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La Chica Del Cabello Infinito

La Chica Del Cabello Infinito

Status: Terminada
Genre:Magia / Familia mágica / Fantasía épica / Completas
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

En el pequeño pueblo de Valleoscuro, donde las montañas se alzaban como gigantes dormidos y la niebla solía quedarse abrazada a los tejados hasta bien entrada la mañana, todos conocían a Mariana. No por su nombre, ni por su familia, ni por nada que hubiera dicho o hecho, sino por una sola cosa: su cabello. Era rojo, del tono intenso de las brasas que arden despacio en la chimenea, rizado como las olas de un mar que nunca se calma, y tan largo, tan increíblemente largo, que nadie había logrado ver dónde terminaba.
Mariana tenía la piel morena, suave y cálida como la tierra fértil de los valles cercanos, y sus ojos eran del color del ámbar, brillantes y profundos, como si guardara en ellos todos los atardeceres que se habían visto caer sobre aquel rincón del mundo. Vivía en una casa pequeña, de paredes de adobe y techo de tejas rojas, situada al final del camino principal

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Capítulo 1: El hilo que no se acaba

En el pequeño pueblo de Valleoscuro, donde las montañas se alzaban como gigantes dormidos y la niebla solía quedarse abrazada a los tejados hasta bien entrada la mañana, todos conocían a Mariana. No por su nombre, ni por su familia, ni por nada que hubiera dicho o hecho, sino por una sola cosa: su cabello. Era rojo, del tono intenso de las brasas que arden despacio en la chimenea, rizado como las olas de un mar que nunca se calma, y tan largo, tan increíblemente largo, que nadie había logrado ver dónde terminaba.

Mariana tenía la piel morena, suave y cálida como la tierra fértil de los valles cercanos, y sus ojos eran del color del ámbar, brillantes y profundos, como si guardara en ellos todos los atardeceres que se habían visto caer sobre aquel rincón del mundo. Vivía en una casa pequeña, de paredes de adobe y techo de tejas rojas, situada al final del camino principal, justo donde el pueblo se iba desvaneciendo para dar paso al bosque antiguo. Allí vivía sola, desde que sus padres habían partido años atrás en busca de trabajo y nunca habían regresado. La gente del pueblo decía que se habían ido a la gran ciudad, muy lejos, donde los edificios tocan el cielo y nadie se conoce entre sí, y que quizás habían olvidado que tenían una hija esperándolos. Pero Mariana no les daba mucha importancia a esos comentarios; desde niña había aprendido a estar sola, y había encontrado en su propio cabello una compañía que nunca le fallaba.

Porque su cabello no era solo largo. Era infinito. O al menos, eso parecía. Cuando era pequeña, su madre le peinaba las trenzas cada mañana, y al principio le llegaban hasta la cintura, luego hasta las rodillas, después hasta los tobillos. Pero siguió creciendo, y creciendo, sin parar, sin importar cuánto lo cortaran —aunque nadie se atrevía a hacerlo después del primer intento—, cuánto lo peinaran o cuánto lo ataran. Un día, cuando tenía diez años, su padre había tomado unas tijeras y había cortado un mechón que ya se arrastraba por el suelo, pero al día siguiente, ese mismo mechón había vuelto a crecer más largo que antes, y además, el corte se había cerrado solo, como si nunca hubiera existido. Desde entonces, nadie volvió a tocarlo.

Ahora, a sus dieciocho años, su cabello cubría todo el suelo de su casa, se deslizaba por las escaleras —aunque su casa era de una sola planta, así que no había escaleras, pero si las hubiera habido, las habría cubierto—, salía por la puerta abierta y se extendía por el camino, se enroscaba alrededor de los árboles cercanos, bajaba hacia el arroyo que corría al fondo del valle y seguía, seguía siempre, hacia donde nadie sabía. Ella lo peinaba cada mañana con un peine de madera que le había regalado su abuela, un objeto antiguo, tallado con formas de flores y hojas, que era lo único que podía pasar entre esos rizos rebeldes sin enredarse ni romperse. Pasaba horas haciéndolo, desenredando cada vuelta, suavizando cada mechón, y mientras lo hacía, le hablaba. Le contaba lo que había soñado la noche anterior, lo que había escuchado decir a la gente del pueblo, lo que sentía en su corazón. Y tenía la sensación, extraña pero firme, de que su cabello la escuchaba, de que cada hebra era un oído, un ojo, un pedacito de ella misma que viajaba más allá de donde ella podía llegar.

Esa mañana, como todas las demás, se despertó con la luz del sol entrando por la ventana pequeña, iluminando el polvo que flotaba en el aire. Se sentó en el borde de su cama, y al moverse, cientos de rizos rojos se deslizaron a su alrededor, como un río de fuego que se hubiera detenido un momento. Se estiró, bostezó, y pasó sus manos por su cabello, acariciándolo con ternura.

—Buenos días —dijo en voz baja, sonriendo—. ¿Dónde habéis llegado hoy mientras yo dormía?

Se levantó y caminó descalza por el suelo de madera, sintiendo cómo sus propios cabellos se deslizaban entre sus dedos y bajo sus pies, suaves y sedosos, como si pisara una alfombra hecha de hilos de seda y lana. Fue hasta la puerta y la abrió de par en par. El aire fresco de la mañana le golpeó la cara, cargado del olor a hierba mojada y a flores silvestres. Miró hacia afuera, y vio su cabello extenderse por todo el camino de tierra, brillando bajo el sol que empezaba a subir, un camino rojo que se perdía entre los árboles, que cruzaba el puente de piedra, que bajaba hacia el río y seguía más allá, hasta donde la vista no alcanzaba.

La gente del pueblo empezaba a moverse. Vio a doña Rosa, la panadera, salir de su tienda con un delantal lleno de harina, mirando hacia su casa con esa mezcla de curiosidad y respeto que todos le tenían. Vio a los niños que iban a la escuela, caminando en grupo, y cómo algunos se detenían un momento para mirar hacia ella, para señalar su cabello con dedos pequeños y ojos abiertos, antes de que sus madres los llamaran y los hicieran seguir adelante. Todos la miraban, todos hablaban de ella, pero nadie se acercaba demasiado. Había una especie de miedo silencioso, una sensación de que Mariana y su cabello eran algo que no pertenecía del todo a aquel pueblo, algo que había llegado de fuera, o que siempre había estado allí, esperando.

Mariana no les guardaba rencor. Sabía que era diferente, que lo que le pasaba no era normal, que nadie más en el mundo tenía algo como lo que ella tenía. A veces se sentía sola, claro que sí. Había noches en las que se sentaba junto a la puerta, abrazada a sus rodillas, y miraba hacia el horizonte, preguntándose por qué ella, por qué ese don o esa maldición, por qué sus padres se habían ido y no habían vuelto. Pero entonces su cabello se movía a su alrededor, como si la abrazara, como si le dijera “aquí estoy yo, no estás sola”, y esa sensación de soledad se iba un poco, se hacía pequeña y se escondía en algún rincón de su corazón.

Entró de nuevo en la casa y fue hasta la cocina. Preparó un poco de café, caliente y fuerte, como le gustaba, y cortó un pedazo de pan que le había dado doña Rosa el día anterior. Mientras desayunaba, seguía pasando las manos por sus rizos, que cubrían toda la mesa, que se enroscaban alrededor de las patas de las sillas, que llegaban hasta el fuego de la chimenea sin quemarse nunca. Había probado todo: agua, fuego, viento, incluso el frío intenso del invierno, y nada le hacía daño. Su cabello era fuerte y suave, resistente y delicado, como si estuviera hecho de un material que no existía en ningún otro lugar.

  Cuando terminó, tomó su peine de madera y se sentó en el suelo, en el centro de la habitación, donde tenía más espacio para moverse. Empezó a peinar, despacio, con paciencia infinita. Era un trabajo que le llevaba horas, pero no le importaba. Mientras lo hacía, su mente viajaba, iba a lugares que no conocía, imaginaba qué había al final de su cabello. ¿Llegaría hasta el mar? ¿Hasta las montañas más altas? ¿Hasta la gran ciudad donde se habían ido sus padres? ¿Y si un día, siguiendo su propio cabello, podía ir ella también hasta allá?

Había pensado en hacerlo muchas veces. Solo tenía que caminar, seguir ese hilo rojo que ella misma había tejido sin querer, y ver dónde terminaba. Pero siempre había algo que se lo impedía. Algo en su interior, una voz pequeña que le decía que no estaba lista, que todavía tenía cosas que aprender, que su cabello no era solo un camino, sino algo más, algo que tenía un propósito que aún no entendía.

Ese día, sin embargo, todo iba a cambiar.

Era casi mediodía cuando escuchó el ruido de caballos y carros acercándose por el camino. No era algo extraño: cada cierto tiempo, comerciantes de otros pueblos pasaban por Valleoscuro, vendiendo telas, especias, herramientas o historias de lugares lejanos. Pero ese ruido era diferente. Había muchos caballos, y el sonido de ruedas pesadas, y voces que hablaban con tono alto y autoritario. Mariana se detuvo de peinar y se acercó otra vez a la puerta.

Vio llegar una comitiva de carruajes lujosos, pintados de azul oscuro y oro, tirados por caballos negros que relinchaban y levantaban polvo con sus cascos. Iban escoltados por hombres vestidos con ropas elegantes, de telas finas y colores brillantes, con sombreros altos y botas de cuero. La gente del pueblo salía de sus casas, curiosa y un poco asustada, para verlos pasar. Nunca llegaban visitantes tan importantes a Valleoscuro, un lugar pequeño y apartado, que apenas aparecía en los mapas.

El carruaje principal se detuvo justo frente a la casa de Mariana. Ella se quedó quieta, detrás del marco de la puerta, medio escondida entre sus propios rizos, observando. Se abrió la puerta del carruaje, y bajó un hombre alto, de cabello grisáceo y rostro serio, vestido con un traje de terciopelo azul y una capa larga que le llegaba hasta los talones. Llevaba un anillo de oro en la mano derecha, con una piedra roja que brillaba tanto como el cabello de Mariana. Detrás de él bajó una mujer, hermosa y elegante, con ojos del mismo color que los de ella, aunque más fríos, y un vestido largo de seda color crema.

El hombre miró alrededor, sus ojos recorriendo el camino cubierto de cabello rojo que se extendía desde la puerta de la casa hasta donde alcanzaba la vista. Sus ojos se abrieron un poco, y luego una sonrisa pequeña, casi imperceptible, apareció en sus labios. Dio unos pasos hacia adelante, se detuvo justo frente al umbral, y miró hacia donde estaba Mariana.

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Fátima Noelia Gauto
acaso sos una retrazada?? no te contaron ya la verdad??
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