Mil años atrás, la emperatriz Lían Hua fue ejecutada por adulterio. Antes de morir, juró una maldición: en su próxima vida ningún hombre la llamaría esposa. Sería ella quien los hiciera sus esclavos.
Mil años después, Lían despierta en el cuerpo de Valentina Saggese, una madam recién envenenada por la esposa de su amante. Hereda un club nocturno, quince chicas leales, una venganza pendiente, y una sola advertencia: no te enamores.
Para sobrevivir crea una identidad secreta: la Dama del Fénix, una bailarina enmascarada que enloquece a dos hombres a la vez. El que la asesinó. Y el que, sin saberlo, va a cambiar todo lo que ella se prometió no volver a sentir.
Una emperatriz no perdona. Pero también puede romperse.
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Capítulo 1
Bienvenidas, mis hermosas lectoras, a esta nueva historia. 🖤🔥
Hoy abrimos las puertas de una novela donde el amor no salva… condena. Donde una mujer murió hace mil años por atreverse a desear, y regresó al mundo decidida a no volver a arrodillarse ante ningún hombre.
Ella fue Lían Hua.
Fue emperatriz.
Fue amante.
Fue traicionada.
Y ahora ha vuelto como Valentina Saggese.
Entre clubes nocturnos de lujo, identidades secretas, venganzas sangrientas y una red oscura que destruye vidas, nuestra protagonista tendrá que decidir si cumplirá la maldición que juró antes de morir… o si el destino logrará hacerla caer otra vez.
Esta no es una historia de princesas.
Es la historia de una mujer que sobrevivió a la muerte y regresó convertida en fuego.
Gracias por darme una oportunidad y acompañarme desde el inicio de esta aventura. Espero que sufran, se obsesionen, se enamoren y odien junto a mis personajes tanto como yo mientras la escribo. 🖤
Prepárense para secretos, pasión, traiciones y personajes moralmente peligrosos.
Porque en esta historia… nadie sale limpio de las cenizas del Fénix. 🔥
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Capítulo 1.
A las mujeres se nos ha dicho desde siempre que nacimos para complacer a los hombres. ¿Y en la antigüedad? Esa tendencia era mucho más fuerte. Desde que una niña nacía, se le enseñaba a ser esposa, ama de casa y mujer sumisa que obedece.
Esta emperatriz decidió vivir. Decidió sentir, experimentar, disfrutar de placeres que solo estaban permitidos para los hombres.
Hasta que fue descubierta.
Y ahora debe pagar su condena.
—La acusada se inclinará ante el Hijo del Cielo —ladró el Gran Censor.
Lían se inclinó. Once años de aprender a obedecer no se desaprenden ni siquiera el día que vienen a matarte.
Le habían atado las muñecas a la espalda con cordel de cáñamo —el cordel de los criminales comunes, no la seda que correspondía a una emperatriz—. Era nuevo, áspero, y le había arrancado la piel durante el traslado. Sentía el escozor de la carne viva rozando contra la fibra cada vez que respiraba. La bata blanca de penitente le quedaba grande —había sido de otra muerta— y tenía una mancha parda en el dobladillo. Sangre seca.
Le habían arrancado las horquillas de jade del cabello con tanta prisa que una le había roto el cuero cabelludo. Sentía el hilo tibio bajándole por la nuca, perdiéndose en el cuello de la bata.
Levantó los ojos lo justo para mirar el trono.
Allí estaba Yan Zheng, el emperador, su esposo. El mismo al que le había bordado, a los diecisiete, un pañuelo de seda con dos grullas porque las grullas significaban amor eterno. Yan Zheng nunca había usado el pañuelo. En este momento miraba el techo dorado con la concentración de quien intenta recordar si el cocinero le había prometido pato laqueado para la cena.
A su izquierda, las concubinas. Doce en fila como una bandeja de pasteles caros y rancios. La Consorte Mei en el centro: la favorita, la que tres años atrás le había quitado el favor de aquel hombre cambiándolo por una cara más joven.
Mei le dedicó una sonrisita por encima del abanico.
Lían le sostuvo la mirada hasta que la otra apartó la suya.
A su derecha, encadenados a una columna, Wei y Jiao. Sus dos amantes. Los había escogido por guapos y discretos, y le habían fallado en lo segundo en cuanto los apretó la guardia. Ahora estaban ahí, vivos, mientras a ella la mataban.
Lían se mordió la mejilla por dentro hasta sentir el sabor metálico de su propia sangre. Si abría la boca para insultarlos, le iban a tapar la boca y eso era lo último que iba a permitir aquella mañana.
—Que comparezca el primer testigo —dijo el Censor.
Wei se arrastró al frente con un teatro digno de la ópera de la capital. Tres reverencias al Emperador, tres al Censor. Cuando habló, la voz le tembló con el tono exacto de un actor que ha ensayado.
—Majestad… este sirviente fue víctima de hechicería. La Emperatriz me llamó con engaños, me ofreció vino envenenado, y cuando desperté…
A Lían le subió un calor ridículo a la cara. No era vergüenza. Era una mezcla de furia y algo más pequeño, más íntimo, que no se permitió nombrar. Vino envenenado. La primera noche que Wei había entrado a su recámara, le había besado los pies. Los pies. Llorando. Y ella había tenido que decirle que se levantara, que no fuera idiota, que le hacía cosquillas.
Wei seguía hablando con voz quebrada.
—…cuando desperté, estaba en su lecho. Encantado por sus artes oscuras. No recuerdo nada, Majestad.
Lían bajó la cabeza. Desde fuera pareció vergüenza. Por dentro era otra cosa: una calma fría asentándose en alguna parte del estómago, una calma que no había sentido nunca y que reconoció como peligrosa.
Jiao testificó después. Más corto, más cobarde. No la miró ni una vez.
Lían quiso obligarlo. Quiso decirle mírame, niño, atrévete a decirme a la cara que te obligué. No le salió la voz. La voz se le había quedado atrapada con la sangre debajo de la lengua.
Cuando terminaron las declaraciones, el Censor se irguió como un cuervo viejo.
—Hija de los Hua —y el apellido sonó como un escupitajo—, las antiguas escrituras enseñan que cuando una mujer permite que el deseo habite en su carne, deja de ser mujer y se convierte en bestia. La esposa virtuosa espera, soporta y calla.
Espera, soporta, calla. Lo había escuchado tantas veces que podría haberlo bordado en el pañuelo de las grullas, junto al amor eterno.
—¿Tienes algo que decir antes de la sentencia?
El salón se quedó tan callado que se oyó el aleteo de un mosquito contra una lámpara.
Lían levantó la cabeza.
Y por primera vez en once años de matrimonio, miró al Emperador a los ojos sin pedir permiso.
Yan Zheng tuvo que sostenerle la mirada porque era el Hijo del Cielo y el Hijo del Cielo no aparta los ojos. Pero ella vio el temblor en la mandíbula. El temblor pequeño, ridículo, humano, del hombre detrás del trono. Y se lo guardó.
—¿Algo que decir? —La voz le salió ronca pero firme—. Sí, Gran Censor. Varias cosas.
El Censor parpadeó.
—Empecemos por lo obvio. —Giró la cabeza hacia el trono—. Mi señor esposo tiene doce mujeres. Las cuento aquí presentes. Y eso se llama virtud imperial.
Una de las concubinas dejó escapar un sonido pequeño de indignación.
—Yo me acosté con dos hombres después de siete inviernos durmiendo sola en una cama vacía. Y eso se llama bestia.
Mei había soltado el abanico.
—Hagamos las cuentas, esposo. Doce contra dos. Si yo soy bestia, ¿qué eres tú? ¿Establo?
Algo se quebró en alguna parte. Una porcelana, o la mandíbula de un eunuco aguantándose la risa.
—Silencio —siseó el Censor—. Silencio o haré que…
—¿Que qué? —Lían se rió, una risa corta y real que le raspó la garganta—. ¿Que me maten más? Ya gané la lotería, viejo.
Volvió al Emperador. Y ahora le tembló a ella la voz por primera vez, no de miedo, de otra cosa.
—Once años, Yan Zheng. Te bordé un pañuelo cuando tenía diecisiete. Lo encontré tres meses después en el cesto de los trapos de la cocina. Una criada lo había usado para limpiar grasa de pato.
Yan Zheng apretó los puños sobre los reposabrazos hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Perdí un hijo. Cinco meses lo cargué dentro. Lo sentí moverse.
Aquí se le quebró la voz, y no se molestó en disimularlo. Que la oyeran. Que la vieran. Por una vez.
—La que lo envenenó está sentada ahí.
No se giró. No señaló. Todos sabían quién. Mei se puso del color del papel arroz.
—Y tú la ascendiste a Consorte Principal seis meses después. Eso valía mi hijo para ti: seis meses y un ascenso para su asesina.
—Cállala —susurró el Emperador.
Por primera vez su voz no sonó imperial. Sonó pequeña.
—Cállame tú —dijo Lían.
Silencio absoluto.
—No puedes. Para callarme tendrías que mirarme. Y llevas siete años sin mirarme.
Tomó aire. El último gran aire de su vida.
—Si los dioses son justos, juro lo siguiente: jamás permitiré que un hombre me llame esposa. Jamás esperaré en una alcoba vacía. Jamás soportaré a doce arpías peleándose por las migajas de un solo cerdo.
Lían sonrió. Una sonrisa nueva. Una que algunos recordarían en sus pesadillas durante años.
—En la próxima vida seré yo quien los tome. Yo quien los use y los tire. Yo quien los haga arrodillarse. Yo quien los haga mis esclavos.
Giró la cabeza una última vez hacia el trono.
—Y a ti, querido esposo, te dejo el regalo más caro que puedo permitirme: vivirás. Y cada noche, cuando una de tus arpías te susurre al oído, vas a oír mi voz debajo. Hasta que te mueras.
Pausa.
—Que tengas buena cena. Creo que es pato laqueado.
El Emperador palideció.
—Que se cumpla la ley —dijo Yan Zheng.
La voz le falló en la mitad. No la miró al ordenar su muerte. Pero se aferró a los reposabrazos del trono como si tuviera miedo de caerse.
Bien.
Me dejó imaginando si se volverían a ver Valentina y su loco Marcelo... me dió lastima ese pobre hombre, perdido en su locura de amor 😔🥺💔
Su corazón y su mente le pertenecen a ella, aunque tarde se dió cuenta... ojalá se encuentren en la otra vida 🥺