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Pacto Por Venganza

Pacto Por Venganza

Status: En proceso
Genre:Mitos y leyendas / Demonios / Maldición
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Tintared

Despues de ser humillada Lucciana decide hacer un viejo ritual para cobrarse las penas.
Vende su alma a Lucifer a cambio de castigar a quien se atrevió a dañarla pero en el instante en que firma el pacto de sangre, algo que jamás contempló ocurre...

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La Memoria del Vidrio

El invierno neoyorquino de 1905 no tenía la nobleza heráldica de Europa; era una masa de hierro, hollín y rascacielos que arañaban un cielo permanentemente gris. Desde el piso cuarenta del edificio de Leadenhall & Ferro en Manhattan, el mundo de los mortales parecía un hormiguero de abrigos oscuros y tranvías que chirriaban sobre rieles congelados.

Lucciana Bianchi —a quien los deudores del Nuevo Mundo ya llamaban con temor reverencial Isabella, la Condesa del Saldo— sostenía una copa de cristal tallado. El licor de ámbar estaba intacto. El calor de su pulso humano, recuperado tras la liberación de Matteo, era una bendición que a veces se sentía como una condena. Sentía demasiado. La nostalgia por los olivos de Fiesole, el olor a barniz de su taller en Florencia y el eco de la risa de Matteo se agolpaban en su pecho cada vez que el silencio de la gran urbe la rodeaba. La libertad de su amado la mantenía en pie, pero la soledad de la inmortalidad era un veneno lento.

A su espalda, la puerta de caoba no sonó. Nunca lo hacía.

Luca Ferro entró despojándose de su capa con un movimiento fluido. Sus ojos pálidos, que esa tarde tenían el color del hielo estancado, se fijaron en la silueta melancólica de su mano derecha. El Diablo no vestía hoy el uniforme del hombre de negocios; llevaba una levita oscura de corte antiguo que evocaba los salones del siglo anterior, como si el peso de los años también hubiera decidido posarse sobre sus hombros.

—Nueva York está tranquila esta noche, Isabella —dijo Luca, usando deliberadamente el nombre que ella había adoptado para su nueva existencia—. Los banqueros duermen y los contratos respiran. Sin embargo, tu despacho huele a los fantasmas del Arno.

Isabella no se volvió de inmediato. Observó su reflejo en el gran ventanal: el sastre de terciopelo azul noche, el cabello oscuro recogido con una severidad que ocultaba la juventud de su rostro. Al fin, se giró, sosteniendo la mirada del ser que gobernaba el abismo.

—Matteo está libre, Luca. Mi cuenta está saldada. Tengo el poder de revisar tus libros, de decidir el destino de los hombres más ambiciosos de la Tierra —su voz bajó un tono, arrastrando una vibración de suspenso y fatiga—. Pero hoy, al mirar la nieve caer sobre estas calles de piedra, me he dado cuenta de que conozco el precio de cada alma en tus archivos, pero no el tuyo.

Luca Ferro se detuvo a mitad del despacho. El paraguas de oro que solía usar permanecía apoyado contra la pared. Por un segundo, la fachada de cinismo y elegancia del Diablo flaqueó, revelando una antigüedad insondable, una fatiga que hacía que los paneles de caoba del despacho parecieran crujir bajo una presión invisible.

—¿Mi precio? —Luca soltó una sonrisa delgada, desprovista de su habitual burla—. Yo no tengo precio, Condesa. Yo soy el cobrador.

—No me des tus evasivas de oficina —Isabella dio un paso al frente, y la copa de cristal tembló sutilmente en sus dedos—. Te he visto en París, en Viena, en Escocia. Sé cómo miras a los deudores que intentan romper sus lazos. No los miras con rabia, Luca. Los miras con envidia. Con la envidia del que sabe lo que es estar atrapado en una celda cuya llave se perdió antes de la creación del mundo. Te lo pregunto no como tu mano derecha, sino como la restauradora que fui: ¿Por qué estás aquí? ¿Por qué tú, el Portador de la Luz, el primero entre los ángeles, elegiste el fango, el papel sellado y el azufre del Infierno?

El silencio que siguió a sus palabras fue absoluto. El zumbido de la calefacción de vapor del edificio pareció apagarse. Afuera, la nieve pareció congelarse en el aire, suspendida sobre los tejados de Manhattan.

Luca Ferro caminó lentamente hacia el diván de cuero negro. No se sentó. Pasó sus dedos largos y pálidos por el respaldo, y cuando habló, su voz ya no era la del elegante Barón de Ferro, sino un eco profundo, un susurro que parecía venir de un desfiladero de piedra y estrellas muertas.

—La historia que cuentan tus iglesias en Florencia es una burda traducción de vencedores, Isabella —dijo el Diablo, mirando al suelo como si pudiera ver a través del hormigón y el hierro—. Te hablan de orgullo, de rebelión, de un espejo en el que me miré y me creí igual al Arquitecto. Qué mentira tan pequeña para un drama tan vasto.

Se volvió hacia ella, y por primera vez en todos sus años de conocerlo, Isabella vio que las pupilas de Luca no eran humanas; eran dos fracturas de luz blanca, la memoria del fuego original.

—Yo no quería su trono —continuó el Diablo, y el susurro de sus palabras traía la nostalgia de una era donde el tiempo no existía—. Yo amaba la Obra. Yo era el encargado de afinar las esferas, de trazar las líneas de la geometría sagrada que darían forma al universo. Cuando Él diseñó al hombre, nos pidió que nos postráramos ante el barro. Mis hermanos lo hicieron; cayeron de rodillas ante criaturas que morirían en setenta inviernos, seres que olvidarían la música de las estrellas por un trozo de pan o una corona de oro.

Luca dio un paso hacia el ventanal, apoyando la frente contra el vidrio helado.

—Yo no me negué por orgullo, Isabella. Me negué por piedad hacia el propio diseño. Le dije que si el hombre iba a ser libre, debía serlo de verdad. Que si lo rodeaba de muros de gracia y milagros, su libre albedrío sería una farsa, el juguete de un niño mimado. Le pedí que los dejara elegir en la oscuridad. Que les permitiera conocer el peso de sus propios errores.

—Y te arrojó al abismo por ello —murmuró Isabella, sintiendo que el susurro del Diablo hacía vibrar las fibras de su propia alma.

—No me arrojó —Luca se giró, y su rostro estaba contraído por una amargura tan antigua que hacía que los imperios parecieran pestañeos—. Yo me bajé. Caminé hacia la frontera de la luz donde el vacío comenzaba, y salté. Mis hermanos dicen que caí durante nueve días, pero la verdad es que la caída aún no ha terminado. Cada vez que un hombre firma uno de mis contratos, cada vez que un mortal vende su eternidad por un parpadeo de gloria en la Tierra, yo vuelvo a caer un metro más en la oscuridad.

Isabella se acercó a él, dejando la copa sobre la mesa. El suspenso del relato la envolvía como la niebla del Támesis.

—¿Y el Infierno? ¿Los contratos? ¿Los archivos?

—El Infierno es el tribunal que Él me obligó a construir para demostrar que yo tenía razón —siseó el Diablo, y una chispa de fuego azul, el mismo que Isabella había llevado en las venas, destelló en sus dedos—. Me dijo: "Si crees que su libertad es tan pura, ve y dales lo que piden. Sé el administrador de sus deseos. Mira cómo destruyen su propia divinidad por un puñado de monedas". Y eso he hecho durante milenios, Condesa. No soy el tentador; soy el espejo. Yo solo pongo el papel y la pluma. Son ellos, tus semejantes, los que corren hacia mis oficinas con las manos ensangrentadas, rogándome que les cambie el cielo por un palacio de granito o una sinfonía perfecta.

Luca Ferro se cubrió el rostro con las manos por un breve segundo, y el suspiro que exhaló olía a ozono y a ceniza de estrellas.

—Estoy aquí porque soy el único ángel que se tomó en serio la libertad humana. Estoy atrapado en esta burocracia de la culpa porque cada vez que gano un caso, cada vez que un deudor como Pendelton o Alvear se condena a sí mismo, demuestro que mi rebelión era justa... pero me hundo más en la soledad. Estoy condenado a tener la razón en un mundo de ciegos.

Isabella lo miró. La nostalgia que había sentido minutos antes por Florencia se vio empequeñecida por la inmensidad de la tragedia del ser que tenía enfrente. Luca Ferro no era el monstruo astuto de los altares; era el restaurador original, el que había intentado limpiar el lienzo del mundo y se había manchado las manos con la tinta indeleble del dolor humano.

Se acercó a él y, con un movimiento lento, colocó su mano derecha —la mano que aún conservaba el calor de la vida— sobre el hombro de la levita del Diablo.

—Entonces, somos dos exiliados en la misma mesa, Luca —dijo Isabella con una serenidad que cortaba el suspenso de la noche—. Tú cuidas que la libertad no se diluya, y yo cuido que los libros estén limpios.

Luca Ferro levantó la vista. La luz blanca de sus pupilas se suavizó, regresando al gris lavado de sus ojos de hidalgo. Miró la mano de Isabella en su hombro y, por primera vez en la historia del mito, el Diablo exhaló un suspiro que no tenía rastro de azufre, sino la frescura de la primera mañana del mundo.

—Que comience la auditoría de mañana, Condesa —dijo Luca, recuperando su sonrisa de seda—. El mundo sigue firmando, y nosotros no podemos dejar las cuentas a medias.

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Megara García
me emocioné tanto con el final pero pensé por un momento que el diablo se quedaría con ella que el amor pudiera romper la maldad
gracias autora por esta joya 👏👏👏
Megara García
que emoción cada capítulo es más interesante 👏👏
Rolando Morales
ya le gustó estar con el diablo/CoolGuy//Chuckle/
Megara García
alguna vez alguien dijo que el demonio había Sido el ángel mas hermoso
Megara García
wooooo que capitulo tan intenso esta novela me atrapó
Alisson Nuñez
excelente
Gus Molina
/Drool//Drool//Drool/
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