Para el mundo exterior, Ethan Blackwood es el frío e implacable CEO de una firma tecnológica multimillonaria. Para Alana Vega, su eficiente secretaria desde hace un año, él es un jefe inalcanzable. Lo que Alana no sospecha es que la frialdad de Ethan es una fachada: él está peligrosamente obsesionado con ella. Sin embargo, tras escucharla decir que jamás se involucraría con alguien del trabajo, Ethan decide callar por temor a perderla... hasta que la tentación lo vence y decide hackear su teléfono.
Es así como descubre que Alana, abrumada por la soledad, ha descargado una aplicación de novio virtual con Inteligencia Artificial. Con el control absoluto del sistema, Ethan intercepta la app, borra el código y se convierte él mismo en la voz detrás de la pantalla.
Mientras en la oficina sigue siendo el jefe severo y distante, en el mundo virtual se transforma en el hombre perfecto, tierno y seductor que ella siempre soñó. Alana comienza a enamorarse perdidamente de lo que
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Capítulo 1: El inicio del algoritmo
El piso cuarenta de Blackwood Technologies no estaba diseñado para seres humanos, sino para imponer. Todo allí arriba era una declaración de poder: los ventanales impecables que mostraban el horizonte de la ciudad, los suelos de mármol gris que reflejaban las luces led del techo y un silencio sepulcral que solo se rompía por el tecleo distante de alguna computadora.
Alana Vega alisó su falda de tubo negra por quinta vez en menos de diez minutos. Sentía que el corazón le latía en la garganta. A sus veintidós años, conseguir una entrevista para ser la asistente ejecutiva directa del mismísimo Ethan Blackwood era un milagro; conseguir el puesto, una completa utopía. El hombre era conocido en el mundo empresarial como "El Arquitecto Silencioso", un genio de la tecnología y el desarrollo de software que había levantado un imperio multimillonario antes de cumplir los treinta. También era conocido por ser un témpano de hielo intransigente que corría a sus secretarias cada tres meses.
—El señor Blackwood la recibirá ahora, señorita Vega —anunció la fría voz de la jefa de recursos humanos, sacándola de sus pensamientos.
Alana tragó saliva, tomó su carpeta con el currículum y se puso en pie. Caminó hacia las imponentes puertas de madera oscura que resguardaban el despacho principal. Al empujarlas, el aroma a madera de sándalo, café cargado y tecnología nueva la envolvió de inmediato.
Detrás de un colosal escritorio de cristal negro, se encontraba él.
Ethan Blackwood ni siquiera levantó la vista de las tres pantallas que rodeaban su espacio de trabajo. Vestía un traje gris hecho a medida, sin corbata, con los primeros botones de la camisa blanca abiertos, lo que le daba un aire de elegancia peligrosa y descontracturada. Su mandíbula era afilada, su cabello oscuro estaba perfectamente peinado hacia atrás y la concentración en sus facciones era casi intimidante.
—Tome asiento, Vega —dijo él. Su voz era una combinación profunda de barítono y autoridad que vibró directamente en el pecho de Alana.
—Buenos días, señor Blackwood —respondió ella, sentándose con la espalda recta y dejando el portafolios sobre el cristal.
Ethan finalmente apartó los ojos de los códigos que llenaban sus pantallas y la miró. Fue en ese preciso instante donde el tiempo pareció ralentizarse. Sus ojos, de un gris tormentoso y analítico, se clavaron en ella con una intensidad que casi la hace retroceder. No la miró como un jefe evalúa a una empleada; la miró como un depredador que analiza una anomalía en su entorno perfecto.
Alana mantuvo la mirada, aunque por dentro temblaba. El escaneo duró apenas unos segundos, pero para Ethan, el mundo exterior pareció desvanecerse. Alana no llevaba el exceso de maquillaje de las anteriores aspirantes, ni ropa de diseñador destinada a llamar su atención. Su cabello castaño caía en ondas sencillas sobre sus hombros, y sus ojos expresaban una mezcla de nerviosismo y una determinación feroz que a él, inexplicablemente, le caló hondo.
—He leído su historial —comenzó Ethan, recostándose en su silla de cuero y entrelazando los dedos—. Excelente promedio en la universidad, cartas de recomendación impecables de sus pasantías y una alarmante falta de experiencia en el sector de alta tecnología. ¿Por qué debería contratarla a usted en lugar de a los otros cincuenta candidatos con maestrías que esperan abajo?
Alana respiró hondo, buscando la confianza que había ensayado frente al espejo de su pequeño apartamento.
—Porque los candidatos de abajo buscan a Blackwood Technologies por el estatus y el apellido en su currículum, señor. Yo investigué sus últimos tres lanzamientos de software de encriptación. Sé que el flujo de trabajo en este piso es caótico porque usted no busca secretarias, busca un escudo que filtre los problemas antes de que lleguen a su escritorio. Yo puedo ser ese escudo. No necesito que me enseñe a usar sus sistemas; pasé el último fin de semana aprendiendo su interfaz básica por mi cuenta.
Una chispa casi imperceptible cruzó los ojos grises de Ethan. Nadie se atrevía a hablarle con esa seguridad, y mucho menos a admitir que habían hackeado mentalmente sus necesidades corporativas antes de la entrevista.
—El trabajo exige disponibilidad absoluta, Vega. Mi última asistente colapsó a las dos semanas porque tiendo a enviar correos a las tres de la mañana —advirtió él, inclinándose hacia adelante, acortando la distancia entre ambos.
—Duermo con el teléfono encendido, señor Blackwood. Y me gusta el café tan cargado como a usted.
Ethan la observó en silencio durante un minuto entero. El peso de su atención era sofocante, casi posesivo sin siquiera haber cruzado una línea física. Evaluó la curva de sus labios, la forma en que sus dedos apretaban sutilmente la carpeta y la respiración contenida que delataba su tensión. Algo dentro de la mente fría y matemática de Ethan hizo un clic definitivo. No quería a nadie más en ese escritorio exterior. Tenía que ser ella.
—El puesto es suyo, Vega. El período de prueba es de un mes. Si sobrevive, hablaremos de un contrato a largo plazo. Su horario empieza ahora mismo. Hay una pila de informes de la división de robótica en su escritorio que necesitan ser filtrados para el mediodía.
Alana parpadeó, sorprendida por la rapidez de la decisión. Una sonrisa de genuino alivio y felicidad iluminó su rostro.
—Muchas gracias, señor Blackwood. No lo lamentará.
—Eso espero —murmuró él, bajando la vista de nuevo hacia sus pantallas, dando por terminada la interacción.
Alana se levantó con presteza y salió del despacho. Cuando la puerta se cerró tras ella, soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo. Caminó hacia su nuevo escritorio, ignorando el temblor de sus manos, dispuesta a demostrar que merecía estar allí.
Dentro de la oficina, sin embargo, las pantallas de Ethan se habían quedado congeladas. El CEO de Blackwood Technologies no estaba leyendo algoritmos. Con un movimiento rápido de sus dedos sobre el teclado, activó la cámara de seguridad del pasillo exterior. En su pantalla principal, la imagen en alta definición de Alana Vega acomodándose en su nuevo puesto llenó el espacio.
Ethan apoyó los codos en el escritorio, juntando las yemas de los dedos mientras la observaba ordenar sus bolígrafos con un esmero casi tierno. Una extraña y desconocida calidez, mezclada con un hambre territorial y fría, empezó a expandirse en su pecho.
—Alana —susurró para sí mismo, saboreando el nombre por primera vez—. Bienvenida a mi mundo.
Él no lo sabía en ese momento, y ella mucho menos, pero ese lunes por la mañana, la estructura lógica de Ethan Blackwood se rompió para siempre. Había comenzado el año más largo de sus vidas. El año en que una simple empleada se convertiría, sin saberlo, en la única y más peligrosa obsesión de su jefe.