Arabella murió quemando el manicomio donde la tenían encerrada y despertó en el cuerpo de una damisela que intentó envenenarse para no casarse con el temible Duque de Eisen.
Ahora, entre un matrimonio explosivo, una guerra en puerta y su obsesión con el fuego, Arabella demostrará que con ella nadie juega... o terminará ardiendo.
NovelToon tiene autorización de Gena Jim para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo:09
ARABELLA:
El sol termina de esconderse tras las colinas del norte tiñendo el cielo de un morado oscuro y denso. A medida que la columna principal del ejército continúa su marcha recta hacia la frontera bajo el mando de Valerius, Kaelan tira levemente de las riendas para desviar a nuestro semental por un sendero secundario entre la arboleda.
Detrás de nosotros, apenas diez jinetes de la guardia de élite nos siguen en absoluto silencio.
El viento de la noche se vuelve helado, pero estar pegada al pecho de Kaelan es como estar al lado de una caldera encendida.
—Sigues hirviendo, querido.
Murmuro echando la cabeza hacia atrás sobre su hombro para mirarlo.
—Si no eres un lobo, definitivamente tienes sangre caliente o algo que quema por dentro... No intentes engañarme.
Kaelan deja escapar un resoplo divertido y me acomoda contra su armadura con un brazo firme para que no pierda el equilibrio.
—Sigue adivinando Señora Eisen... Tal vez si sobrevivimos a esta noche te dé una pista.
Dice en mi oído con esa voz rasposa que me hace sonreír como una chiflada.
—Sobrevivir es mi especialidad.
Respondo tocando la pequeña daga en mi muslo.
—Aunque admito que me muero de ganas de ver qué tipo de monstruo tengo por esposo... Espero que sea algo destructivo.
Kaelan frena al caballo justo en la cumbre de una pequeña colina que domina el valle. A lo lejos, iluminada por antorchas y protegida por altos muros de piedra, se erige la mansión fortificada de Thorne. Se ve pacífica desde aquí, pero ambos sabemos que adentro se esconden los planos de la traición y la orden de degollar a la retaguardia de Eisen.
—Ahí está.
Dice Kaelan cambiando a un tono puramente militar.
—Los guardias de las torres están relajados porque esperan que estemos a leguas de distancia marchando hacia la trampa... Entraremos por el ala oeste sin escandalos hasta llegar al despacho de Thorne.
Le doy un golpecito juguetón en la placa de su hombro.
—¿Sin escándalos? Qué aburrido eres, yo pensaba que podíamos prenderle fuego a los establos primero para ver cómo corren como hormigas asustadas.
—No hasta que tengamos los documentos de la conspiración en la mano Arabella.
Kaelan se inclina atrapando mi barbilla con sus dedos largos y obligándome a mirarlo directamente a los ojos, donde esa chispa carmesí vuelve a bailar por un segundo.
—Después de eso... Puedes quemar la fortaleza entera si te apetece.
Mi sonrisa se ensancha con pura demencia.
—Trato hecho, mi duque... Vamos a cobrar esa deuda.
Desmontamos en la penumbra que proyecta la espesura del bosque, a pocos metros de la muralla oeste del pabellón del traidor. Los diez soldados de élite que nos acompañan se despliegan en abanico como sombras adiestradas; ni un solo chispazo de metal rompe el silencio nocturno.
Kaelan me toma de la cintura para bajarme del caballo y siento el calor que emana de sus manos traspasando la tela de mi vestido; es un fuego sordo, concentrado, que me vuelve loca.
—Te quedas detrás de mí hasta que aseguremos el corredor principal.
Me ordena al oído, con un tono que no admite réplica.
—Claro que sí, mi capitán...
Le susurro con sorna, deslizándome pegada a su torso.
—Aunque no te prometo no divertirme si una de estas ratas se me cruza en el camino.
El acceso al pabellón por la ruta de servicio es ridículamente fácil.
Dos centinelas custodiaban el lugar con una jarra de hidromiel entre las manos.
Antes de que el primero pueda reaccionar, la espada de Kaelan atraviesa la brecha entre su yelmo y la armadura con una precisión quirúrgica. El segundo ni siquiera alcanza a gritar: me deslizo tras él con una agilidad felina y le clavo la pequeña daga justo en la coyuntura del cuello.
El tipo se desploma sobre la hierba húmeda ahogándose en su propia sangre.
Limpiando la hoja sobre la librea del guardia caído, me giro hacia Kaelan con una sonrisa radiante.
—Vaya, qué buen trabajo en equipo, esposo. Apenas vamos comenzando y ya siento la calidez del espectáculo.
Kaelan me mira, entrecerrando los ojos mientras sus pupilas parecen dilatarse en la penumbra.
—Eres peligrosa, Arabella.
El dice mi nombre en un tono que me hace relamer los labios y sonreír.
—Y tú estás cada vez más caliente, duque. Muévete, que el plato fuerte está arriba.
Nos adentramos por los pasillos de piedra.
Las antorchas en los muros proyectan nuestras sombras alargadas sobre los tapices lujosos de Thorne y la residencia huele a perfume barato, cera quemada y a la inminente podredumbre de un traidor.
Subimos la escalinata de caracol hasta el ala privada.
Desde el umbral del despacho principal, a través de la madera entreabierta, se escucha la voz chillona de Thorne discutiendo con alguien.
—...¡El veneno ya debió hacer efecto en la copa del duque!
Exclama el vizconde con euforia contenido.
—Para cuando la noticia llegue al frente, las tropas del príncipe habrán cruzado el río y este ducado será nuestro. ¡Sirvan más vino!
Pateo la puerta de madera maciza con la suela de mis delicados zapatos haciendo que se estrelle contra la pared con un estruendo seco.
—Lamento arruinar la fiesta de celebración, querido.
Digo entrando a la habitación mientras me acomodo el vestido con total elegancia.
Thorne, un hombre maduro de vientre prominente y vestido con batas de seda dorada, se ahoga con su propia saliva al verme. El vaso de cristal se le resbala de la mano y se destruye en el suelo.
—¿¡Tú!? ¿¡Qué hace aquí la duquesa!?
Balbucea mirando aterrado a los tres guardias armados que lo flanquean.
—¡Maten a esa mujer! ¡Es una intrusa!
Antes de que los mercenarios puedan desenfonsar sus espadas, la imponente figura de Kaelan llena el marco de la puerta y la luz de las velas hace refulgir el filo ensangrentado de su gran espada.
—Ella no es una intrusa, Thorne.
La voz de Kaelan suena como un trueno subterráneo que hace retumbar los cristales del gran ventanal.
—Es la señora del ducado Eisen y vino a ver cómo rinden cuentas.
El rostro de Thorne pasa de un rojo furioso a un blanco cadavérico.
—¡K-Kaelan! ¡Imposible! ¡Marcus debía...!
—Marcus ya está en el infierno.
Lo interrumpo dando un paso al frente mientras tomo una antorcha de la pared.
—Y tú vas a darle el informe completo al príncipe en persona... En forma de cenizas.
los dos son igual de locos y calientes posesivos me encanta
🤣😍😍😍😍
Con eso confirma la lealtad de su esposa 😅