En una mansión aislada entre bosques nevados, el antiguo clan Vane oculta secretos que podrían destruir el mundo vampírico. Julian Vane, un vampiro de doscientos veinte años, ha perdido toda conexión con su humanidad, hasta que conoce a Leo Ardent, un joven restaurador de arte cuya sangre guarda un misterio ancestral.
Atraídos por una conexión inexplicable, ambos se adentran en una historia de obsesión, secretos familiares, celos y deseos prohibidos. Pero mientras el pasado amenaza con repetirse, Julian deberá enfrentar una verdad aterradora: la sangre puede unir sus destinos, pero jamás garantizar que Leo llegue a amarlo.
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Capítulo 8.
La biblioteca oriental estaba situada detrás de una escalera secundaria, en una zona de Blackthorn que parecía haber sido abandonada durante décadas.
Las paredes estaban cubiertas de paneles de nogal. Había mapas antiguos, vitrinas con objetos arqueológicos y estantes repletos de libros encuadernados en cuero.
Adrian abrió una puerta y encendió varias lámparas.
—Mi familia lleva siglos acumulando cosas —explicó—. A veces compran colecciones enteras sin saber qué contienen. Otras veces las adquieren precisamente porque no quieren que nadie más las encuentre.
—¿Y cuál es el caso de estos manuscritos?
—Probablemente ambos.
Leo dejó su abrigo sobre una silla y comenzó a examinar los documentos.
Trabajaron durante casi una hora. Adrian le contó historias sobre los antepasados Vane, sus negocios y las extrañas circunstancias en las que algunas obras habían llegado a la mansión.
No parecía preocupado por los secretos de su familia. Más bien, daba la impresión de haberse acostumbrado a ellos.
—¿Todos los Vane son tan reservados? —preguntó Leo.
—No. Algunos somos reservados por elección. Julian lo es porque cree que revelar una emoción equivale a conceder una victoria.
Leo fingió concentrarse en un manuscrito.
—No me interesa demasiado la personalidad de Julian.
—Por supuesto.
—Estoy hablando en serio.
—Y yo estoy siendo extraordinariamente educado al no reírme.
Leo le lanzó una mirada de advertencia.
Adrian levantó las manos.
—Está bien, está bien. No volveré a mencionarlo.
Pasaron otros veinte minutos antes de que Leo encontrara una carpeta que no correspondía al resto de los documentos.
No tenía título. Solo un pequeño símbolo estampado en la cubierta: una rosa atravesada por una línea vertical.
Al abrirla, encontró una serie de planos antiguos de Blackthorn.
Leo se inclinó sobre ellos.
—Adrian, ¿sabes si la mansión tiene un ala occidental cerrada?
La sonrisa del otro desapareció.
—¿Dónde has visto eso?
—En este plano. Hay una escalera que no aparece en los planos modernos y varias habitaciones detrás de una pared.
Adrian se acercó para observar el dibujo.
—Esa sección fue clausurada hace mucho tiempo.
—¿Por qué?
—No lo sé.
Leo lo miró.
Adrian sostuvo su mirada durante unos segundos y después suspiró.
—Está bien. Sé una parte de la historia. Hubo un incendio. Mi familia decidió cerrar el ala y trasladar todo lo que quedaba allí a otras habitaciones.
—¿Un incendio que destruyó toda una sección de la mansión?
—Eso es lo que cuentan.
Leo volvió a estudiar el plano.
Había algo extraño en las proporciones. Una pared parecía demasiado gruesa y el espacio detrás de ella no coincidía con la distribución de las habitaciones.
Era el tipo de irregularidad que un arquitecto podría ignorar.
Pero Leo había pasado años examinando estructuras antiguas. Sabía reconocer una habitación que había sido ocultada deliberadamente.
—Quiero verla.
Adrian lo miró con una expresión que mezclaba admiración y preocupación.
—Empiezo a entender por qué Julian está tan nervioso contigo.
—¿Y por qué crees que está nervioso?
—Porque, por primera vez en mucho tiempo, alguien ha llegado a esta casa y no parece dispuesto a obedecerlo.
Leo cerró la carpeta.
—Entonces quizá debería acostumbrarse.
Adrian sonrió.
—Definitivamente me caes bien.