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Color De Mi Raza

Color De Mi Raza

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Romance / Aventura / Acción / Completas
Popularitas:808
Nilai: 5
nombre de autor: ARACELYS DE LA CRUZ SALAYA

En la Venezuela colonial del siglo XVIII, la sangre determina el destino, pero el amor desafía todas las convenciones. Don Beltrán Linares es el origen de un legado dividido: por un lado, sus hijos legítimos, criollos de piel blanca que heredan su nombre y fortuna; por el otro, sus hijos bastardos, mestizos y de raza negra, condenados a la marginalidad.

Esta frágil barrera social comienza a resquebrajarse cuando Álvaro Linares, el heredero legítimo de deslumbrante belleza rubia y ojos verdes, conoce a Marina Ribas, una joven mantuana prometida en matrimonio por conveniencia a León Fernández, un hacendado mayor. Al instante, nace entre ellos un amor apasionado y prohibido que desafía los arreglos familiares y pone en riesgo el honor de ambos.

Mientras este romance florece en secreto, los medios hermanos de Álvaro luchan por forjar su propio destino en un mundo hostil:
Tomer Linares, otro de los hijos de Beltrán, se enfrenta a la tragedia cuando Joaquina Ribas la mujer que ama, es raptada por indígenas de la selva, obligándolo a una desesperada búsqueda.
Tadeo, un esclavo liberto, encuentra un amor inesperado y puro con una mujer aborigen, una unión que también deberá superar los prejuicios de la época.
Maya, una esclava que ha ganado su libertad, entabla una relación compleja con un indio cristianizado, navegando entre dos mundos sin pertenecer del todo a ninguno.

"Color de mi raza" es una saga familiar épica que entrelaza estos destinos, explorando el conflicto entre el deber y el deseo, la pureza de sangre y la identidad, en una época donde el amor era el acto de rebelión más peligroso.

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El carruaje

El carruaje se abría paso a toda velocidad por el bosque montañoso. Al frente, una joven rubia de catorce años, de bucles dorados y vestido azul cielo con encajes blancos, guiaba con sorprendente seguridad los seis caballos pardos. A su lado, el anciano cochero, este mestizo, se aferraba con fuerza al asiento para no ser despedido.

En el interior, la pareja de ancianos, don Joaquín y doña Justa Ribas —de tez blanca y cabellos rubios ya canos— Se sujetaban forzadamente de los pasamanos de las ventanillas. Junto a ellos, su nieta Marina, de catorce años y lacio cabello negro, asomaba la cabeza por la ventanilla, emocionada por la velocidad.

— ¡Me gusta cuando conduce Joaquina! ¡Es emocionante! —Gritó, sonriente, mientras el viento golpeaba su rostro y le despeinaba la pollina que cubría sus grandes ojos negros.

— ¡Dile a Joaquina que disminuya la velocidad! ¡Ya basta de locuras! — Ordenó el abuelo con autoridad.

Marina se asomó de nuevo y gritó hacia la conductora:

— ¡Prima! ¡Que ya...! ¡Lo manda el abuelo! __ Grito asomada por la ventanilla.

— ¡Dile al abuelo que no puedo! —Replicó la rubia, volviendo la cabeza con rapidez.

— ¡Hace unos minutos que nos persigue un grupo de forajidos!__ Grito.

Marina miró hacia atrás y confirmó el peligro, un grupo de cuatro jinetes con los rostros ocultos tras pañuelos negros, al igual que sus vestimentas, galopaba tras ellos.

— ¡Abuelos, agárrense fuerte! Joaquina no se va a detener. ¡Nos persiguen forajidos! — Avisó, al oírla, los ancianos se miraron aterrados, vieron cómo Marina se subía rápidamente la falda de su vestido rosa y extraía de su pantorrilla dos arcabuz, de pie, tambaleándose, apuntó hacia todos lados, incluso hacia sus abuelos, que trataban de esquivar.

— Señorita Marina, ¿se puede saber qué cree que está haciendo? —Preguntó doña Justa, horrorizada.

— Enfrentarlos, abuela. Usted tranquila —respondió la valiente joven. Se asomó por la ventanilla y apretó el gatillo. El disparo alcanzó la mano derecha de uno de los jinetes, un indígena de tez inusualmente clara. El hombre cayó a la orilla del camino, sujetándose la mano herida mientras se la vendaba apresuradamente con su camisa, dejando al descubierto su tórax musculoso. Tras subir de nuevo a su caballo pardo, se perdió entre los árboles. Se trataba de Juan, quien, por este percance, abandonó la persecución.

En su veloz huida, el carruaje pasó de largo junto a otro carruaje detenido a un lado del camino, donde unos hombres cambiaban una rueda. Al observar la escena, uno de ellos, don Beltrán Linares, exclamó:

— ¡Son forajidos! Pretenden asaltar ese carruaje. ¡Vamos, muchachos! No podemos dejar que les pase nada— Ordenó.

Sus hijos y su capataz no dudaron. Tomer, de quince años, contextura fuerte y melena lacia negra, fue el primero en salir al galope, vestido con camisa blanca, pantalón azul cobalto y botas negras. Tras él, el capataz, un hombre de unos treinta años con larga cabellera castaña y ondulada, barba y bigote, vestido con chaqueta y pantalón color tabaco. Por último, Álvaro, con camisa negra, pantalón gris y botas negras.

Desde que emprendieron la cabalgata detrás de aquel grupo comenzaron a disparar contra estos, un tiro hecho por el audaz Álvaro, alcanzó a uno de los forajidos en la espalda, haciendo que este se estremeciera de dolor, este era Lucio, quien voltio rápidamente y vio quien le disparó y lo miró con rabia. El trío de forajidos, ante la presencia de aquel grupo armado, que disparaban contra estos desistieron huyendo a la espesura de aquel bosque. Al ver que los delincuentes huyeron la rubia detuvo el carruaje, de inmediato el cochero bajó del mismo y se mostraba agitado… Joaquina bajo también y se asomó al interior del carruaje y se cerciore que sus abuelos y que su prima estaban bien.

—Bajen, se acerca el grupo que nos ayudó— Informó la rubia, de pie vio, a los tres jinetes que se acercaban y se detenían frente a ella. El chico se quitó el sombrero en señal de saludo.

— ¿Está bien, señorita? —preguntó preocupado.

Sus ojos azules se clavaron en los ojos color café de Tomer.

—Sí, estamos bien. Muchas gracias por su ayuda. Soy Joaquina Ribas —se presentó.

El joven Linares, desmontó de su hermoso alazán con gesto caballeroso, tomó su mano enguantada para besar el dorso. Se miraron fijamente, y una fuerte atracción surgió entre ellos.

—Soy Tomer Linares —Dijo, para luego agregar señalando al rubio.

— Este es mi hermano Álvaro y nuestro capataz, Rómulo Córcega —Señaló con la mano derecha.

En ese momento, bajaron los abuelos y por último, Marina. Al alzar la vista, sus ojos se encontraron con la mirada fija de Álvaro, cuyos ojos verdes la observaban con intensidad. Álvaro hizo una reverencia hacia Marina, quien, tímidamente, le correspondió con otra.

«Es hermoso. Tiene el cabello largo y dorado, y esos ojos verdes me hacen delirar » Pensó la chica, irremediablemente atraída por él.

—Muchas gracias por ayudarnos —Intervino don Joaquín.— Soy Joaquín Ribas, mi esposa Justa y mi nieta Marina. Están invitados a una fiesta de bienvenida que daremos para mis nietas— Exclamó el anciano evidentemente emocionado y muy orgulloso de sus nietas.

— ¡Allí estaremos! —prometió Tomer, muy sonriente, mientras montaba de nuevo en su caballo y se despedía de la rubia con una reverencia hecha con su sombrero.

Álvaro, desde su caballo, no dejaba de volver la mirada hacia Marina con palpable interés. Ella lo siguió con la vista hasta que la figura del jinete se perdió en el horizonte.

«Es obvio que le guste, es tan linda » Pensó Álvaro, encantado con aquella chica.

Por su parte, los forajidos llegaban a su casa, ubicada en las profundidades del bosque. Mientras tanto, la madre del indio Juan, de nombre Juana, está de baja estatura, pero muy ágil, llegó presurosa con algunas medicinas naturales envueltas en telas. Mirando con preocupación a su hijo de apenas veinte años, comenzó a revisar la mano, que permanecía envuelta en su camisa y empapada de sangre. Aquella mujer de apenas cuarenta años, vestida de manera sencilla con un traje color terracota, mostraba su lacia cabellera recogida en trenzas.

—Hijo, enséñame la herida —Pidió Juana, angustiada.

Juan le mostró, su mano derecha, herida e hinchada que además de presentar sangre coagulada, doblaba su tamaño de lo hinchada que estaba. Su madre, sin decir palabra, examinó la lesión, al descubrirla, noto que la camisa estaba adherida a la misma. El joven, mientras tanto, mostraba su tórax, sus brazos y su pantalón manchados de sangre. Se sentaron bajo un frondoso árbol, sobre unos troncos caídos.

—¿No la voy a perder, verdad, mamá? —Preguntó Juan con preocupación.

La madre, sin mediar palabra, extrajo de un envoltorio de tela algunas hierbas, y líquidos espesos que conservaba en pequeñas vasijas de barro.  De inmediato le dio a masticar unas hojas que servían de analgésico y procedió a revisar la herida.  Vertió ron sobre la misma y procedió a limpiarla con telas estériles, mientras Juan se quejaba del dolor.

—¡Doña! —No sea tan ordinaria —Exclamó el hijo, alejando la mano de su progenitora.

—¡Aguante, usted es un hombre! Quien lo manda a meterse en esos problemas —Replicó la madre, aún en su faena.

—Juro por Dios que nunca más hago caso de las palabras absurdas de Lucio, de Rómulo y de Igor, lo juro —prometió Juan, casi llorando por el fuerte dolor que sentía.

—Así es, hijo. Usted no tener ninguna necesidad de hacer esas cosas… y terminar así… Ser peligroso, varias veces decir lo mismo, tenga cuidado hijo, lo pueden matar —le aconsejó la madre, preocupada por la imprudencia del joven.

Juan se mostraba arrepentido por lo que había hecho y permanecía cabizbajo, con gestos de dolor en su rostro. El dueño de la vivienda don Emilio Córcega, junto a su esposa la señora Magdalena, se ocuparon de atender las heridas que presentaba Lució en la espalda.

—Yerno, lo ayudare a quitarse la camisa —Decía, Magdalena que al igual que su esposo eran ancianos de sesenta años, de cabellos canos, mientras que sus hijos observaban al herido preocupado.

—Por poco, lo matan, querido esposo —Afirmó Corina, limpiando la herida, su padre se preparaba para suturar. La herida que presentaba el hombre había dejado en esa región dorsal varias heridas y una herida más grande, de donde con destreza sacó una bala de la misma, hecho la misma una vasija, la mujer permanecía en silencio.

—Esos vaqueros aparecieron de repente—Narro Igor, recordando lo sucedido.

— Esos son Los Linares,  solo quería asustar al viejo, y robarle como siempre— Decía Lucio riendo, Igor lo imitó.

—Uno de los jinetes era Rómulo—Recordó Corina.

—No sabía que ellos estarían por allí, o sino el cuñado nos hubiese dicho— Señaló Lucio, seguro de la lealtad de su cuñado. El señor Emilio sutura la herida con tranquilidad; sin intervenir en la conversación.

—Toma yerno, esto le calmará el dolor—Dijo Magdalena acercando hasta su mano un pocillo de arcilla, este de inmediato tomó del líquido, luego de la herida, todos salieron al fresco patio y se sentaron cerca de unos chinchorros, donde ya yacía el indio Juan, dormido, Juanita estaba en la casabera,  las mujeres se acercaron a ayudarla, mientras que Igor mataba un par de gallinas.

—Haremos un   "caldo  " sustancioso para que se recuperen los heridos— Decía Igor riendo.

El carruaje conducido por Tadeo cruzó el límite de las tierras de los Linares. La casona se alzó imponente ante ellos, está de techo rojo, rodeada de árboles muy frondosos, mostrando un par de carruajes frente a la misma. A su derecha y a lo lejos un par de corrales donde guardaban una gran cantidad de reses, también se podían observar un centenar de las mismas pastando cerca y también a la orilla de un caudaloso río que pasaba por la propiedad. Se observaba cerca a los corrales vaqueros que estaban pendientes de las mismas. Además de un par de Harás donde guardaban ejemplares de raza pura. Se observaba la rutina llevada por la servidumbre, que se observan por doquier, don Beltrán fue recibido por su adorada esposa, y sonrientes entraron al interior de la misma, Tadeo se dirigió a las barracas, Rómulo lo acompañaba, mientras que un par de esclavos bajaban el equipaje,  Tomer y Álvaro se escabulleron hacia el jardín, aún aturdidos por el recuerdo de las jóvenes.

—Hermano, ¿cuál le gustó? —preguntó Tomer.

Álvaro rio.

—¡A mí me gustó Joaquina! ¡Es una belleza! —Exclamó Tomer, eufórico.

—Esa rubia es muy valiente, hermano, a mi me gusto Marina, es bellísima y yo le guste a ella,¡ ¿ vio cómo me miraba!? — Afirmó este, haciendo ademanes, mostrando lo impresionado que estaba. Tomer se carcajeaba de la risa, ante lo vanidoso que era su hermano.

De pronto, los interrumpió la voz de Maya, la hermanastra, de estos, ya que, la misma era la hija      " bastarda "

 de don Beltrán.

—¡Buenas tardes! — Exclamó está mirando solo al rubio, quien volteo a mirar y le sonrió.

—¡ Maya, que hermosa esta!  ¿Se soltó el cabello? — Pregunto el chico con admiración.

Tomer se despidió y partió rápidamente. Álvaro se quedó solo con ella. La miró de arriba abajo y esbozó una sonrisa pícara. Maya, la esclava, lo besó en los labios. El chico correspondió al beso, pero sus ojos se abrieron inquietos, escudriñando los jardines detrás de ella. La chica ostentaba una exótica belleza su piel oscura, sus facciones delicadas, le concedían una hermosura singular, acentuada por su cabello largo y ondulado. En ese momento, lucía emocionada. El rubio no la rechazó, pero su cuerpo se tensó.

—¿Y si nos ven Maya, nos van a reprender y a usted la azotarán y no quiero que eso pase? — Exclamó muy preocupado.

— Nadie nos ve, venga y no va a pasar nada — Dijo tomando su mano y casi arrastras, lo llevo con ella el chico, la siguió entusiasmado.  Entre besos y caricias, el frío del agua pronto fue reemplazado por el calor de su pasión. Desde la ventana de su habitación, don Beltrán observaba la escena con incredulidad. Doña Adela se acercó, curiosa.

—Mira a ese par de sinvergüenzas— Rugió el padre.

—Hombres... Son fogosos desde jovencitos —comentó Adela con una risa.

—Voy a acabar con esto. Casaré a Maya —Declaró don Beltrán. Adela, concentrada en su masaje, prefirió no decir nada.

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Yuri😊
claro con esas habilidades y siendo chicas quien no? 😃😃
ARACELYS DE LA CRUZ Salaya: Gracias por comentar, Yuri
total 1 replies
Yuri😊
Dile que no lleva vacas🤣🤣🤣🤣
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