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Me Robaron el Rostro, Pero No Mi Venganza

Me Robaron el Rostro, Pero No Mi Venganza

Status: Terminada
Genre:Venganza / Época / Pareja destinada / Brujas / Venganza de la protagonista / Reencarnación / Completas
Popularitas:176.5k
Nilai: 4.9
nombre de autor: Liora Valcendra

Serena Bridge lo perdió todo: su rostro, su libertad, diez años de su vida.
Su prima le robó la cara con magia prohibida. Su esposo la encerró en una celda sin luz. Y cuando por fin murió, nadie lloró por ella.
Pero la muerte no fue el final.
Serena despierta en su cuerpo de dieciocho años, el día antes de su boda con el marqués Víctor Flores —el mismo hombre que la traicionará—. Esta vez no será la esposa obediente que agacha la cabeza. Esta vez tiene los recuerdos de una vida entera de sufrimiento… y un plan.
Recuperar su dote. Destruir a Isabella. Escapar del matrimonio que la condenó.
Lo que no esperaba era cruzarse con Alejandro Durán, el Duque de Hielo —un hombre al que toda la corte teme y nadie se atreve a mirar a los ojos—. Frío, letal, implacable. Dicen que no tiene corazón.
Pero cada vez que Serena está en peligro, él aparece.
Y cada vez que ella lo rechaza, él se acerca un paso más.
En una corte donde las alianzas cambian con el viento y la magia oscura acecha en las sombras, Serena descubrirá que la venganza tiene un precio… y que el corazón del Duque de Hielo esconde secretos más peligrosos que cualquier hechizo.

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Capítulo 7

Capítulo 7: El Duque de Hielo

El hombre abrió los ojos.

No fue un despertar gradual, de esos que empiezan con un parpadeo confuso y una mirada perdida. Fue instantáneo. Un segundo estaba inconsciente, al siguiente sus ojos —oscuros como obsidiana— estaban completamente abiertos, fijos en el techo de madera con una claridad letal.

Serena, que estaba preparando otra dosis de medicina junto a la mesa, se quedó inmóvil.

—¿Quién eres? —La voz salió ronca, raspada por la fiebre y la sangre perdida. Pero no había debilidad en ella. Era una orden disfrazada de pregunta.

Serena dejó el cuenco sobre la mesa con calma. Lo había atendido durante toda la noche; no iba a dejarse intimidar ahora.

—Eso puede esperar —dijo, acercándose con el remedio en las manos—. Primero bebe esto.

Los ojos del hombre se clavaron en el líquido oscuro. Luego en ella. La estaba evaluando, como un general mide el terreno antes de dar una orden. Serena sostuvo su mirada sin pestañear.

Él tomó el cuenco con la mano que no tenía vendada. Bebió el contenido de un trago, sin hacer una mueca, sin preguntar qué era. Lo dejó sobre la mesa con un golpe seco.

—Alejandro Durán.

El cuenco que Serena acababa de recoger tembló en sus dedos.

Alejandro Durán.

El nombre cayó sobre ella como un bloque de hielo. No era posible. No podía ser posible.

Alejandro Durán, el Dios de la Guerra del Imperio. El hombre que pacificó la rebelión del norte a los veinte años. El que destruyó la invasión bárbara del este a los veintitrés. El comandante que jamás asistía a eventos de la corte, que rechazaba banquetes y bailes como si fueran una ofensa personal. Lo llamaban el Duque de Hielo porque, según decían, ni la sangre ni el fuego lo hacían parpadear.

En su vida anterior, Serena lo había visto una sola vez. Desde lejos, entre la multitud de un desfile militar. Llevaba un uniforme negro sin adornos, el rostro tallado en escarcha, y un aura tan cortante que la gente se apartaba a su paso como si el aire mismo se enfriara.

Ese hombre estaba ahora acostado en la trastienda de una botica abandonada, vendado con tiras de tela que ella misma había cortado de su propia enagua.

—Mi nombre es Serena Bridge —respondió, controlando el temblor de su voz—. Te encontré herido cerca del camino del bosque. Te traje aquí.

Él la miró. No dijo gracias. No dijo nada. Sus ojos simplemente la registraron, como si estuviera archivando cada detalle de su rostro en algún rincón de su memoria.

—¿Cómo te heriste? —preguntó ella.

Silencio.

Bien. No iba a responder. Serena no insistió. En sus diez años de encierro había aprendido que las preguntas sin respuesta eran menos peligrosas que las respuestas sin verdad.

Alejandro intentó incorporarse. Los músculos de su abdomen se tensaron, la herida del costado tiró, y un espasmo de dolor cruzó su rostro —tan breve que alguien menos atento lo habría perdido.

Serena actuó por instinto. Su mano fue al hombro de él, firme, empujándolo de vuelta.

—No te muevas. Los puntos se van a abrir.

Él se detuvo. No porque ella tuviera la fuerza para detenerlo —era como intentar empujar una pared de piedra—, sino porque bajó la mirada hacia su costado vendado. Examinó el trabajo con ojo clínico: las vendas limpias, los nudos precisos, la presión justa.

—¿Tú hiciste esto?

—Sí.

—¿Suturaste la herida?

—Sí.

Una pausa.

—Las mujeres normales no saben suturar heridas.

Serena retiró la mano de su hombro.

—Sé algo de medicina —dijo, sin más explicación.

No iba a contarle que había aprendido a coser carne humana en una celda húmeda, con agujas robadas y tiras de tela sucia, porque en diez años de prisión nadie mandaba un médico para la esposa descartada del heredero. Que había aprendido a reducir fiebres, drenar abscesos y preparar remedios con hierbas que crecían entre las grietas del piso, porque la alternativa era morir.

No. Eso no se lo iba a contar a nadie.

—Necesito cambiarte el vendaje —dijo en cambio—. La herida puede infectarse.

Él no protestó. Con un movimiento controlado, se quitó lo que quedaba de la camisa desgarrada. La tela cayó al suelo.

Serena se obligó a mantener la expresión neutral.

Su torso era un mapa de guerra. Cicatrices viejas cruzaban su pecho como ríos secos —una larga y delgada sobre las costillas, otra irregular cerca del hombro izquierdo, marcas de flechas, cortes de espada, una quemadura antigua que se extendía por el costado derecho. Y entre ellas, las heridas frescas que Serena había suturado la noche anterior, todavía rojas e hinchadas.

Este hombre había sido cortado, quemado, atravesado, y seguía aquí. Seguía vivo. Seguía entero.

O al menos, su cuerpo lo estaba.

Serena se arrodilló junto a él y comenzó a retirar las vendas con cuidado. Sus dedos trabajaban con precisión, separando la tela de la piel sin arrancar la costra que comenzaba a formarse. Cuando llegó a la herida principal, tuvo que inclinarse más cerca. Sus dedos rozaron la piel de su costado.

Fría.

La piel de Alejandro Durán estaba fría al tacto, como mármol bajo la sombra. No era la frialdad de la fiebre o la pérdida de sangre. Era algo más. Como si el hielo que la gente le atribuía no fuera solo una metáfora.

Ella trabajó en silencio. Limpió la herida, aplicó un ungüento que había preparado con las hierbas que encontró en la botica, y comenzó a colocar las vendas nuevas. Tenía que pasar la tela por detrás de su espalda, lo que la obligaba a acercarse, a casi rodearlo con los brazos.

Estaban cerca. Demasiado cerca.

Fue entonces cuando la mirada de él cayó sobre su cuello.

Serena tenía la cabeza inclinada, concentrada en ajustar el vendaje. El cuello de su vestido se había desplazado ligeramente, dejando expuesta la piel pálida sobre la clavícula. Y ahí, justo encima del hueso, había una marca.

Una marca de nacimiento rosa claro, del tamaño de una moneda pequeña. Tenía la forma de una flor abierta, con pétalos suaves que se extendían como si estuvieran en plena floración.

Una begonia.

Las pupilas de Alejandro se contrajeron.

Sus manos —que no habían temblado ni cuando ella le cosió la carne viva— se quedaron completamente rígidas.

*Nieve. Nieve por todas partes.*

*Tenía diez años. O tal vez once, ya no importaba. Hacía tanto frío que había dejado de sentir los pies, luego las manos, luego todo lo demás. Estaba tirado fuera de las murallas de Ciudad Belga, en la frontera norte, donde la nieve caía tan espesa que borraba el mundo entero.*

*Su madre de sangre lo había abandonado al nacer. Su padre adoptivo lo usaba como saco de golpes cuando bebía. Esa noche, después de una paliza que le rompió una costilla, huyó. Corrió hacia la tormenta porque la tormenta, al menos, no lo odiaba.*

*Se estaba muriendo. Lo sabía. El frío ya no dolía. Eso significaba que el final estaba cerca.*

*Entonces apareció ella.*

*Una niña. Cinco, seis años tal vez. Llevaba una capa roja que ondeaba en el viento como una llama viva en medio de toda esa blancura muerta. Una pequeña llamarada imposible en el infierno blanco.*

*Se arrodilló junto a él. Unas manos diminutas le sacudieron el hombro.*

*—Hermano, no te mueras.*

*La voz era aguda, asustada, pero firme. Como si morirse fuera algo que él pudiera elegir no hacer, si tan solo alguien se lo pedía.*

*Ella se quitó la capa y lo cubrió con ella. El calor residual de su cuerpo pequeño le llegó como un golpe. Rojo contra la nieve. Fuego contra el hielo.*

*—Voy a buscar a alguien. ¡No te mueras!*

*Y corrió. Sus pasos pequeños se hundían en la nieve. Él quiso llamarla, pero no le salió la voz. Solo alcanzó a ver, antes de que la oscuridad se lo tragara, un destello de piel pálida en su cuello mientras la capa se deslizaba de sus hombros.*

*Una marca rosa. Con forma de flor.*

*Cuando despertó, estaba en una posada. Hombres del ejército lo rodeaban. La niña no estaba.*

*Nadie supo decirle quién era. Nadie recordaba a una niña con capa roja.*

*La buscó durante quince años.*

—Listo —dijo Serena, asegurando el último nudo del vendaje—. Debería aguantar hasta mañana, pero necesitas descan...

—¿Alguna vez fuiste a Ciudad Belga?

La pregunta la golpeó como un latigazo.

Serena levantó la cabeza. Alejandro la estaba mirando con una intensidad que no tenía nada que ver con la evaluación fría de antes. Había algo debajo. Algo que pujaba contra la superficie de hielo como agua a punto de romper una represa.

Y su voz... su voz había temblado.

El Duque de Hielo, cuya voz no temblaba ni ante ejércitos enemigos, acababa de hacer una pregunta con la voz rota.

—¿Qué? —Serena parpadeó, confundida.

—Ciudad Belga. En la frontera norte. ¿Fuiste alguna vez de niña?

Serena frunció el ceño. Ciudad Belga... el nombre le resultaba familiar. Lejano, enterrado bajo capas de tiempo y dolor.

—Yo... sí. Creo que sí. Fui con mi padre una vez, en un viaje de inspección. Tenía cinco o seis años.

Los ojos de Alejandro ardieron.

—Nieve —dijo, y la palabra salió como si le costara respirar—. Había una tormenta de nieve. Encontraste a un niño tirado afuera de las murallas. Lo cubriste con tu capa.

El recuerdo llegó como una avalancha.

La posada. El aburrimiento. Escaparse por la puerta trasera para jugar en la nieve. Y luego... un bulto oscuro contra la muralla. Un niño flaco, amoratado, con los labios azules y escarcha en las pestañas. El terror absoluto de una niña de cinco años al darse cuenta de que ese niño se estaba muriendo de verdad.

Se quitó la capa sin pensarlo. Lo cubrió. Corrió a buscar ayuda con el corazón en la garganta y las lágrimas congelándosele en las mejillas.

Después su padre la regañó. Después volvieron a la capital. Después la vida siguió, y el niño en la nieve se convirtió en un recuerdo borroso que visitaba de vez en cuando, como un sueño medio olvidado.

—Una capa roja —susurró Serena, y el aire se le atascó en la garganta—. Tenías... tenías los labios azules. Pensé que estabas muerto.

Alejandro no apartó la mirada. No podía.

—¿Eras tú? —preguntó ella, y su voz sonó como la de aquella niña asustada en la nieve—. ¿Ese niño eras tú?

Él soltó la muñeca de ella que no recordaba haber agarrado. La miró con una profundidad que no pertenecía al Duque de Hielo, que no pertenecía al Dios de la Guerra, que no pertenecía al hombre que el imperio entero conocía como una fortaleza sin grietas.

La máscara de hielo se estaba quebrando. No con un golpe dramático, no con un estallido. Se estaba derritiendo, lento e imparable, como la primera nieve de primavera.

—Te busqué durante quince años.

Las palabras cayeron en el silencio de la habitación como piedras en agua quieta.

Serena no se movió. No podía. Sentía el peso de esas palabras en el pecho, en los huesos, en algún lugar más profundo que la carne.

Quince años. Este hombre —este general invencible, este duque de hielo que hacía temblar ejércitos— había pasado quince años buscando a una niña con una capa roja y una marca de begonia en el cuello.

Y ella había estado aquí todo el tiempo. Casada con el hombre equivocado, encerrada en la jaula equivocada, muriendo la muerte equivocada.

El destino, pensó Serena mientras lo miraba a los ojos, tiene un sentido del humor muy cruel.

O tal vez no era humor en absoluto.

Tal vez era una segunda oportunidad.

Afuera, el viento de la mañana arrastraba el olor de las hierbas medicinales por la ventana rota. En algún lugar del bosque, un pájaro cantó. Y entre los dos, en el espacio estrecho que separaba sus cuerpos, algo antiguo y enorme terminó de despertar.

Los hilos del destino, tejidos quince años atrás en una tormenta de nieve, por fin se habían encontrado.

1
Refugio Vizcarra
ajá, esa es mi pregunta también.
Roxana Gardilcic
una historia, linda, emocionante , muy bien escrita, me gusta mucho lo descriptiva que es sin ser agobiante. felicitaciones
Rosario Zapata
cabron es poco ese victor es una escoria asquerosa 🤮🤮🤮🤮🤮
Fernanda Perez
gracias
gracias
Rose M
burna interesante. Algo confusa en tiempos y personajes pero muy entretenida
Arantza
Bonita historia, y excelente trama. Solo algunas incongruencias en el desarrollo. Pero por lo demás es excelente.
Pa Tr
no eran 12 años? 🤔
Pa Tr
Ya se tenía que haber ido la tonta al final le hace daño ya verás 🤔
Fernanda Perez
donde vive
quien es Leopoldo
Gris Lopez
ahora si creo que fue hecho con IA...😱 ....ningún autor cambiará hechos tan cruciales en la historia...(que decepcionante....debería haber algún programa para detectar esto y que contenido así no entren a la aplicación )....
Fernanda Perez
no estoy entendiendo varias cosas
~√{©£¢%}✓¶🌟💖
Espero que tengas un buen plan para no volver a caer ante ese par de desgraciados que te hicieron la vida imposible en tu anterior vida
~√{©£¢%}✓¶🌟💖
interesante 😸😸😸😸
Maria Cantillo
bonita historia
Maria Cantillo
bueno las cosas van tomando curso
Maria Cantillo
bueno Isabella Victor te vio eres una persona mala el te dió todo lo que le negó a Serena y aún así lo dejaste inválido sin valor dignidad prefiere pagar que morir envenenado y al fin tuvo algo de sentido común firmó algo que se llamaba matrimonio pero solo era una carcel para Serena y para la familia beneficios
Maria Cantillo
gracias por compartir todo esto bendiciones
Lucia Calderón
Historia interesante, con bien léxico ehilp discursivo
Maria Cantillo
tipa que aprendido fue todo lo contrario a los valores y se justifica en que Serena tiene la culpa de nacer en esa familia la envidia es unal terrible
Maria Cantillo
arriba Serena suéltate de ese Victor que condene al tal Leopoldo por las 3000 muertes hagan justicia
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