**Soy Madre del Hijo Mafioso por Accidente**
Solo quería ayudar a una niña perdida en el centro comercial, pero terminé siendo adoptada por ella… ¡y aceptada por su padre mafioso!
Ahora vivo en una mansión, tengo guardaespaldas siguiéndome y una pequeña que insiste en llamarme mamá.
¿Y su padre? Un hombre despiadado que parece dispuesto a concederle todos sus caprichos, incluso quedarse conmigo.
¡Yo no soy un perro para que me adopten! ¡Y mucho menos la esposa de un mafioso!
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Capitulo 9
—Tengo que tener voluntad. Aunque sea difícil, por favor, te lo suplico, cielo, dame fuerzas.
Me miré al espejo del baño como si estuviera a punto de enfrentarme a una guerra.
Y, técnicamente, así era.
Mi enemigo tenía millones, hombres armados, una mansión gigantesca y una sonrisa capaz de hacerme olvidar temporalmente que era un secuestrador.
¡Una combinación criminal!
—No voy a enamorarme de Adrián Volkov —declaré, señalándome con el dedo—. No voy a caer en sus encantos. No voy a dejarme comprar por sus músculos ni por su dinero.
Hice una pausa.
—Aunque lo último va a ser difícil.
Me abofeteé suavemente las mejillas.
¡Concéntrate, mujer!
Al día siguiente, cuando bajé a desayunar, encontré a Adrián esperándome. Llevaba un traje negro impecable y el cabello perfectamente peinado. Parecía que acababa de salir de una revista para hombres ricos y peligrosos.
Yo, en cambio, llevaba el pelo recogido de cualquier manera y una expresión que decía claramente que necesitaba unas vacaciones de su existencia.
—Buenos días, amor.
—Buenos días, secuestrador.
Sonrió como si acabara de recibir un cumplido.
—Hoy iremos de compras. Hay una fiesta importante y necesitas un vestido.
Dejé la taza sobre la mesa.
—No quiero ir.
—Debes venir. Eres mi mujer y, además, soy quien organiza la fiesta. Tu ausencia despertaría demasiadas preguntas.
—Entonces di que estoy enferma.
—¿De qué?
—De ganas de verte.
Adrián soltó una carcajada breve.
¡Encima se reía! ¡Qué hombre tan insoportable!
—Preciosa, puedes insultarme todo lo que quieras, pero vendrás conmigo.
Lo miré fijamente.
—Está bien. Sé que, de todas maneras, no me darás opción.
—Me alegra que empecemos a entendernos.
—No te emociones. Solo estoy ahorrándome una discusión inútil.
Antes de que pudiera responder, unos pasitos resonaron en el comedor.
—¡Mami!
Sofía apareció con un vestido rosa, el cabello recogido en dos pequeñas coletas y una sonrisa que habría derretido hasta el corazón de un asesino profesional.
Se abrazó a mi cintura.
—Vamos de compras. ¡Quiero ir contigo!
Me agaché para acomodarle una coleta.
—¿Y qué quieres comprar, princesa?
—Un vestido bonito. Y zapatos. Y una muñeca. Y dulces.
—Vaya, tienes una lista bastante razonable.
Adrián carraspeó.
—Sofía, no puedes comprar toda la tienda.
La niña lo miró con absoluta seriedad.
—¿Por qué? Tú tienes mucho dinero.
Me tapé la boca para no reírme.
Adrián permaneció en silencio unos segundos.
—Porque hay que aprender a gastar con inteligencia.
—Entonces compraremos cosas inteligentes —respondió Sofía—. Como dulces.
No pude aguantarme. Me eché a reír y la abracé.
—¡Esta niña es una genia!
—No la animes —murmuró Adrián.
—Demasiado tarde. Ya soy su cómplice.
Él negó con la cabeza, pero una sonrisa fugaz apareció en sus labios antes de que sacara una tarjeta de su bolsillo y me la tendiera.
—Toma. Compra todo lo que quieras.
Miré la tarjeta.
Después miré a Adrián.
Y volví a mirar la tarjeta.
¿Era posible que el cielo hubiera escuchado mis plegarias?
Quizá no me había dado libertad, pero acababa de poner una tarjeta bancaria en mis manos.
No sería hipócrita. Tampoco iba a fingir ser una mujer honrada que rechazaba el dinero ajeno por principios.
¡Amo el dinero!
¡Y amo todavía más gastar dinero que no me ha costado ganar!
Mis ojos comenzaron a brillar.
—¿De verdad puedo comprar lo que quiera?
—Mientras no intentes comprar el centro comercial entero.
—No prometo nada.
Adrián arqueó una ceja.
—¿No vas a fingir que te ofende aceptar dinero de un secuestrador?
—Cariño, me has secuestrado, me has amenazado y has decidido organizar mi vida sin consultarme. No pienso añadir a esa lista el sufrimiento de rechazar una tarjeta con fondos ilimitados.
—No son ilimitados.
—Eso lo veremos.
Me acerqué a él, me puse de puntillas y le di un beso en la mejilla.
—Gracias, mi amor.
Adrián se quedó quieto.
Yo también.
¡¿Qué acababa de hacer?!
Me aparté rápidamente, agarré la mano de Sofía y corrí hacia la salida antes de que mi cerebro pudiera traicionarme otra vez.
—¡Vamos, princesa! ¡Tenemos una misión!
—¡Sí, mami!
Detrás de nosotras, escuché la voz divertida de Adrián.
—Vigílenlas de cerca, pero denles espacio. No quiero que las molesten.
—Sí, señor —respondieron varios hombres.
—Y, por favor, procuren que mi mujer no compre el centro comercial.
—¡Te escuché! —grité desde el pasillo.
—¡Era mi intención, amor!
¡Maldito hombre!
El centro comercial era enorme.
Tiendas de ropa, joyerías, perfumerías y escaparates repletos de cosas preciosas se extendían ante nosotras.
Sentí que estaba entrando en el paraíso.
Un paraíso del que, por desgracia, no podía escapar sin atravesar a media docena de guardaespaldas.
Pero no permitiría que ese pequeño detalle arruinara mi felicidad temporal.
—¡Mira, Sofía! ¡Ese vestido!
Señalé un escaparate donde un vestido azul oscuro brillaba bajo las luces.
La pequeña abrió mucho los ojos.
—¡Es hermoso!
—Lo sé. Vamos.
Entré en la tienda con ella en brazos, mientras dos empleados se acercaban a recibirnos. Detrás de nosotras entraron los hombres de Adrián, vestidos de negro y con expresiones tan serias que parecían estar protegiendo una reunión entre presidentes.
Una dependienta sonrió nerviosamente.
—Buenos días, señora. ¿Busca algo en particular?
—Sí. Vestidos, zapatos, bolsos, joyas… En realidad, querida, busco todo lo que pueda hacerme feliz durante las próximas horas.
La mujer parpadeó.
Sofía levantó una manita.
—Y dulces.
—Y dulces —confirmé—. No olvidemos lo importante.
La dependienta pareció no saber si reírse o llamar a su supervisora.
Le entregué a Sofía a una empleada que se ofreció a ayudarla con los vestidos infantiles y me dirigí al escaparate.
Entonces vi el precio de una de las prendas.
Sonreí lentamente.
Era una cantidad absurda.
Una cantidad que jamás habría gastado con mi propio dinero.
Pero aquel vestido era precioso.
Y Adrián había dicho que comprara lo que quisiera.
—Me llevaré este, aquel y los tres de la esquina.
La dependienta comenzó a tomar nota.
—¿Desea probárselos primero?
—Por supuesto. No voy a comprar un vestido que no me quede bien. Tengo estándares, querida.
Me condujo a los probadores y, unos minutos después, salí con el primer vestido.
La empleada abrió la boca.
—¡Le queda maravilloso!
Me observé en el espejo.
El vestido se ajustaba a mi cintura y caía con elegancia hasta mis tobillos. Por un instante olvidé la mansión, los guardias y al hombre que me había arrancado de mi vida.
Solo vi a una mujer bonita con un vestido precioso.
Y me gustó lo que vi.
—Me lo llevo.
—¡Mami, mira el mío!
Sofía apareció con un vestido rosa y una sonrisa enorme. Dio una vuelta sobre sí misma, haciendo que la falda se abriera como una flor.
Me llevé una mano al corazón.
—¡Pero qué princesa tan hermosa!
—¿Verdad? —preguntó, orgullosa.
—Muchísimo. Tu papá va a quedarse sin palabras.
—Entonces compraremos otro para que se quede sin dinero.
Me doblé de la risa.
¡Esta niña era peligrosa!
Uno de los guardaespaldas se aclaró la garganta, probablemente intentando ocultar una sonrisa.
Lo señalé.
—No se ría. Estamos planeando una operación financiera.
—Por supuesto, señora.
Volví a mirar a Sofía.
—El vestido, los zapatos y los accesorios. Todo para la princesa.
—¿Y tú?
Miré la tarjeta entre mis dedos.
Después, las joyas del mostrador.
Finalmente, sonreí.
—Cariño, tu madre acaba de descubrir que tiene un presupuesto.
Y Adrián Volkov estaba a punto de lamentar profundamente haberme dejado salir de compras.
Porque podía soportar un secuestro.
Podía soportar sus amenazas.
Incluso podía soportar que me llamara mi amor cada cinco minutos.
Pero si aquel hombre creía que iba a entregarme una tarjeta bancaria y salir ileso…
Estaba a punto de descubrir que había cometido el error más caro de su vida.
Espero más capítulos
Lo malo que está en emoción