En su vida anterior, Elena fue ingenua, confió en las personas equivocadas y pagó el precio más alto. Engañada por su media hermana Beatriz y su prometido Mateo, vio cómo le arrebataban la empresa familiar antes de ser eliminada en un "accidente" orquestado. Pero el destino le dio una segunda oportunidad.
Al abrir los ojos, Elena descubre que ha regresado tres años en el tiempo, justo a la noche de su fiesta de compromiso y minutos antes de ceder sus valiosas acciones.
Con los recuerdos intactos y el conocimiento exacto del futuro, esta vez no habrá espacio para la compasión. Romperá el compromiso, tomará el control del imperio familiar y hará caer uno a uno a quienes la traicionaron. Y mientras su ex-prometido desespera por recuperarla, Elena encontrará en Sebastián la alianza perfecta y el amor sincero que siempre mereció...
"Regresé del infierno no para perdonar, sino para cobrar cada deuda."
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Capítulo 21: El legado benéfico y la nueva visión corporativa
Con el mercado global firmemente dominado y la estabilidad de Silva-Rossi Global garantizada a largo plazo, Elena decidió enfocar parte de su inmensa influencia y recursos en un proyecto que su difunto padre había soñado fundar años atrás: la Fundación Silva para la Educación y el Desarrollo Tecnológico, un espacio dedicado a becar a jóvenes talentos de bajos recursos en el campo de la ingeniería y la ciberseguridad.
Una tarde soleada de primavera, las instalaciones provisionales del centro comunitario en el distrito histórico de la capital se encontraban listas para la ceremonia de colocación de la primera piedra.
Elena, vistiendo un elegante abrigo de maternidad en tonos marfil y blanco, caminaba por el predio acompañada por Sofía, quien ahora fungía como directora general de operaciones filantrópicas de la fundación.
—Los fondos iniciales transferidos por el consejo directivo superan los diez millones de dólares, señorita Elena —informó Sofía con una sonrisa cálida, revisando los planos arquitectónicos en una tableta—. Los primeros quinientos estudiantes seleccionados comenzarán los cursos especializados de programación y robótica el próximo semestre.
—No son solo fondos, Sofía; es abrirles la puerta a un futuro donde el talento y el esfuerzo valgan más que el apellido o la cuna —respondió Elena con una profunda serenidad en la mirada—. En el pasado, aprendí que el poder real no sirve de nada si no se utiliza para construir bases sólidas que impidan que otros sufran las injusticias que yo misma viví.
En ese momento, un elegante vehículo se detuvo frente a la entrada del predio. Sebastián descendió con rapidez y caminó hacia ellas bajo la luz del sol, portando una carpeta con los permisos notariales definitivos aprobados por el municipio.
—Los permisos de construcción han quedado sellados sin ninguna objeción burocrática —anunció Sebastián con una sonrisa devota, besando suavemente la mejilla de Elena—. Nadie se atrevería a poner trabas a un proyecto respaldado por el Grupo Rossi y Silva-Rossi Global.
—Gracias, Sebastián —murmuró Elena, entrelazando su mano con la suya mientras observaban los cimientos de lo que sería el futuro edificio principal—. Este lugar llevará el nombre de mi padre, pero el legado que estamos construyendo le pertenece por completo a nuestro hijo y a las generaciones que vienen detrás.
Mientras tanto, a kilómetros de distancia de allí, en un discreto café del centro financiero, una figura del pasado observaba las transmisiones en vivo de la televisión local que cubrían el evento filantrópico.
Sentado en una mesa apartada y vistiendo una gorra oscura que ocultaba parte de su rostro, Mateo Peralta —quien había logrado obtener un permiso especial de salida temporal bajo supervisión estricta debido a un recurso técnico presentado por su nuevo defensor de oficio— apretaba con fuerza una taza de café caliente. Sus ojos reflejaban un resentimiento oscuro y enfermizo al ver la imagen triunfante de Elena sonriendo junto a Sebastián en las pantallas.
Ella lo tiene todo... el poder, el dinero, la familia, el respeto del mundo entero... y yo lo perdí absolutamente todo por su culpa, pensó Mateo, sintiendo que la rabia le quemaba el pecho.
A su lado, un abogado de aspecto desaliñado le tocó el hombro con precaución.
—Mateo, olvídate de ella. Los tribunales rechazaron la apelación definitiva la semana pasada. Intentar acercarte o planear algo en su contra solo garantizará que pases el resto de tu vida en una celda de máxima seguridad.
Mateo soltó una risa seca, desprovista de cualquier atisbo de cordura.
—No necesito acercarme a ella para destruirla... todavía hay cabos sueltos que podemos mover en las sombras —susurró Mateo con una malicia helada, mientras guardaba en el bolsillo de su abrigo un viejo documento con los nombres de antiguos accionistas descontentos.
Sin embargo, lo que Mateo ignoraba por completo es que cada uno de sus movimientos ya estaba siendo monitoreado de cerca por los servicios de inteligencia privada que Sebastián había asignado para proteger permanentemente el entorno de Elena. El juego del gato y el ratón había terminado hacía mucho tiempo; ellos ya no jugaban en la misma liga.