En este juego de espejos, nadie es quien dice ser y la moneda está a punto de caer del lado de la justicia... o del caos.
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capitulo 10
El calendario que había tallado en el muro de hormigón junto a mi litera era ahora una costra de muescas superpuestas. Mil ochocientos veinticinco días. Cuatro mil ochocientas horas de encierro, de ruidos metálicos y de un frío que se instaló en mis huesos el primer invierno y nunca se marchó. Pero hoy, el aire de la celda se sentía diferente. Tenía el aroma eléctrico de la libertad, o al menos, de la versión de libertad que me quedaba: una oportunidad para el caos.
Me puse de pie y me miré en el trozo de metal pulido que Antonia me había ayudado a conservar. La chica que entró aquí hace cinco años, la que lloraba por un vestido manchado de vino y buscaba la aprobación de un padre de hielo, estaba muerta. Enterrada bajo toneladas de cemento.
La mujer que me devolvía la mirada tenía el rostro afilado, pómulos altos que parecían cuchillos y unos ojos que no parpadeaban. Mi cuerpo era una máquina de tendones y cicatrices, forjado en mil flexiones diarias y en las peleas que tuve que ganar para que me dejaran en paz. Ya no era Marina De la Vega. Era el sujeto 4021, una anomalía en el sistema que el mundo exterior había decidido olvidar.
El último consejo de La Maestra
Antonia estaba sentada en su litera, más encorvada que hace cinco años, pero con la mente tan afilada como siempre. Ella no saldría conmigo; su condena era una cadena perpetua encubierta por la magnitud de sus estafas.
—Hoy es el día, Marina —dijo con voz ronca—. Cruzas esa puerta y el mundo intentará recordarte quién eras. Intentarán darte lástima, intentarán ignorarte o, peor aún, intentarán pisotearte de nuevo porque creen que estás rota.
—Nadie puede romper lo que ya es polvo, Antonia —respondí, terminando de recoger mis escasas pertenencias en una bolsa de plástico.
—Escúchame bien. Tu familia cree que ha ganado porque el tiempo borra las noticias, pero el tiempo no borra las deudas. Tienes la información. Tienes los contactos que te di. Tienes el odio. Pero recuerda: el odio es un fuego que puede cocinar tu comida o quemar tu casa. Úsalo como combustible, no como guía.
Se levantó y me entregó un papel doblado, pequeño como un amuleto.
—Es la dirección de un contacto en Suiza. Él tiene las claves de la cuenta que logramos desviar durante estos años con tus cálculos y mis métodos. No es una fortuna, pero es suficiente para comprarte una cara nueva y un nombre que nadie pueda escupir.
La abracé. Fue el único contacto humano genuino que tuve en un lustro. Ella me había salvado de la locura, convirtiendo mi sed de venganza en un algoritmo de precisión.
—Gracias, Maestra.
—No me des las gracias. Dame resultados. Quiero leer en los periódicos que el imperio De la Vega ha colapsado y saber que fuiste tú quien quitó el primer ladrillo.
El umbral de la salida
Caminé por los pasillos del penal por última vez. El sonido de mis pasos resonaba de forma diferente. Las guardias, incluso Mendoza —a quien tuve en mi bolsillo durante tres años—, me miraban con una mezcla de alivio y temor. Sabían que yo no era una interna común. Había visto demasiado, sabía demasiado sobre sus pequeños negocios turbios.
En la oficina de egresos, me entregaron mis pertenencias de "civil". El vestido de lentejuelas plateadas estaba amarillento y olía a humedad. Los zapatos de tacón me parecieron instrumentos de tortura medieval. Los tiré a la basura allí mismo, frente al oficial de turno.
—¿No quiere su ropa, De la Vega? —preguntó el hombre con cinismo.
—Esa ropa pertenece a una muerta —respondí sin mirarlo.
Me puse unos vaqueros viejos y una sudadera gris que Antonia me había conseguido a través del economato. Me entregaron mi documento de identidad y un sobre con unos pocos billetes: el "pago" por cinco años de trabajos forzados en la lavandería.
Los portones pesados se abrieron con un quejido hidráulico. El sol del mediodía me golpeó con una violencia física. Por un momento, me sentí mareada. El espacio era demasiado grande, el cielo demasiado azul, el aire demasiado ruidoso. No había nadie esperándome. Ni un coche de lujo, ni un abogado con papeles, ni un gesto de "bienvenida a casa".
Arturo y Beatriz habían cumplido su promesa de abandono absoluto.
Caminé hacia la parada de autobús más cercana. Me senté en el banco de madera y abrí un periódico que alguien había dejado olvidado. En la sección de sociales, allí estaba ella. Siempre ella.
"Isabella De la Vega y Federico Santillán celebran el quinto aniversario de su unión con una gala benéfica en la Mansión De la Vega."
Había una foto. Isabella lucía radiante, el epítome de la elegancia y la bondad. A su lado, mi padre levantaba una copa de champán, brindando por un éxito que yo había pagado con mi juventud. En el pie de foto, se mencionaba que Isabella había sido nombrada "Mujer del Año" por su labor con víctimas de accidentes de tráfico.
La ironía me provocó una náusea gélida. Ella, la mujer que dejó morir a una chica en la cuneta y me mandó a la cárcel para cubrir su rastro, ahora era la patrona de las víctimas. Era una broma macabra que solo la gente con mucho dinero puede permitirse.
El encuentro con el pasado
Antes de desaparecer para iniciar mi transformación, sentí un impulso que no pude controlar. Necesitaba ver los cimientos de mi odio una última vez. Tomé un taxi —gastando la mitad de mi dinero de salida— y le di la dirección de la mansión.
—Déjeme a dos manzanas de distancia —le pedí al conductor.
Caminé oculta por la sombra de los robles que bordeaban la avenida. Me detuve frente a los portones de hierro forjado. Las iniciales "DLV" seguían allí, brillando bajo el sol, recordándome la exclusión. A lo lejos, vi el jardín donde Isabella solía jugar a ser la hija perfecta.
Entonces, un coche salió de la propiedad. Un Mercedes negro, elegante y silencioso. Se detuvo un momento ante el portón para que el guardia lo identificara. Las ventanillas eran tintadas, pero por un segundo, la ventanilla del copiloto bajó.
Era Isabella. Llevaba unas gafas de sol de marca y hablaba por teléfono, riendo de esa forma cristalina que solía engañarme. Parecía que el tiempo no había pasado por ella. Su piel seguía siendo de porcelana, su cabello una cascada de oro. No había una sola arruga de culpa en su rostro, ni una sombra de remordimiento.
Me pegué al tronco de un árbol, con el corazón martilleando contra mis costillas. Ella miró hacia afuera, hacia donde yo estaba, pero no me vio. Para ella, yo era solo una mancha en el paisaje, un bulto en una sudadera gris que no merecía ni un segundo de su atención. El coche aceleró y desapareció por la avenida, dejando tras de sí el olor a perfume caro y arrogancia.
—Disfruta de tu rostro, Isabella —susurré, y mis palabras se perdieron en el viento—. Porque es la última vez que el mundo lo verá asociado a la inocencia.
El nacimiento de Elena
Esa misma noche, llegué a un hostal barato cerca de la estación de tren. Me encerré en el baño y me afeité la cabeza. Ver los mechones de cabello oscuro caer en el lavabo fue una liberación. Marina De la Vega ya no existía.
Fui al espejo y, con un marcador permanente, tracé líneas sobre mi propio rostro. Líneas donde el bisturí entraría. Líneas que cambiarían la forma de mi nariz, la curva de mis labios, la inclinación de mis ojos. Según los planos que Antonia me había ayudado a diseñar, mi nueva cara no sería solo más hermosa; sería irreconocible. Sería una máscara de perfección diseñada para la infiltración.
Saqué el papel de Antonia y marqué el número en un teléfono público.
—¿Sí? —respondió una voz masculina al tercer tono.
—Soy el activo 4021. La Maestra me envía —dije. Mi voz ya no era la de una niña asustada, sino la de una mujer que ha visto el fin del mundo—. Necesito el traslado a Suiza. Y necesito empezar el procedimiento de inmediato.
—Entendido. El transporte estará en el muelle 4 a las tres de la mañana. ¿Está segura de esto? El dolor físico de la reconstrucción total es... considerable.
—He pasado cinco años en una celda de dos por tres metros viendo cómo mi familia me borraba de la historia —respondí, mirando mis manos endurecidas—. El dolor físico es un lujo que estoy deseando pagar.
Colgué. Miré por última vez mi rostro original en el cristal empañado del teléfono. No sentí tristeza, solo una resolución gélida. Marina De la Vega era una víctima. Elena Valerius sería el verdugo.
Caminé hacia el muelle bajo la lluvia fina de la madrugada. Cada paso me alejaba de la cárcel y me acercaba a mi destino. La planificación de Arturo y Beatriz para eliminarme había fallado en el punto más crítico: me habían dejado viva. Y una De la Vega viva, con el corazón de piedra y la mente de una estafadora, era lo más peligroso que este país iba a ver en décadas.
Al llegar al muelle, vi el barco que me sacaría del país. Un carguero pequeño, discreto, perfecto para desaparecer. Subí a bordo sin mirar atrás. Mientras el barco se alejaba de la costa y las luces de la ciudad se convertían en puntos difusos, sentí que el primer arco de mi vida se cerraba definitivamente.
El Espejismo se había roto. La Traición estaba grabada en mi piel. El Juicio había dictado sentencia. Y la Cárcel me había dado las herramientas.
Ahora, el mundo creería que Marina De la Vega había muerto en algún rincón oscuro tras salir de prisión, una paria incapaz de reinsertarse. Dejaría que celebraran mi ausencia. Dejaría que Isabella se sintiera segura en su trono de mentiras.
—Prepárate, hermana —dije, mirando la oscuridad del océano—. Porque las dos caras de la moneda están a punto de encontrarse. Y esta vez, yo soy la que tiene el control del lanzamiento.
el sonido del motor del barco cortando las olas, un ritmo constante y metódico, como la cuenta atrás para una explosión que nadie vería venir hasta que fuera demasiado tarde. Mi corazón ya no latía por amor o esperanza; latía con la cadencia de una venganza que apenas estaba comenzando a respirar.