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El Niñero Torpe Del Sr. Montero

El Niñero Torpe Del Sr. Montero

Status: En proceso
Genre:CEO / Padre soltero / Fantasía LGBT
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Elian Rojas (23) trabaja en el refugio Second Chance Paws en Austin, Texas, y se paga la carrera de veterinaria. Cuando el refugio entra en quiebra y recibe orden de desalojo, encuentra un flyer rosa: "Se busca niñera. $3,500/mes. Niños difíciles. Si ellos te aceptan, te quedas".

Va a la entrevista sin fe. Le advierten que 3 niños han echado a 7 niñeras. Lo eligen porque es hombre, se ve torpe e ingenuo y creen que será fácil hacerlo renunciar con trampas de harina, tinta azul y pistolas de agua.

Pero Elian no ve berrinches, ve abandono. Y poco a poco, entre caos y perros colados, se ganará a una familia rota.

Lo que no esperaba era enamorarse de su jefe, Dante Montero (34), CEO viudo, frío y que no sabe cómo ser padre sin su esposa.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10 - Second Chance

El refugio cerraba el viernes.

No en veinticuatro días como decía cartel. El viernes de esta semana. Dueño del terreno adelantó desalojo porque vendió lote a empresa de condominios.

Me enteré el martes a las siete, por mensaje de mi jefa Marta. Decía: Elian, lo siento. Viernes cerramos. Ven por tus cosas.

Leí mensaje tres veces en cocina mientras hacía café. Canelo me miró y movió cola sin entender.

Milo preguntó qué pasaba.

Cierra el refugio, dije. Este viernes.

Santi entró con pijama de dinosaurios y preguntó qué era refugio.

Es donde trabajo, dije. Donde viven perros que no tienen casa.

¿Como Canelo antes?, preguntó Luna descalza.

Sí, dije. Como Canelo antes.

Dante bajó a las seis y media, con traje puesto. Me vio con celular y cara pálida.

¿Qué pasó?

Cierra refugio donde trabajo. Este viernes. Tienen que sacar a veintitrés perros.

Dante no dijo nada por un momento. Tomó café y dijo: ¿qué harán con los perros?

No lo sé, dije. Algunos irán a otros refugios, otros...

No terminé frase. Otros significaba sacrificio si no encontraban hogar rápido.

Santi me tomó de mano.

¿Podemos ayudar?, preguntó.

No supe qué decir. No teníamos dónde meter veintitrés perros.

Dante dejó taza y dijo: organicen jornada de adopción el sábado. En estacionamiento de mi edificio del centro. Yo pido permiso.

¿De verdad?, dije.

De verdad, dijo. Es por los perros.

El miércoles fui al refugio después de dejar niños en escuela. Olía a desinfectante y tristeza. Jaulas medio vacías, letreros de se vende en reja.

Marta lloraba en oficina. Cincuenta años, diez años dirigiendo refugio.

No puedo salvarlos a todos, dijo. Solo tengo espacio para cuatro.

Dije que haríamos jornada el sábado. Que llevaríamos a todos.

Me miró como si estuviera loco.

¿Veintitrés perros en estacionamiento del centro? Nadie va a ir.

Van a ir, dije sin saber si era verdad.

El jueves imprimimos carteles en casa. Santi dibujó perros y escribió: Adopta un amigo. Milo hizo evento en Instagram con fotos de cada perro. Luna coloreó carteles con corazones.

Dante llegó a las cinco, como prometió. Traía lonas, mesas plegables y cajas de agua que pidió a asistente.

¿De dónde sacaste todo?, pregunté.

De bodega de empresa, dijo. Dijimos que era team building.

A las siete cenamos tacos y pegamos carteles en sala manchada de volcán.

El viernes fue cierre oficial. Fui solo en la mañana, sin niños. Saqué mis cosas de casillero: bata blanca manchada, pin de patita, fotos de perros.

Canelo me esperaba en puerta del refugio como siempre. Esta vez no entró. Se quedó afuera, mirando reja cerrada.

Lo cargué y nos fuimos. No miré atrás porque iba a llorar.

El sábado amaneció con sol que quemaba. A las ocho estábamos en estacionamiento del edificio Montero Tech en centro. Treinta y seis grados.

Montamos lonas, mesas, jaulas prestadas. Llegaron voluntarios con veintitrés perros ladrando, con carteles colgando de cuello.

Santi se puso chaleco de voluntario que le quedaba enorme. Luna llevaba lista de nombres y tachaba cada vez que alguien preguntaba por perro. Milo tomaba fotos.

Yo estaba nervioso. En dos años nunca habíamos logrado más de seis adopciones en un día.

A las nueve no llegó nadie. A las nueve y media llegó señora que miró y se fue.

A las diez pensé que sería fracaso.

A las diez y quince llegó camioneta negra. Se bajó Dante con traje sin corbata, con tres cajas de donas y parlante.

Traje refuerzos, dijo.

Detrás llegaron cinco empleados de su empresa con camisetas que decían Adopta. Luego dos más. Luego diez más. Alguien compartió evento de Milo en Slack.

A las once estacionamiento estaba lleno. Familias, jóvenes, parejas con niños.

Santi hacía presentación de cada perro como vendedor. Este es Bruno, tiene tres patas pero corre más rápido que yo. Esta es Luna, como mi hermana.

A las doce habíamos dado ocho perros. A la una, catorce. A las dos, diecinueve.

A las tres solo quedaban cuatro, los más viejos, los que nadie quiere porque tienen canas.

Dante se acercó a pareja mayor que miraba labrador de once años llamado Taco.

¿Saben?, les dijo. Este perro es el más tranquilo. No muerde zapatos, no ladra de noche, solo quiere dormir a sus pies. Es como yo.

Pareja se rió y adoptó a Taco.

A las cuatro se fueron los veintitrés. Todos. Con correa nueva y bolsa de croquetas que había pagado Dante.

Marta lloraba en esquina, abrazada a lista vacía.

Lo logramos, dijo. Veintitrés en un día. Nunca pasó.

Canelo estaba acostado bajo mesa, con lengua afuera, feliz de haber visto a sus amigos irse.

Cuando guardábamos lonas, Dante se acercó y me dio hoja.

¿Qué es?, pregunté.

Es contrato de donación, dijo. Compré terreno del refugio. No para condominios. Para fundación. Second Chance va a reabrir en tres meses, más grande, con clínica. Y quiero que seas director veterinario cuando te gradúes.

Me quedé sin palabras. Miré hoja. Tenía logo y firma.

¿Por qué hiciste eso?, pregunté con voz quebrada.

Porque vi cómo miras a esos perros, dijo. Y porque quiero que mis hijos vean que se puede salvar algo que todos dieron por perdido.

Nos miramos en estacionamiento vacío, con sol bajando.

Gracias, dije.

No me digas gracias, dijo. Dile a Canelo que ya no es único perro con suerte de esta familia.

Subimos a camioneta. Tres niños dormidos atrás, agotados. Canelo con cabeza por ventana.

Esa noche no cenamos a las siete. Cenamos a las ocho, con pizza fría y agua tibia, pero nadie se quejó.

En mi cuarto, Luna dejó dibujo nuevo. Eran veintitrés perros tomados de mano, con nosotros cinco en medio y Canelo con corona.

Abajo decía: todos con casa.

Guardé dibujo y pensé que tal vez cerrar no siempre es final. A veces es comienzo de algo más grande.

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Brisa Romero
/Proud/
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