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Resucitado Por Venganza

Resucitado Por Venganza

Status: En proceso
Genre:Romance / Reencuentro / Venganza
Popularitas:185
Nilai: 5
nombre de autor: Galeano

Devastada y embarazada, Isabella crio sola a su hijo durante diez años. Pero Alexander no murió: la mafia rusa exhumó su cuerpo y su verdadero padre lo trajo de vuelta a la vida para convertirlo en el heredero de un imperio criminal.
Ahora, Alexander regresa por el amor de su vida sin saber que un niño lleva su nombre, ni que el verdadero villano es el padre de Isabella, quien está dispuesto a matarlo por segunda vez para proteger sus secretos.

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Capitulo 14

El sol de la mañana se filtraba entre las copas de los árboles que alineaban la avenida principal, pintando sombras doradas sobre el asfalto. Isabella caminaba a paso tranquilo, sosteniendo con firmeza la mano pequeña y cálida de Alex. El niño, ataviado con su uniforme escolar y una mochila azul que le pesaba en la espalda, avanzaba dando pequeños saltos mientras le contaba con entusiasmo desbordante los detalles de su proyecto de ciencias.

—¡Y el profesor dijo que si la maqueta del volcán funciona, me pondrá un diez directo, mamá! —exclamó Alex, mirando a su madre con esos ojos azules tan intensos y deslumbrantes que a Isabella aún le oprimían el corazón con un dulce pellizco de nostalgia.

—Estoy segura de que así será, mi amor. Trabajaste muy duro en ella —respondió Isabella, dedicándole una sonrisa tibia mientras le acomodaba el cuello de la camisa blanca.

Lo que Isabella e incluso el perspicaz pequeño Alex ignoraban por completo era que no caminaban solos. Apenas unos metros detrás de ellos, un hombre de aspecto común, vestido con ropa deportiva y auriculares inalámbricos, trotaba a un ritmo constante sin perder de vista cada ángulo de la acera. Más adelante, un sedán gris de cristales levemente oscurecidos avanzaba a paso de rueda, coordinando la ruta mediante señales imperceptibles. Y en la azotea del edificio de la esquina, un observador con binoculares de alta precisión escaneaba los callejones adyacentes.

Eran los hombres del clan Rostova. Una red invisible, coordinada con disciplina militar y precisión quirúrgica, desplegada con una sola consigna irrefutable: velar por la vida de la mujer y el hijo de Alexander sin dejar el menor rastro de su presencia.

A varios bloques de distancia, en el penthouse del rascacielos Le Prestige, la atmósfera era de una seriedad aplastante. El amplio salón principal había sido transformado en un centro de mando táctico temporal. Múltiples monitores de alta resolución proyectaban tomas en directo desde las cámaras de seguridad urbanas hackeadas y las lentes encubiertas del equipo de campo.

Alexander permanecía de pie frente a las pantallas, erguido como una estatua de bronce. Vistiendo un pantalón de vestir oscuro y una camisa negra con las mangas remangadas hasta los antebrazos, sostenía una taza de café amargo en la mano. Sus ojos azules, fríos y calculadores, escudriñaban cada esquina del recorrido que realizaban su esposa y su hijo.

—El sector tres está limpio, señor Rostova —informó Dimitri, el jefe del operativo de campo, a través del canal encriptado de comunicación—. No detectamos vehículos sospechosos ni seguimiento por parte de las facciones locales.

—Mantengan la distancia de seguridad —ordenó Alexander con una voz grave que resonó con autoridad en la sala—. Si Alex o Isabella se sienten observados, habrán fallado. Quiero una burbuja impenetrable, pero totalmente transparente para ellos. Isabella ha sufrido suficiente violencia en su vida; no permitiré que sienta pánico en sus propios paseos matutinos.

—Entendido, señor. El agente Petrov ya tomó posición en el cruce peatonal de la escuela.

En la pantalla central, Alexander observó cómo su hijo tropezaba levemente con el borde de la acera al intentar esquivar un charco. Instintivamente, Alexander dio un paso hacia el monitor, apretando el puño libre hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Un segundo después, Isabella sujetó al niño por el brazo con agilidad, evitando la caída y estallando en una risa suave mientras el pequeño se encogía de hombros avergonzado.

Alexander dejó escapar el aire de sus pulmones en un suspiro largo y pesado. La impotencia de no poder ser él quien estuviera allí para sostener la mano de su hijo o para reír junto a Isabella le desgarraba las entrañas. Sin embargo, la razón prevalecía sobre el impulso. Sabía que exponerse ahora, sin haber neutralizado las amenazas que diez años atrás destruyeron su hogar, significaba poner un blanco en la espalda de su familia.

De pronto, la toma de la cámara de la esquina captó un detalle anormal. Un furgón blanco sin matrícula visible redujo la velocidad de manera abrupta al aproximarse al paso peatonal donde Isabella y Alex esperaban el cambio de luz del semáforo. La puerta lateral del vehículo se entreabrió apenas unos centímetros.

La sangre de Alexander se congeló en sus venas.

—¡Dimitri, furgón blanco a las doce! —rugió Alexander por el intercomunicador, dejando caer la taza de café al suelo, donde se hizo pedazos sobre el mármol.

Antes de que la orden terminara de salir de sus labios, la sombra protectora actuó de forma magistral. El sedán gris que seguía la ruta se cruzó de manera aparentemente torpe en el carril central, bloqueando el avance directo del furgón blanco y obligándolo a frenar de golpe con un chillido de neumáticos. Al mismo tiempo, el supuesto deportista que trotaba detrás de Isabella aceleró el paso, colocándose estratégicamente entre la calle y la posición del niño, fingiendo estirar los gemelos mientras su mano derecha permanecía oculta bajo la chaqueta, lista para desenfundar.

Isabella, concentrada en abrochar el abrigo de Alex, apenas notó el leve alboroto del tráfico. Miró de reojo la maniobra del coche gris, pensando que se trataba simplemente de un conductor descuidado, tomó a Alex de la mano y cruzó la calle con total tranquilidad en cuanto el semáforo dio paso a los peatones.

Tres segundos después, dos motocicletas de la seguridad de Alexander cerraron el paso al furgón blanco en el siguiente callejón, obligando al vehículo sospechoso a desviarse bruscamente hacia las afueras de la zona residencial.

—Furgón neutralizado y desviado del perímetro, señor —reportó Dimitri con la respiración ligeramente agitada—. Los ocupantes eran delincuentes comunes buscando oportunidades de robo exprés. Mis hombres se encargarán de que no vuelvan a acercarse a este distrito.

En el penthouse, Alexander apoyó ambas manos sobre la mesa de control, respirando con dificultad mientras la adrenalina comenzaba a bajar. En la pantalla, vio la silueta de Alex cruzando el portón de la escuela, despidiéndose de su madre con un beso rápido en la mejilla antes de correr hacia el patio de juegos. Isabella agitó la mano en el aire, se quedó observando a su hijo durante un par de minutos con la mirada llena de orgullo y luego dio media vuelta para emprender el camino de regreso.

—Buen trabajo —murmuró Alexander, recuperando la compostura y limpiándose una gota de sudor frío de la sien—. Aumenten la cobertura en el horario de salida escolar. Quiero dos hombres de retaguardia adicionales cuando ella regrese sola a casa.

—Se hará de inmediato, señor Rostova.

Alexander se quedó a solas en la sala. Avanzó hacia el enorme ventanal que dominaba la ciudad y fijó la vista en la dirección donde se encontraba el colegio de su hijo. La sombra protectora había funcionado, salvaguardando la paz de las dos personas que constituían todo su universo. Pero Alexander sabía que la distancia era un tormento que no podría soportar por mucho más tiempo.

Pasó la mano por su rostro, sintiendo el peso de la armadura que llevaba puesta. La protección invisible era solo el primer paso de su estrategia. Necesitaba acercarse, escuchar la voz de su hijo sin la mediación de un altavoz y mirar a Isabella a los ojos para medir el alcance de las cicatrices que el tiempo le había dejado.

—Falta poco, mi pequeño Alex... Falta muy poco, Isabella —susurró Alexander hacia el viento de la ciudad—. Las sombras que los cuidan pronto tendrán el rostro del hombre que nunca dejó de amarlos.

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