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Horizonte Sagrado

Horizonte Sagrado

Status: En proceso
Genre:Aventura / Héroes / Mitos y leyendas
Popularitas:151
Nilai: 5
nombre de autor: Proa94

el viaje de un sangre bastarda para convertirse en un héroe.

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El pasado de Heavenly Sword

Avanzamos durante días hacia el norte, sorteando caminos pedregosos y colinas cada vez más escarpadas. Nos detuvimos a acampar a solo una semana de marcha de las imponentes cadenas montañosas del Reino Enano. Al calor de las brasas de la fogata, con el viento nocturno colándose entre los árboles, la felina se acomodó a mi lado y rompió el silencio con curiosidad.

—Oye, esposo... y tú también, elfa —comenzó Ania, moviendo las orejas de un lado a otro mientras observaba las chispas del fuego—. Deberíamos hablar más sobre nosotros. Cuéntenme de su pasado... sobre todo tú, amor mío.

Armia suspiró, ajustando su túnica antes de cruzarse de brazos.

—Ha... Supongo que es natural que tengas preguntas sobre por qué una hermosa dama como yo terminó viajando con un par de imprudentes —comentó la maga con su habitual tono de suficiencia—. En resumen: pertenezco a una Casa Noble del reino élfico. Sin embargo, mi familia pretendía concertar un matrimonio político para mí. Con mi potencial mágico de Rango Profesional, me negué rotundamente a convertirme en el trofeo o la muñeca de exhibición de un aristócrata. Mis padres no aceptaron mi negativa, así que escapé de noche. Tiempo después me uní a una escuadra de aventureros... pero el Dragón de Roca los masacró a todos en las minas. Fue allí donde me crucé con este inútil.

—Bueno... no me apetece darte demasiados detalles ni sonar tan arrogante como esta elfa —intervine, manteniendo la mirada fija en el filo pulido de la Espada de las Cinco Voluntades—. Simplemente te diré que mis padres tuvieron serios conflictos con la familia de mi madre por cuestiones de linaje. Mi padre falleció por la edad, rondando los sesenta años. Y mi madre... al ser una elfa y comprender la aplastante soledad de vivir siglos sin él, no lo soportó y prefirió quitarse la vida.

Ania borró su sonrisa juguetona y me miró con una ternura inesperada en sus ojos rasgados.

—Oh... Lo siento mucho, esposo... —Hizo una pausa y bajó la vista hacia sus propias manos—. Bueno... en mi caso, mi madre era una respetada guerrera de la tribu, pero cayó en una emboscada y fue capturada por mercenarios humanos. Yo nací unas lunas después, estando ella en cautiverio como esclava. Cuando finalmente logró escapar, me dejó tirada en el follaje del bosque. Me llamó su mayor vergüenza y se marchó. Jamás la volví a ver. Fue mucho tiempo después cuando logré rastrear y encontrar a mi tribu.

Armia abrió los ojos de par en par, impactada por la frialdad del relato.

—¿Fuiste concebida durante el cautiverio de tu madre? Eso es atroz... Pero la actitud de ella al abandonarte fue imperdonable. No debió dejarte a tu suerte, sin importar las circunstancias.

—Eso es irrelevante —sentencié con dureza, apretando los puños sobre mis rodillas—. Una mujer cobarde que abandona a su propio hijo a su suerte en el bosque no merece ser llamada madre.

—Adamas... estoy segura de la situación de tu madre... —intentó intervenir Armia.

—¡Cállate ya, elfa! —la corté de golpe, levantando la voz—. No empieces a buscarles justificaciones ni a la madre de la gata ni a la mia.

Ania dejó escapar una pequeña risa suave y desapegada, restándole importancia con un gesto de la mano.

—Jajaja, está bien, nya. Así es la ley de la naturaleza salvaje. Si mi madre se dejó capturar y sometió a la esclavitud, fue enteramente su responsabilidad por demostrar debilidad. Cuando me abandonó, yo ya era una cachorra con la capacidad suficiente para ponerme en pie y aprender a luchar. Estuve por mi cuenta y sobreviví; no le guardo ningún rencor.

La miré en silencio durante varios segundos. Pese a la dureza de sus palabras, en su mirada no había veneno ni sed de venganza, solo una aceptación pura y estoica de la vida.

—Vaya... Es sumamente noble de tu parte verlo de esa forma —reconocí, suavizando la voz—. Por eso me agradas, gata. Pero... espero que tu idea sobre la maternidad sea un poco diferente a la de tu madre.

Ania sonrió con calidez, pegando sus manos al pecho.

—¡Por supuesto que sí, nya! Yo seré una madre extraordinaria para tus cachorros. Los amaré con todo mi corazón y los protegeré con mis garras.

Al ver la devoción y la sinceridad que emanaban de sus ojos, no pude evitar estirar la mano, acariciarle suavemente las orejas felinas y dejar que apoyara su cabeza sobre mi hombro.

—Sí, bueno... Ya fue suficiente cursilería por una noche —interrumpió Armia, poniéndose de pie y sacudiéndose la tierra de la túnica—. Mañana deberíamos ponernos en marcha temprano. Hay un pequeño asentamiento antes de la frontera enana. Sugiero que paremos allí a bañarnos; apestamos al polvo del camino y el agua de los ríos de esta zona no es segura debido a las crías de leviatán que la habitan.

—Es una buena idea —asentí—. También necesitamos lavar las túnicas y descansar adecuadamente. ¿Tú qué opinas, gata?

—Me parece excelente, nya.

Al día siguiente, tras una caminata constante, alcanzamos las afueras del poblado fronterizo. Encontramos una posada con baños termales públicos y nos dividimos: las mujeres se dirigieron a la zona reservada y yo pasé a las duchas masculinas.

En la sección femenina, Ania se sumergió en el agua caliente hasta los hombros, soltando un largo suspiro de alivio.

—Nyaaa... ¡Qué delicia! En el bosque solo podíamos lavarnos con el agua helada de los arroyos. Mis orejas van a quedar completamente impecables.

—Sí, sí... pero te agradecería enormemente que dejaras de chapotear y salpicar agua a mi alrededor —refunfuñó Armia desde la otra orilla de la alberca de piedra—. No me dejas relajarme.

—Jajaja, lo siento, elfa.

Armia guardó silencio por unos segundos, observando el vapor que ascendía hacia el techo de madera, antes de volver a hablar con un tono notablemente más serio:

—Oye... Sobre el chico. Sé que no le llevas muchos años de diferencia, pero sigue siendo el menor de los tres. Es impulsivo, temerario y carga con un pasado que lo atormenta día y noche.

Ania ladeó la cabeza, agitando levemente la cola bajo el agua.

—Por supuesto que lo sé, pero no me digas cómo cuidar a mi hombre. Sé perfectamente lo capaz que es; logró derrotarme en combate limpio y con eso se ganó todo mi respeto y mi lealtad.

—No lo digo por dudar de su fuerza física —aclaró Armia, mirándola fijamente a los ojos—. Ten en cuenta que, aunque posea la determinación y la destreza de un guerrero veterano, por dentro sigue siendo un muchacho roto. Perdió a su padre y su madre lo abandonó emocionalmente al quitarse la vida. Detrás de esa coraza de frialdad, en su interior sufre y llora en silencio. Si de verdad te haces llamar su mujer, te recomiendo que no solo te le insinúes con deseo físico. Haz que se sienta seguro a tu lado. Si logras que abra su corazón contigo, te aseguro que te amará con una devoción inquebrantable.

Ania parpadeó, desconcertada.

—¿Abrir su corazón? ¿Pero cómo hago eso? Yo no sé nada sobre sutilezas de la nobleza.

—Es más simple de lo que crees —sonrió la maga con melancolía—. Cuando yo era niña y mi padre regresaba agotado y abrumado por los problemas políticos de la corte, lo veía recostarse en el regazo de mi madre. Ella simplemente le acariciaba el cabello en silencio y lo consolaba. Prueba a hacer algo similar con él, con delicadeza.

—Entendido... Seguiré tu consejo, elfa.

Tras un baño prolongado y reconfortante, regresé a la habitación de la posada vistiendo una túnica limpia, a la espera de que mi equipo de combate se secara por completo. Estaba descansando sobre el camastro, disfrutando de la tranquilidad de la tarde, cuando la puerta se abrió suavemente y Ania entró en la estancia.

—¿Ah? Oye, oye... espera un segundo —reaccioné de inmediato, incorporándome un poco—. Quedamos en que esperaríamos a completar la misión del Reino Enano antes de...

La felina no dijo una sola palabra. Se acercó a la cama, se sentó con elegancia al borde y, tomando mis hombros con una delicadeza sorprendente, acomodó suavemente mi cabeza sobre sus muslos.

—¿Qué... qué haces? —pregunté, sintiendo un leve rubor en las mejillas.

—Solo relájate, esposo mío —susurró Ania con una sonrisa dulce, empezando a pasar sus dedos entre mi cabello con trazos suaves y ritmados.

Al principio la posición me resultó extraña e incómoda; jamás había experimentado ese tipo de cercanía con nadie desde la muerte de mis padres. Sin embargo, a los pocos minutos, la calidez de su cuerpo, el aroma limpio de su piel y la ternura constante de sus caricias fueron disipando toda la tensión acumulada en mis hombros.

Poco a poco, la pesadez del cansancio me cerró los párpados. Por primera vez en muchísimos años, logré conciliar un sueño profundo, cálido y libre de pesadillas.

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