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LA GORDITA Y SUS AMANTES

LA GORDITA Y SUS AMANTES

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Dejar escapar al amor / Romance de oficina / La mimada del jefe
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Sanfueca

Sandra Bautista tiene un plan perfecto para su vida: sobrevivir a su primer año como abogada junior en el prestigioso Bufete Galvis, beber su propio café (porque el de la oficina sabe a tiza) y evitar el romance a toda costa. ¿Por qué? Porque Sandra está convencida de que los hombres guapos solo la ven como "la amiga", "la colega" o "la roomie".
Su radar romántico está tan roto que es incapaz de notar que su supervisor, Julián García (un español encantador, impecable y peligrosamente sexy), está intentando conquistarla a toda costa. Y mucho menos se da cuenta de que Diego Sosa, su mejor amigo de la infancia y compañero de departamento (un diseñador gráfico con brazos de infarto y un corazón de oro), está celoso hasta la médula.
Entre sabotajes de oficina, mudanzas, cenas de tacos y casi-besos. Sandra tendrá que descubrir que el amor no siempre llega en el paquete que uno espera...

NovelToon tiene autorización de Sanfueca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Rejas, humedales y el peso de la verdad

El Centro Femenino de Readaptación Social olía a cloro, a comida hervida y a desesperanza.

Sandra Bautista caminaba por el pasillo de visitas, con su blazer negro perfectamente planchado y su cabello rojo recogido en una coleta estricta. A su alrededor, mujeres lloraban, gritaban o se abrazaban a través de los cristales. Sandra apretó su maletín contra su costado. Su corazón latía con fuerza, pero su rostro era una máscara de profesionalismo. Soy la licenciada Bautista, se repetía. Soy la defensa de Lucía Méndez.

La guardia le indicó la sala de entrevistas privadas. Sandra entró y se sentó frente a la mesa de metal. Unos minutos después, la puerta se abrió y dos guardias escoltaron a Lucía.

Sandra se quedó sin aliento. En las fotos de la declaración, Lucía se veía asustada. En persona, parecía un fantasma. Tenía el cabello opaco, la piel grisácea y los ojos hundidos, rodeados de ojeras moradas. Se sentó en la silla de enfrente, arrastrando los grilletes de sus muñecas, y bajó la mirada a sus manos entrelazadas.

—Licenciada... —murmuró Lucía, con la voz ronca—. Le dije a la defensora pública que no quería pelear. Déjeme cumplir mi condena. Ya no me importa.

Sandra se inclinó hacia adelante, apoyando las manos sobre la mesa fría. —Lucía, mírame.

La mujer levantó la vista lentamente. Sus ojos estaban vacíos.

—No vine aquí para decirte que todo va a estar bien, porque no lo está —dijo Sandra, con una voz firme pero cálida—. La fiscalía tiene un caso fuerte. Pero yo no creo que hayas matado a tu esposo. Y no me importa lo que diga la prensa, ni lo que diga tu empleada doméstica. Me importa la verdad. ¿Y sabes qué? La verdad tiene una sombra que no cuadra.

Sandra sacó de su maletín la foto de la escena del crimen, la misma que Diego había analizado. La puso sobre la mesa, señalando la copa de whisky. —La luz de esta foto es falsa, Lucía. Alguien movió esa copa. Alguien montó esta escena. Y si alguien la montó, es porque quería que te culparan a ti.

Lucía miró la foto. Sus labios temblaron. Por primera vez en meses, algo parecido a la esperanza cruzó su rostro destrozado. —¿De... de verdad?

—De verdad —aseguró Sandra—. Pero para probarlo, necesito que me ayudes. Necesito que me digas qué pasó esa noche. No lo que le dijiste a la policía. Lo que realmente pasó.

Lucía tragó saliva. Miró hacia la puerta, como si temiera que las paredes tuvieran oídos. —Roberto... mi esposo... no solo me estaba dejando por su amante —susurró Lucía, con la voz quebrándose—. Él tenía miedo. Llevaba semanas recibiendo llamadas. Se encerraba en su estudio a gritarle al teléfono. La noche que murió, no estábamos peleando por la amante. Estábamos peleando porque él iba a reunirse con alguien.

Sandra frunció el ceño, tomando notas rápidamente. —¿Con quién? ¿Con su amante?

—No —negó Lucía, negando con la cabeza con fuerza—. Con su socio. El licenciado Rivas. Roberto me dijo: "Si algo me pasa, Lucía, no busques en los bancos. Busca en el humidor de cedro. El fondo falso". Yo pensé que deliraba. Pero al día siguiente... lo encontraron muerto.

Sandra levantó la vista de su libreta, con los ojos muy abiertos. Un fondo falso en un humidor. —Lucía, ¿la policía revisó el humidor de Roberto?

—No lo sé —sollozó ella, llevándose las manos esposadas a la cara—. Yo no estaba ahí cuando llegaron. Me arrestaron en la cocina. Pero si Rivas estaba esa noche en la casa... si él sabía lo del humidor...

Sandra sintió un escalofrío. No era un crimen pasional. Era un crimen corporativo. Lucía era el chivo expiatorio perfecto: la esposa celosa, la mujer "débil" que no podía defenderse.

—Tranquila, Lucía —dijo Sandra, extendiendo la mano y, aunque el vidrio (o en este caso, la mesa) las separaba, el gesto fue de puro apoyo—. Voy a conseguir una orden para revisar ese humidor. Y voy a buscar al licenciado Rivas. No vas a pasar el resto de tu vida aquí. Te lo juro.

Lucía asintió, llorando en silencio, pero esta vez no eran lágrimas de rendición. Eran lágrimas de alivio.

Sandra salió de la prisión con la mente a mil por hora. El sol de la tarde le daba en la cara, pero ella apenas lo sintió. Tenía un nuevo sospechoso, un nuevo móvil y una pista física.

Sacó su teléfono y marcó el número de Julián.

—¿Sandra? —respondió él al segundo tono. Su voz sonaba relajada, pero al escuchar su respiración agitada, se tensó—. ¿Estás bien? ¿Dónde estás?

—Salgo de la prisión —dijo ella, caminando rápido hacia la parada del autobús—. Acabo de hablar con Lucía. Julián, el caso no es lo que parece. No fue un crimen pasional. El esposo tenía un socio, un tal licenciado Rivas. Lucía dice que Roberto tenía un fondo falso en su humidor de cedro y que Rivas lo sabía.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Luego, escuchó el sonido de una silla moviéndose y teclas siendo presionadas. —Rivas... —murmuró Julián—. Espera. ¿Roberto Méndez era socio de Construcciones Rivas?

—Sí, eso dijo Lucía.

—Sandra, eso cambia todo —dijo Julián, y ella podía escuchar la emoción en su voz—. Construcciones Rivas está bajo investigación de la Secretaría de Hacienda por lavado de dinero desde hace seis meses. Si Roberto iba a hablar, o si iba a entregar algo en ese humidor... Rivas tenía un motivo enorme para silenciarlo y culpar a la esposa.

Sandra sonrió, apoyándose en un poste de luz. —Exacto. Necesito que me ayudes a conseguir los registros de visitas de la casa de los Méndez esa noche. La policía los tiene, pero no los incluyeron en el expediente inicial porque se centraron en Lucía.

—Lo tendré en tu escritorio mañana a primera hora —prometió Julián—. Sandra... lo estás haciendo increíble. De verdad. Galvis eligió bien.

Sandra sintió un calor en las mejillas que no tenía nada que ver con el sol. —Gracias, Julián. Hablamos mañana.

Cuando Sandra llegó al departamento en la colonia Roma, eran casi las ocho de la noche. Estaba agotada, con el cabello suelto y el blazer arrugado. Abrió la puerta y el olor a pasta al pesto la golpeó.

Diego estaba en la cocina, sirviendo dos platos. Llevaba unos pantalones de chándal y una camiseta blanca. Al verla, su rostro se iluminó, pero luego frunció el ceño al notar su expresión agotada.

—San... ¿Cómo fue? —preguntó él, dejando la cuchara y acercándose.

—Fue intenso —suspiró Sandra, dejando su maletín en el sofá y dejándose caer en la barra de la cocina—. Pero creo que encontré una salida. Diego, la mujer es inocente. Alguien le tendió una trampa.

Diego sonrió, una sonrisa orgullosa y suave. —Lo sabía. Eres la mejor abogada de ese bufete, y ni siquiera llevas un mes.

Él le puso el plato de pasta enfrente y le sirvió un vaso de vino tinto. Sandra lo miró. Lo observó en silencio, recordando las palabras de Doña Carmen. Te ama desde los siete años.

Notó cómo Diego le había cortado la pasta en trozos más pequeños, exactamente como a ella le gustaba porque se cansaba de enrollarla. Notó que había puesto el vaso de vino exactamente a la distancia de su mano derecha, sin que ella tuviera que estirarse. Pequeños detalles. Detalles invisibles para el resto del mundo, pero que para Diego eran un lenguaje.

—Diego... —dijo Sandra de repente, mientras él se sentaba a su lado.

—¿Dime? —respondió él, tomando su propio vaso.

—¿Por qué haces todo esto? —preguntó ella, mirándolo fijamente a los ojos.

Diego se detuvo con el tenedor a medio camino de su boca. La miró, confundido. —¿Hacer qué? ¿La pasta? San, si no te gusta el pesto, puedo hacer...

—No, no la pasta —lo interrumpió ella, suavemente—. Todo. Me preparas el café, me cortas la comida, me limpias la cara cuando tengo salsa, me aguantas mis crisis existenciales... ¿Por qué, Diego? ¿Por qué te tomas tantas molestias por mí?

El silencio en la cocina se volvió espeso. Diego bajó el tenedor lentamente. Sus ojos oscuros se clavaron en los de ella, y por un segundo, la máscara de "mejor amigo gracioso" cayó. Sandra vio algo en su mirada. Una intensidad profunda, dolorosa y hermosa. Algo que le robó el aliento.

—Porque eres mi persona favorita, Sandra —dijo él, con la voz un poco más ronca de lo habitual—. Porque no hay nadie más en el mundo con quien quiera compartir mi vida. Ni mi pasta, ni mi sofá, ni mis mañanas. Contigo... todo tiene sentido.

Sandra sintió que el corazón le daba un vuelco violento. Mi persona favorita.

—Yo... —empezó ella, sin saber qué decir.

Diego parpadeó, como si se diera cuenta de que había dicho demasiado. Forzó una sonrisa, esa sonrisa de medio lado que siempre la desarmaba, y le guiñó un ojo. —Además, si no te cuidara yo, seguro te morirías de hambre comiendo solo tacos de la calle. Cómete la pasta, abogada, que se enfría.

Sandra bajó la mirada a su plato, con las mejillas ardiendo. Él había retrocedido. Había vuelto a poner el escudo de la broma. Pero ella ya lo había visto. Había visto la verdad detrás de sus ojos.

Mientras comía la pasta, que estaba deliciosa, Sandra Bautista pensó en Julián, en su apoyo intelectual, en la forma en que la hacía sentir poderosa e invencible. Y luego pensó en Diego, en su silencio, en su devoción, en la forma en que la amaba en las sombras, sin pedir nada a cambio.

Julián le estaba enseñando a volar. Pero Diego... Diego era el nido al que siempre podía regresar.

Y por primera vez, Sandra no supo cuál de las dos cosas necesitaba más.

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