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Pensamientos A Un Amor Prohibido

Pensamientos A Un Amor Prohibido

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Romance / Amor eterno
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Paula Nuñez

Esta es una intensa novela psicológica y dramática para adultos que explora la compleja y prohibida transición emocional entre dos hermanastros que, tras años de convivencia, deben enfrentarse a sus crecientes deseos en medio de una tensión familiar ineludible

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El umbral de la incertidumbre

​El espejo de cuerpo entero en la habitación de Hana no solo reflejaba su uniforme nuevo, sino también una versión de sí misma que apenas comenzaba a reconocer. A sus catorce años, Hana sentía que su cuerpo le pertenecía cada vez menos. La blusa blanca del uniforme escolar, impecablemente planchada, se ajustaba de una forma que le causaba una mezcla de orgullo y ansiedad. Se miró una vez más, ajustándose la falda y pasando los dedos por sus cabellos, tratando de dominar una rebelde onda que se negaba a quedar quieta. Sus ojos verdes, grandes y profundos, brillaban con una mezcla de pavor y emoción ante la inminente entrada a la secundaria. Se preguntó cuántas veces, durante los últimos tres años, se había quedado frente a ese mismo espejo, deseando que los años pasaran más rápido, deseando que Ji-hoon, al mirarla, no viera solo a su pequeña hermanastra que llegó a revolver su vida

​Hana suspiró, sintiendo un nudo en el estómago que no tenía nada que ver con el hambre. Era el primer día. Un nuevo mundo. Un nuevo comienzo. Se aplicó un poco de bálsamo labial, con las manos ligeramente temblorosas. ¿Se vería demasiado mayor? ¿O quizás lo suficientemente mayor para que él finalmente se fijara en ella como algo más que un estorbo en su vida diaria? Cada detalle de su atuendo había sido planeado durante semanas. Quería proyectar seguridad, aunque por dentro se sentía como una casa de cristal a punto de romperse.

​—¡Hana, baja a desayunar! ¡Se te va a hacer tarde y Ji-hoon no esperará! —la voz de su madre, la señora Park, resonó desde la planta baja, rompiendo el hechizo de su autoevaluación. La Sra. Park era una mujer impecable, una mediadora nata que siempre intentaba mantener la paz entre dos familias que, aunque unidas por el matrimonio, a veces se sentían como piezas de un rompecabezas que no encajaban del todo.

​Hana se obligó a salir de su burbuja. Caminó hacia el pasillo, sintiendo la madera crujir bajo sus pies. Al bajar las escaleras, el sonido de la televisión en el salón se hizo más claro; era el noticiero matutino, un ruido de fondo que solía acompañar todas sus mañanas. El aroma a café recién hecho y pan tostado inundaba el aire, un olor a hogar que, para ella, siempre estaba marcado por la presencia física de él.

​Ji-hoon ya estaba sentado a la mesa, su presencia ocupando casi todo el espacio. A sus dieciséis años, Ji-hoon había dejado de ser el niño al que ella seguía por el patio para convertirse en una sombra alta, de hombros anchos y una mirada que, a veces, parecía capaz de atravesar paredes. Tenía esa belleza fría, exacerbada por sus inusuales ojos azules, una herencia de su madre que siempre le otorgaba un aire de distancia inalcanzable. Estaba viendo el noticiero con una expresión aburrida, su mano derecha jugaba con el teléfono mientras la izquierda sostenía una tostada. Era el retrato perfecto de la indiferencia.

​La señora Park estaba terminando de servir el café. Al ver a Hana, sonrió con esa calidez que a veces a Hana le resultaba dolorosa por lo forzada que le parecía frente a la realidad de lo que sentía. Luego, su mirada se posó en Ji-hoon con una autoridad tranquila.

​—Ji-hoon, recuerda que hoy Hana comienza la secundaria. Es su primer día. Quiero que la acompañes, que te asegures de que llegue bien a la entrada y que nadie la moleste. Es tu responsabilidad.

​Ji-hoon, que estaba absorto, dejó el tenedor sobre el plato con un golpe seco. Sus ojos se entrecerraron en un gesto de ironía pura.

​—¿Perdona? ¿Soy su hermano o su niñera? —soltó con una risa seca, sin mirar a nadie. —Tiene catorce años, no siete. Ya sabe cruzar la calle, creo. ¿Por qué tengo que perder mi tiempo en algo tan trivial?

​El ambiente en la cocina se tensó al instante. El padre de Hana, el señor Kang, que hasta ese momento había estado sumido en su periódico, levantó la vista. No dijo nada, pero su mirada fue suficiente. Sus ojos oscuros y severos se clavaron en Ji-hoon con una intensidad que hizo que el aire en la cocina se volviera pesado. Era una mirada que no admitía réplicas. El señor Kang era un hombre de negocios exitoso, acostumbrado a mandar, y en su casa, su palabra era ley.

​Ji-hoon se estremeció apenas perceptiblemente, una reacción física que Hana notó de inmediato. El orgullo de Ji-hoon era su armadura, pero frente al señor Kang, esa armadura siempre mostraba grietas. Él apretó la mandíbula, tragó saliva y asintió, volviendo a su tostada con un movimiento más forzado que natural. La humillación de ser tratado como un niño frente a ella ardía en sus ojos, y Hana, con un sentimiento ambivalente de lástima y deseo, sintió una punzada de culpa.

​—Está bien —gruñó Ji-hoon. —Pero que no se queje si llego tarde a mi propia clase por esperarla.

​Hana se sentó frente a él, tratando de ignorar el repentino pulso en sus sienes. Se sirvió algo de fruta, evitando el contacto visual con él. Sabía que él la estaba observando, podía sentir el peso de su mirada azul recorriéndola desde abajo hasta arriba. Esa mirada, a veces cargada de desprecio y otras de una intensidad que la dejaba sin aliento, era lo que la mantenía despierta por las noches, fantaseando con imposibles.

​—¿Por qué tanto esfuerzo, Hana? —preguntó Ji-hoon de repente, con un tono burlón que se le clavó en el pecho. —Te has pintado, te has arreglado el pelo... parece que vas a una pasarela y no a una escuela de secundaria. Sigues siendo el mismo gnomo feo de siempre, por mucho que intentes esconderlo detrás de esa falda.

​El rubor le subió a las mejillas con la velocidad de un incendio. La rabia, siempre mezclada con una pizca de fascinación, burbujeó en ella. Era su forma de intentar desestabilizarla, de recordarle su posición, de poner distancia donde ella solo quería cercanía. El corazón le latía a mil por hora, y no solo por el enfado. La forma en que él la miraba, analizándola como si fuera un problema matemático que él quería resolver pero que no entendía, la volvía loca.

​—¡Cállate! —respondió Hana, aunque su voz no salió con la firmeza que hubiera querido. —Al menos yo sí me preocupo por mi imagen. No todos podemos permitirnos parecer un amargado perpetuo como tú. ¿Es que acaso te molesta que me vea bien?

​Ji-hoon arqueó una ceja, sorprendido por su atrevimiento. Antes de que él pudiera responder, Hana vio el pedazo de carne ahumada que quedaba en su plato. Con un movimiento rápido, casi instintivo y desafiante, extendió el tenedor y, antes de que Ji-hoon pudiera reaccionar, le arrebató la carne del plato, llevándosela a la boca con una sonrisa victoriosa.

​Ji-hoon se quedó paralizado un segundo, con el tenedor en el aire, y luego soltó una carcajada incrédula. La tensión en la cocina se rompió por un instante, reemplazada por esa chispa de fricción constante que era lo único que mantenía viva su relación. Ella vio cómo sus ojos azules brillaban con una chispa que rara vez compartía con el resto del mundo.

​—Eres una ladrona —dijo él, aunque sus ojos no tenían veneno, sino una extraña chispa de diversión oculta que la hizo estremecerse.

​—Es el impuesto por ser mi niñera —replicó ella, saboreando el bocado mientras se levantaba de la mesa, sintiendo el triunfo de haber logrado sacarlo de su coraza, aunque fuera por un momento.

​Salieron de casa bajo la luz de la mañana. El aire estaba fresco, cargado de la promesa de un nuevo inicio. La diferencia de estatura era más evidente que nunca bajo el sol. Ji-hoon, con su 1.80, caminaba con zancadas largas, obligando a Hana, de 1.56, a casi trotar para mantener el ritmo. Ella lo miraba de reojo, observando cómo el sol se reflejaba en su cabello oscuro y resaltaba el azul eléctrico de sus ojos. Eran dos mundos distintos, separados por apenas unos centímetros de piel, pero por años luz de entendimiento.

​Caminar a su lado era una tortura y un privilegio. Sentía el roce ocasional de sus hombros y cada vez que sucedía, una descarga eléctrica recorría su cuerpo. Él parecía ajeno a ello, o al menos, muy hábil ocultándolo.

​—¿Sabes? —dijo Ji-hoon de repente, rompiendo el silencio mientras se alejaban de la casa. —Te ves distinta. Como si por fin te hubieras dado cuenta de que ya no eres una niña malcriada. Tu actitud... es diferente. Pero ten cuidado, Hana. A veces, cuando una niña intenta parecer mayor, termina tropezando con sus propios pies. Hay demasiados idiotas en esa escuela, y no creo que ninguno sea capaz de aguantar tus rabietas como lo hago yo.

​Hana sintió un escalofrío que recorrió su columna. ¿Qué quería decir con eso? ¿Lo había notado? ¿Había notado cómo le temblaban las manos cuando él estaba cerca? Esa ambigüedad suya era la que la mantenía en un estado de alerta constante, un equilibrio entre la esperanza y la desilusión.

​—No necesito tus consejos —respondió ella, alzando la barbilla, tratando de mantener la voz estable. —De hecho, hoy mismo voy a buscar novio. Es mi primer día, quiero aprovechar las oportunidades. Ya no tengo tiempo para juegos de niños.

​La reacción de Ji-hoon fue instantánea. Se detuvo en seco, girándose hacia ella con una rapidez que la tomó por sorpresa. Sus ojos azules se oscurecieron, una chispa de algo más profundo que la simple irritación cruzó su mirada. Antes de que ella pudiera reaccionar, él le dio un chirlito seco en la frente, un gesto cargado de esa protección molesta que tanto la desesperaba, pero que al mismo tiempo, la hacía sentir especial, marcada por él.

​—¡Ay! —exclamó ella, sobandose la frente, sintiendo el calor de su toque aún después de que él retiró la mano. Su piel parecía arder en el lugar donde sus dedos la habían tocado.

​—Mejor piensa en tus notas, gnomo —sentenció él, retomando su paso con una firmeza que no admitía réplicas. —Si veo que te acercas a cualquier idiota de primero, me encargaré de que te arrepientas. No estoy para vigilar tus errores amorosos, y mucho menos para lidiar con tus dramas adolescentes. Enfócate en lo importante, no en lo superficial.

​Hana lo siguió, hirviendo por dentro, pero con una pequeña parte de su corazón saltando de alegría. Él estaba celoso. O quizás, simplemente, era su forma de decir que, a pesar de todo, ella seguía siendo suya, su responsabilidad, su pequeña complicación.

​La jornada escolar comenzaba, y el juego apenas estaba por revelarse. Ella sabía que el camino hacia la escuela sería largo, y que cada paso compartido era una oportunidad para ver si, finalmente, la barrera que los separaba se resquebrajaba lo suficiente como para dejar pasar el incendio que ella llevaba dentro. 

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