n plena boda, la mejor amiga de Lucía Herrera expone sus fotos íntimas. Su prometido la llama zorra, la golpea y le arranca el vestido de novia… para casarse con la traidora.
Cinco años después, Lucía regresa con sus mellizos, Mateo y Sofía, sin saber quién es su padre. Hasta que se cruza con Adrián Valdés, un poderoso CEO que parece la versión adulta de Mateo.
—Quiero a mis hijos conmigo.
—No voy a separarme de ellos.
Mateo se planta frente a él. Sofía se aferra a la mano de su madre.
—¡No se meta con mi mami, imbécil! ¡Primero tendrá que vérselas conmigo!
Pero el padre de los mellizos también es el tío de su ex. Y para no perder a sus hijos, Lucía acepta casarse con él por contrato.
Esta vez, vuelve a la familia Valdés por la puerta grande.
El hombre que la echó de su propia boda tendrá que llamarla tía.
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Capítulo 21
Capítulo 21. Una prueba de paternidad
—Lo crea o no, señor Valdés, Mateo y Sofía no tienen nada que ver con Nicolás —dijo Lucía, bajando la mirada.
En aquel entonces había creído que el hombre del hotel era Nicolás. Solo después había descubierto la trampa de Natalia.
El hombre con quien había tenido su primera vez no era él. Y ella tampoco sabía quién era.
Enterarse en plena boda casi la había destrozado.
No había imaginado que tendría tanta «suerte»: una sola noche había bastado para quedar embarazada.
Ella y Nicolás nunca se habían acostado. ¿Cómo podían ser suyos los mellizos?
Adrián seguía observándola con aquella mirada incisiva. Parecía que aún dudaba.
Lucía respiró hondo antes de hablar despacio.
—Puede parecerle ridículo, pero yo tampoco sé quién es el padre.
En todo caso, no era Nicolás.
Adrián se sorprendió. Hasta le pareció absurdo.
¿Cómo podía una madre no saber quién era el padre de sus hijos? ¿Cómo había podido ser tan descuidada?
Era una explicación difícil de creer.
El silencio se volvió denso. Entonces llegó la voz de Mateo desde el baño.
—Mami, se me olvidó la ropa. ¿Me la traes?
Lucía deseaba escapar de aquel ambiente opresivo. Iba a levantarse, pero Adrián la detuvo con una mano.
—No te muevas. Yo se la llevo.
No había olvidado la herida del pie.
Ella no quería molestarlo, pero él no parecía dispuesto a aceptar una negativa. Tuvo que quedarse sentada.
—Gracias. Está en el armario de la habitación.
Señaló el cuarto que compartía con sus hijos.
Adrián asintió y entró. Sofía salió del cuarto con sus bloques, dejándolo pasar.
Vio el armario enseguida. Lo abrió, pero solo encontró vestidos y ropa de mujer.
Al abrir el cajón de abajo, descubrió la ropa de los mellizos, doblada con cuidado. Iba a tomar un conjunto cuando percibió aquel aroma que llevaba grabado en la memoria.
Sus pupilas se contrajeron.
En el cajón había un pequeño frasco elegante. Sin poder evitarlo, lo tomó y se lo acercó a la nariz.
Al instante recordó aquella noche de cinco años atrás. En la oscuridad del hotel, la mujer no dejaba de moverse y su aroma lo tentaba una y otra vez…
¡Era la fragancia que llevaba cinco años buscando!
Lucía no se había quedado tranquila y terminó por ir ella misma a la habitación. Al verlo absorto con el frasco en la mano, explicó:
—Ese perfume lo hizo mi padre para mí.
Adrián volvió la cabeza. Algo había cambiado en su mirada. Hasta la voz se le había vuelto ronca.
—¿Tu padre?
—Sí. Le encantaba crear perfumes. Este fue el primero que hizo para mí. Lo llamó «Mi Lucía», por mí. Es único.
Los ojos de ella se apagaron un poco, ensombrecidos por la tristeza.
—Y también fue el último.
Era la última creación que le había dejado su padre. Por eso la conservaba con tanto cuidado y casi nunca se atrevía a usarla.
No advirtió que, a medida que hablaba, en el rostro de Adrián se mezclaban distintas emociones y su mirada se volvía cada vez más indescifrable.
Él miró el frasco.
—¿Es único? —preguntó en voz baja.
Con razón no había logrado encontrar aquel aroma.
Entonces… ¿ella era la mujer de aquella noche?
—Señor Valdés, ¿le pasa algo?
Lucía había notado que seguía mirando el perfume.
Adrián ocultó lo que sentía y recuperó su indiferencia habitual.
—Nada. Voy a llevarle la ropa.
Al pasar junto a ella, Lucía sintió con claridad que algo había cambiado. Pero no supo decir qué.
Adrián llevó la ropa al baño. Mateo ya empezaba a impacientarse.
—Señor, ¿por qué vino usted?
Había aceptado ser su amigo, pero eso no significaba que ya tuvieran tanta confianza.
Adrián no respondió. Estudió el rostro del pequeño sin apartar los ojos.
La maestra había dicho que se parecían como padre e hijo.
Al principio había sospechado que Mateo podía ser hijo de Nicolás. Por eso aquella cara le resultaba familiar.
Pero ahora, cuanto más lo miraba, más claro le parecía que el niño se parecía a él.
Mateo empezó a sentirse incómodo bajo aquella mirada. Se avergonzó un poco, pero lo disimuló provocándolo.
—¿Qué mira? ¿Le da envidia que yo sea más guapo?
Adrián salió de sus pensamientos, le lanzó la ropa y alzó una ceja.
—Pequeño, cuando crezcas un poco, volvemos a hablar de eso.
Se volvió y salió.
Mateo le hizo una mueca a su espalda.
¿El señor presumido seguía mirándolo por encima del hombro?
Adrián no se quedó mucho más. Pronto recibió otra llamada.
Le indicó a Lucía que descansara dos días y volviera a trabajar cuando el pie estuviera mejor. Antes de irse, miró una vez más a los mellizos, que ya estaban juntos en la sala.
Subió al auto que lo esperaba frente al edificio y le entregó a Iván dos bolsitas separadas con cabellos de los niños. Una llevaba el nombre de Mateo; la otra, el de Sofía.
—Encarga las pruebas de paternidad de los dos —ordenó con voz grave.