Si alguien me hubiera dicho que la persona que más iba a marcar mi vida comenzaría siendo solo un amigo, jamás lo habría creído.
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La primera mirada
Tenía diecisiete años cuando lo conocí.
Si alguien me hubiera dicho esa noche que aquel muchacho terminaría convirtiéndose en una de las personas más importantes de mi vida, probablemente me habría reído. En ese momento no era más que una reunión entre amigos, una de tantas que parecían destinadas a convertirse en un recuerdo pasajero.
La noche transcurría entre conversaciones, risas y juegos. Todos parecían conocerse desde hacía mucho tiempo. Todos, menos nosotros.
Yo estaba sentada escuchando las ocurrencias de algunos amigos cuando sentí una mirada sobre mí.
Levanté la vista.
Y ahí estaba él.
No sabía quién era, ni cómo se llamaba. Lo único que vi fue a un muchacho sonriendo mientras hablaba con los demás. Parecía sentirse cómodo con todo el mundo. Hacía bromas, se reía con facilidad y tenía una energía que llamaba la atención de cualquiera.
Intenté volver a concentrarme en la conversación que tenía delante, pero algo me hizo volver a mirarlo.
Y cuando lo hice, descubrí que él también me estaba mirando.
Aparté la vista de inmediato.
—Qué pena —pensé.
Pero unos segundos después volví a hacerlo.
Y él seguía observándome.
No era una mirada incómoda. Era diferente. Como si ambos intentáramos descubrir quién era la otra persona.
Durante toda la reunión ocurrió lo mismo.
Yo lo observaba cuando creía que él no estaba mirando.
Y él me observaba cuando pensaba que yo no me daba cuenta.
Era extraño.
Ni siquiera habíamos hablado y ya parecía existir una conversación silenciosa entre los dos.
Mientras los demás conversaban y compartían entre risas y juegos, él seguía haciendo bromas. Cada comentario suyo provocaba carcajadas en el grupo.
Yo intentaba no prestarle demasiada atención, pero era imposible.
Su personalidad destacaba entre todos.
Tenía una forma especial de hacer sentir cómodas a las personas que estaban cerca. Parecía alguien alegre, espontáneo y seguro de sí mismo.
Y cada vez que sonreía, yo sentía la necesidad de volver a mirarlo.
Con el paso de las horas, las conversaciones se mezclaron y los grupos comenzaron a cambiar de lugar.
Por primera vez terminamos relativamente cerca.
No recuerdo exactamente quién dijo la primera palabra.
Lo que sí recuerdo es que cuando escuché su voz por primera vez entendí por qué me llamaba tanto la atención.
Era natural.
Tranquila.
Y transmitía confianza.
La conversación fue sencilla.
Nada extraordinario.
O al menos eso pensé en ese momento.
Hablamos de cosas cotidianas, de amigos en común y de algunas anécdotas que hicieron reír a todos.
Sin embargo, había algo diferente.
Cada vez que nuestras miradas se encontraban, el tiempo parecía detenerse unos segundos más de lo normal.
Y eso comenzaba a ponerme nerviosa.
La reunión continuó avanzando.
Las risas seguían llenando el ambiente y poco a poco el encuentro llegaba a su final.
Antes de irnos, intercambiamos algunas palabras más.
Nada importante.
Nada que pudiera hacerme imaginar lo que vendría después.
O al menos eso creía.
Lo que yo no sabía era que aquella no era la primera vez que él me veía.
Mucho tiempo después me contaría que ya había preguntado por mí.
Que antes de aquella reunión había querido saber cómo me llamaba.
Y aunque en ese momento yo no tenía idea de eso, una parte de mí sentía que aquel encuentro no había sido una simple coincidencia.
Cuando finalmente regresé a casa, intenté continuar con mi vida normalmente.
Pero algo había cambiado.
Sin darme cuenta, me encontré pensando en él.
En su sonrisa.
En la forma en que hacía reír a todos.
En aquellas miradas que parecían perseguirse durante toda la noche.
Intenté convencerme de que no significaba nada.
Después de todo, apenas lo había conocido.
Era simplemente un muchacho agradable que había coincidido conmigo en una reunión de amigos.
Nada más.
Sin embargo, esa noche descubrí que estaba equivocada.
Porque por primera vez en mucho tiempo, alguien se había quedado ocupando mis pensamientos incluso después de haber desaparecido de mi vista.
Y aunque todavía no lo sabía, aquella sería apenas la primera página de una historia que tardaría años en escribirse.
Una historia llena de risas, secretos, encuentros inesperados y sentimientos que crecerían lentamente, casi sin que nosotros mismos nos diéramos cuenta.
Porque algunas historias de amor no comienzan con un beso.
Ni con una promesa.
Comienzan con una mirada.
Y la nuestra acababa de empezar.