June escapa del prostíbulo al que fue vendido por tener rasgos femeninos, decidido a recuperar su libertad. En su camino conoce a Ángel, un hombre rico con el corazón hecho pedazos. Dos almas heridas, dos mundos distintos y un mismo anhelo: encontrar el amor. Juntos deberán enfrentarse a las sombras de su pasado y descubrir si, incluso después de tanto dolor, es posible volver a amar sin miedo.
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23
En el lugar al que fuimos todo era ambiente y alcohol. ¿Por qué habían decidido venir a un lugar como esté? A diferencia de un prostíbulo, un bar es el lugar indicado para loquear, emborracharse hasta el fondo y hacer muchas tontearías.
Era curioso, un bar seccionado en muchos mini bares. Habían usado remolques de tráiler para convertirlos en el lugar perfecto de todos los universitarios locos. Mucha gente joven estaba bebiendo, bailando, gritando bien alocados y perdidos en risas borrosas. ¡Sentí un poco de pena por ellos! Y no es que me creyera mejor que todos esos chicos, pero ¿qué sentido tenía beber a lo loco y terminar vomitando a los demás? O peor aún, ¿orinados por completo?
Mis días de prostituta me habían enseñado que no debía sobrepasar el alcohol para poder divertirme. ¡Eso es lo que yo pensaba mientras caminábamos en Conteiner!
—¿Qué te parece este lugar?
—¡Hay mucha euforia y chicos inmaduros!
Volvió a sonreír. Seguíamos caminando por un pasillo entre tanta gente.
—Sí. Vienen muchos universitarios, ya te imaginaras porque se comportan de esa forma.
Nunca fui a la universidad, así que no sé cómo debe de ser un universitario.
—¿Tú solías venir aquí y hacer lo mismo que ellos, cuando estabas en tu época de universidad?
—Pues, verás, yo no estudie la universidad.
¡Que sorpresa! ¿No estudio la universidad? Teníamos eso en común.
—¿No la estudiaste?
Asintió.
—La escuela no siempre es la respuesta para forjarte un futuro prometedor. Así que no, no fui a la universidad, pero si solía venir a este lugar.
Sonreí. Era muy curioso que un hombre como Ángel no hubiese tenido estudios universitarios. ¡Y tenía mucha razón! Al final el futuro depende de ti, no de una escuela o alguna opinión ajena. Yo misma lo confirmaba con mi falta de educación escolar.
—¿Te emborrachaste alguna vez?
—No. Nunca me he emborrachado. ¿Y tú?
Supongo que él siempre debía mantener su buena compostura.
—Yo tampoco. Aprendí a beber a los catorce años. Román me enseñó, me dio consejos y tips. Aunque trabajaba en un prostíbulo, la orden del padrote era que ninguna de nosotras debía perder los sentidos con el alcohol o la droga y bueno, en mis primeros momentos de cabaret, a mí me tocaba estar en la barra. Ningún hombre podía estar conmigo. Yo solo les servía las bebidas.
—¿Román nunca se emborrachaba?
—Creo que no. Bueno no sé. Nunca lo vi borracho, aunque si solía beber de vez en cuando.
Subimos unas escaleras para poder llegar a la segunda planta. Entramos a un lugar con mucho estilo. Había varias mesas ocupadas por la chaviza y la pista de baile estaba un poco abarrotada. El ambiente olía a alcohol y tabaco.
En una mesa vi a todos esos chicos que estuvieron en el viaje con nosotros, Claudia, Jacob, Daniela y otros más.
—¡Hey! Pensamos que no iban a venir.
—Tuvimos un retraso, había mucho tráfico.
De eso no me había percatado.
—¡Hola! —Saludé.
Claudia correspondió a mi saludo.
—¡Qué bueno que están aquí! —dijo ella.
Daniela estaba sentada, tenía un caballito de alcohol en la mano. Me estaba mirando y parecía molesta.
—Pedimos sus bebidas —dijo Jacob.
A mí me dieron un vaso. La bebida era de color azul y sabía a vodka. Solamente le di un trago.
El vodka solía subirse rápido por las venas y yo no quería romper mi autocontrol.
—¿Cómo has estado? —Pregunté a Claudia.
—Muy bien. Ya falta menos de lo que parece. La verdad es que estoy nerviosa. Ya sabes, solo te casas una vez en la vida y eso me emociona.
¿Una vez en la vida? Hoy ese pensamiento se ha desgastado.
Me pareció lindo que ella tuviera mucha fe en su matrimonio y es que, de alguna u otra forma yo también pensaba igual. Solo te casas una vez en la vida con mucha emoción, claro, a menos que el esposo se muera o te sea infiel.
—Sí. Me da mucha felicidad que estés emocionada. ¡Algún día espero poder sentirme igual que tú! También me pienso casar.
No había pensado en mis palabras. Claudia se emocionó más y Ángel, bueno, su mirada se había clavado con mucha atención en mí.
—Ya verás que si amiga. Solo es cuestión de que Ángel se anime.
Él bajo su mirada justo cuando su hermana termino de hablar. Apareció una sonrisa en su rostro y yo quise intentar descifrar lo que significaba esa sonrisa.
La idea de un matrimonio con Ángel no había pasado por mi cabeza.
—Ah. Es que Ángel y yo...
Mi celular comenzó a vibrar. Él estaba llamando.
—¿Dónde estás? —Su voz me hizo pensar—. Te he estado buscando, pero no te encuentro, ahora estoy subiendo unas escaleras del bar.
Román había llegado.
—Estoy en la segunda planta, en un...
Lo vi llegar. Vestía unos vaqueros negros y una playera del mismo color. Si bien, el color favorito de Román era el negro, realmente se veía muy bien con esa combinación que traía puesta. Tenía el celular pegado a su oído.
—¡Ya te vi! —Dijo cuándo nuestras miradas se cruzaron.
Colgué. Sonreí. Me puse de pie y fui hasta él.
—¿Ellos son tus nuevos amigos?
Hizo un gesto con las cejas hacía la mesa en donde yo estaba sentada segundos atrás.
—Mmmmm no realmente. Solo Ángel y su hermana.
—¿La que se va a casar?
—¡Exacto! —Hice una pausa—. Ven, te presentaré.
Di un paso, pero al instante, su mano me tomó de la muñeca.
—Tranquila. ¡No es necesario! Yo solo venía de rápido.
¿Eso era verdad?
—¿De rápido? Se supone que este es el ambiente más cercano a lo que nosotros solíamos llamar hogar. ¿No quieres quedarte un ratito?
El prostíbulo fue nuestro hogar por algunos años, aunque claro, este lugar no se le acercaba ni en lo más mínimo. ¿Román extrañaría aquel lugar? Su gesto me gustaba.
Su seriedad siempre me agradaba.
—Está bien. Me quedare solo porque tú me lo pides y yo, pues no tengo compañía en casa.
¡Auch! Eso me dolió. Era verdad que él estaba solo y no tenía a nadie más. Me soltó la muñeca y comenzamos a caminar. Todos nos estaban mirando con detenimiento y sorpresa.
—Chicos, quiero presentarles a alguien. Él es Román.
Algunos correspondieron y dieron una cálida bienvenida al bravucón.
—¡Un gusto Román! —dijo Claudia.
Ángel me estaba mirando, Román también me estaba mirando. ¡Qué situación!
—Qué bueno que nos acompañas, ¿eres hermano de June?
—Soy su hermano.
Mintió. ¿Por qué? Yo no tenía miedo en decir la verdad. Él era mi amigo, eso lo sabía muy bien.
—¿Gustas un trago?
Los chicos empezaron a conversar y nosotras estábamos hablando sobre lo genial que sería la boda. De vez en cuando no podía evitar mirar a mis dos muchachos, ellos intercambian miradas serías y frías. ¿Por qué? ¡No lo sé! Solo ellos entendían.
Empezó a sonar una canción de Bad Bunny.
—¡Vamos a bailar! —La emoción de Daniela era mucha.
Todas se levantaron y corrieron a la pista. Román se me quedó mirando y yo le sonreí. Las muchachas estaban perreando y sacudiendo sus cuerpos. ¡Yo perreaba mejor que ellas! Me puse de pie y él me pidió que le acompañará afuera.
—Tengo que irme —dijo Román.
—Pero, no han pasado ni quince minutos desde que llegaste.
Estábamos recargados contra el barandal.
—Eso lo sé. Esa gente no es mi tipo de compañía y siento que estoy perdiendo mi tiempo con ellos.
—A veces pueden ser superficiales, pero...
—Solo vine a entregarte esto.
De su chaqueta saco un cuaderno. Era mi cuaderno. ¡Mi vida escrita y lo más profundo de mí!
—¡Estas bromeando! —No lo podía creer—. ¿Enserio lo trajiste? ¡Muchas gracias!
Tomé el cuaderno con mucha emoción y lo apreté a mi cuerpo.
—De nada. Yo te hice una promesa y así la cumplo.
—Lo sé. ¡Gracias Román! En verdad.
Asintió.
—Antes de irme, necesito preguntarte algo.
—Por supuesto.
—¿Ángel y tú han tenido sexo?
No esperaba esa pregunta, abrí los ojos como platos y sonreí de forma tímida.
—No. No me he acostado con ningún hombre desde que escapé.
—¿Te gusta él?
—No pienso así de Ángel, verás, yo...
—¿Yo te gustó?
Quedé impactada. ¿Cuál era la respuesta a su pregunta? La relación entre Román y yo era fuerte debido a que los dos siempre decíamos las cosas de forma directa y sin tapujos. Quizá si me había enamorado de él al principio, después, ni yo misma sabia como era nuestra relación y ahora tenía que responder a su pregunta.
—Tampoco he pensado así de ti.
—¿Podrías intentarlo?
No pude evitar sentirme como en shock.
—¿Me estás pidiendo que yo intenté que tú me gustes?
—Por supuesto. Soy un hombre y me conoces perfectamente. ¿A caso no puedo tener una oportunidad contigo?
—Estás jugando conmigo ¿verdad?
—¿Cuándo he jugado yo contigo?
—Nunca has jugado conmigo, pero ¡te pasas! Me estás pidiendo algo que ni siquiera yo misma sé, porque resulta que ahora mismo...
—Entonces te gusta Ángel —me interrumpió.
—Que no me gusta Ángel y tú te estás apresurando a pensar las cosas.
Solté un suspiro. Se acercó un poco más a mí.
—¡Lo siento! Pero necesito aprovechar cualquier oportunidad. No quiero que te vuelvas a escapar de mi vida.
Y me abrazo. Así bien fuerte y a todo calor, me envolvió con sus brazos fuertes y su aroma me inundó por completo. Era muy agradable sentir su cercanía.
—Román, tú...
—Tengo que irme. Saldré varios días, piensa en lo que te dije.
Sus brazos me soltaron. ¡Se marchaba ahora! ¡Pero recién me había encontrado!
—Pero...
Dio media vuelta, bajo la escalera y despareció a toda velocidad. Atravesó ese pasillo lleno de gente, el cuaderno estaba en mi pecho y él no quiso escucharme. Me quedé apoyada, mirando a todos esos chicos del pasillo que bailaban, se carcajeaban y bebían. ¿Qué pasaba con todos ellos? ¿Qué pasaba conmigo?
Ahora volvía a tener el cuaderno que hablaba de todo mi pasado y que, de alguna u otra forma, contaba la historia de una prostituta. ¿Por qué sigo llamándome prostituta? Supongo que yo misma sigo discriminando mi vida y no puedo aceptar que ahora estoy libre de todos mis pesares. ¡Apenas tengo dieciocho!
—¿Está todo bien?
Me gire a mirarle.
Ahora era el turno de Ángel. La luz de la noche le sentaba muy bien. Sus cejas bien pobladas y sus labios bien dibujados capturaban mi atención.
—Todo bien. Estaba mirando a toda esa gente.
—¿Y Román?
¿Ahora le interesaba Román? Bajo su vista hacia mi cuaderno.
—Tuvo que irse.
—¿Y tú?
—¿Yo?
—¿Quieres irte?
—Ah, pues no sé. Me da lo mismo si nos quedamos o nos vamos. ¿Tú te quieres ir?
Su gesto era curioso. Evadió mi pregunta.
—¿Quieres bailar?
Seguía sonando un reguetón de moda.
—¿Perrear contigo?
Su risa apareció entre la música.
—Sí. Aunque no soy muy bueno.
—Pues podemos intentar.