ENTRE EL PELIGRO Y TU AMOR ❤️🔥
Valentina Ríos jamás imaginó que mudarse a una nueva vida la llevaría a enamorarse del chico que más motivos tenía para odiar. Sebastián Montenegro es peligro, pasión y tentación; Alejandro Ferrer, dulzura, misterio y promesas. Dos hombres, dos destinos y un corazón dividido.
Entre carreras clandestinas, celos, secretos y traiciones, Valentina descubrirá que el amor puede ser la aventura más peligrosa de todas.
Porque cuando el corazón se enamora de dos caminos, elegir uno puede significar perderlo todo.
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LA VERDAD TIENE UN PRECIO
—Clara, ha llegado el momento de que le cuentes a tu hija quién disparó realmente aquella noche. Porque si no lo haces tú, lo haré yo.
La imagen de Alejandro Montenegro permanecía en la pantalla.
Mi madre estaba sentada a su lado, con las manos atadas y el rostro pálido. Mi padre intentaba liberarse de las cuerdas, pero un hombre armado lo mantenía inmóvil.
—¡Mamá! —grité, acercándome a la computadora—. ¡Mamá, escúchame! ¡Vamos a sacarte de ahí!
Clara levantó la cabeza.
Sus ojos encontraron los míos a través de la cámara y, por un instante, toda su fortaleza desapareció.
—Valentina, mi amor, no vengas. Pase lo que pase, no vengas.
Alejandro Montenegro soltó una carcajada.
—Qué conmovedor. Después de tantos años, todavía intentas protegerla de las consecuencias de tus propias decisiones.
—¡Cállate! —respondió mi madre.
—¿Por qué? ¿Temes que descubra que no eres la mujer que cree conocer?
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Qué quieres de nosotros? —pregunté, acercándome al micrófono.
Alejandro miró directamente a la cámara.
—La llave. La que encontraron en el garaje. Quiero que me la entreguen antes de medianoche.
Sebastián se colocó a mi lado.
—Si quieres la llave, tendrás que venir a buscarla.
La sonrisa de su padre desapareció.
—Siempre tan arrogante, hijo. Creí que después de todo lo que has descubierto habrías aprendido a obedecer.
—Aprendí algo mejor. A no confiar en ti.
Durante unos segundos, ambos se miraron en silencio.
Aunque estaban separados por una pantalla, pude sentir el dolor que había entre ellos. Sebastián llevaba toda su vida intentando comprender a un padre que aparecía y desaparecía, que ocultaba la verdad y que parecía conocer cada una de sus pesadillas.
Y ahora tenía que enfrentarse a él.
—Tienes hasta medianoche —repitió Alejandro—. Si no recibo la llave, Clara y su esposo morirán.
La transmisión terminó.
Sebastián golpeó la mesa con el puño.
—¡Maldito sea!
Me sobresalté.
Él se volvió inmediatamente hacia mí.
—Perdóname.
Negué con la cabeza, intentando contener las lágrimas.
—No puedo perder a mi madre, Sebastián.
Me rodeó con los brazos.
—No la vas a perder.
—No puedes prometerme eso.
—Entonces te prometo que voy a hacer todo lo que esté en mis manos para traerla de vuelta.
Me aferré a él.
Por primera vez desde que había comenzado aquella pesadilla, no me importaron los secretos, los nombres ni las pruebas. Solo quería recuperar a mi familia.
Pero había algo que todavía necesitaba saber.
Me aparté de Sebastián y miré a Alejandro Ferrer.
—Dijiste que la llave abre un compartimento que contiene una grabación. Una grabación que demuestra quién disparó aquella noche.
Alejandro asintió.
—Así es.
—Entonces, ¿por qué Alejandro Montenegro quiere destruirla?
—Porque esa grabación puede demostrar que su participación en el accidente fue mucho mayor de lo que todos imaginamos.
Sebastián sacó la llave del bolsillo y la colocó sobre la mesa.
—¿Qué hay exactamente en ese compartimento?
Alejandro respiró hondo.
—Un dispositivo de almacenamiento y una grabación original. Tu padre, Sebastián, llevaba años reuniendo pruebas contra Mateo. Pero también guardaba información sobre las personas que financiaban sus operaciones.
—¿Y mi madre? —preguntó Sebastián—. ¿Por qué estaba en aquel automóvil?
Alejandro Ferrer bajó la mirada.
—Porque Mariana había descubierto que Alejandro Montenegro planeaba utilizar el accidente para recuperar esos documentos. Intentó detenerlo.
Sebastián apretó la mandíbula.
—¿Mi padre ordenó que chocaran contra el automóvil de Valentina?
—No puedo asegurarte que diera la orden de provocar el choque. Pero sé que estaba allí y que conocía el plan.
Me quedé helada.
—¿Y mi padre?
—Tu padre tenía los documentos originales. Cuando comprendió que aquello era una trampa, intentó sacar a los niños de la carretera. Todo ocurrió demasiado rápido.
Recordé el mensaje que había recibido aquella noche: «Pregúntale por qué Sebastián estaba allí, aunque ninguno de los dos debería haber sobrevivido».
—¿Quién disparó? —pregunté.
Alejandro me miró con expresión sombría.
—Eso es precisamente lo que revela la grabación.
Sebastián tomó la llave.
—Entonces vamos a buscarla.
—Hay un problema —dijo Alejandro.
—¿Cuál?
—El automóvil ya no está en el garaje.
El silencio cayó sobre nosotros.
—¿Dónde está? —pregunté.
—En el antiguo circuito. Mateo lo trasladó hace varios días. Sospecho que sabía que ustedes encontrarían la llave.
Sebastián soltó una risa amarga.
—Por supuesto. Mateo siempre va tres pasos por delante.
—No siempre —respondió Alejandro—. Si supiera todo lo que contiene ese compartimento, no necesitaría secuestrar a Clara para conseguir la llave.
Me volví hacia Sebastián.
—¿Qué hacemos?
Él me miró con una determinación que reconocí inmediatamente.
—Vamos al circuito.
—Yo voy contigo.
—Valentina…
—Ni lo intentes. Mi madre está allí por culpa de estas personas. No voy a quedarme esperando mientras tú arriesgas la vida.
Sebastián cerró los ojos, resignado.
—Sabía que dirías eso.
—Entonces deja de discutir conmigo.
Por primera vez en horas, sonrió.
—Eres imposible.
—Y tú eres insoportable.
—Por eso nos llevamos tan bien.
Me besó suavemente la frente.
Fue un gesto pequeño, pero me devolvió una parte de la esperanza que estaba perdiendo.
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El antiguo circuito parecía abandonado, aunque las luces de la zona de talleres seguían encendidas.
Llegamos poco antes de las once de la noche.
Alejandro Ferrer se había quedado en el refugio para investigar las últimas comunicaciones de Mateo. Sebastián y yo avanzamos hacia el garaje donde, según él, estaba el automóvil.
La llave pesaba en mi mano.
—¿Tienes miedo? —me preguntó Sebastián.
—Muchísimo.
Él entrelazó sus dedos con los míos.
—Yo también.
Lo miré sorprendida.
—¿Tú admitiendo que tienes miedo? ¿Quién eres y qué has hecho con Sebastián Montenegro?
Soltó una carcajada discreta.
—No te acostumbres.
Luego se puso serio.
—Tengo miedo porque sé que, cuando abra ese compartimento, quizá encuentre algo que cambie mi vida para siempre.
—No estarás solo.
Me besó.
Esta vez no hubo arrogancia ni desafío. Solo una promesa silenciosa entre dos personas que habían decidido luchar juntas, incluso cuando la verdad pudiera separarlas.
Entramos al garaje.
El automóvil estaba cubierto por una lona gris. Sebastián retiró la tela lentamente.
Era un deportivo negro, antiguo, con la parte delantera reparada y una marca profunda en la puerta del conductor.
Él se quedó inmóvil.
—Lo recuerdo.
Me acerqué.
—¿Qué recuerdas?
Sebastián pasó los dedos por la marca.
—La lluvia. Mi padre gritándome que me agachara. Mi madre intentando abrir la puerta. Y después…
Se llevó una mano a la cabeza.
—Después, un disparo.
Lo sujeté por el brazo.
—Sebastián, mírame. Respira.
Él cerró los ojos y respiró varias veces.
—Estoy bien.
—No tienes que recordar todo ahora.
Asintió y señaló la parte inferior del tablero.
—El compartimento está aquí.
Introdujo la llave en una pequeña cerradura oculta. Al girarla, se escuchó un clic.
Una sección del tablero se abrió.
Dentro había una memoria USB, varios documentos y un sobre amarillento con una fecha escrita a mano.
16 de abril.
La misma fecha de la fotografía que había encontrado de mi madre junto a Alejandro Montenegro.
Sebastián sacó el sobre.
En su interior había una fotografía de nuestros padres frente a aquel automóvil. Mi madre estaba embarazada de mí, y Mariana sostenía a Sebastián, que parecía tener unos diez años.
Pero lo que me dejó sin aliento fue el hombre que aparecía al fondo.
Mi padre.
Y junto a él, Mateo Salazar.
Los cuatro adultos parecían estar discutiendo.
En el reverso había una frase:
«Si algo nos sucede, los niños deben conocer la verdad cuando sean mayores».
—Nuestros padres se conocían mucho antes del accidente —susurré.
Sebastián asintió lentamente.
—Y alguien no quería que lo descubriéramos.
Conectó la memoria USB a un pequeño dispositivo que encontró dentro del compartimento.
La pantalla se encendió.
Apareció una grabación nocturna. La imagen era borrosa, pero se distinguían los vehículos estacionados junto a la carretera.
Una voz masculina habló.
—Los documentos tienen que desaparecer esta noche.
Reconocí la voz de Alejandro Montenegro.
Otra voz respondió:
—¿Y los niños?
Era Mateo.
—No deberían estar aquí —contestó Alejandro—. Pero ya no podemos detenerlo.
La grabación continuó.
Se veía a mi padre intentando sacar a alguien del automóvil. Mariana corría hacia Sebastián, que estaba tendido en el suelo.
Entonces apareció una tercera figura.
Un hombre levantó un arma.
Sebastián se acercó tanto a la pantalla que casi la tocó.
—No puede ser…
La cámara captó el rostro del hombre durante apenas dos segundos.
Yo lo reconocí.
Sebastián también.
Era Alejandro Ferrer.
El mejor amigo de Sebastián.
El hombre que nos había ayudado, que había confesado secretos y que había asegurado estar intentando protegernos.
La grabación terminó justo cuando levantaba el arma.
Me volví hacia Sebastián.
—Tenemos que hablar con él.
Pero Sebastián no respondió.
Estaba mirando otro documento que había caído del sobre.
Era un informe médico con el nombre de Mariana Montenegro y una anotación manuscrita:
«Paciente consciente. Recuerda quién disparó. No puede permanecer en el hospital».
Debajo aparecía una firma.
La de Clara Ríos.
Sentí que las piernas me fallaban.
—Mi madre sabía que Mariana había sobrevivido.
Sebastián levantó la mirada, devastado.
—Y mi madre sabía quién disparó.
Antes de que pudiéramos seguir leyendo, las luces del garaje se apagaron.
Escuchamos el chirrido de una puerta cerrándose.
Después, una voz surgió de los altavoces.
—Sabía que vendrían por la grabación.
Era Mateo.
—Ahora tienen la verdad que buscaban. Pero hay algo que todavía no saben.
Una luz roja se encendió sobre la puerta principal.
—Alejandro Ferrer no fue quien disparó aquella noche.
Sebastián se quedó inmóvil.
La voz de Mateo continuó:
—Él levantó el arma, sí. Pero el disparo que hirió al padre de Valentina salió de otra pistola.
Se escucharon pasos al otro lado de la puerta.
—Y la persona que la sostenía era alguien a quien ambos aman.
La puerta comenzó a abrirse.
Sebastián me tomó de la mano.
Yo apreté la memoria USB contra mi pecho.
Y entonces una figura apareció bajo la luz del pasillo.
Mariana.
Su rostro estaba cubierto de lágrimas.
Miró a Sebastián, después a mí y finalmente a la grabación detenida en la pantalla.
—Perdónenme —susurró.
Sebastián dio un paso hacia ella.
—Mamá… ¿qué hiciste?
Mariana levantó la mirada.
—Yo fui quien disparó.