Tres años de matrimonio. Un Alfa que nunca dijo «te amo». Y un divorcio firmado el mismo día en que ella descubre que está embarazada.
Aurora Bennett lo había dado todo por Alexander Sterling: su carrera, su juventud, su lugar como Luna de la manada Crescent Ridge. Pero cuando él la deja sin nada para volver con su primer amor, Aurora toma una decisión: desaparecer y criar a su hijo lejos de él, donde nadie pueda volver a usarlos.
Cinco años después, la doctora Bennett es una cirujana respetada que lo ha reconstruido todo desde cero. Hasta que el destino la devuelve al lugar que juró no pisar jamás, y frente a frente con el hombre que la abandonó.
Alexander no es el mismo. Ahora la mira como si no pudiera respirar sin ella, y quiere recuperar lo que perdió. Pero hay un niño de ojos azules que todavía no sabe quién es su padre, una esposa que no piensa soltarlo y un vínculo de pareja destinada que arde más fuerte que nunca.
¿Se puede perdonar a quien te rompió el corazón? ¿Y qué pasa cuando el Alfa que te dejó ir descubre que ya es demasiado tarde?
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Capítulo 16
Capítulo 16
Lo iba a matar, carajo.
Mis puños seguían cayendo sobre su cara y yo lo veía todo rojo. No tenía ni idea de con quién se estaba metiendo, y haberle puesto las manos encima a ella era un error que iba a pagar caro.
—¡Matteo! ¡Matteo, para! ¡Lo vas a matar! —gritó Jessica, tratando de apartarme.
Me agarró la mano y me hizo girar, y sus manos me tomaron la cara.
—Para, Matteo. Por favor, para. No vale la pena. Suéltalo, Matteo.
La rabia seguía ahí, pero su tacto me calmaba y sosegaba a la bestia que llevaba dentro.
Tenía ese efecto en mí.
Le tomé la mano y la saqué de entre la gente.
Aurora estaba con Alexander, que la tenía abrazada con fuerza y fulminaba con la mirada a cualquiera que se atreviera a voltear hacia ella.
—Vámonos.
—Matteo...
—Vámonos.
—Yo no me voy a ningún lado. ¿Qué carajos te pasa, imbécil? Voy a llamar a la policía y...
La cargué sobre el hombro y salí del club.
Me golpeaba la espalda y gritaba a todo pulmón.
—Bájame, Matteo. Ahora mismo. Hablo en serio. ¡Bájame! ¡Matteo!
Sin hacerle caso, abrí la puerta de mi auto y la metí.
—Matteo, ni se te ocurra manejar o te juro por Dios que...
Subí tras ella y me senté a su lado. No pensaba llevármela lejos del club y dejar atrás a su amiga.
Solo quería sacarla de ahí.
—Escucha, princesa. Si me hubiera puesto a escucharte, no estaría donde estoy. Así que si tienes la bondad de callarte y no abrir esa boquita, te llevo de regreso.
—¿Cómo sabías que íbamos a estar aquí?
—No lo sabía. Estaba en el club con mi hermano y mis amigos. Te vi entrar y bajé a ver cómo estabas. Tú no eres de las que vienen a un antro, Jess. Entonces, ¿qué carajos haces aquí? Y con ese maldito vestido, además. ¿Tienes idea de cuántos hombres te estaban mirando? ¿Sabes lo que pensaban? No, claro que no. Porque eres una tonta que no tiene ni idea de lo que hace ni de en qué se está metiendo. Te pudiste meter en un problema serio y ni cuenta te diste. Vestirte como si quisieras que te cogieran y todavía tener el descaro de mandarme al diablo es lo más estúpido que has hecho, Jess. Este no es tu ambiente, y te dije que te mantuvieras lejos.
—¿Por qué? ¿Es porque te importo, o nada más quieres cogerme otra vez para sacarte las ganas y volver a fingir que no existo? ¿Eh? ¿O de verdad quieres que me mantenga lejos porque no confías en ti cuando estás cerca de mí? —dijo arrastrando las palabras, sacando el pecho.
—Cállate, Jess. No sabes lo que estás diciendo, y este no es el momento de tener esta conversación.
—¿Y cuándo va a ser el momento? Porque lo único que veo es el deseo escrito en toda tu cara. Nada más quieres cogerme, ¿verdad? Pues hazlo. Te reto, maldita sea.
Con los ojos entrecerrados, empezó a quitarse por debajo del vestido la tanga roja de encaje.
Carajo.
La verga ya la tenía dura, y mi lobo rogaba por salir.
La quería, la necesitaba.
Pero no así.
No cuando estaba borracha y no sabía lo que hacía.
No cuando no estaba en sus cabales ni pensaba con claridad.
No iba a cogérmela otra vez para después dejar que se fuera como la última vez. La Jessica sobria no cedería tan fácil, pero la Jessica borracha era otra historia.
Esta mujer iba a ser mi perdición.
—No sabes lo que haces, Jess. Estás borracha y no piensas con claridad. Ponte la tanga y para. No es el momento.
—Sé exactamente lo que hago. Tú has sido un pendejo, y ahora me toca a mí. No puedes decirme qué hacer ni qué no hacer. Deja de pensar en ti y concéntrate en mí. Hazlo, Matteo. Hazlo de una puta vez. Hazme gritar tu nombre y veamos quién se rompe primero.
—No quieres jugar conmigo, Jess. Porque vas a perder. No me da miedo tomar lo que es mío.
—Como no me dejas acostarme con otro hombre, tendrás que servir tú. Así que ¿por qué no te levantas de ese asiento y me coges? Para eso me sacaste de ahí, ¿no? Pues te estoy dando lo que quieres, que es sexo.
—No. No te saqué de ahí para cogerte, princesa. ¿Eso piensas de mí? Ponte la tanga, Jessica. Voy por Aurora y luego las llevo a su casa. No me digas que Noah está solo en casa —pregunté, esperando que no fueran tan descuidadas.
Resopló, buscando la tanga en el lugar donde la había tirado.
—Le conseguimos niñera. No somos tontas, Matteo.
Puse los ojos en blanco y solté un suspiro.
Claro que iba a preocuparme.
Ella no me lo ponía fácil, y entre más tiempo estuviera aquí, más difícil sería resistírmele.
—Quédate aquí y no te muevas. Voy a buscar a Aurora y las llevo a las dos a su casa. Acuérdate de que no podemos arriesgarnos a que Alexander la lleve y se entere de lo de Noah.
Agitó la mano y se recargó en el asiento.
—Apúrate.
—No me digas qué hacer.
Salí del auto y cerré la puerta.
Tenía el presentimiento de que la iba a abrir y se iba a bajar, así que tenía que darme prisa y volver antes que ella.
Mis pies avanzaban hacia el club y el corazón me latía a mil.
Esta mujer me estaba haciendo perder la cabeza, y eso era malo.
Jess era una maldita reina de ajedrez, y la forma en que yo estaba actuando no era buena señal.
Esta mujer no solo me volvía loco, también me estaba cambiando y sacando lo peor de mí.
Y si no tenía cuidado, iba a terminar perdiéndola para siempre.