de una casualidad paso a una historia completa
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capítulo 1
La lluvia cayó sobre la ciudad como un velo de seda mojada, bañando las calles d en tonos grises y reflejos de luces amarillas. Camila Rodríguez agarró con fuerza el mango de su paraguas, tratando de protegerse del aguacero que había sorprendido a todo el mundo en medio de la tarde. Había salido de su trabajo en la oficina de diseño gráfico con prisa, con la única intención de llegar a su apartamento antes de que la lluvia empeorara —pero el destino tenía otros planes.
Al doblar por una de las calles su paraguas se desplomó de repente, víctima de un viento fuerte que la hizo girar sobre sí misma. Se quedó ahí, desamparada, con el pelo empapado y la blusa de algodón pegada a su cuerpo, mirando a su paraguas roto con una mezcla de frustración y risa nerviosa.
—Parece que la naturaleza no te tiene muy buena intención hoy.
La voz llegó desde su izquierda, y cuando giró la cabeza, vio a un hombre de estatura alta, con cabello castaño oscuro y ojos color avellana que brillaban bajo la luz de un farol. Llevaba una chaqueta negra impermeable y extendió su propio paraguas para cubrirla. Camila sintió un cosquilleo en la base de la espalda —una sensación que no había experimentado en años.
—Es más bien que yo no tengo buena suerte con los paraguas —respondió, sonriendo con timidez. —Gracias, de verdad.
—De nada. Me llamo Martín. Martín Sosa. —Extendió la mano, y cuando Camila la estrechó, sintió un calor que se extendió por todo su cuerpo, a pesar de la lluvia fría. —¿Te estoy bloqueando el paso a algún lado importante?
—Estaba yendo a mi apartamento, pero con este tiempo... —hizo un gesto hacia el cielo, donde la lluvia seguía cayendo a raudales. —Creo que no hay prisa. Y tú?
—Vine a recoger algo en la librería de la esquina —dijo, señalando hacia un local con letreros de madera oscura que lucía acogedor a pesar del clima. —La dueña me guardó un libro que pedí hace semanas.
Camila miró hacia la librería, y entonces recordó que había querido ir ahí desde hace tiempo para comprar un manual de ilustración. —¿La librería "El Rincón de las Palabras"? He escuchado que es muy bonita.
—Lo es. Tiene libros de todo, y la dueña, Doña Ana, es la persona más amable que conoces. —Martín miró su reloj y luego a ella, con una sonrisa que le hizo vibrar las piernas. —Oye, si no tienes prisa... ¿quieres entrar conmigo? La lluvia no parece querer parar, y podrías secarte un poco. Además, tal vez encuentres ese libro que buscas.
Camila debatió por un instante. Nunca había aceptado la invitación de un extraño, pero algo en los ojos de Martín le dijo que podía confiar en él. Asintió con la cabeza, y juntos caminaron hacia la librería, protegidos bajo su paraguas.
Al entrar, el aroma de papel viejo y café recién hecho envolvió a Camila, y se sintió como si hubiera entrado en otro mundo. Los estantes estaban llenos de libros hasta el techo, y en el centro había una mesa con sillones cómodos y una cafetera. Doña Ana, una mujer de cabello blanco y mirada avispada, sonrió al verlos.
—Martín, mi amor! Ya venía a buscarte —dijo, y luego miró a Camila con curiosidad. —Y quién es esta belleza que traes contigo?
—Doña Ana, esta es Camila. Me encontré con ella en la calle, con su paraguas desplomado —explicó Martín, mientras Doña Ana le entregaba un libro encuadernado en cuero marrón. —Camila, esta es Doña Ana, la dueña de este lugar maravilloso.
—Encantada de conocerte, Camila —dijo Doña Ana, estrechándole la mano. —Pasa, pasa, siéntate. Te preparo un café caliente para que te recobres del frío.
Mientras Doña Ana preparaba el café, Camila caminó por los estantes, mirando los títulos. Martín se acercó a ella, mostrándole el libro que le había dado Doña Ana.
—Es una edición especial de "Cien Años de Soledad" —dijo, con una expresión de admiración. —He estado buscándola desde hace meses. Mi abuelo me habló de ella cuando era niño, y siempre quise tenerla.
—Es preciosa —dijo Camila, tocando la cubierta con delicadeza. —Mi abuela también me gustaba leer mucho. Me enseñó a amar las palabras desde que era pequeña.
Justo en ese momento, su mirada cayó sobre un libro de ilustración —el mismo que había querido comprar. Lo tomó con entusiasmo, hojeando las páginas llenas de dibujos coloridos.
—Me encanta este libro —dijo. —Soy diseñadora gráfica, y siempre busco inspiración en las ilustraciones.
—¿De verdad? —Martín miró las páginas con interés. —Yo soy arquitecto. También trabajo con formas y colores, aunque en un ámbito diferente. Tal vez podamos intercambiar ideas alguna vez.
Camila sintió un latido rápido en el pecho. La idea de verlo de nuevo le gustaba más de lo que quería admitir. Doña Ana llegó con dos tazas de café caliente, y ellos se sentaron en los sillones, charlando durante horas sobre libros, arte, viajes y sus sueños. La lluvia paró, pero ninguno de los dos quiso irse.
Cuando finalmente decidieron marcharse, Martín le ofreció llevarla a su apartamento en su coche. Durante el trayecto, la conversación siguió fluida, y Camila se dio cuenta de que había encontrado a alguien con quien se sentía cómoda, alguien con quien podía ser ella misma.
Al llegar a su edificio, Camila se giró hacia él, con la mirada llena de emoción.
—Gracias por hoy, Martín. Ha sido un día... diferente. Me ha gustado mucho conocerte.
—A mí también me ha gustado conocerte, Camila —dijo él, acercándose un poco. —¿Podría verte de nuevo? Tal vez para tomar un café, o para ir a ver una exposición de arte que hay en el centro la semana que viene.
Camila sonrió, con los mejillas rojas por la emoción. —Me encantaría.
Intercambiaron números de teléfono, y cuando Camila subió a su apartamento, se quedó mirando por la ventana, viendo cómo Martín se alejaba en su coche. Sabía que ese día había cambiado su vida —que el encuentro en medio de la lluvia había sido más que una casualidad. Era el comienzo de algo nuevo, algo que no podía explicar, pero que sentía en lo profundo de su corazón.