✅️🦋El Capitán Lin junto a Ettore y Marco, emprenden un viaje lleno de aventuras para recuperar el alma del hechicero Norman. Es la continuación de "El Despertar Del Príncipe".🦋✅️
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Tu caballero
El camino de la meseta del sur era una cinta de piedra gris que serpenteaba entre matorrales secos y riscos afilados. El aire aquí ya no olía al vapor místico del palacio Blackshield, sino a la brea de las antorchas y al polvo del desierto que anunciaba la cercanía del Reino de Yalnizlik.
Lin cabalgaba a la vanguardia de la pequeña unidad. Habían pasado días desde aquella hermosa despedida en la gruta del Manantial, donde el capitán había jurado ante Norman que su historia no se detendría en el fondo de la pileta. Días de marcha forzada, cruzando fronteras y esquivando los caminos principales para evitar llamar la atención. Bajo su pechera de cuero, el diario chamuscado del hechicero descansaba contra su pecho, latiendo en sintonía con la marca dorada de su palma derecha. Pensar en el rubio y en su risa ruidosa era lo único que mantenía la moral de Lin en lo más alto en medio de esa tierra hostil.
Ettore y Marcos, los dos cazadores desertores que Lucien había asignado para escoltarlo, cabalgaban un paso por detrás. Sus capas grises estaban cubiertas por una densa capa de polvo, y sus monturas, los veloces caballos que el Rey Caelen del Este les había regalado, bufaban por el esfuerzo del último tramo.
—Capitán, el mapa del Informante tenía razón —dijo Ettore en un susurro, ajustando la cuerda de su ballesta mientras miraba hacia el desfiladero inferior—. Los controles del Rey Erke están por todas partes. La guardia ha bloqueado los tres puentes comerciales. Buscan a cualquiera que venga del norte.
Lin detuvo su caballo detrás de una roca inmensa, escaneando el puesto de control que se alzaba a unos doscientos metros. Diez soldados con armaduras negras y picas largas revisaban minuciosamente una carreta de paja.
—Erke tiene miedo —sentenció Lin con su voz profunda—. El Consejero Val debe estar llenándole la cabeza. No vamos a pelear contra ellos, muchachos. Usaremos el paso de los contrabandistas por el río seco. Sigan mi línea.
Gracias a la destreza marcial de Lin y al rastreo silencioso de Marcos, las tres capas grises lograron evadir los controles de la guardia de hierro, deslizándose entre las sombras de las grietas de la meseta como fantasmas. Al caer la noche, las luces débiles de un pequeño pueblo fronterizo aparecieron frente a ellos. Era un lugar humilde, de casas de adobe y techos de paja, un territorio que parecía haber sido abandonado por la mano de los dioses.
Se dirigieron directo hacia una posada de piedra apartada de la calle principal, llamada "El Faro de Barro". Al entrar al establo trasero, Lin desmontó y esperó a que el encargado, un hombre anciano de manos callosas y mirada asustada, se acercara a revisar las monturas.
Lin no perdió tiempo en discursos. Sacó una pesada bolsa con monedas de oro de las arcas que el Rey Aravid del Sur le había proporcionado y la dejó caer sobre la mesa de madera rústica del establo. El sonido metálico hizo que los ojos del posadero se abrieran de par en par.
—Queremos una habitación privada al fondo, comida caliente para tres y agua clara para los caballos —ordenó Lin, mirándolo con una fijeza que no admitía réplicas—. Pero además de eso, viejo, necesito un favor que se pagará con este oro. Quiero que nos consigas tres mudas de ropa civil. Ropas sencillas de granjeros o mercaderes locales. A partir de mañana, debemos dejar de usar estas capas grises y estas armaduras de cazadores. No queremos llamar la atención en las tierras de Erke.
El posadero tomó la bolsa con manos temblorosas, asintiendo rápidamente mientras escondía el dinero bajo su delantal sucio.
—Se hará como pide, señor. Tengo unas túnicas de lino marrón y unos chalecos de cuero viejo que los mercaderes de lana dejaron el mes pasado. Nadie sabrá que estuvieron aquí. Suban por la escalera trasera, la habitación número cuatro está lista.
Una hora más tarde, tras haberse cambiado de ropa y haber escondido sus armaduras debajo del jergón de paja de la habitación, los tres guerreros bajaron a una pequeña taberna cercana a la posada para cenar. El lugar estaba lleno de humo de tabaco barato, olor a cerveza agria y el murmullo constante de los lugareños que buscaban un rincón para quejarse del invierno.
Lin, Ettore y Marcos se sentaron en una mesa rinconera, ocultos por la penumbra de una columna de madera. El posadero les sirvió tres platos de estofado de cabra y pan duro. Mientras comían en silencio, las voces de dos granjeros ancianos sentados en la mesa contigua empezaron a filtrarse en sus oídos.
—Te lo digo yo —decía uno de los viejos, golpeando su jarra de barro contra la mesa—. El Rey Erke ha vuelto a subir el impuesto del grano. Un diezmo más para la "protección divina" de la Orden de la Luz, y el próximo mes tendremos que comer raíces para no morirnos de hambre. Ese hombre no cuida de su pueblo, solo sabe acumular oro en sus bóvedas negras mientras las aldeas de la meseta se caen a pedazos.
El otro granjero suspiró, mirando hacia la puerta con miedo de ser escuchado por alguna patrulla de la guardia.
—La fe de Erke es una pantalla. El palacio de Yalnizlik es una colmena de víboras. ¿Has escuchado los rumores sobre el harén real? Dicen que está lleno de concubinas y concubinos de todas las provincias, traídos por la fuerza. Y lo peor son sus hijos. El Rey tiene diez herederos bastardos, y se matan a cada rato entre ellos por causa de la avaricia por el trono. La semana pasada encontraron al príncipe menor flotando en el pozo del jardín. Todos saben que fue su propio hermano el que le puso el veneno en el vino, pero Erke solo dice que fue un castigo de los dioses por su falta de devoción.
—Es una desgracia —asintió el granjero, escupiendo en el suelo con desprecio—. Los sacerdotes de la Orden que llegaron con ese tal Consejero Val solo apoyan las locuras del Rey para seguir cobrando sus diezmos. Mientras el palacio se desangra por la ambición de los bastardos, nosotros pagamos el pato.
En la mesa rinconera, Ettore dejó caer su cuchara lentamente, mirando a Lin con una expresión de puro asombro y madurez.
—Vaya con el Rey de la fe... —murmuró el joven arquero en voz baja—. Un harén lleno de prisioneros y unos hijos que se descuartizan entre ellos por una silla. Y la Orden de la Luz los llamaba "santos protectores" en nuestros manuales de la capital.
Marcos tomó un trago de cerveza, su rostro curtido sin reflejar sorpresa, pero con una firmeza gélida en sus palabras.
—La Orden siempre ha buscado a los reyes más débiles y corruptos para gobernarlos a través del miedo, Ettore. Quirno lo hizo con el padre del Rey Caelen, y Val lo está haciendo ahora con Erke. Es el mismo truco de siempre.
Lin apretó los dedos alrededor de su jarra de agua, sintiendo un nudo de gratitud profunda que le recorrió el pecho. Miró a sus dos compañeros y luego introdujo la mano bajo su chaleco de cuero nuevo, rozando el relieve del diario de Norman. El capitán se sintió el hombre más afortunado del mundo por haber podido abrir los ojos a tiempo. Recordó aquel atardecer mágico en el bosque del desfiladero, el momento exacto cuando Sam y Norman iniciaron su viaje desde la aldea para conocer el mundo, buscando historias y paisajes con una pureza que la Orden nunca podría comprender.
Si él no hubiera cruzado su acero con esos dos muchachos, si se hubiera quedado ciego bajo las leyes del Cónclave, hoy seguiría siendo el verdugo de una iglesia de ladrones, defendiendo a reyes corruptos como Erke en nombre de una falsa divinidad.
—Tenemos suerte, muchachos —dijo Lin, y su voz profunda sonó con una solemnidad que hizo que Ettore y Marcos se inclinaran para escucharlo—. Vimos la luz a tiempo. El Rey Lucien y Norman nos dieron un motivo para luchar que no se compra con el oro de estas provincias. No somos traidores; somos los guardianes de la verdad. Dejemos que los bastardos de Erke se maten en su palacio de piedra gris. Nuestra misión está en el sur.
—Así se habla, capitán —sonrió Ettore, recuperando su brillo pícara—. Mañana estrenaremos estas ropas de granjeros y seremos los mercaderes más limpios de la meseta. Nadie va a sospechar de tres hombres que solo buscan un faro en el fin del mundo.
Marcos asintió, terminando su plato con la tranquilidad del veterano.
—El camino de Yalnizlik será difícil, Lin. Pero mientras tengamos las de ganar en el sigilo, la guardia de Erke solo buscará fantasmas en el desfiladero.
La cena terminó en un silencio tenso pero confiado. Las tres capas grises, ahora vestidas con el anonimato del lino marrón y el cuero rústico, regresaron a la habitación número cuatro de la posada. Mientras Ettore y Marcos organizaban las primeras guardias junto a la ventana que daba al desfiladero oscuro, Lin se sentó en el suelo de madera, sacó la pequeña pluma de ganso y el tintero de piedra, y abrió el diario de Norman bajo la luz de una vela débil.
Con su caligrafía rígida de informe militar, pero con un corazón que latía con la poesía de su juramento, empezó a escribir la primera página del nuevo libro:
“Hemos evadido los controles del Rey Erke. El sur está lleno de piedra gris y de reyes que no saben cuidar a su gente. Nos hemos quitado las capas grises, rubio. Ahora visto similar a un granjero de tu aldea, y Marcos dice que parezco más un pastor de ovejas que un capitán. Sé que te reirías de mí si pudieras verme con este chaleco de cuero viejo. Tu madre, Alma, me dio medicinas de raíces para el viaje, y Ettore sigue haciendo bromas sobre mi seriedad. El mundo exterior está roto, Norman, lleno de avaricia y de hijos que se matan por coronas de hierro. Pero nosotros avanzamos con la moral en alto. No voy a dejar que ninguna patrulla me detenga. Mañana cruzaremos la meseta profunda, y cada paso que den estas botas de lino será un paso más cerca de tu Faro. Duerme tranquilo en tu Manantial; tu caballero sigue en el camino”.
Lin sopló la tinta negra para secarla, cerró el cuaderno con una delicadeza extrema y lo guardó contra su pecho, sintiendo el calor de la marca dorada de su palma como la bendición del hechicero de luz que seguía esperando por su regreso en el fondo de la montaña.