El mundo no pertenece a los hombres. Pertenece a sus dueños.
Mientras los imperios mortales se desangran en guerras despiadadas e intrigas políticas por coronas de barro, los verdaderos hilos de Estirgia se mueven desde las sombras del plano divino. Doce Dioses Primordiales controlan el destino de la creación, y su voluntad se manifiesta en la tierra a través del Dogma: doce bendiciones místicas encarnadas en portadores mortales. Un poder absoluto capaz de reescribir la realidad, pero que exige un costo atroz: la erosión irreversible de la humanidad de quien lo canaliza.
En una tierra asfixiada por la traición, la necrosis y los caprichos de deidades implacables, las reglas del juego político están a punto de romperse. La guerra entre humanos es solo el preludio; el verdadero horror comienza cuando los peones divinos despiertan y Estirgia descubre el peso de la herencia de los dioses.
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PRÓLOGO: El Beso de la Errante
La ceniza caía sobre los callejones de Tales el día que lo encontraron. No hubo parteras reales ni himnos de la Iglesia de la Luz; solo el sonido de las fábricas de Vox rugiendo y el llanto de un recién nacido que, por lógica, no debería haber sobrevivido al frío de esa noche.
Una extraña mujer cubierta de túnicas azabache lo levantó del barro. La capucha ocultaba su rostro, pero sus ojos bicolor —uno verde esmeralda y el otro de un oro líquido— brillaban con una intensidad casi divina. Mientras el llanto del pequeño se ahogaba en la inmensidad de la noche, la mujer le besó la frente, logrando que el niño enmudeciera de inmediato. Sus ojos, por un breve segundo, reflejaron una calma absoluta y una profundidad que no pertenecía a ese mundo. A su alrededor, las flores marchitas que crecían entre las grietas del pavimento florecieron de repente para morir un suspiro después; un ciclo de vida y muerte completado en un latido.
— Mi pequeño Errante —susurró la mujer, cubriéndolo con una manta de lino sucio— Este es el comienzo de tu historia. Este es tu destino.
El destino no lo había olvidado. Pero quien lo había marcado no era la Diosa de la Fortuna, sino aquella que camina por el umbral de la vida y la muerte. Jake creció entre el olor a aceite quemado y el miedo constante a la bota del Imperio. Durante dieciocho años, el Dogma durmió en su alma, oculto bajo capas de hambre y cicatrices. Pero en Estirgia, los regalos de los dioses nunca permanecen enterrados para siempre. Tarde o temprano, la Diosa reclamaría su deuda.