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El Circuito De Ceniza

El Circuito De Ceniza

Status: En proceso
Genre:Apocalipsis / Terror / Mitos y leyendas
Popularitas:306
Nilai: 5
nombre de autor: Genesis YEPES

En el siglo XV, un círculo de ceniza negra aparece en un valle de Aragón. Quienes lo tocan o nombran desarrollan un grano bajo la lengua y una raíz que busca el corazón. Los cuerpos se vacían en polvo caliente. Fray Tomás de Ávila investiga el fenómeno para la Inquisición, pero el mal viaja con él: de Albarracín a Teruel, Zaragoza y Castilla. No es peste ni demonio, sino un hambre antigua que se alimenta de nombres propios. Cada intento de contenerlo solo lo extiende. El círculo no se rompe: se completa y busca la siguiente boca.

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El cierre del primer círculo

La tos lo dobló por la cintura. Fray Tomás escupió un puñado de ceniza negra que se derramó sobre el borde del círculo y fue absorbido de inmediato. El grano bajo la lengua se había abierto del todo. Ahora sentía un hueco caliente en el centro de la boca, como si algo hubiera eclosionado y dejado solo el sabor a hierro quemado y tierra de fosa. El latido bajo el esternón se aceleró. La raíz se cerró con más fuerza alrededor del corazón.

Detrás de él, Mateo soltó un gemido largo y se dejó caer de rodillas. La ceniza le salía ya no solo por la boca: le brotaba de los ojos, de las orejas, de las uñas rotas. El cuerpo del novicio se fue derrumbando sobre sí mismo mientras el polvo formaba un montículo a su alrededor. En menos de un minuto solo quedó una forma arrodillada de ceniza compacta. El viento la empujó despacio hacia el centro del círculo. La Vieja no se movió. Permanecía de pie junto a Fray Tomás, con las manos abiertas y los círculos de polvo en las palmas.

—Uno menos

dijo con voz tranquila.

—El novicio ya entregó los nombres que llevaba. Ahora solo quedamos vos y yo.

Fray Tomás intentó hablar. Solo salió un sonido ronco, mezclado con polvo. Escupió otra vez. La ceniza cayó a sus pies y el borde del círculo se extendió un poco más, rozándole las sandalias.

—No… no voy a cruzar

logró decir entre tosidos.

La Vieja soltó una risa seca.

—Ya estáis dentro. Lleváis días dentro. El círculo no necesita que mováis los pies. Solo necesita que el nombre termine de escribirse. Y está a punto.

El latido se volvió doloroso. Fray Tomás se llevó las manos al pecho y sintió bajo los dedos el movimiento de la raíz, como dedos fríos que apretaban el corazón. Cayó de rodillas. La ceniza del borde le llegó hasta los muslos. El calor subía por las piernas, por la ingle, por el vientre, buscando unirse al fuego que ya tenía dentro. En el centro del círculo, el montículo que había sido Isabel se removió. No por el viento. Se elevó un poco y tomó una forma más definida: el contorno de una mujer arrodillada con los brazos abiertos. A su lado, la ceniza de Mateo empezó a desplazarse también, como si algo la arrastrara. Otros montículos —los que habían sido los vecinos del pueblo— se deslizaban despacio hacia el mismo punto. El círculo ya no crecía hacia fuera. Empezaba a concentrarse hacia dentro.

Don Rodrigo apareció por última vez. Caminaba a trompicones desde el extremo de la plaza. La mitad derecha del cuerpo era ya una masa negra y agrietada. Al llegar al borde soltó una risa quebrada.

—El pozo… el pozo está lleno

dijo.

—Ya no hay agua. Solo nombres. Me llamaron con la voz de mi madre. Voy a bajar.

No esperó respuesta. Cruzó la línea. Dio tres pasos hacia el centro y se derrumbó. El cuerpo se vació con un sonido seco, como un saco de grano que se rompe. En segundos solo quedó otro montículo que el viento empujó hacia los demás. Fray Tomás intentó levantarse. Las rodillas no respondieron. La ceniza le llegaba ya a la cintura. El sabor en la boca era tan intenso que le hacía llorar. Lágrimas negras le corrieron por la cara y cayeron al polvo, donde fueron absorbidas de inmediato.

La Vieja se agachó a su lado. Le puso una mano en el hombro. El contacto fue como tocar una piedra caliente.

—Cuando llegué a este valle tenía vuestra edad

dijo en voz baja.

—También creí que podía cerrarlo. También traía cruces y oraciones y amenazas. El círculo me dejó vivir lo suficiente para entender. Ahora me toca terminar lo que empecé.

Se levantó con dificultad. Dio un paso adelante y cruzó el borde sin dudar. Caminó hacia el centro con la espalda erguida. Al llegar junto a los montículos levantó los brazos. La ceniza de las palmas se elevó y se unió a la columna que empezaba a formarse otra vez en el corazón del círculo. El cuerpo de la Vieja se fue deshaciendo con una lentitud deliberada, como si disfrutara del proceso. Al final solo quedó su forma hecha de polvo, de pie, con los brazos aún abiertos.

Fray Tomás se quedó solo en el borde. El latido bajo el esternón era ahora un martilleo sordo que le llenaba los oídos. El nombre completo resonaba dentro de la cabeza sin cesar. Ya no era una voz externa. Era su propia voz, pero más antigua, más profunda.

Intentó rezar. Las palabras del Padre Nuestro salieron mezcladas con el nombre del círculo. Cada sílaba sagrada era empujada a un lado por las sílabas rotas que no pertenecían a ninguna lengua humana. Escupió otra vez. El polvo cayó sobre sus rodillas y el círculo lo reclamó. El viento cesó. La columna de ceniza en el centro se elevó más alto, girando despacio. Dentro de ella Fray Tomás creyó ver todas las caras: la de Isabel, la de Mateo, la de Don Rodrigo, la de la niña, la de los peones, la de la Vieja. Todas con la boca abierta. Todas pronunciando su nombre. El calor llegó al corazón. La raíz se cerró del todo. Fray Tomás abrió la boca para gritar y solo salió una nube densa de ceniza negra. La nube se elevó y fue a unirse a la columna.

Cayó hacia delante. Las manos se hundieron en el polvo del borde. El círculo lo atrapó hasta los hombros. El frío de la tierra se mezcló con el calor interno hasta volverse una sola sensación. Ya no distinguía dónde terminaba su cuerpo y dónde empezaba la ceniza.

En el último momento de claridad vio que el círculo de la plaza empezaba a cerrarse sobre sí mismo. Los montículos se fundían unos con otros. La columna giraba más rápido. Y en el centro exacto, donde la tierra parecía más oscura, se abrió una grieta fina, como una boca que empieza a separarse.

Fray Tomás de Ávila, o lo que quedaba de él, sintió que el nombre terminaba de escribirse.

Después solo hubo el latido.

Un latido lento, profundo, que ya no pertenecía a un corazón humano.

El valle quedó en silencio.

La columna de ceniza se fue dispersando con la primera luz gris del alba. En el centro de la plaza solo quedó un círculo perfecto de tierra negra, dura como piedra. Alrededor, nada. Ni cuerpos. Ni casas con humo. Ni voces.

Solo el olor.

Y debajo de la tierra, el mismo latido, esperando el siguiente nombre.

1
GENESIS YEPES
.BUSANDO HISTORIA
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