NovelToon NovelToon
Legado De La Familia Veraldi I (Crónica Veraldi)

Legado De La Familia Veraldi I (Crónica Veraldi)

Status: Terminada
Genre:Romance / Mafia / Amor-odio / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Uma campo

VERALDI: El Evangelio de la Sangre y el Oro
En el corazón de la Toscana, donde el honor se firma con fuego y las traiciones se pagan con la vida, nace la leyenda de los Veraldi. Lo que comenzó como el choque inevitable entre el frío acero de Maximiliano y la llama indomable de María, se transformó en un imperio de devoción absoluta. Juntos, desafiaron a las Siete Familias para demostrar que el amor no es una debilidad, sino la armadura más resistente que un hombre de su casta puede portar.
De esa unión sagrada surgieron los gemelos de mirada letal, Alessio y Bianca, herederos de una furia ancestral que no conoce el miedo. Acompañados por sus leones de melena negra, Lucifer y Belial, los nuevos reyes del abismo han aprendido que gobernar es un acto de equilibrio entre la piedad y la masacre. A sus diecinueve años, ya no son cachorros; son depredadores refinados listos para reclamar un mundo que ya se arrodilla ante sus nombres.

NovelToon tiene autorización de Uma campo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

mi paciencia tiene límites

Maria:

—Ehi, piccolo stronzo, bastardo, moccioso viziato. Non hai il diritto di parlarmi in quel modo. Se continui a parlare di bambole, perché non te la vai a scopare con qualche altra puttana? Impara un po' di rispetto, idiota di merda. O stai zitto o ti prendo a calci nelle palle, e anche se stai zitto, imparerai un po' di rispetto, perché non sei un mammone che spara stronzate e mette a dura prova la mia pazienza da secoli. —Me enfrenté a él y le grité con enojo; José me miró con sorpresa y mi padre me miró con una mezcla de orgullo y asombro.

—¡Oye, loca, no me grites en la oreja! —me gritó él con enojo, pegando su frente a la mía mientras yo no me inmutaba.

—¡¡Entonces compórtate como tal, Dios mío!! ¡¡Tienes 20 o 23 años, qué sé yo, y te andas comportando como un adolescente hormonal!! —señalé acusadoramente.

—¡Eso no te incumbe una mierda! ¡Eres una niña que se cree adulta y no lo es!

—¡Mira, pendejo, respétame o...! —Nos interrumpieron las carcajadas de mi padre y José.

—¡Parecen marido y mujer! —comentó con burla José.

—Estos dos parecen pareja... —comentó con fingida seriedad mi padre.

—Papá, por favor, no empieces —reproché con enojo.

—Es que sí, parecen marido y mujer por cómo pelean —comentó nuevamente José.

—¡Cállate, viejo insolente! —gritó Maximiliano.

—¡Respeta a tus mayores, mimado! —Le di un golpe en la cabeza con mi puño.

—¡¿Acabas de golpearme?! ¡Tú deberías respetarme, soy mucho mayor para ti!

—Ya, ya. Mucho drama con estos tórtolos. —Mi padre me apartó con autoridad, pero a la vez con suavidad.

—¡Que no somos nada! —gritamos en sincronía Maximiliano y yo, compartiendo miradas irritadas.

—Cariño, ¿qué pasa aquí? —Vimos llegar a la mamá de Maximiliano, Alessia. Me imaginaba a una hermosa mujer, pero no a una tan perfecta...

—¡Mira nada más quién ha llegado aquí! —dijo con amor José hacia su esposa.

—Hola, madre —habló con respeto Maximiliano.

—Hola, Alessia. Un placer conocerla en persona —saludó mi padre.

—El placer es todo mío, Marcos —contestó Alessia con suavidad.

Mi padre asintió con respeto y, de repente, Alessia dirigió su mirada hacia mí con reconocimiento. —Oh, mira, Maria, creciste muchísimo. —Lo dijo con cariño, pero yo no entendía a qué se refería con eso. «¿Será que ella me conoce desde pequeña?», pensé.

—Mari, ella fue tu niñera desde que tenías 3 años hasta los 5 —recalcó mi padre. En ese momento me llegó un flashback de ella y yo jugando con muñecas y bloques; recordé las veces que me llevaba al parque.

—Ah, ya... Me alegro de poder verte otra vez, Alessia —dije con suavidad mientras el mimado de Maximiliano me fulminaba con la mirada, a lo cual respondí de la misma manera. Alessia soltó una risita y nos miró con cariño.

—¡Veo que ya se conocen! Maximiliano y tú fueron amigos desde que eran bebés. Hasta se podría decir que Maximiliano te quería como a su pequeña hermana —dijo con un tono malicioso y dulce.

—Mamá, no digas cosas que no son —recalcó con fastidio Maximiliano.

—¿Él y yo nos conocíamos antes? —pregunté confundida.

—Sí, tú y Maxi fueron grandiosos amigos. ¡Iré por el álbum! —dijo emocionada.

—Ahí va otra vez... —reprochó mi padre. «Entonces, ¿esto ya lo ha hecho antes? El álbum se lo habrá mostrado a medio mundo», pensé con reproche.

Al pasar unos minutos, Alessia regresó con una enorme carpeta titulada: "Álbum familiar". —Aquí pueden encontrar cosas que ni su padre recordaría —dijo con entusiasmo.

Cuando Alessia abrió el álbum de la familia Veraldi, vimos fotos de ella embarazada, de ella y José de jóvenes y del pequeño Maximiliano, que se ve... igual que ahora. Había fotos en particular donde salía yo de pequeña, una bebé de pocos meses en brazos de un Maximiliano niño.

Me quedé sin aliento cuando mis dedos rozaron el borde de esa página. Soy yo. Una pequeña mancha de piel sonrosada y ojos curiosos, envuelta en una manta de lana blanca. Pero lo que me hace sentir un escalofrío no es mi propia imagen, sino la de él.

En la foto, es un niño. Sus manos, aunque pequeñas, sostienen mi peso con una seguridad que no pertenece a alguien de su edad. Me mira con una intensidad que atraviesa el papel amarillento y las décadas. Lo más perturbador es su rostro: tiene exactamente las mismas facciones que veo cada mañana al despertar. El tiempo parece haberse arrodillado ante él, negándose a tocarlo.

Me quedo paralizada. El silencio de la biblioteca de los Veraldi se vuelve denso, casi asfixiante, y es entonces cuando escucho esa risita cínica en mi mente.

—Y pensar que casi te lo comiste en su habitación, ¿eh? —se burla mi voz interior. Siento un calor súbito subirme por el cuello. Mis ojos saltan de la imagen de ese Maximiliano niño, que me sostiene con una devoción casi religiosa, al recuerdo de hace apenas unas horas. La vergüenza y el deseo se enredan en mi pecho como dos serpientes.

Él me vio nacer. Él me sostuvo cuando yo no era más que un suspiro de vida. Y ahora, mientras yo me he convertido en mujer, él sigue ahí, atrapado en esa perfección atemporal que ahora me resulta tan seductora como aterradora.

Maximiliano no ha entrado caminando; simplemente está ahí, sentado frente a mí. Su presencia es un golpe de realidad gélida. Él no es el niño de la foto. Ya no. Frente a mí está el hombre que lidera a los Veraldi con mano de hierro.

—¿Te divierte el árbol genealógico, María? —Su voz es un susurro áspero—. ¿O estás intentando entender cómo es que sigo siendo el mismo mientras tú te marchitas un poco más cada día?

Cruza las piernas con una elegancia letal. Sé quién es él fuera de estas paredes: un mafioso que no negocia. Se dice que sus manos están tan manchadas de sangre que ya no siente el calor de la vida.

—Deja de buscar respuestas en el papel —dice, inclinándose hacia adelante—. Las respuestas están aquí, frente a ti. He matado hombres por mucho menos que la mirada de juicio que tienes ahora. Y sin embargo... —hace una pausa y su frialdad deja paso a un hambre antigua— aquí estás. Mi pequeña ancla. Mi pecado más viejo.

Me mira con una posesividad violenta. —Dime —suelta con un tono cortante—, ¿vas a seguir escondiéndote tras ese álbum o vas a aceptar que siempre has sido mía, incluso antes de que pudieras pronunciar mi nombre?

El ambiente en el salón se volvió irrespirable. Frente a mí, Maximiliano mantenía esa postura de depredador. Tenía 29 años, mientras que yo, con mis 17 años, me sentía como una ofrenda.

A pocos metros, las voces de los adultos flotaban como un eco lejano.

—¿Te acuerdas, Marcos? —decía José con una sonrisa nostálgica—. El día que María nació, Maximiliano no se separó de la cuna. Parecía que estaba custodiando un tesoro.

Mi padre soltó una carcajada. —Vaya que sí. Siempre dije que eran inseparables.

Alessia acarició el borde de su copa de vino. —El destino de los Veraldi siempre ha sido circular. María siempre estuvo destinada a estar bajo nuestra protección. Especialmente bajo la de Max.

Sentí un nudo en el estómago. "Protección" sonaba a cadena perpetua.

—Protección es una palabra muy suave, madre —interrumpió Maximiliano—. Lo que yo siento por María es... vocación. Una paciencia que ninguno de ustedes entendería.

Se inclinó hacia adelante. El olor a colonia cara, cuero y pólvora me inundó los sentidos. Maximiliano notó mi sonrojo y una chispa de maldad brilló en sus pupilas.

—Tu hija ha crecido mucho, Marcos —soltó Maximiliano, su tono volviéndose cortante—. Casi demasiado rápido para el gusto de algunos. Pero el álbum no miente, ¿verdad, María? Y ahora que el tiempo finalmente te ha alcanzado... —hizo una pausa deliberada y, por debajo de la mesa, sentí la punta de su zapato rozar mi pantorrilla— ...es hora de que dejes de jugar a las muñecas y aceptes quién es el dueño de la mano que sostiene tu correa.

En la cena (Tenuta Veraldi):

La cena continuó entre risas cínicas. Yo no podía probar bocado; cada vez que levantaba la vista, me topaba con el muro de hielo de sus ojos. Maximiliano bebía su whisky con una parsimonia irritante.

En cuanto los hombres se levantaron para ir al despacho y Alessia se distrajo, aproveché el momento. Maximiliano se quedó rezagado, ajustándose los gemelos de plata con arrogancia. Lo seguí por el pasillo.

—¿Te crees muy dueño de mí, no? —escupí.

—Cuidado con el tono, María —advirtió él—. Aún no tienes la edad para que me tutees con esa falta de respeto.

—¡Me importa una mierda tu edad y tu respeto! —le grité en un susurro—. ¡Eres un maldito enfermo, Maximiliano! Te pasaste años acechándome desde que usaba pañales. ¡Eres un psicópata frío!

Él no se inmutó. Apoyó una mano a cada lado de mi cabeza, encerrándome contra la pared. —¿Eso es todo lo que tienes? —se burló.

—¡No! ¡Eres un mafioso de mierda que solo sabe infundir miedo porque no tiene alma! —continué insultándolo—. ¡Eres un monstruo, un animal! ¡Ojalá te pudras en el mismo infierno que construyes todos los días!

Sus ojos se encendieron. No era furia común. Maximiliano se acercó tanto que su aliento rozó mis labios.

—¿Terminaste? —preguntó con calma—. Me llamas monstruo... pero aquí estás, temblando no de miedo, sino de ganas de que el monstruo te devore de una vez.

Me agarró de la mandíbula con fuerza. —Sigue insultándome, María. Me encanta cuando me recuerdas exactamente qué tipo de hombre soy.

Ver esa grieta en su máscara de frialdad solo me dio más gasolina. —¡Mírate! —le grité, dándole un empujón—. ¡Eres una puta máquina de matar! Me da asco que me hayas vigilado como un buitre a mis espaldas.

—¡No te rías, pedazo de imbécil! —espeté—. ¿Qué se siente ser un monstruo de veintinueve años que tiene que acosar a una adolescente de diecisiete porque ninguna mujer con dos dedos de frente te soportaría?

Sus ojos se volvieron dos rendijas negras. —¡Ojalá te mueras solo! ¡Te odio con cada fibra de mi ser, Maximiliano Veraldi! —Me quedé sin aire, jadeando.

Lentamente, él se pasó la lengua por el labio inferior y cerró el espacio entre nosotros. —¿Ya terminaste de escupir veneno, pequeña víbora? Te encanta este fuego, María. Te encanta que yo sea el único capaz de aguantar tu histeria sin parpadear.

Me agarró del brazo con firmeza. —Has dicho que soy un animal... pues bien —susurró a mi oído—, ahora vas a aprender por las malas por qué nunca deberías provocar a un animal hambriento en su propia casa.

—¡Eres un maldito desperdicio de vida! —le grité por última vez. El eco de mis insultos todavía vibraba cuando el sonido seco de unos tacones nos hizo congelar.

—¿Qué significa este espectáculo, Maximiliano?

La voz de Alessia cortó la tensión. Maximiliano se tomó su tiempo para soltarme, deslizando sus dedos por mi piel en una caricia amenazante.

—Solo le estaba enseñando a María los modales que su padre parece haber olvidado enseñarle —respondió él con su voz monótona de mafioso.

Alessia caminó hacia nosotros. —María, tu padre te está buscando. Ya se marchan. —Luego se giró hacia su hijo—. Y tú, Max, recuerda que una joya se talla con cuidado, no se rompe antes de que esté lista para ser usada. José te espera en el despacho. No lo hagas esperar por... caprichos.

Maximiliano soltó una risa nasal, corta y amarga. —Descuida, madre —dijo él…

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play