Durante dos años, Gael Luján fue el esposo invisible de Adrián Ferrer, un poderoso alfa de clase S. Como beta, su única función parecía ser ayudarlo durante el rut. Pero todo cambió cuando Gael se diferenció tardíamente como omega, recibió una marca completa y quedó embarazado.
Por primera vez, creyó que podía tener una familia de verdad.
Se equivocó.
Tres días después de dar a luz, mientras su hijo luchaba por sobrevivir, Gael recibió los documentos de divorcio. Adrián ya había decidido su futuro por él: quedarse con el bebé y expulsarlo de sus vidas.
Meses después, Gael regresa decidido a recuperar a Neno y a no volver a entregar el corazón. Sin embargo, una marca completa no desaparece con una firma. Sus cuerpos aún se reconocen, sus feromonas continúan buscándose y Adrián descubre demasiado tarde que aquel omega al que desechó era la única persona a la que realmente quería.
Ahora el alfa está dispuesto a utilizar la convivencia, el vínculo con su hijo y hasta sus propios instintos para recuperarlo.
Pero Gael ya no es el hombre obediente que abandonó.
Entre celos, deseo, heridas todavía abiertas y un lazo biológico imposible de ignorar, ambos tendrán que descubrir si algunas marcas pueden convertirse en amor… o si solo sirven para recordar quién fue el primero en hacer daño.
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Capítulo 4
Capítulo 4
La fiebre le daba escalofríos. El edredón fino no bastaba para calentarlo y, medio inconsciente, Gael buscaba una y otra vez el cuerpo de Adrián.
—Ni dormido puedes quedarte quieto.
Adrián no veía nada extraño en su manera de cuidar a un enfermo. Sujetó el borde del edredón para inmovilizarlo. Gael, sin fuerzas para resistirse, volvió a hacerse un ovillo.
No pasó ni un minuto antes de que Adrián lo sintiera temblar.
Frunció el ceño y lo levantó de nuevo. En cuanto encontró su calor, Gael se apretó contra él.
Respiraba con dificultad, pero parecía tranquilizarse cada vez que se acercaba a la glándula del alfa. Adrián no sabía si era una impresión suya.
Su paciencia empezaba a agotarse. Buscó el botón de servicio junto a la cama y recordó que aquel cuarto había sido una bodega; no contaba con intercomunicador.
Contempló al joven entre sus brazos.
—Gael, de verdad sabes cómo causarme problemas.
Incluso inconsciente, Gael se encogió. Después de un año de matrimonio, el desprecio y las críticas de Adrián estaban tan arraigados en él que su cuerpo reaccionaba aun dormido.
Adrián terminó llamando al mayordomo desde el celular. Gael mantenía los dedos aferrados a su camisa, como si temiera que lo abandonaran.
El mayordomo se sorprendió al entrar, aunque recuperó la compostura enseguida.
—Señor Ferrer, el doctor Beltrán llegará en diez minutos.
—Que pase en cuanto llegue. ¿Y el agua?
El mayordomo dejó una bandeja sobre el mueble sencillo. El agua estaba algo caliente. Adrián acercó el vaso a los labios de Gael con paciencia y este bebió casi la mitad de una vez.
Tenía el cabello revuelto, suave al tacto. Adrián hundió los dedos por curiosidad antes de apartar la mano.
Después de beber, Gael pareció calmarse. El mayordomo también había llevado un termómetro infrarrojo. Adrián se lo apuntó a la frente: cuarenta grados.
La fiebre era más grave de lo que esperaba.
—¿Cuánto falta para que llegue el médico?
Su expresión se había endurecido, aunque él no parecía notarlo.
—Ya casi llega. No se preocupe.
—Sube la temperatura del aire acondicionado y trae compresas frías.
El mayordomo ajustó el cuarto a veintiocho grados. Adrián puso una compresa sobre la frente de Gael, pero el frío le provocó un escalofrío violento.
Volvió a sentir aquella irritación incómoda al verlo tan débil. Apretó los labios y arrojó la compresa a un lado.
El mayordomo guardó silencio. La tensión crecía cuando, por fin, llegó el doctor Fernando Beltrán.
El mayordomo salió y cerró la puerta. Gael seguía inconsciente. Apenas entró el médico, el detector portátil de feromonas marcó niveles fuera de rango.
Beltrán se acercó para revisarlo. Las marcas visibles en su piel llamaron de inmediato su atención.
—Señor Ferrer, necesito saber si el señor Luján tiene alguna lesión —preguntó con discreción.
A Adrián no le gustó que se aproximara tanto, pero la pregunta lo hizo callar un instante.
—Algunas.
—También necesito revisar las lesiones íntimas. Una inflamación puede provocar fiebre.
Adrián apenas recordaba esos detalles. Al menos, por lo que decía el médico, no parecía tratarse de una enfermedad grave.
—¿Hay algo más? ¿Necesita medicamentos?
—Hay otra cosa que debe tener en cuenta. Los betas no poseen la cavidad reproductiva de los omegas. Después de una relación sin protección, los fluidos pueden causar irritación si no se limpian a tiempo.
Los brazos de Adrián se tensaron alrededor de Gael y luego volvieron a relajarse. Nunca se había detenido a pensar en ello.
—¿Eso explica la fiebre? ¿Cuándo despertará?
No quería que Gael durmiera durante todo el tercer día del rut. Tampoco tenía intención de pasarse el día cuidando a un enfermo.
—Para descartar otras causas tendría que llevarlo al hospital. Por ahora limpiaré y trataré las heridas; después le pondré una solución intravenosa.
Por su experiencia como médico de los Ferrer, Beltrán sospechaba que el agotamiento y el trato excesivo de Adrián eran la causa principal.
Adrián entendió lo que no había dicho en voz alta.
—De acuerdo. Salga un momento y deje la pomada.
Le parecía natural que nadie más tocara a Gael. El médico tampoco discutió. Dejó el medicamento y fue a buscar al mayordomo.
Adrián retiró el edredón. La ropa vieja y rota le había desagradado desde que entró. Ahora tenía una razón para deshacerse de ella. Rasgó lo que quedaba de la pijama y la apartó.
Bajo la luz del baño vio con claridad el estado en que había dejado el cuerpo de Gael. Su expresión cambió.
¿Todo aquello lo había hecho él?
Gael volvió a temblar. Adrián reguló el agua y llenó la tina. Cuando el calor lo envolvió, sus músculos comenzaron a relajarse.
La ropa de Adrián se mojó. Sin darle importancia, entró en la tina y siguió las indicaciones del médico: limpió con cuidado su cuerpo y aplicó la pomada en las heridas.
El dolor despertó a Gael. Abrió los ojos con la mente todavía nublada y tardó unos segundos en comprender dónde estaba.
Le dolía todo. Intentar incorporarse consumió las pocas fuerzas que tenía. Adrián detuvo la mano al verlo reaccionar.
—¿Señor… Ferrer? —Su voz era débil y ronca. La vergüenza estuvo a punto de devolverlo al desmayo—. Puedo hacerlo yo…
Trató de salir de la tina sin pensar.
—No te muevas.
Era la primera vez que Adrián cuidaba a alguien de esa manera y la novedad despertaba su curiosidad.
Vació la tina y abrió la regadera para enjuagarlo. Gael se arrodilló y se abrazó a sí mismo, todavía rojo de fiebre. Lo miraba con los ojos húmedos, paralizado.
La nuca le ardía por momentos; después el dolor cedía hasta quedar entumecido.
Adrián terminó de limpiarlo.
—No pareces tan enfermo ahora.
Gael alzó la vista con inquietud. Adrián lo envolvió en una toalla y lo sacó del baño en brazos.
—Este cuarto no es adecuado para mi rut, pero tendrá que servir.
Gael apenas entendió la frase. Adrián lo dejó sobre la cama y reclamó lo que consideraba pendiente. El cuerpo febril de Gael no resistió mucho: poco después volvió a perder el conocimiento.
No supo cuánto tiempo durmió ni cuándo se marchó Adrián.
Cuando abrió los ojos, ya había oscurecido. Movió una mano y descubrió la vía intravenosa. Seguía adolorido, aunque su cuerpo estaba limpio.
No había nadie más. Consiguió sentarse y notó que llevaba una pijama ajena. La tela era suave, pero le quedaba grande.
Miró alrededor hasta encontrar su ropa destrozada dentro del bote de basura.
Se quedó perplejo. ¿También la pijama había hecho enojar a Adrián?
Intentó reconstruir el día. Recordaba haberse quedado dormido al volver a su cuarto. Después Adrián había aparecido y alguien había dicho que tenía fiebre.
Siguió con la vista el tubo de la solución. Adrián debía de haberlo bañado, pero lo demás…
El rubor regresó a sus mejillas. Quizá había sido un sueño. Un alfa en rut era muy exigente con su entorno; Adrián nunca habría querido acostarse con él en aquella cama estrecha.
Todavía quedaba parte de la solución. Gael tenía sed. Había un vaso vacío sobre el mueble y, tras dudar, intentó bajar el soporte de la vía.
Al ponerse de pie sintió un mareo. Estiraba el brazo cuando Adrián abrió la puerta.
—¿Qué haces?
Su tono sonó molesto. Gael retiró la mano por instinto.
—No queda agua. Quería ir a la cocina por un poco.
El rubor de la fiebre había desaparecido y su rostro volvía a estar pálido. Adrián frunció el ceño y le tocó la frente con el dorso de la mano.
—Ya no tienes fiebre.
El gesto dejó a Gael desconcertado. Sintió que la cara volvía a arderle.
—Sí. Ya estoy bien. De verdad.
Adrián lo observó en silencio. Gael se puso cada vez más nervioso hasta que el alfa desvió la mirada hacia la solución intravenosa.
—El doctor Beltrán volverá a revisarte. Si necesitas algo, pídeselo todo de una vez al mayordomo.
Gael permaneció quieto, abrumado por aquella atención inesperada.
¿Adrián se preocupaba porque estaba enfermo? ¿Podía significar que, en el fondo, lo quería aunque fuera un poco?
—Gael.
Una vez seguro de que su estado era estable, Adrián recuperó su tono distante.
—Te dormiste durante mi rut.
Gael bajó la mirada.
—No fue a propósito.
Adrián seguía irritado, pero el beta frente a él estaba pálido, débil y visiblemente asustado.
—Que no vuelva a ocurrir.