Traicionada por quienes más amaba y reducida a la nada, Angie huye de su vida anterior con el corazón roto y sin un centavo. La única mano extendida es la de Roberta, su amiga de toda la vida, que la acoge en su hogar sin hacer preguntas. Allí, Angie conoce al padre de su amiga: Lucian, un hombre imponente, millonario, de mirada profunda y carácter inquebrantable.
Entre ellos surge algo imposible de callar: un deseo abrasador, una conexión que quema cada encuentro, aunque el secreto los condene. Cuando la verdad sale a la luz, la culpa y el miedo la empujan a huir. Pero Lucian no está dispuesto a dejarla ir: la retiene, no como prisionera, sino como la mujer que posee su alma. Ahora Angie deberá elegir: ¿la lealtad que le debe a su amiga, o el deseo que la consume junto al hombre prohibido?
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Secretos en la sombra
Los días se transformaron en un juego de sombras y latidos acelerados. Aprendí a vivir dos vidas: en una, era la amiga leal que reía con Roberta, que la escuchaba, que le tomaba la mano sin saber si la culpa se me notaba en la piel; en la otra, era la mujer que se escondía en rincones oscuros, que esperaba con el corazón en la garganta el roce de sus manos, que besaba a su padre robando instantes que no debían pertenecerme.
Nos encontrábamos cuando la casa se quedaba en silencio: al amanecer, antes de que nadie despertara; al mediodía, en la biblioteca cerrada con llave; de noche, en el jardín, donde la oscuridad nos protegía. Eran encuentros breves, furtivos, cargados de prisa y de una pasión que nos consumía. No había tiempo para hablar de lo que venía ni de lo que hacíamos; solo había tiempo para tocarnos, para besarnos, para sentir que estábamos vivos antes de que la realidad nos alcanzara.
—Te he echado de menos —me susurró una mañana, en el hueco de la escalera, atrayéndome contra su pecho con ansiedad—. Aunque te vea cada hora, te echo de menos.
Me besó con desesperación, como si temiera que desapareciera si soltaba mi mano. Sus manos me recorrían la cintura, la espalda, me apretaban contra él buscando una cercanía que nunca era suficiente. Cada caricia era un riesgo, cada beso una mentira que construíamos sobre la confianza de la persona que más me quería.
Me estremecí entre sus brazos.
—Yo también —susurré contra sus labios—. Pero cada vez que la miro… siento que me ve a través. Que lo sabe.
—No lo sabe —respondió él, acariciándome el rostro—. No puede imaginarse esto. Nadie lo haría.
Sus palabras no me consolaron. Vivía al borde del abismo, sabiendo que un solo descuido, un solo gesto, una mirada que durara demasiado tiempo… y todo se derrumbaría. Cuando estaba con Roberta, escuchaba su risa y sentía que me acusaba sin palabras. Cuando estaba con él, perdía la noción del bien y del mal; sus labios borraban la culpa, su tacto me hacía sentir que solo existíamos nosotros, que el resto del mundo no importaba. Y luego, al separarnos, el remordimiento regresaba más fuerte, mordiéndome por dentro.
Una tarde, nos escondimos en la sala de música, a puerta cerrada. Me sentó sobre la mesa y se colocó entre mis piernas, besándome el cuello despacio, con una lentitud que me hacía perder la cabeza. Sus manos subieron por mis muslos, su boca recorría mi piel dejando un rastro de fuego, y me aferré a él, respirando entrecortada, olvidando todo menos él.
—Angie… —murmuró, su voz ronca contra mi piel—. Eres lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo. No me dejes ahora.
Lo miré a los ojos, viendo allí el mismo miedo que yo sentía.
—No te dejaré —dije—. Pero esto no puede seguir así, Lucian. Vivir en la sombra… no me pertenece. No nos pertenece.
Me besó de nuevo, callando mis dudas con sus labios, y me dejé llevar. Porque cuando estaba con él, todo parecía posible. Pero en cuanto me separé y regresé al comedor, Roberta me miró y sonrió, y sentí que el rostro se me encendía de vergüenza.
—¿Estás bien? —preguntó, tocándome la frente—. Estás muy pálida.
—Sí… solo un poco de cansancio —mentí, apartando su mano con esfuerzo.
Cada día era igual: la mañana en que fingía, la tarde en que me consumía, la noche en que me preguntaba cómo había llegado a este punto. No era completamente suya, ni era completamente mía. Era una sombra que se movía entre dos mundos, sin pertenecer a ninguno. Y lo peor era que, a pesar de todo, no quería dejarlo.
Me acosté esa noche con el sabor de sus besos en la boca y el peso de la traición en el pecho. Sabía que no podía durar. Algún día, la verdad saldría a la luz… y entonces, ¿qué quedaría de nosotros?