En el oscuro y despiadado submundo de Chicago, la dinastía criminal de los Rossi-Richi gobierna las calles con mano de hierro a través de la Santísima Trinidad: los jóvenes herederos Camilo, Franco y Elena.
Sin embargo, el tranquilo equilibrio familiar tambalea cuando Camilo, el gélido estratega del imperio, se obsesiona con Isabella Vance, una brillante restauradora de arte a quien secuestra en Nueva York tras borrar su identidad del mapa. Confinada en la mansión familiar, la profunda depresión inicial de Isabella da paso a una fría madurez. Tras comprender que la piedad no existe entre sus captores, Isabella comienza a utilizar la asfixiante fijación de Camilo a su favor para volverse indispensable en los negocios financieros.
En medio de guerras territoriales, peligrosas rebeliones y los feroces celos de Elena por mantener su lugar sagrado en el clan, se desata un letal juego de ajedrez donde la supervivencia depende de manipular la obsesión.
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Capitulo 1
Chicago ya no era la ciudad de las guerras de bandas que Marco Rossi y Fabián habían pacificado veinte años atrás. Ahora era un tablero de mármol y sangre, donde cada movimiento estaba vigilado por una nueva generación que no conocía la piedad. En el último piso del edificio Rossi, el ático funcionaba como el centro de una dinastía que había evolucionado hacia algo mucho más oscuro. Camilo Rossi, el primogénito de Marco y Caroline, era la mente detrás de la organización. Sus primos, Franco y Elena, los hijos de Fabián y Estefany, completaban un triángulo de poder que la Comisión, en susurros aterrados, llamaba la Santísima Trinidad
A sus veinte años, Camilo tenía una madurez gélida que resultaba antinatural. No había heredado la impulsividad de los jóvenes de su edad, sino una capacidad de cálculo que convertía cada una de sus palabras en una sentencia. A su lado, Franco era el brazo ejecutor: un chico cuya belleza física solo era superada por su sadismo en los sótanos de interrogatorio. Pero en el centro de ambos, custodiada como el tesoro más sangriento del imperio, estaba Elena. La hija de Estefany no era una princesa que necesitara un rescate, era una reina de hielo con la misma sed de dominación que sus hermanos de crianza
Camilo ...
Elena ....
Franco ....
La sobreprotección de Camilo y Franco hacia Elena era el único rastro de humanidad que les quedaba, aunque una humanidad deformada. Para ellos, el mundo se dividía en dos: los Rossi-Richi y el resto, que era prescindible. Esa dinámica estalló la noche de la gala en la Ópera de Chicago, cuando la facción de Marsella, liderada por un tal Jean-Luc demasiado imprudente, decidió que los jóvenes herederos no eran más que niños jugando a ser gánsteres
Jean-Luc cometió el error que marcaría el fin de su estirpe. Durante el intermedio, interceptó a Elena en un pasillo privado y, cegado por una arrogancia suicida, le puso la mano en el hombro mientras le susurraba una propuesta de alianza que escondía una lascivia mal disimulada. Elena no gritó ni se apartó. Solo lo miró con sus ojos color ceniza, memorizando la textura de sus dedos sobre su vestido. Cuando Camilo y Franco aparecieron al final del pasillo, la temperatura del edificio pareció bajar diez grados de golpe
— Camilo, este hombre cree que puede tocar lo que es nuestro — dijo Elena, con una voz que no tenía ningún rastro de miedo — Sus dedos ensuciaron mi seda y su presencia me ofende.
Camilo no respondió de inmediato. Se ajustó el guante de cuero negro en la mano derecha, mirando a Jean-Luc como si fuera un error en una hoja de cálculo. Franco, por su parte, soltó una sonrisa que no llegó a sus ojos, una expresión que los enemigos de la familia habían aprendido a reconocer como el preámbulo de una agonía larga. Jean-Luc, dándose cuenta demasiado tarde de que había despertado a los monstruos, intentó retroceder, pero el destino de Marsella ya estaba sellado bajo los pies de los tres.
Horas después, el escenario se trasladó a un hangar industrial en el puerto de Calumet. El aire olía a salitre y a miedo primario. Doce hombres de la facción francesa estaban alineados contra las vigas, atados con alambre de espino que se les clavaba en la carne con cada movimiento. En el centro, Jean-Luc estaba amarrado a una silla, con la cara desfigurada por la “entrevista” inicial que Franco le había hecho en el camino
Camilo se quedó en la penumbra, su silueta recortada contra las luces de la ciudad que se filtraban por los ventanales rotos. Franco jugaba con una navaja mariposa, haciéndola bailar entre sus dedos con una agilidad hipnótica. Elena estaba frente al líder francés, todavía vestida con su gala de seda gris, pero ahora con una pistola con silenciador que sostenía con una naturalidad aterradora
— Mi padre habría buscado una compensación económica por esto — dijo Camilo, y su voz sonó en el hangar como un golpe seco — Él cree en el equilibrio y en la diplomacia de los negocios. Pero yo no soy mi padre. Yo creo en arrancar la maleza de raíz. Jean-Luc, tocaste a la única persona en este mundo que tiene prohibido el contacto con la basura externa. Eso no es un error de protocolo. Es un sacrilegio
Elena dio un paso adelante y apoyó el cañón frío de su arma en la frente del primer guardaespaldas de la fila. El hombre sollozó, rogando por una piedad que no existía en esa habitación. Sin pestañear, con una calma que hizo que hasta los otros prisioneros se orinaran del miedo, Elena apretó el gatillo dos veces. No hubo drama. Solo el sonido seco del silenciador y el cuerpo cayendo al suelo
— Esto es por mirar — sentenció Elena, moviéndose hacia el siguiente — Franco, sigue tú con el resto. Quiero que Jean-Luc vea cómo se desmorona su mundo antes de que Camilo decida qué hacer con sus restos
Franco soltó una carcajada vibrante y se lanzó sobre los prisioneros con una eficiencia sádica. No buscaba una muerte rápida, buscaba el espectáculo del dolor. Usaba la navaja para marcar a los hombres, haciendo cortes minuciosos mientras les explicaba, en tono casi didáctico, por qué su jefe era un idiota por haber tocado a su prima. Camilo observaba la escena desde las sombras, evaluando a sus primos como quien supervisa una línea de producción perfecta
El sadismo de los tres jóvenes superaba con creces cualquier cosa que Marco o Fabián hubieran hecho en sus peores momentos. La generación anterior mataba por necesidad o por poder. Camilo, Franco y Elena lo hacían con una indiferencia gélida, como si la condición humana les fuera completamente ajena. Eran el resultado de veinte años de privilegios y de una educación donde el apellido Rossi-Richi era la única ley divina
Cuando solo quedó Jean-Luc con vida, rodeado del charco de sangre de sus doce subordinados, Elena se acercó a él. Tomó el cuchillo ensangrentado de Franco y obligó al francés a mirarla. El hombre ya no podía articular palabras, solo emitía sonidos guturales
— Dijiste que querías una alianza personal —le susurró Elena al oído — Pues aquí la tienes. Te quedarás con el recuerdo de este hangar por el resto de tu corta vida. Camilo, ¿quieres terminar con esto o enviamos el paquete a Marsella primero?
— Envía el paquete — ordenó Camilo, saliendo de la penumbra — Quiero que en Europa entiendan que Chicago no es territorio de negocios, es territorio sagrado. Jean-Luc volverá a Francia, pero no va a poder hablar de alianzas con nadie. Franco, encárgate de su lengua. Elena, elige la marca para su frente
Con una precisión aterradora, los tres terminaron el trabajo. No hubo ni un rastro de duda en sus caras. Salieron del hangar mientras las llamas empezaban a consumir la estructura, iluminando la noche con un fulgor naranja que se reflejaba en sus ojos vacíos. Regresaron al ático en silencio. Una unidad perfecta de violencia y lealtad
Al entrar al salón principal, se encontraron con sus padres. Marco, Caroline, Fabián y Estefany estaban sentados alrededor de la chimenea, cenando tranquilos. Al ver a sus hijos entrar, Marco notó la mancha de sangre en el dobladillo del vestido de Elena y la mirada de acero de Camilo. No hubo preguntas. Solo un entendimiento pesado que flotó en el aire. La generación de la paz miraba a la generación del terror, sabiendo que habían creado algo que ya no podían controlar
— ¿Se solucionó lo de Marsella? — preguntó Fabián, dejando su copa de vino en la mesa
— Marsella ya no es un problema, papá — respondió Elena, besando la mejilla de su padre con una ternura que contrastaba con la carnicería que acababa de liderar — Solo les recordamos las reglas de etiqueta de Chicago.
Camilo asintió hacia su padre y se retiró a su despacho para coordinar la toma de las rutas comerciales que Jean-Luc había dejado vacantes. Franco se sirvió un trago y se sentó en el suelo, apoyando la cabeza en las rodillas de Estefany, como el niño mimado que siempre fue fuera de los sótanos de tortura. Chicago estaba bajo un nuevo mando. Los padres habían ganado la ciudad, pero los hijos la habían convertido en su propio santuario privado, un lugar donde el sol nunca brillaba para los enemigos y donde el nombre de la familia era el único dios reconocido.