Historia sobre el amor que trasciende las limitaciones , sobre el arte como puente entre dos mundos y sobre la certeza de que a veces las personas más luminosas son aquellas que aprendieron a brillar en la oscuridad.
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El color de las notas
El sábado por la noche, «El Rincón de las Musas» estaba más concurrido que nunca. Diego lo supo en cuanto cruzó la puerta con Max, porque el murmullo de las conversaciones era más denso y el aire estaba cargado de una mezcla de perfumes, café y el ligero olor a vino tinto que Laura solía servir en las veladas especiales. Las lámparas de araña —eso le había contado Elena en una de sus visitas— proyectaban una luz cálida y tamizada que hacía que todo pareciera envuelto en un halo dorado, aunque Diego no podía verlo, sí podía sentirlo en la temperatura ligeramente más elevada del ambiente y en la forma en que los sonidos rebotaban contra los techos altos.
—Está lleno —le susurró Laura al oído mientras le ayudaba a quitarse la chaqueta—. Y tienes una admiradora en la tercera mesa junto a la ventana. Lleva media hora aquí, con un cuaderno y una sonrisa de colegiala.
El corazón de Diego se aceleró. No necesitaba preguntar de quién se trataba; el perfume a jazmín le había llegado en cuanto puso un pie en el local, como una baliza olfativa que le indicaba exactamente dónde estaba ella.
—Gracias, Laura. ¿Me traes un chocolate cuando puedas?
—Marchando.
Avanzó hacia el escenario sorteando mesas y clientes con la pericia que le daban los años. Max caminaba a su lado, atento pero relajado, porque conocía aquel lugar tan bien como su propia casa. Cuando pasó junto a la mesa que Laura le había indicado, Alicia le rozó el brazo con suavidad.
—Estás guapo —dijo ella en voz baja.
—No sabes lo que dices —respondió él, sonriendo.
—Claro que lo sé. Mis ojos funcionan perfectamente, ¿recuerdas? Tú confía en mí.
Aquella frase, dicha con desenfado pero cargada de intención, se le quedó a Diego resonando mientras se acomodaba en el taburete del piano. «Confía en mí.» Como si fuera lo más fácil del mundo. Como si rendirse a lo que estaba ocurriendo entre ellos no fuera un salto al vacío sin red de seguridad.
Comenzó a tocar. Aquella noche había preparado un repertorio especial, aunque no se lo había confesado a nadie. Eran todas piezas que hablaban de amor, de encuentros, de esa sensación de vértigo que se experimenta cuando el corazón decide tomar las riendas sin consultar al cerebro. Schumann, Liszt, una versión muy personal de un estándar de jazz que siempre le había gustado. Y entre pieza y pieza, improvisaba, dejando que sus dedos narraran lo que sus labios aún no se atrevían a pronunciar.
Mientras tocaba, imaginaba a Alicia dibujándolo. Imaginaba sus ojos verdes recorriendo cada uno de sus gestos, sus manos manchadas de carboncillo deslizándose sobre el papel para capturar la inclinación de su cabeza, la curva de sus hombros, la concentración de su frente. Era una sensación extraña: saberse observado sin poder observar a cambio. Pero en lugar de incomodarle, le resultaba curiosamente íntima. Como si el hecho de no poder verla dibujar hiciera que el acto en sí mismo fuera más valioso, más secreto, más exclusivo.
Al terminar su primera hora de concierto, Laura anunció un breve descanso. Diego se levantó entre aplausos y buscó a tientas el borde del piano para orientarse. Pero antes de que pudiera dar un paso, el aroma a jazmín lo envolvió y sintió unas manos cálidas posándose sobre sus antebrazos.
—Increíble —dijo Alicia, y su voz sonaba distinta, más grave, como si estuviera emocionada—. Lo de la tercera pieza, esa que sonaba a otoño y a despedida pero con un final esperanzado... No la conozco. ¿Quién es el compositor?
—Yo —confesó Diego, sonrojándose—. Es una improvisación. Bueno, una idea que llevo trabajando unos días.
—¿La has compuesto tú?
—Digamos que la estoy componiendo. No está terminada.
—Pues es preciosa. ¿Tiene nombre?
Diego negó con la cabeza. No se había atrevido a ponerle nombre, porque ponerle nombre habría significado admitir para qué y para quién la había creado. Y aún era pronto. Demasiado pronto.
—Todavía no. Quizás algún día.
Alicia no insistió, pero Diego notó que sus dedos apretaban ligeramente sus antebrazos antes de soltarlos. Un gesto mínimo, casi imperceptible, que le provocó un escalofrío en toda regla.
—Tengo algo para ti —dijo ella, y su tono era tímido, como si estuviera a punto de compartir un secreto—. He terminado el dibujo. El del otro día, pero rehecho desde cero, sin chocolate de por medio. ¿Quieres...? Bueno, ya sé que no puedes verlo. Pero quería que lo tuvieras. Es tuyo.
—Enséñamelo —pidió Diego, y aunque la palabra no era del todo precisa, ambos sabían lo que significaba.
Alicia le cogió la mano derecha y la guió suavemente. Diego sintió el contacto de sus dedos —esos dedos ásperos de artista que tanto había imaginado— y se dejó llevar. Ella depositó la palma de Diego sobre una superficie rugosa y ligeramente granulada. Papel de acuarela, pensó él. De buena calidad.
—Pasa los dedos despacio —le indicó Alicia, y su voz estaba más cerca ahora, como si se hubiera inclinado sobre él—. No tiene relieve, pero quizás puedas notar las zonas donde el lápiz ha presionado más fuerte.
Diego obedeció. Sus yemas, extremadamente sensibles después de años de entrenamiento táctil, recorrieron la superficie del papel milímetro a milímetro. Notó las líneas del dibujo como ligerísimas hendiduras, casi imperceptibles, pero presentes. Una forma ovalada que debía ser su cabeza. Los trazos verticales del pelo. Una zona más trabajada donde intuyó los ojos, esa parte del rostro que Alicia —como buena retratista— habría detallado con más minuciosidad.
—Aquí —dijo ella, guiando sus dedos— es donde te he dibujado los párpados cerrados. Estabas tocando con los ojos cerrados, ¿recuerdas? Y aquí abajo, los labios. Los tienes ligeramente entreabiertos, como si estuvieras a punto de cantar.
Diego recorrió la línea de los labios dibujados. Era extraño tocarse a uno mismo en un papel, verse a través de la interpretación de otra persona. Pero al mismo tiempo era profundamente conmovedor. Porque aquel dibujo era la forma en que Alicia lo veía. Era su mirada traducida a trazos de lápiz.
—¿Cómo me has hecho? —preguntó en un susurro—. No me refiero a los rasgos. Me refiero a... no sé, a la expresión. ¿Qué expresión tengo?
Alicia guardó silencio unos segundos. Diego la oyó respirar, un poco más rápido de lo normal.
—Tienes una expresión serena —dijo al fin—. Pero con algo detrás. Como si estuvieras escuchando algo que los demás no podemos oír. Algo muy hermoso y un poco triste a la vez. He intentado capturar ese contraste, pero no sé si lo he conseguido.
—Estoy seguro de que sí.
—No puedes saberlo —bromeó ella, aunque su voz temblaba ligeramente.
—No necesito verlo para saberlo. Me lo ha dicho tu forma de describirlo.
Se quedaron un momento en silencio, con las manos todavía rozándose sobre el papel. Diego era consciente de la cercanía de Alicia, del calor que irradiaba su cuerpo, del ritmo de su respiración. Nunca había estado tan cerca de una mujer que no fuera su hermana o Laura. Y la sensación era tan abrumadora que tuvo que hacer un esfuerzo consciente para no apartarse.
—Diego... —empezó Alicia.
—¿Sí?
—Me gustas. Quiero decir, me gustas mucho. Y no sé si es demasiado pronto para decirlo, pero no quiero que pienses que esto es solo amistad. Por si acaso. Porque no me gusta jugar a los equívocos.
Las palabras cayeron entre ellos como piedras en un estanque, generando ondas expansivas que lo desordenaron todo. Diego sintió que el mundo se tambaleaba ligeramente, o quizás era solo su corazón saltándose un latido. Llevaba días preguntándose si aquella conexión era real o solo un producto de su imaginación necesitada de afecto. Y ahora Alicia lo confirmaba, sin ambages, sin juegos, con una honestidad tan desarmante que lo dejaba sin defensas.
—Yo también —consiguió articular—. Me gustas. Mucho. Pero...
—¿Pero?
—Pero tengo miedo. —La palabra le costó, pero era necesaria—. No estoy acostumbrado a esto. Nunca he tenido una relación. Y no sé si voy a ser capaz de darte lo que mereces. Yo... yo no puedo verte, Alicia. Nunca voy a poder verte. No sé cómo eres físicamente. No sé si eso es justo para ti.
Oyó un leve crujido, el sonido del cuaderno siendo cerrado y depositado sobre la mesa. Y luego, las manos de Alicia tomaron las suyas y las apretaron con una firmeza inesperada.
—Diego, escúchame bien —dijo ella, y su tono era serio pero no duro—. A mí no me importa que no puedas verme. Me importa que me escuches, que me huelas, que me sientas. Me importa cómo me hablas y cómo me tocas el brazo cuando te ríes y cómo compones melodías que me hacen llorar sin saber por qué. Eso es lo que me importa. El resto... el resto son detalles.
—Pero...
—No hay peros. O bueno, sí los hay, pero no ese. Si esto no funciona, que no sea porque tú te cierras en banda por miedo. ¿De acuerdo?
Diego asintió lentamente. Las palabras de Alicia habían abierto una brecha en la muralla que llevaba años construyendo a su alrededor, esa fortaleza de autoprotección que le decía que era mejor no ilusionarse, no esperar nada, no arriesgarse. Pero por aquella brecha empezaba a colarse una luz nueva, cálida y persistente.
—De acuerdo —dijo.
—Bien. Y ahora —Alicia recuperó su tono ligero y juguetón—, dime qué más cosas te gustan de mí, aparte de mi voz y mi colonia. Para ir preparándome.
Diego sonrió, aliviado por el cambio de registro.
—Me gusta que digas lo que piensas sin rodeos. Y que trates mi ceguera con naturalidad, sin dramas. Y que me hayas dibujado antes incluso de conocerme.
—Eso último suena un poco a acosadora, ¿no?
—Un poco —admitió él—. Pero me halaga.
Los minutos del descanso se esfumaron volando, y Laura tuvo que recordarle a Diego que debía volver al escenario. Él se levantó, pero antes de alejarse, Alicia le retuvo un instante.
—He pensado en el nombre de tu pieza —dijo—. La que has compuesto.
—¿Ah, sí? —Diego alzó las cejas con curiosidad.
—Deberías llamarla «Luz en tus manos». Porque cuando la tocas, parece que tus dedos estuvieran dibujando luz sobre las teclas.
Diego se quedó sin palabras. Era un título tan hermoso, tan evocador, tan perfectamente adecuado para lo que él sentía cuando improvisaba, que no podía creer que no se le hubiera ocurrido a él mismo.
—Me encanta —dijo, y se dio cuenta de que esas dos palabras servían tanto para el título como para la chica que lo había propuesto.
El resto de la velada transcurrió en un estado de euforia contenida. Diego tocó como nunca, dejando que sus emociones fluyeran sin trabas a través de las teclas. Improvisó un bis a petición del público, una versión acelerada y alegre de una vieja canción francesa, y terminó sudando y sonriendo como un niño.
Cuando el café cerró y los últimos clientes se fueron, Alicia lo esperaba en la puerta. Esta vez no hubo dudas ni vacilaciones: ella le ofreció su brazo y él lo tomó, y caminaron juntos hacia la parada del autobús como si lo hubieran hecho toda la vida.
—El lunes es mi día libre en la floristería —dijo Alicia—. ¿Te apetece que vayamos a algún sitio? He pensado que podríamos ir al jardín botánico. Tienen una sección de plantas aromáticas que es una pasada. Y está lleno de bancos para sentarse.
—¿El jardín botánico? —Diego se sorprendió. No era un plan habitual para alguien que salía con un ciego.
—He pensado que, ya que no puedes ver las flores, al menos puedes olerlas y tocarlas. Me han dicho que tienen unas rosas que huelen a limón y una colección de cactus muy divertida.
—¿Te has informado de las especies que tienen?
—Un poco. Ya te dije que me gusta documentarme.
Diego se rió. Aquella chica era un regalo inesperado, un terremoto suave que estaba sacudiendo todas sus certezas. Y aunque el miedo seguía ahí, latiendo en algún rincón de su pecho, la ilusión era ahora mucho más fuerte.
—Cuenta conmigo —dijo—. El lunes, en el jardín botánico.
—Trato hecho.
El beso no llegó aquella noche. Diego lo deseó y lo temió al mismo tiempo. Alicia, quizás intuyendo su inseguridad, se limitó a apretarle la mano antes de que el autobús arrancara. Pero fue suficiente. Más que suficiente. Porque en aquel apretón iban incluidas todas las promesas que aún no se habían formulado en voz alta.
Esa noche, en su cuarto, Diego colocó el dibujo sobre la mesita de noche. No podía verlo, pero podía tocarlo, y pasó largos minutos recorriendo cada línea con las yemas de los dedos, memorizando los trazos como quien memoriza una partitura. Aquel papel rugoso era la prueba tangible de que Alicia existía, de que le había visto —de verdad, con esa mirada que va más allá de los ojos— y de que, a pesar de todo, le gustaba lo que veía.
Max saltó sobre la cama y apoyó el hocico en su regazo, demandando caricias. Diego le rascó detrás de las orejas mientras una melodía nueva empezaba a gestarse en su mente. Una melodía que hablaba de jardines y de jazmín, de manos ásperas de carboncillo y de ojos verdes que nunca podría ver pero que ya empezaba a sentir.
«Luz en tus manos», pensó. Y sonrió en la oscuridad.