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Cien millones por un heredero

Cien millones por un heredero

Status: En proceso
Genre:CEO / Doctor / Embarazo no planeado / Amante arrepentido
Popularitas:246
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Elena Salazar aceptó someterse a una fecundación in vitro cuando su prometido quedó al borde de la muerte. Pero un error de la clínica la dejó embarazada de otro hombre: Alejandro Montenegro, el magnate más poderoso de Atelán.
Su oferta fue directa:
—Da a luz a mi hijo y los cien millones de dólares serán tuyos.
Elena se negó. Su amor no tenía precio… hasta que encontró a su prometido, recién salido de cuidados intensivos, besando a su hermanastra.
Entonces firmó el contrato y se casó con Alejandro.
Quienes la humillaban se rieron de su elección: un simple guardaespaldas, guapo y sin dinero. Creían que había cambiado un buen matrimonio por una vida miserable.
No sabían quién era su marido. Y tampoco sabían de lo que ella era capaz.
Cuando sus investigaciones revolucionen la medicina y la verdadera identidad de Alejandro salga a la luz, su ex ya no podrá burlarse de ella.
Estará de rodillas, suplicándole una oportunidad de hacer negocios.

NovelToon tiene autorización de Ruby_Blair para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9

Capítulo 9. Si a mi abuela le pasa algo, yo asumiré toda la responsabilidad

—¡Nitroglicerina!

Alejandro acostó a la anciana en el sofá mientras daba la orden al mayordomo.

—Está en la habitación de la señora. Voy a buscarla.

El hombre salió corriendo.

A unos pasos, Elena observaba a doña Mercedes con una precisión casi clínica. Examinó la postura encogida de su cuerpo, el cambio de color en los labios y las contracciones involuntarias de los dedos. Aquello no parecía un infarto corriente.

Sin darse cuenta, empezó a acercarse para examinarla mejor. Antes de que llegara, Isabel le cerró el paso.

—¡Todo esto es por tu culpa! ¿Todavía tienes el descaro de acercarte? ¡Fuera de aquí!

—Yo...

Elena iba a responder cuando notó una leve contracción en la comisura de los labios de la anciana.

La expresión le cambió. No había tiempo para explicarse. Apartó a Isabel y se inclinó sobre el pecho de doña Mercedes para escuchar con atención.

El ritmo del corazón era caótico y no respiraba. No era un infarto. Era...

No llegó a completar la idea. Isabel la agarró, la arrancó de allí y la tiró al suelo.

—¿Qué estabas haciendo? ¿No me digas que pretendías examinarla? —la increpó, mirándola con repugnancia.

Elena se puso de pie.

—No es un infarto común. Lo que tiene es...

—¡Deja de fingir! ¡No seguiste estudiando después de la preparatoria! ¡Es imposible que sepas de medicina! —la interrumpió Isabel con un chillido.

Ernesto llamó a los guardaespaldas con el rostro endurecido.

—¡Saquen a esta mujer! ¡No hace más que decir disparates!

—Sí, señor.

Bastó una mirada de Alejandro para que los hombres retrocedieran, asustados.

—¡Aquí está! ¡Traje el medicamento!

El mayordomo regresó corriendo.

Alejandro le quitó el frasco, sacó una pequeña pastilla blanca y abrió la boca de su abuela para introducirla.

Todos la observaron con angustia.

Pero la anciana no reaccionó.

—Cuando le pasaba antes, despertaba poco después de tomar la nitroglicerina. ¿Por qué ahora no responde? —preguntó Patricia.

En cuanto terminó, la voz clara y fría de Elena resonó en la sala:

—¡Es una taquicardia ventricular tipo torsades de pointes!

Todos se volvieron. Era ella quien había hablado.

—¡¿Qué tonterías estás diciendo?! —le gritó Isabel, fulminándola con los ojos.

—¡No es un infarto corriente! ¡Es torsades de pointes! ¡En cinco minutos puede sufrir muerte cerebral! ¡Necesita un estabilizador iónico ahora mismo!

Hablaba deprisa. Cada palabra salía afilada y precisa. Se detuvo al ver el frasco de nitroglicerina apretado en la mano de Alejandro y alzó la voz:

—¡La nitroglicerina no sirve!

La sala quedó súbitamente en silencio. Solo se oía el tictac del reloj de pie.

Unos segundos después, Alejandro se levantó y se acercó a ella.

—¿Un estabilizador iónico? —preguntó con voz grave.

Elena iba a explicarse, pero Isabel se precipitó hacia ellos.

—¡Alejandro! ¿No me digas que le crees? ¿Qué va a saber una mujer que no estudió más allá de la preparatoria? ¡Solo está...!

La mirada opresiva de Alejandro la hizo callar en seco.

Él apartó los ojos de su tía y volvió a fijarlos en Elena.

—¿Tienen solución inyectable de sulfato de magnesio? —preguntó ella.

Alejandro miró al mayordomo.

—No... No tenemos.

Elena sacó al instante una caja metálica negra, hecha a medida, de su mochila. Abrió el cierre. Dentro, encajadas en sus soportes, había dos jeringas con un líquido de color ámbar claro.

—Lo desarrollé yo. Tiene el mismo efecto que la solución de sulfato de magnesio que se vende, pero su concentración es mayor y resulta más eficaz.

Terminó de hablar a toda prisa y miró a Alejandro de frente.

—Si confías en mí, puedo inyectárselo.

—¡No!

Isabel, Ernesto y los padres de Alejandro gritaron al mismo tiempo.

—Desarrollar medicamentos no es un juego. ¡Nunca estudió medicina! ¿Cómo va a saber hacer algo así?

Isabel miró la sustancia en las manos de Elena con el mismo desprecio que si fuera basura.

—¡Aunque supiera hacerlo, no vamos a dejar que se lo inyecte! —alzó la voz Ernesto—. ¿Qué cree que es mi madre? ¿Un conejillo de Indias?

Jorge se acercó, preocupado por tener que responder si algo salía mal.

—Alejandro, mejor llevemos a tu abuela al hospital cuanto antes.

—¿Qué estás esperando? —lo apremió Patricia.

Alejandro había mantenido los ojos en la jeringa, sopesando la decisión. Al oír a su madre, levantó la mirada hacia Elena. En sus ojos limpios había una urgencia imposible de ocultar. No parecía fingida.

Miró a su abuela. Su respiración era todavía más débil que antes. Decidió sin más:

—Inyéctaselo.

—¡No puedes permitirlo! —rugió Ernesto, con los ojos desorbitados—. ¡Tu abuela no es una persona cualquiera! ¡Si le pasa algo, esta mujer no tiene con qué pagarlo!

—Ni pagando con su propia vida alcanzaría para compensarlo —añadió Isabel, llena de desprecio.

Jorge se inclinó hacia el oído de su hijo.

—Alejandro, si a tu abuela le pasa algo por su culpa, tu tío y su familia no van a dejarnos en paz. No puedes permitir esa inyección.

—¡Preparen el coche! ¡Llevaremos a la señora al hospital! —ordenó Patricia al mayordomo.

Elena bajó ligeramente los ojos al escuchar a toda la familia.

Podía entender que no confiaran en ella.

Si estuviera en su lugar, quizá habría reaccionado igual.

Pero el estado de la anciana era crítico. Tal vez muriera antes de que el coche saliera de la propiedad.

Apretó la caja entre las manos. Haría un último intento. Levantó la mirada hacia Alejandro.

—Señor Montenegro...

—Si a mi abuela le pasa algo, yo asumiré toda la responsabilidad.

La voz de Alejandro, fría y contundente, hizo que a Elena le temblaran las pestañas.

¿Eso quería decir que... confiaba en ella?

Todavía no estaba segura cuando él la miró y dio una orden que no admitía discusión:

—Inyéctaselo.

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