Valeria Montrose fue la villana más odiada del Imperio de Elarion. Obsesionada con el príncipe heredero, manipuló, traicionó y destruyó a todos los que se interpusieron en su camino. Al final, fue ejecutada públicamente tras ser acusada de conspiración contra la corona.
Cuando la espada cae sobre su cuello, cree que todo ha terminado.
Sin embargo, despierta diez años atrás, en el día de su presentación en sociedad.
Esta vez conserva todos sus recuerdos.
Sabe que el príncipe nunca la amó. Sabe que la heroína del reino no era su enemiga. Y, sobre todo, sabe que detrás de su caída existía una conspiración mucho más grande que terminó provocando una guerra que destruyó el imperio.
Decidida a sobrevivir, Valeria toma una decisión inesperada:
No perseguirá al príncipe.
Pero cambiar el destino resulta más difícil de lo esperado cuando el propio príncipe comienza a interesarse por ella después de que deja de perseguirlo.
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01
El frío acero contra su piel era la última sensación que Valeria Montrose esperaba recordar. La multitud abucheaba, sus rostros borrosos por las lágrimas que se negaba a derramar. La espada del verdugo se alzaba, brillante y letal bajo el sol de mediodía, un último espectáculo en el circo de su vida. —Conspiración contra la corona— había murmurado el juez con voz indiferente. Mentiras. Todo mentiras, pero nadie quiso escucharla. Ni siquiera él, el príncipe Kaelan, cuyo amor obsesivo la había llevado a este destino.
El golpe nunca llegó.
En su lugar, un calor cegador la envolvió. Valeria gritó, pero no hubo sonido. Cayó por un abismo sin fondo, pasando imágenes de su vida—fracasos, traiciones, la sonrisa desdeñosa de Kaelan—hasta que todo se detuvo abruptamente.
—Señorita Montrose, despierte. Hoy es su día de presentación.
La voz era suave pero autoritaria. Abrió los ojos con dificultad, la luz de la mañana filtrándose a través de cortinas de seda carmesí. Reconoció esa habitación. Las paredes cubiertas de paneles de roble oscuro, el dosel de terciopelo sobre su cama, el perfume de rosas blancas que siempre pedía a sus doncellas.
Era su cuarto en la mansión familiar. Diez años atrás.
—¿Qué día es hoy?—preguntó, su voz ronca por el desuso.
La doncella Elena, joven y de mejillas sonrosadas, sonrió mientras ajustaba el corpiño de un vestido de seda azul pálido. —Es el décimo quinto día de Luminaria, señorita. El día de su presentación en sociedad. Su madre espera impacientemente.
Diez años. Había regresado diez años antes de su ejecución. Antes de conocer al príncipe, antes de que todo se desmoronara.
Valeria se incorporó bruscamente, sus dedos temblando mientras acariciaba el bordado de seda. Recordaba este vestido. Lo había usado para su presentación, para impresionar a la corte, para captar la atención del príncipe heredero Kaelan. Ese día había sido el comienzo de su obsesión, el primer paso en la senda que la llevaría a la muerte.
—No puedo usar esto—murmuró, arrojando el vestido a un lado. —Tengo algo más apropiado.
Elena pareció confundida pero no objetó. Mientras Valeria se acercaba al armario, su mente recorría los eventos que vendrían. La presentación en sociedad, donde conocería a Kaelan por primera vez. El baile de primavera donde comenzaría su persecución desesperada. Los años de manipulaciones y traiciones, todo por un amor que nunca existió. La guerra que estallaría tres años después, consumiendo el imperio.
Todo porque ella había sido la villana perfecta en una historia que nunca comprendió del todo.
—La señorita está rara hoy—comentó Elena mientras ayudaba a Valeria a vestirse con un simple vestido de día color crema, muy diferente al ostentoso atavo azul.
—Solo he decidido que no necesito impresionar a nadie—respondió Valeria, examinando su reflejo en el espejo de plata. Su rostro era más joven, sin las líneas de amargura y decepción que marcarían su futuro. Sus ojos seguían siendo del mismo color ámbar, pero ahora brillaban con un conocimiento que no correspondía a una chica de dieciséis años.
En el salón principal, su madre la esperaba impaciente. —Valeria, ¿qué es esto?—exigió Lady Montrose, sus cejas perfectamente arqueadas en señal de desaprobación. —Te vestiré con el mejor diseñador del imperio para que aparezcas con esto? ¿Qué pensará la corte?
—Que la duquesa Montrose tiene una hija con estilo propio, no una muñeca para exhibir—replicó Valeria con una calma que sorprendió incluso a sí misma. En su vida anterior, nunca se habría atrevido a contrariar a su madre así.
Lady Montrose abrió la boca para replicar, pero algo en la mirada de su hija la detuvo. —Muy bien—dijo finalmente, rozando las arrugas de su vestido. —Al menos intenta comportarte con dignidad. La reputación de nuestra familia depende de ti.
El carruaje las esperaba fuera. Mientras avanzaban por las calles de la capital, Valeria observaba todo con renovada atención. Recordaba esta ciudad en ruinas, humeante después de la guerra. Ahora estaba vibrante, llena de vida y promesa. Gente que moriría por ambiciones ajenas, soldados que lucharían en una batalla perdida antes de tiempo, nobles que conspirarían sin saber el verdadero poder que movía los hilos.
En el palacio, la presentación transcurría según lo previsto. Valeria soportó las miradas de curiosidad y los murmullos sobre su atuendo sencillo. Su madre la presentó a varios nobles importantes, todos los cuales recordaba por alguna razón en su vida anterior. Algunos morirían en la guerra. Otros se enriquecerían con el sufrimiento ajeno. Unos pocos, muy pocos, sobrevivirían para contar la historia.
—Y esta es mi hija, Valeria Montrose—dijo Lady Montrose con orgullo forzado ante el duque de Blackwood.
Valeria hizo una reverencia, sus ojos encontrando los del joven príncipe Kaelan que se acercaba. Era exactamente como lo recordaba: pelo dorado como el sol, ojos verdes como esmeraldas, una sonrisa que podía derretir el corazón de cualquier doncella. En su vida anterior, esa sonrisa la hechizó por completo. Ahora solo veía la fachada de un hombre que la abandonaría sin dudar cuando las cosas se pusieran difíciles.
—Encantada de conocerla, señorita Montrose—dijo él, besando su mano con galantería. —He oído mucho sobre usted.
—Todo mentira, espero—respondió antes de poder detenerse.
El príncipe parpadeó, sorprendido por su franqueza. Lady Montrose tiró de su brazo con fuerza, pero Valeria se mantuvo firme. No volvería a ser la misma joven desesperada por atención que fue una vez.
—¿Por qué diría eso?—preguntó Kaelan, genuinamente intrigado.
—Porque la gente tiende a exagerar, alteza. He vivido dieciséis años tranquilos en el campo. No hay historias emocionantes que contar—mintió Valeria con una sonrisa cortés.
Kaelan la observó con renewed interest. En su vida anterior, ella se habría deshecho en halagos y coqueterías. Esta versión de Valeria Montrose era diferente. Fresca. Auténtica.
—Quizás tenga razón. Pero a veces las historias más simples son las más interesantes—dijo él antes de ser llamado por otro noble.
Mientras se alejaba, Valeria sintió un escalofrío recorrer su espalda. No por el príncipe, sino por la presencia que sentía a sus espaldas. Se giró lentamente y sus ojos encontraron los del comandante de los caballeros imperiales.
Aurelius Blackwood.
El hombre que había leído su sentencia de muerte. El hombre cuya espada debió separar su cabeza de su cuello. El hombre que ahora la observaba con una intensidad que parecía atravesar el tiempo mismo.
—Comandante—saludó con una ligera inclinación de cabeza, manteniendo la compostura a duras penas.
—Señorita Montrose—respondió él con voz grave. —No esperaba encontrarla aquí. Su familia reside principalmente en las provincias, ¿no es así?
—Circunstancias familiares me traen a la capital temporalmente, comandante—respondió Valeria, sintiendo cómo su corazón martilleaba contra sus costillas. —Es un honor conocer al hombre que protege a nuestro emperador.
Aurelius no sonrió. Sus ojos grises parecían analizar cada centímetro de su ser, como si buscara algo que solo él podía ver. —La protección es un deber, señorita. Como es el deber de todos con el imperio.
Las palabras parecían cargadas de un significado que Valeria no alcanzaba a comprender. ¿Sabría él algo sobre su renacimiento? ¿Era posible que estuviera conectado de alguna manera con su vuelta al pasado?
—Valeria—llamó su madre desde el otro lado del salón. —Venimos de parte del canciller.
Con un último vistazo al comandante, Valeria se alejó, sintiendo su espalda ardiendo bajo su mirada. Necesitaba respuestas, pero primero debía sobrevivir a este día. Cambiar el destino no sería fácil, especialmente cuando el destino parecía tener otros planes para ella.
Durante el resto de la presentación, Valeria se mantuvo al margen, evitando activamente tanto al príncipe como al comandante. Observaba, escuchaba, procesaba toda la información que podía. Recordaba fragmentos de conspiraciones que oiría en los próximos meses, alianzas que se formarían y romperían, secretos que eventualmente llevarían a la guerra.
Pero algo era diferente. En su vida anterior, había estado tan concentrada en Kaelan que había ignorado por completo las sutilezas de la corte. Ahora, con la claridad que solo la muerte puede proporcionar, veía patrones que antes le habían pasado desapercibidos. Miradas intercambiadas entre nobles que no debían tener ninguna conexión. Susurros que se apagaban cuando alguien se acercaba. Una tensión subyacente en el ambiente que presagiaba tormentas.
—¿Disculpa?—Una voz suave a su lado la distrajo de sus pensamientos. —¿Está bien, señorita Montrose? Parece preocupada.
Valeria se giró para encontrarse con Lady Eleanor, la heroína del reino en su vida anterior. Una mujer de belleza modesta pero inteligencia aguda, que eventualmente se convertiría en la confidente del príncipe y su principal rival por el corazón de Kaelan. Ahora, solo era una noble de segundo orden con una sonrisa amable y ojos curiosos.
—Solo un poco abrumada por tanto esplendor—respondió Valeria, forzando una sonrisa. —No estoy acostumbrada a tanto lujo.
—Ni yo—confesó Eleanor con sinceridad. —Mi familia apenas puede permitirse estar aquí. Mi padre insistió, dijo que era importante hacer conexiones.
Valeria la estudió con interés. En su vida anterior, había visto a Eleanor como una competidora, una obstáculo en su camino hacia el príncipe. Ahora veía a una mujer joven, insegura pero con una fortaleza interior admirable. Alguien que, irónicamente, sería una de las pocas personas en intentar detener la guerra cuando estallara.
—Las conexiones son importantes—admitió Valeria. —Pero también la autenticidad. Al menos eso es lo que creo.
—La autenticidad—repitió Eleanor, sus ojos brillando con comprensión. —Es raro encontrar alguien que valore eso en la corte.
Las dos mujeres conversaron durante varios minutos, encontrando un terreno inesperado en común. Valeria descubrió que Eleanor no solo era inteligente sino también increíblemente perspicaz sobre la política de la corte, aunque carecía de la ambición necesaria para jugar esos juegos.
—Debo retirarme—dijo finalmente Eleanor. —Es un placer conocerla, Valeria.
—Igualmente, Eleanor. Quizás podríamos vernos de nuevo sometime—sugirió Valeria antes de darse cuenta de lo que decía.
Eleanor sonrió genuinamente. —Me gustaría mucho.
Mientras la heroína del reino se alejaba, Valeria sintió una extraña sensación. ¿Estaba cambiando su destino simplemente al actuar diferente? ¿O el destino era mucho más resistente de lo que pensaba?
Más tarde esa noche, mientras regresaba a la mansión familiar, Valeria no podía dejar de pensar en Aurelius. Había sentido su mirada sobre ella durante todo el evento, como si la estuviera observando, evaluando. ¿Qué sabría? ¿Qué conexión podría tener con su renacimiento?
En el carruaje, su madre rompió el silencio. —Tu comportamiento fue inaceptable, Valeria. Ignorar al príncipe, hablar con Eleanor Vance como si fuera una igual. ¿Qué te pasa hoy?
—He decidido vivir según mis propios términos, madre. No seré una marioneta en los juegos de la corte—respondió Valeria con calma. —Y si eso significa perder el favor de algunos, así sea.
Lady Montrose la miró como si nunca la hubiera visto antes. —No entiendes lo que dices. El favor del príncipe es todo. Sin él, nuestra familia perderá posición, influencia...
—¿Y qué ganamos con ese favor?—preguntó Valeria, su voz más aguda de lo previsto. —¿Unos años de falsa admiración antes de ser abandonada cuando ya no somos útiles? No, madre. Prefiero la honestidad a las mentiras, aunque eso signifique vivir con menos.
Esa noche, acostada en su cama, Valeria contempló el techo con los ojos abiertos. Diez años. Tenía diez años para cambiar el futuro, para evitar la guerra, para descubrir la verdad detrás de su ejecución. Diez años para redimirse a sí misma.
Pero mientras el sueño comenzaba a vencerla, una duda persistía en su mente. ¿Era realmente posible cambiar el destino? ¿O estaba destinada a cometer los mismos errores una y otra vez, sin importar cuánto supiera?
Con esas preguntas girando en su cabeza, Valeria finalmente se quedó dormida, ignorando que en la oscuridad de la noche, un par de ojos grises la observaban desde las sombras fuera de su ventana, conscientes de que algo había cambiado fundamentalmente en el tejido del tiempo.