Adrián y Valentina son una pareja perfecta ante los demás. Él es un abogado exitoso; ella, una restauradora de arte. Pero todo se quiebra cuando Valentina descubre que su mejor amiga, Daniela, y su propio esposo la engañan desde hace años. Lo que Valentina no sabe es que Adrián planeó todo para quedarse con su herencia. El tercero en discordia es Leonardo, un socio de Adrián que guarda un secreto: está enamorado de Valentina desde la universidad y ha esperado una década para destruir a Adrián desde dentro
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Capítulo 16 – La confesión forzada
Adrián pasó la noche en el calabozo. No le permitieron llamar a un abogado hasta la mañana siguiente, y cuando por fin llegó su abogado de confianza —un hombre de traje caro y sonrisa de tiburón llamado Darío Mendoza—, la situación era ya irreversible. La fiscal Valdés tenía las grabaciones, las fotos, los documentos, el diario de Rocío y, lo más importante, el testimonio de Daniela.
Daniela había llegado a la comisaría una hora después de Adrián. No esposada. Acompañada por un agente de protección de testigos. Había llorado durante cuarenta minutos antes de hablar, y cuando lo hizo, no se detuvo hasta contar cada detalle. Los nombres de las víctimas. Las fechas. Los lugares. La casa de la playa. El sótano. Todo.
—Señor Fuentes —dijo el fiscal, leyendo los cargos ante Adrián en la sala de interrogatorios—, se le acusa de tentativa de homicidio contra su esposa, Valentina Valdés. También de homicidio en grado de complicidad en el caso de Rocío Jiménez, cuyo cuerpo aún estamos buscando. De estafa agravada. De falsificación de documentos. Y de asociación ilícita.
Adrián no parpadeó. Sentado tras la mesa metálica, con las esposas aún puestas porque el juez había denegado la fianza, parecía más un ejecutivo en una junta que un asesino en una celda. Su expresión era impasible. Casi aburrida.
—Todo eso son mentiras —dijo, con la misma voz tranquila que usaba en el tribunal—. Mi esposa me está difamando porque descubrió una infidelidad. Eso no es un delito. Es un asunto marital.
—¿Y las grabaciones? —preguntó el fiscal—. ¿Y los documentos falsificados? ¿Y el diario de Rocío Jiménez con su nombre escrito en sangre?
—Pruebas fabricadas. Usted sabe mejor que yo que las grabaciones pueden manipularse. Mi esposa tiene motivos para tenderme una trampa. Está enamorada de mi socio, Leonardo. Quiere quedarse con todo.
—Curioso —respondió el fiscal, sacando una carpeta—. Porque Leonardo declaró hace una hora. Y dijo que usted le confesó la muerte de Rocío Jiménez hace tres años, durante una cena de trabajo en la que ambos estaban borrachos.
Adrián se quedó en silencio por primera vez.
—Leonardo miente —dijo al fin.
—Leonardo tiene un mensaje de voz de usted en el teléfono. Grabado hace tres años, en esa misma cena. Dice, cito textualmente: "Rocío no se fue, socio. Rocío está más cerca de lo que crees. Debajo de tus pies."
El color abandonó el rostro de Adrián. No del todo. Solo un poco. Pero fue suficiente. El fiscal lo vio. El abogado defensor también.
—Necesito hablar a solas con mi cliente —dijo Darío Mendoza.
—Tiene diez minutos.
El fiscal salió. La puerta se cerró con un golpe metálico. Adrián y su abogado se miraron en silencio.
—Dime que puedes sacarme de aquí —susurró Adrián.
—No puedo. No con las pruebas que tienen. Daniela declaró en tu contra. Leonardo también. Valentina entregó documentos originales, no copias. Y la grabación del hotel… es impecable. No se puede impugnar.
—¿Entonces qué hago? ¿Me declaro culpable?
—Si te declaras culpable, rebajamos la condena. Podrías salir en quince años con buena conducta.
—¿Quince años? —La voz de Adrián se elevó por primera vez—. ¿Quince años en la cárcel mientras ella se queda con todo?
—Ella ya se quedó con todo. Mientras tú estabas aquí, Valentina vació las cuentas conjuntas. Las que no estaban a su nombre las transfirió a una offshore. Tu casa está a su nombre. Tu coche también. No te queda nada, Adrián. Ni un peso.
Adrián se quedó mirando la pared. Sus manos esposadas descansaban sobre la mesa, inmóviles. Parecía una estatua. Una estatua de un hombre que acababa de darse cuenta de que había perdido.
—La muy zorra —susurró.
—La muy inteligente —corrigió el abogado—. Te ganó en tu propio juego.
Esa noche, Valentina recibió una visita en su casa. No era Leonardo. Era Daniela. Llegó con una maleta pequeña y los ojos enrojecidos. La policía la escoltó hasta la puerta y se quedó afuera, esperando.
—Me voy —dijo Daniela, sin entrar—. Mañana a primera hora. A un país donde nadie sepa mi nombre.
—Lo sé.
—Quería pedirte perdón. De verdad. No puedo devolverte los años que te robé. No puedo devolverte la confianza que destruí. Pero quería que supieras que lo siento.
Valentina la miró. Durante unos segundos, se quedó en silencio. Podía decirle que la odiaba. Podía escupirle en la cara. Podía llamar a la policía y decir que se había equivocado, que Daniela también debía ir a la cárcel. Pero no lo hizo.
—Lárgate —dijo al fin—. Y no vuelvas.
Daniela asintió. Dio la vuelta y caminó hacia el coche patrulla. Antes de subir, se detuvo.
—Valentina.
—¿Qué?
—Rocío no está en el sótano.
Valentina sintió que el corazón se le paraba.
—¿Qué dices?
—Adrián la movió hace dos años. La enterró en otro sitio. No sé dónde. Pero no está allí.
—¿Por qué me lo dices?
—Porque necesitas encontrarla. Para cerrar esto. Y porque ella merece un entierro digno. Algo que yo no le di cuando estaba viva.
Daniela subió al coche. El vehículo arrancó y se alejó. Valentina se quedó en el umbral de la puerta, con el aire frío de la noche pegándole en la cara.
Rocío no estaba en el sótano. Eso significaba que la carta, los diagramas, todo lo que había visto en la casa de la playa era solo una parte de la verdad. La otra parte estaba en algún lugar que solo Adrián conocía.
Cerró la puerta. Subió las escaleras. Se sentó en la cama donde había dormido junto a un asesino durante cinco años.
Y por primera vez desde que empezó todo, lloró. No por Adrián. No por Daniela. No por ella.
Lloró por Rocío. Una mujer que nunca conocería. Una mujer que había muerto sola, con miedo, esperando que alguien la salvara.
Nadie la salvó. Pero Valentina iba a asegurarse de que su nombre no se olvidara.
Sacó el teléfono y llamó a Leonardo.
—Tenemos que seguir buscando —dijo—. Rocío no está en la casa de la playa. Adrián la movió. Necesito que hables con él.
—¿Hablar con él? Está incomunicado.
—Mañana, cuando vea a su abogado. Dile que quiero hacerle una oferta. Dónde está el cuerpo de Rocío a cambio de que no pida la pena máxima.
—¿Y si no acepta?
—Entonces lo buscaremos solos. Pero lo encontraremos. Por ella.
Leonardo suspiró.
—Eres increíble —dijo—. Después de todo lo que te ha hecho, todavía piensas en los demás.
—No soy increíble. Solo estoy harta de que los monstruos siempre ganen.
Colgó. Apagó la luz. Y en la oscuridad, hizo una promesa.
Rocío, dondequiera que estés, te voy a encontrar. Y te voy a llevar a casa.