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La Orden De Montelupo II (Crónica Veraldi)

La Orden De Montelupo II (Crónica Veraldi)

Status: En proceso
Genre:Amor-odio
Popularitas:860
Nilai: 5
nombre de autor: Uma campo

La Flor de los Veraldi
Clara, una dulce florista, se enamora de Alessio Veraldi, un mafioso de ojos verde olivo. Su relación es acechada por Maximiliano, el patriarca de la familia, quien desprecia el origen de Clara y cuenta con la complicidad silenciosa de Bianca, la gemela de ojos grises de Alessio.
Al descubrir que Clara está embarazada, Maximiliano la obliga a desaparecer bajo una identidad falsa a cambio de dinero. Años después, la frágil joven se ha transformado en una loba implacable: una madre poderosa que ha criado a su hijo en las sombras, lista para volver y enfrentar el imperio que intentó destruirla.

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XV- el silencio del depredador y la venganza de la Piccola principessa

Clara:

Lo vi caminar hacia la puerta. Su paso era normal, seguro, desprovisto de la furia de antes. No había prisa, no había dudas. Belial, que había permanecido como una estatua de ébano en el sofá, se levantó con un movimiento fluido. El león no me miró; ni siquiera pareció notar mi existencia. Simplemente caminó tras su amo, con su melena negra meciéndose al ritmo de sus zancadas pesadas.

—¡Alessio! —exclamé, mi propia voz sonando débil, patética en medio del vacío que acababa de dejar—. ¡Alessio, vuelve aquí!

Él no se detuvo. Ni siquiera giró la cabeza. Abrió la puerta, dejando que el aire frío del bosque entrara en la cabaña y terminara de enfriar el sudor sobre mi cuerpo. El sonido de sus botas contra la madera fue el único adiós, un ritmo constante que se alejaba hasta que solo quedó el chirrido de la puerta al cerrarse por completo.

Me quedé allí, en medio de la cocina iluminada, con el pecho subiendo y bajando, sintiendo cómo el odio que le gritaba hace un momento se transformaba en una impotencia tan grande que casi me hace desplomarme. Se había ido. Me había dejado con el cuerpo ardiendo y la necesidad gritando en un silencio absoluto.

El sonido del pestillo al cerrarse fue como una sentencia de muerte para la electricidad que aún recorría mis nervios. Me quedé inmóvil, con las palmas de las manos apoyadas sobre el granito frío de la encimera, sintiendo cómo mis pulmones intentaban, sin éxito, recuperar un ritmo natural. La luz de la cabaña, antes cálida, ahora me resultaba un foco de interrogatorio, exponiendo mi desorden, mi piel sonrojada y esa humillación que me subía por la garganta como una hiel.

¿Me había dejado así? ¿Después de haberme llevado al borde del abismo, después de haberme obligado a gritarle que lo odiaba, simplemente se dio la vuelta y se marchó?

La rabia, ese fuego que había intentado apagar con mis gritos, se transformó en algo mucho más peligroso: una desesperación gélida. Me obligué a despegarme de la cocina, mis piernas temblando tanto que tuve que sujetarme del respaldo de una silla. Cada paso hacia la puerta era una lucha contra mi propio orgullo quebrado.

Al llegar al umbral, mis dedos, todavía vibrantes por el rastro de su tacto, se aferraron al pomo. Lo giré y salí al porche. El aire gélido de la noche de marzo me golpeó el rostro, devolviéndome a una realidad que se sentía extraña, despojada de su presencia intimidante.

El bosque era una masa negra, impenetrable. No se oía nada. Ni el crujido de las botas de Alessio sobre la hojarasca, ni el pesado andar de Belial entre los pinos. El silencio del bosque era tan absoluto que se sentía antinatural, como si la misma naturaleza contuviera el aliento ante la partida del león.

—¡Alessio! —grité de nuevo, esta vez mi voz no sonó débil; salió cargada de una furia ciega, de una impotencia que me hacía doler el pecho—. ¡No te atrevas a dejarme aquí como si fuera nada!

Mi propio grito se perdió en la inmensidad de los árboles, sin recibir más respuesta que el eco de mi propia frustración.

Fue entonces cuando la oscuridad se volvió tangible. El bosque, que antes era solo un paisaje, ahora parecía observarme con miles de ojos invisibles. La ausencia de Alessio no era solo un vacío físico; era la pérdida de la única barrera que me separaba del mundo exterior. Sin él, sin su sombra posesiva protegiéndome —o encerrándome—, me sentía expuesta, pequeña, una presa abandonada en mitad de un territorio salvaje.

Di un paso hacia la oscuridad, impulsada por una necesidad irracional de alcanzarlo, de obligarlo a terminar lo que empezó, de volver a sentir esa mano firme contra mi cuello aunque fuera para estrangularme. Pero, al cruzar el primer escalón hacia el suelo del bosque, el crujido de una rama seca a mis espaldas me hizo congelarme en seco.

No era Alessio. El sonido fue distinto: más ligero, más cauteloso.

El miedo, ese miedo que había enterrado bajo el deseo y el odio, regresó con una intensidad renovada. Me quedé paralizada en la frontera de la luz del porche y la negrura absoluta del bosque, con el corazón golpeando mis costillas tan fuerte que temí que el crujido se escuchara a kilómetros.

Alessio se había ido, pero me había dejado una advertencia silenciosa: en este mundo, el odio tiene un precio, y la soledad es la forma más cruel de cobrárselo.

La rabia que sentía no era una llama que se apagaba; era un ácido que me carcomía las entrañas, deshaciendo cada ápice de mi lealtad hacia Alessio. Él creía que podía dejarme a medias, que podía abandonarme con el cuerpo ardiendo y el ego destrozado, y que yo me quedaría aquí esperando como una muñeca rota. Se equivocaba.

Entré de nuevo en la cabaña, con las manos temblando, y busqué mi teléfono. No busqué a Valentina. Busqué a Rocco.

Rocco trabajaba en la fundición de metal a las afueras del pueblo. Era un hombre de pocas palabras, con el cuerpo esculpido por años de trabajo físico pesado: espalda ancha, hombros macizos que casi no cabían por las puertas y unos brazos tatuados que se marcaban con cada respiración. Tenía el rostro duro, de boxeador retirado, con una barba corta y espesa y unos ojos oscuros, intensos, que siempre me habían mirado con una devoción silenciosa que yo, estúpidamente, nunca me había atrevido a aprovechar. Él me amaba, lo sabía desde hacía años, pero nunca había cruzado la línea. Hasta esta noche.

Marqué su número mientras caminaba de un lado a otro de la sala, con los restos de mi excitación convirtiéndose en una amargura punzante. Respondió al segundo tono.

—¿Clara? Es tarde. ¿Está todo bien? —Su voz, profunda y vibrante, sonó como un ancla en medio de mi caos.

—No, Rocco. Nada está bien —mi voz no tembló, sonó gélida, cargada de una determinación que me sorprendió—. Necesito un favor. Un favor muy íntimo.

Hubo un silencio breve al otro lado. Sabía que él estaba intuyendo algo, pero Rocco no era un hombre de preguntas, era un hombre de acciones.

—Dime dónde —respondió, sin dudar ni un segundo.

—En la cabaña de siempre. Ven ahora. Y Rocco... —hice una pausa, saboreando el peso de mis palabras—, necesito que me folles. Necesito que me toques hasta que no pueda recordar el nombre de nadie más. ¿Entiendes?

La respuesta fue un suspiro pesado, seguido por un tono de voz que nunca le había escuchado: una mezcla de deseo reprimido y una disposición absoluta de quemar el mundo por mí.

—Estaré ahí en veinte minutos. No te muevas.

Colgué. Me miré en el espejo del recibidor. Estaba deshecha, con la ropa arrugada y los ojos inyectados en una furia que me hacía lucir más peligrosa que nunca. Alessio pensaba que me había dejado "con las ganas". Estaba a punto de descubrir que yo no le pertenecía, y que si él quería jugar a la posesión, yo iba a usar a otro hombre para borrar cada rastro que él había dejado en mi piel.

Veinte minutos después, el rugido de la vieja camioneta de Rocco rompió la calma del bosque. Él no llamó a la puerta. Entró directamente, trayendo consigo el olor a metal caliente y aceite, su presencia imponente llenando cada rincón de la cabaña, desplazando el aire pesado que Alessio había dejado atrás.

Me miró de arriba abajo. No necesitó ver el desorden de mi ropa para entender que algo devastador había ocurrido. Sus ojos, oscuros y leales, se fijaron en los míos, y sin decir una palabra, sus manos grandes y ásperas se posaron en mis caderas, atrayéndome hacia él con una fuerza posesiva que no pedía permiso.

—Hazlo —le susurré, hundiendo mis dedos en sus hombros macizos—. Haz que se olvide.

Rocco no dudó. Sus labios buscaron los míos con una voracidad contenida durante años, y mientras sus manos comenzaban a despojarme de lo poco que me quedaba de ropa, supe que esta noche no sería un acto de amor, sino un acto de guerra.

Rocco:

La adrenalina me corría por las venas como metal fundido. Había esperado este momento durante años, observándola desde las sombras de la fundición, guardándome el hambre que ella hoy, finalmente, me permitía saciar. Cuando Clara me llamó, no necesité explicaciones. Solo vi el fuego en sus ojos y supe que estaba rompiendo con el demonio que la tenía presa. Y yo iba a ser quien borrara su rastro.

La alcé del suelo como si no pesara nada, mis manos rodeando su cuello con una posesividad que me hizo gruñir. No era violencia, era la urgencia de marcar territorio. La cargué hacia la habitación, sintiendo cómo sus piernas se enredaban en mi cintura.

—Dime de quién eres, Clara —rugí contra su piel, mientras mis dedos tiraban de su camisa hasta que los botones saltaron por los aires.

La lancé sobre la cama y me arranqué la ropa con una rabia impropia de mí. En segundos, mi erección, dura como el acero de la fundición, buscaba el calor de su coño. La jalé hacia mí, y sin preámbulos, la puse en cuatro. Le agarré las caderas con fuerza, clavando mis dedos en su carne, y me hundí en ella de una sola estocada, tan profundo que sentí cómo sus paredes apretaban mi polla con una desesperación que me hizo perder el juicio.

—¡Joder, Clara! —bramé, embistiendo con toda la dureza que mi cuerpo me permitía—. ¡Mírame cómo te follo, cómo te estiro! ¡Ese cabrón no te merece, tú eres mía!

Cada golpe de cadera era una sentencia. Escuchaba sus gritos, su placer mezclado con la rabia que le quedaba, y eso solo me hacía golpear su culo con más fuerza. La hice jadear, la hice suplicar, la hice entender lo que era ser deseada con devoción, no con miedo.

La giré bruscamente, obligándola a quedar en misionero. Sus tetas botaban al ritmo de mis embestidas brutales. La agarré de las piernas y las subí a mis hombros, obligándola a abrirse al máximo para que mi polla le rozara el fondo cada vez que la empujaba. La follaba sin piedad, sin detener el ritmo, mientras ella se perdía en mi pecho, arañándome la espalda.

—¡Dímelo! —exigí, hundiendo mis dedos en su coño húmedo y apretado—. ¡Dime que lo odias! ¡Dime que solo quieres mi polla dentro de ti!

Cambiamos a la postura de la isla; sus piernas rodeando mi cintura mientras la levantaba del colchón. No hubo descanso. Sus gemidos eran música para mis oídos, sonidos agudos que me obligaban a profundizar aún más, a bombear como un animal que no conoce el cansancio.

Finalmente, la puse en la mariposa reclinada, tumbada de espaldas con las piernas abiertas, mostrándome todo su ser. Me arrodillé entre ellas y empecé a follarla con un ritmo frenético, constante, desgarrando cualquier rastro de duda que le quedara. La sentía vibrar bajo mis golpes, su coño succionando cada centímetro de mi verga hasta que ambos llegamos al límite.

—Eres mía, Clara —grité al borde del abismo, mis embestidas volviéndose caóticas y salvajes—. ¡Solo mía!

Me vacié dentro de ella con una ferocidad que me dejó sin aliento, sintiendo cómo sus espasmos finales eran la confirmación de que, esta noche, Alessio Veraldi había perdido.

La adrenalina me golpeaba el cráneo como un martillo neumático. Cada embestida era una declaración de guerra, un recordatorio físico de que ella era mía, aunque fuera por esta noche. Mis 27 centímetros llenaban cada rincón de su interior, y ver cómo su cuerpo se arqueaba, cómo sus tetas rebotaban ante cada uno de mis golpes secos y feroces, me volvía loco.

La puse en posición de El Carretón, sujetando sus tobillos con mis manos callosas y cargando todo el peso de mi cuerpo hacia adelante. La golpeaba con una dureza que le arrancaba gritos, sintiendo cómo sus paredes me succionaban con un hambre desesperada.

—¡Mírame, Clara! —rugí, mientras mis dientes se clavaban en la piel de su hombro, dejando una marca que le recordaría quién la estaba rompiendo—. ¡Ese Veraldi no te folla así! ¡Él no te marca como yo!

Cambié el ritmo, la tiré hacia atrás y la obligué a ponerse en El Puente. Su cuerpo, estirado y vulnerable, era un festín para mis ojos. Me arrodillé entre sus piernas y le hundí la polla hasta el tope, escuchando cómo el sonido de nuestra carne chocando resonaba en la habitación como un disparo. ¡Joder! Cada vez que entraba, sentía cómo su coño me abrazaba, apretando mi verga hasta hacerme gemir de puro placer.

Pasamos a La Silla del Rey. La senté encima de mí, con la espalda contra el cabecero. Sus manos se aferraban a mis hombros mientras ella subía y bajaba, clavándose en mi polla una y otra vez. Le lamí el cuello, bajando por su esternón hasta llegar a sus tetas, mordiéndole los pezones hasta que gritó mi nombre.

—¡Sigue, Rocco! ¡No pares, hazme tuya! —gemía ella, perdiendo la cabeza.

La giré de costado para El Doblado, sus rodillas pegadas a su pecho. Ahí fue donde mi instinto animal se desató del todo. La follé con una violencia controlada, cada estocada profunda, buscando ese punto donde ella no podía hacer más que llorar de placer. Le chupé el cuello, marcándole chupones grandes y oscuros, dejando claro que este terreno ya tenía dueño.

Finalmente, la puse en El Loto Invertido. Sus piernas rodearon mi cintura, entrelazadas con las mías. La miré a los ojos mientras me movía dentro de ella, lento al principio, torturándola, para luego acelerar hasta convertirnos en una sola masa de sudor y jadeos.

—¡Eres mía, coño! —rugí, sintiendo que estaba a punto de perder la cabeza—. ¡Dilo! ¡Dime que mi polla es lo único que quieres dentro de ti!

No pude contenerme más. Sentí cómo ella empezaba a convulsionar, sus paredes apretándome con una fuerza insoportable, y yo me dejé ir, descargando toda mi rabia, mi amor y mi posesión dentro de ella. Fue una explosión que me dejó temblando, mientras seguía marcando su piel con mis dientes, asegurándome de que, cuando ese bastardo regresara, supiera exactamente qué hombre la había poseído mientras él no estaba.

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Anonymous
me encantó!! bendiciones 🙏
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