaldi
Las colinas de la Toscana despertaban envueltas en una fina neblina que parecía acariciar los interminables viñedos.
A esa hora de la mañana, cuando el sol apenas comenzaba a teñir de dorado las hojas de las vides, el silencio era casi sagrado. Solo se escuchaba el canto de algunos pájaros, el suave murmullo del viento y el crujir de la tierra húmeda bajo las botas de un hombre que caminaba con paso firme entre las hileras de uvas.
Marco Vivaldi recorría cada parcela como si saludara a viejos amigos.
Rozaba los racimos con la yema de los dedos, observaba el color de cada fruto, comprobaba la humedad del suelo y respiraba profundamente el aroma que solo la tierra podía ofrecer al amanecer.
Aquello era su refugio.
Su hogar.
Su única compañía.
—Esta necesita dos días más... —murmuró para sí mientras examinaba una cepa.
Uno de los trabajadores se acercó.
—Buenos días, señor Vivaldi.
Marco apenas levantó la vista.
—¿Cómo está el sector norte?
—Las lluvias ayudaron mucho. Creo que tendremos una excelente cosecha.
Marco asintió.
—Revisen el sistema de riego del extremo oeste. No quiero pérdidas.
—Sí, señor.
El trabajador se alejó rápidamente.
Todos en la finca respetaban a Marco.
Pero también le temían un poco.
No porque fuera un hombre cruel.
Jamás levantaba la voz.
Jamás humillaba a nadie.
Simplemente era... distante.
Su mirada gris parecía incapaz de transmitir alegría.
Su rostro casi nunca sonreía.
Y el silencio que lo rodeaba hacía que cualquiera evitara molestarlo más de lo necesario.
Muchos pensaban que era arrogante.
Otros aseguraban que la riqueza había endurecido su corazón.
La verdad era otra.
Mucho más triste.
Marco llevaba quince años viviendo acompañado únicamente por sus recuerdos.
Había heredado los viñedos siendo apenas un adolescente, después del accidente que acabó con la vida de sus padres y de su hermana menor.
Desde entonces aprendió que las personas podían desaparecer en un instante.
Que el amor podía convertirse en dolor.
Y que era mejor acostumbrarse a la soledad antes que volver a perder a alguien.
Por eso trabajaba.
Trabajaba hasta el agotamiento.
Porque mientras ocupaba su mente en las viñas, el pasado hacía menos ruido.
Al mediodía regresó a la mansión.
La enorme construcción de piedra dominaba la colina como si vigilara todos los terrenos Vivaldi.
Era hermosa.
Elegante.
Imponente.
Pero también parecía vacía.
Las enormes ventanas permanecían cubiertas por gruesas cortinas oscuras.
Los jardines estaban perfectamente cuidados, aunque nadie paseara por ellos.
La piscina permanecía intacta desde hacía años.
Nunca había risas.
Nunca había música.
Nunca había invitados.
Solo silencio.
Entró dejando las llaves sobre un antiguo mueble de nogal.
El ama de llaves apareció casi de inmediato.
Lucía Moretti llevaba más de veinte años trabajando para la familia.
Había visto crecer a Marco.
Había llorado la muerte de sus padres.
Y era, probablemente, la única persona capaz de hablarle con cierta confianza.
—Buenos días, Marco.
Él hizo un leve movimiento con la cabeza.
—Buenos días, Lucía.
—El almuerzo está listo.
—Gracias.
Ella lo observó unos segundos.
—Has vuelto a saltarte el desayuno.
Marco suspiró.
—No tenía hambre.
Lucía negó con la cabeza.
—Algún día entenderás que un hombre no puede vivir solamente de café y trabajo.
Él no respondió.
Ya conocía ese discurso.
La mujer sonrió con resignación.
—Ven antes de que la comida se enfríe.
Durante el almuerzo apenas intercambiaron unas pocas palabras.
Lucía sabía respetar sus silencios.
Marco, por su parte, agradecía que no intentara obligarlo a hablar.
Cuando terminó de comer, tomó una copa de vino tinto.
No para beberla.
Solo la observó contra la luz.
Giró lentamente el cristal.
Estudió el color.
El aroma.
La densidad.
Cada botella que salía de sus bodegas era casi una obra de arte.
Y eso era lo único que realmente le despertaba orgullo.
—La exportación a Francia salió esta mañana —comentó Lucía.
—Perfecto.
—También llamó el señor Ricci.
Marco dejó la copa sobre la mesa.
—¿Qué quería?
—Invitarte nuevamente a la Fiesta del Vino.
Él soltó una pequeña risa irónica.
—¿Otra vez?
—Dice que este año no aceptará un no como respuesta.
—Entonces tendrá que aprender a aceptar las derrotas.
Lucía sonrió.
—Solo quiere que vuelvas a convivir con la gente.
Marco volvió a guardar silencio.
Convivir.
Hacía mucho que esa palabra había perdido sentido para él.
Aquella tarde descendió a la bodega principal.
Las barricas de roble llenaban el enorme salón con un aroma cálido y envolvente.
Era uno de sus lugares favoritos.
Allí el tiempo parecía detenerse.
Tomó una libreta donde llevaba anotadas todas las pruebas de fermentación.
Escribía cada detalle con una precisión casi obsesiva.
Temperaturas.
Acidez.
Aromas.
Tiempo de reposo.
Todo debía ser perfecto.
—Señor.
Un joven enólogo apareció con una botella.
—Quiero que pruebe el nuevo ensamblaje.
Marco sirvió un poco.
Lo observó.
Lo olió.
Después dio un pequeño sorbo.
Permaneció varios segundos sin hablar.
El muchacho tragó saliva.
—¿Está... mal?
Marco negó lentamente.
—No.
—¿Entonces?
—Le falta paciencia.
El joven frunció el ceño.
—¿Paciencia?
—Sí.
Los buenos vinos no se apresuran.
Las mejores cosas necesitan tiempo.
El muchacho sonrió.
—Tiene razón.
Marco devolvió la botella.
—Déjalo descansar tres meses más.
—Así será.
Mientras el muchacho se alejaba, Marco permaneció inmóvil.
Sin darse cuenta, acababa de pronunciar una frase que también describía su propia vida.
Solo que él llevaba quince años esperando...
...y seguía sintiéndose exactamente igual de vacío.
Cuando cayó la noche, salió a una de las terrazas de la mansión.
Desde allí podían verse todas las hectáreas de viñedos iluminadas por la luna.
Era un paisaje capaz de enamorar a cualquiera.
Pero él apenas lo contemplaba.
Sirvió una copa de vino.
Esta vez sí bebió un pequeño trago.
El viento movía suavemente las hojas de las parras.
Todo estaba tranquilo.
Demasiado tranquilo.
A veces el silencio pesaba más que cualquier ruido.
Lucía apareció con una manta sobre el brazo.
—Va a refrescar.
Marco aceptó la manta sin protestar.
—Gracias.
Ella permaneció a su lado unos instantes.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
Él asintió.
—¿Eres feliz?
Marco tardó varios segundos en responder.
Miró el horizonte.
Las luces lejanas del pequeño pueblo brillaban como estrellas sobre la tierra.
Finalmente habló.
—No lo sé.
Lucía bajó la mirada.
Aquella respuesta le dolió más que un simple "no".
Porque significaba que Marco llevaba tanto tiempo sobreviviendo que había olvidado cómo se sentía vivir.
Antes de entrar nuevamente a la mansión, la mujer volvió a hablar.
—Dicen que este año la Fiesta del Vino será la mejor de la década.
Marco sonrió apenas.
Una sonrisa tan pequeña que desapareció enseguida.
—Las fiestas son para quienes tienen algo que celebrar.
Lucía no respondió.
Solo observó cómo aquel hombre de apenas treinta años desaparecía entre los pasillos oscuros de la enorme mansión.
Y mientras cerraba la puerta tras él, una extraña sensación cruzó su corazón.
Como si el destino estuviera preparando algo.
Como si la vida, después de tantos años de silencio, estuviera a punto de llamar a la puerta de Marco Vivaldi.
Y él todavía no lo supiera.