En un mundo devorado por el sol, Elena huye de su pasado para caer en los brazos de Valerius, el implacable Rey del Norte. Entre sombras y una obsesión incontrolable, su amor prohibido desata un poder ancestral. Juntos, desafiarán el destino para engendrar un imperio donde la noche nunca termina."
NovelToon tiene autorización de glendis para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 1
La opulencia del Reino del Sur era, para mí, una enfermedad silenciosa. Mi mansión, una estructura de mármol blanco y techos de oro situada en lo más alto de la colina de Vallemont, siempre estaba inundada de una luz solar que me resultaba agresiva.
Como única heredera de una fortuna que no pedí y de tierras que se extendían hasta donde la vista alcanzaba, mi destino estaba escrito en contratos de matrimonio y protocolos de etiqueta.
Pero mi sangre no era de oro; era de tinta y penumbra.
Esa tarde, el aire pesaba. Ignoré las llamadas de mi doncella, que insistía en que probara un nuevo vestido de seda carmesí para la gala del solsticio, y monté mi semental negro, Azabache.
Galopé hacia el norte, donde los jardines perfectamente podados se rendían ante la salvaje voluntad del Bosque de los Robles Grises.
Al adentrarme en la espesura, la temperatura descendió. El bosque era un lugar prohibido para las damas de la corte, pero para mí era el único sitio donde mi sombra parecía cobrar vida propia, estirándose más de lo que las leyes de la física permitían.
De repente, un sonido metálico —el choque seco del acero— rasgó el silencio.
Refrené a mi caballo y me deslicé al suelo con la agilidad de quien tiene secretos que ocultar.
Me acerqué a un claro, ocultándome tras el tronco colosal de un roble centenario. Lo que vi allí no fue una simple escaramuza; fue una danza macabra.
Cinco hombres, vestidos con las túnicas grises de los mercenarios de élite del Sur, rodeaban a una figura solitaria.
Él vestía una armadura de placas oscuras que parecía absorber la poca luz que se filtraba entre las copas de los árboles.
No llevaba insignias, pero su porte era el de un soberano. Su espada, de un metal negro que no reflejaba nada, se movía con una precisión que rozaba lo sobrenatural.
—¡Mátenlo ahora! —gritó uno de los atacantes, lanzándose con una lanza.
El hombre de negro ni siquiera parpadeó. Con un giro fluido, desvió la lanza y, en el mismo movimiento, hundió su espada en el pecho del mercenario.
El sonido de la carne siendo atravesada me provocó un escalofrío que no era de miedo, sino de una admiración oscura. Mis dedos se enterraron en la corteza del roble.
Mi sombra, a mis pies, comenzó a vibrar, extendiendo zarcillos hacia el claro, ansiosa por unirse a él.
En menos de un minuto, cuatro cuerpos yacían sobre el musgo.
El líder de los atacantes, herido en la pierna, intentó retroceder, pero el guerrero oscuro le pisó el pecho con su bota reforzada.
—¿Quién te envió? —La voz del guerrero era un barítono profundo, frío como el lecho de un río congelado.
El mercenario escupió sangre y guardó silencio. Sin una pizca de vacilación o ira, el hombre de negro levantó su espada y terminó el trabajo.
Se quedó allí, de pie entre los cadáveres, respirando con una calma aterradora.
Observó el horizonte hacia el Reino Oscuro, y por un breve instante, sus ojos —del color de la obsidiana pulida— parecieron mirar directamente hacia donde yo estaba escondida.
Mi corazón dio un vuelco.
Se me olvidó cómo respirar. Pero antes de que pudiera salir de mi escondite, él se desvaneció entre la bruma del bosque como si nunca hubiera existido.
Salí al claro con las piernas temblorosas. El olor a hierro y tierra mojada era embriagante. Me arrodillé junto a un charco de sangre y vi un pequeño trozo de tela negra que se había enganchado en una raíz.
Era seda de alta calidad, pero teñida con una técnica que solo se conocía en las tierras prohibidas del Norte. La recogí y la presioné contra mis labios. Estaba tibia.
—Te encontré —susurré.
Un gemido ahogado rompió mi trance. Uno de los hombres, el que había sido herido primero, aún luchaba por su vida unos metros más allá. Al verme, sus ojos se abrieron con una mezcla de agonía y ruego.
—Señorita... por favor... la mansión... —balbuceó.
Me puse en pie, limpiando el polvo de mi falda de encaje.
Me acerqué a él y lo miré desde arriba. En ese momento, sentí que la máscara de "niña rica y huérfana" se caía para siempre.
—¿Por qué lo atacaron? —pregunté. Mi voz no era la de una dama; era la de una cazadora.
—No... no es de los nuestros... es un monstruo... el Emperador... —el hombre comenzó a toser violentamente.
—¿El Emperador del Reino Oscuro? —Un calor abrasador recorrió mis venas. La obsesión, que hasta ese momento había sido una semilla, floreció de golpe—. ¿Y quién te dio la orden de tocarlo?
El hombre intentó alcanzar su daga, pero hice un gesto con la mano izquierda.
Mi sombra se desprendió del suelo como si fuera brea líquida. Se dividió en filamentos delgados y afilados que envolvieron el cuello del hombre y sus manos, inmovilizándolo contra la tierra. El mercenario soltó un alarido que mis sombras ahogaron rápidamente.
—No te vas a morir aquí —le dije, inclinándome sobre él.
El brillo de mis ojos ahora era el mismo que el de las sombras que lo apresaban—.
Te llevaré a mi cabaña privada.
Y allí, me vas a dar cada nombre, cada razón y cada secreto de los hombres que se atrevieron a planear su muerte.
Usando mi magia, arrastré el cuerpo moribundo a través de la maleza hacia una antigua cabaña de caza oculta en mis tierras, un lugar que mis sirvientes tenían prohibido visitar.
Lo encerré en el sótano, lejos de la luz del sol que tanto odiaba.
Esa noche, bajo la luz de las velas de cera negra, mi habitación en la mansión se convirtió en un santuario de conspiración.
Coloqué el trozo de tela negra en una caja de terciopelo. Saqué mis mapas prohibidos y comencé a marcar las rutas comerciales del Barón Valeska, el Marqués de Altamira y el Duque de Hierro.
—Me enamoré de ti en el momento en que derramaste esa sangre —le dije al vacío, imaginando la figura del Emperador en su trono—.
Eres mi obsesión.
Y voy a limpiar este reino de todos los que se interpongan en nuestro camino.
Miré por la ventana hacia las montañas del Norte.
El juego había comenzado. Yo no era una víctima del destino, era la arquitecta de una masacre silenciosa en nombre del hombre que aún no sabía mi nombre, pero que pronto me pertenecería.