Luke Evans pasó su infancia protegiendo a su hermana de un hombre violento. Ahora, a los veintisiete años, tiene un taller mecánico en Grecia y una oportunidad de empezar de cero. Solo hay algo que amenaza su tranquilidad:
Aria Greco.
La hija consentida de un poderoso mafioso es todo lo que Luke cree que debe evitar. Sin embargo, un solo beso basta para hacerle perder el control y despertar miedos que lleva años escondiendo. Asustado, se aleja y comete el peor error: decirle que besarla fue una equivocación.
Aria ha crecido rodeada de amor, pero jamás había sentido algo tan intenso como lo que Luke despierta en ella. Herida en su orgullo, decide mantener las distancias. El problema es que ninguno consigue olvidar aquella tarde.
Él teme convertirse en el hombre que más odia. Ella se niega a mendigar amor.
Pero algunas tentaciones son imposibles de resistir.
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Verdadero infierno
Luke
—Por el amor de Dios, Aria.
Suelto una carcajada.
Damián me señala con un dedo y me callo inmediatamente.
—Está bien —responde finalmente—. Está bien. Uno afuera. —Hace una pausa—. Pero estará pendiente de ti y no vas a salir del local sin avisarle.
Escucha.
—Sí, cariño. —Otra pausa—. Yo también te amo.
Su expresión se suaviza y por un instante veo algo que todavía me resulta extraño.
Un hombre poderoso.
Peligroso.
Acostumbrado a conseguir absolutamente todo lo que quiere.
Completamente derrotado por una muchacha de veintiún años que probablemente está sonriendo al otro lado del teléfono.
—¿Dónde van a estar? —pregunta.
Escucho el nombre de un local.
Lo conozco.
Está cerca de la costa, en una zona bastante concurrida.
Pasé por allí hace algunos días cuando fui a buscar unos repuestos.
Tiene una terraza grande.
Música.
Y, según los comentarios de Nikos, una cantidad impresionante de universitarios durante los fines de semana.
Fantástico.
—Envíame la ubicación —continúa Damián—. Y dile a tu hermano dónde vas a estar. —Hace otra pausa—. No, no para que vaya contigo. Solo para que sepa dónde estás. —Su expresión cambia—. Aria Greco. —Otra pausa. Después sonríe—. Yo también te quiero, princesa. Compórtate.
Cuelga.
Permanece varios segundos observando el teléfono.
Después suelta un suspiro tan largo que parece salirle desde el alma.
Yo bajo la mirada hacia mi libreta.
Muy concentrado.
Extraordinariamente concentrado.
En una página donde llevo cinco minutos sin escribir absolutamente nada.
—¿Piensas tener hijos, Evans?
Levanto la cabeza.
Damián está observándome.
—No.
Sonríe.
—Bien.
Frunzo el ceño.
—¿Bien?
—Disfruta esa etapa de tu vida.
Me río.
—¿Tan complicado es?
Damián me observa. Después mira el teléfono.
—Mi hija acaba de convencerme de permitirle salir a una discoteca llena de universitarios que probablemente tienen menos cerebro que una piedra.
Aprieto los labios.
—Aria sabe cuidarse.
Me mira.
Durante un segundo parece sorprendido. Después asiente.
—Lo sé. —Hace una pausa—. Ese es precisamente el problema.
Frunzo el ceño.
—¿Cómo?
—Que sé que mi hija es inteligente, responsable y perfectamente capaz de tomar decisiones. —Se pasa una mano por el cabello—. Pero eso no impide que imagine todas las cosas que podrían salir mal.
Lo observo.
No parece estar bromeando.
—Tiene veintiún años —comento.
Damián me mira lentamente.
—¿Y?
Levanto las manos.
—Nada.
—Exactamente.
Suelto una carcajada.
Él sonríe. Después vuelve a guardar el teléfono.
—Cuando Aria nació, pensé que lo más difícil sería mantenerla a salvo. —Su expresión se suaviza—. Era tan pequeña que podía sostenerla prácticamente con una mano. —Lo escucho en silencio—. Después empezó a caminar. A correr. A subirse a lugares de los que no sabía cómo bajar. —Sonríe—. Y cada vez que se caía, yo quería estar ahí antes de que tocara el suelo.
Me quedo pensando.
Mi padrastro nunca tuvo esa preocupación conmigo.
Al menos no que yo recuerde.
Si me caía, era mi culpa.
Si me lastimaba, probablemente había hecho alguna estupidez.
Y si lloraba... Bueno.
Aprendí bastante rápido que llorar no solucionaba absolutamente nada.
Damián continúa.
—Después creció. —Suelta una risa breve—. Y descubrí que no puedo protegerla de todo.
Lo miro.
—Supongo que eso debe ser difícil.
—No tienes idea. —Sonríe—. Y no quiero tenerla encerrada en una casa. Quiero que viva. Que disfrute. Que conozca el mundo. —Hace una pausa—. Solo me gustaría que el mundo fuera un lugar un poco menos lleno de imbéciles.
Me río.
—Eso ayudaría bastante.
Asiente.
—Muchísimo.
Durante unos segundos guardamos silencio.
Después Damián vuelve a mirar los documentos.
—Bueno. ¿Dónde estábamos?
—En el presupuesto del blindaje.
—Cierto. —Se acomoda frente al escritorio—. Envíame las propuestas cuando las tengas. No quiero que apresures nada.
Asiento.
—Lo haré.
—Y habla con el dueño del galpón de al lado. Si vamos a ampliar el proyecto, prefiero que tengas espacio suficiente.
—Ya tengo su número.
—Perfecto.
Me extiende la mano.
La estrecho.
—Gracias, Luke.
Lo miro.
—¿Por qué?
Señala los vehículos.
—Por tomarte esto en serio.
Asiento.
—Es mi trabajo.
Damián sonríe.
—Lo sé.
Y, por alguna razón, esas dos palabras me resultan más importantes de lo que deberían, porque no suenan como una exigencia. Ni como una orden. Simplemente como la respuesta de un hombre que confía en que haré bien mi trabajo.
Y todavía estoy aprendiendo a acostumbrarme a eso.
*****
Acompaño a Damián hasta la entrada.
Sus hombres están esperando junto a los vehículos.
Uno de ellos abre la puerta del automóvil que lo llevará de regreso.
Damián se detiene.
—Evans.
—¿Sí?
—Una cosa más.
Lo miro.
—Dime.
—Si algún día tienes una hija, recuerda esta conversación.
Sonrío.
—¿Por qué?
Me observa durante unos segundos. Después mira hacia el cielo.
—Porque vas a necesitar toda la paciencia del mundo.
—¿Tanto así?
—Ay, Evans. Ojalá nunca tengas una hija. Porque entonces vas a conocer el verdadero infierno.
Suelto una carcajada.
Damián niega lentamente con la cabeza.
Se despide y sube al vehículo.
Lo observo alejarse. Después regreso al taller.
Tengo trabajo.
Muchísimo trabajo.
Tres vehículos nuevos.
Un proyecto que podría convertirse en una de las oportunidades más importantes de mi vida.
Un segundo galpón que probablemente tendremos que arrendar.
Y una cantidad considerable de decisiones que tomar.
Debería estar pensando en eso.
En presupuestos.
En proveedores.
En contratar más personal.
En conseguir que este negocio siga creciendo.
Pero, por alguna razón, mi cabeza insiste en regresar a una conversación que ni siquiera era conmigo.
Aria va a salir esta noche.
A una discoteca.
Con sus compañeros de universidad.
Sonrío ligeramente. Bien por ella.
Terminó sus exámenes. Merece divertirse.
Después de tantas semanas estudiando, probablemente necesita bailar, reírse y olvidarse de los balances generales durante unas cuantas horas.
Es perfectamente razonable. Completamente normal.
Y no tiene absolutamente nada que ver conmigo.
Tomo una llave y regreso al vehículo que estaba revisando antes de que llegara Damián.
Me agacho.
Compruebo una conexión.
La ajusto.
Y entonces aparece una imagen en mi cabeza.
Aria.
Con el cabello rubio suelto.
Sonriendo.
Bailando.
Un hombre acercándose a ella.
Un desconocido que no tiene idea de quién es, pero que probablemente tardará menos de cinco segundos en comprender que es una de las mujeres más hermosas que ha visto en su vida.
Aprieto los labios.
No. No voy a hacer esto.
Aria puede bailar con quien quiera.
Puede conocer a quien quiera.
Puede besar a quien quiera.
La llave se detiene entre mis dedos.
Mierda.
Esa última parte no me gusta nada. Y eso me convierte en un hipócrita monumental.
Porque fui yo quien se apartó.
Fui yo quien le dijo que besarla había sido un error.
Fui yo quien consiguió que durante semanas apenas pudiera mirarme sin recordar aquella tarde.
Después, cuando finalmente parecía haber recuperado la tranquilidad, descubrí que tampoco me gustaba que dejara de ponerse nerviosa conmigo.
Extraordinario.
Un ejemplo de madurez emocional.
Deberían estudiarme.
Miro hacia la entrada. El Mercedes de Damián ya no está.
Me pregunto a qué hora irá a dejar a Aria.
A qué hora la recogerá.
Si estará con sus amigos de siempre.
Si alguien intentará acercarse demasiado.
Si ella sonreirá de esa manera que tanto me gusta.
Y si quizá esta noche conozca a alguien que no tenga mis problemas.
Alguien que pueda besarla sin asustarse de lo que siente. Alguien que no necesite tres semanas para comprender que cometió una estupidez.
La idea me resulta desagradable.
Muy desagradable, porque, aunque no tenga ningún derecho a sentirme así, hay una parte de mí que todavía recuerda a Aria entre mis brazos.
Sus labios.
Sus manos aferradas a mi camiseta.
La manera en que me miró justo antes de que todo se fuera a la mierda.
Cierro los ojos.
Respiro.
Después vuelvo a concentrarme en el automóvil.
Tengo que dejar de pensar en ella.
De verdad.
Tengo que hacerlo.
Pero entonces recuerdo las últimas palabras de Damián antes de subir al vehículo.
Su expresión resignada.
La manera en que suspiró después de hablar con su hija.
Y casi puedo escucharlo otra vez.
—Ay, Evans. Ojalá nunca tengas una hija. Porque entonces vas a conocer el verdadero infierno.
Sonrío. Pobre hombre.
Si Damián Greco supiera lo que está pasando por mi cabeza en este preciso momento, probablemente descubriría que tener una hija no es el único infierno que puede conocer un hombre.
Aria ya te dijo que ella quiere todo contigo
ya luke será tan tonto en volver apartarla
creo que luke necesita ayuda