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Sariel. Él Inicio De La Eternidad

Sariel. Él Inicio De La Eternidad

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Reencarnación / Mundo de fantasía
Popularitas:52
Nilai: 5
nombre de autor: victoria illescas

Sariel portador del séptimo rayo, es elegido por el dios del amor para ser su guardián en la tierra humana, mientras trata de ser el observador cósmico del creador , conocerá la fragilidad de su esencia al conocer el sentimiento que solo los mortales estaban condenados a sentir , él amor , acompaña al guerrero de amatista a encontrar su verdadera misión entre él cielo, la tierra y el infierno en ese extensa línea de la Eternidad

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capítulo 10. Él regreso del guardian

Capitulo 10. Él regreso del guardián

A los pocos días Sariel descendió de los confines del vacío con las alas quemadas y la esencia desgastada. Cada fibra de su ser gritaba por descanso, pero su alma solo buscaba una cosa: el rostro de Alanis, había planeado confesarle su amor. Al cruzar el umbral de los niveles superiores, se encontró con sus hermanos, quienes lo esperaban con reacciones divididas.

Gabriel, con su trompeta de plata al hombro, le asintió con un respeto solemne, reconociendo el peso de la brecha que Sariel había sellado.

Rafael se acercó de inmediato, extendiendo sus manos cargadas de luz verde esmeralda para sanar las grietas en la armadura de Sariel.

-Has dado demasiado de ti mismo esta vez, hermano, susurró Rafael con preocupación médica.

Zadquiel su hermano gemelo , observaba desde la distancia, con una mirada cargada de una piedad que Sariel no lograba comprender.

En un rincón, apoyado contra una columna de mármol negro, Luzbel observaba la escena con una sonrisa afilada y cínica. Él sabía lo que bullía en los Jardines de Cristal; él siempre disfrutaba de las grietas en la perfección.

Sariel apenas se detuvo para ser sanado. Sus ojos buscaron a Alanis y la encontró cerca de la entrada a los jardines. Ella corrió hacia él, pero no con la alegría del reencuentro que él había imaginado en sus noches de agonía, sino con una urgencia eléctrica en la mirada.

- ¡Sariel! Has vuelto… —dijo ella, tomando sus manos heridas.

Sariel sintió que el dolor de sus quemaduras desaparecía solo con su tacto. Estaba a punto de decirle que ella había sido su única ancla en el abismo, que cada runa que trazó llevaba su nombre en secreto… pero ella habló primero.

- Necesito contarte algo, dijo ella sin saber nada por lo que había pasado Sariel

- Sariel. Eres mi guía, el único que siempre me entiende sin juzgarme… Alanis respiró hondo, con las mejillas encendidas

- Estoy enamorada de Miguel. Le susurró al oído para no ser escuchada por los demás. Siento algo por él, que nunca creí posible… es una fuerza que me consume.

Sariel sintió un frío más intenso que el del vacío exterior. Su mano, que aún sostenía la de ella, se volvió de piedra. Alanis lo miraba con total honestidad, sin sospechar que cada una de sus palabras era un clavo en el corazón de quien la amaba en la sombra. Para ella, Sariel era el protector sabio, el hermano espiritual, ella nunca había visto el fuego que él ocultaba tras su deber.

Alanis vió tristeza en el rostro de Sariel

- Sariel? ¿Estás bien? Pensé que… que te alegrarías de que por fin encontrara esa felicidad de la que siempre te hablaba

Sariel tragó el sabor amargo de su propio sacrificio. Forzó una sonrisa débil, una que no llegó a sus ojos cansados.

- Si eres feliz con él, Alanis… entonces mi misión ha valido la pena —mintió él, sintiendo cómo su propia luz interior comenzaba a parpadear por primera vez en eones.

Notando finalmente la palidez extrema de Sariel, Alanis soltó sus manos con lentitud, confundida por la falta de una respuesta efusiva.

Alanis creyó que Sariel estaría cansado por estar en los confines , haber derrotado a una fuerza primordial debía requerir descanso, sintió que su presencia ahora era poco para Sariel quien quizás quería estar con los demás príncipes celestes

- Debo irme… tienen que curar tus heridas susurró ella. Gracias por escucharme, Sariel.

Alanis se alejó con ligereza, dejando tras de sí un rastro de perfume a flores de cuarzo y una estela de devastación silenciosa.

Luzbel soltó una carcajada seca desde las sombras.

-Míralo, Gabriel. Nuestro gran guardián del vacío, derrotado por un suspiro de mujer. Miguel no solo gana batallas, también se queda con los trofeos que tú ni siquiera te atreviste a tocar, Sariel.

Gabriel apretó el puño sobre su trompeta de plata, dando un paso al frente.

-Basta, Luzbel. No es el momento ni el lugar para tu veneno.

Fue entonces cuando Zadquiel se movió. Ignorando las burlas de Luzbel y la tensión de los demás, caminó hacia su gemelo. Sariel estaba rígido, con las alas entreabiertas y temblorosas, como si el peso de la realidad que acababa de sostener en el espacio fuera nada comparado con el peso de esas tres palabras: “Enamorada de Miguel”.

Zadquiel rodeó los hombros de Sariel con su brazo. Al contacto, una descarga de empatía pura fluyó entre ambos. Como gemelos, sus núcleos de luz vibraban en la misma frecuencia; Zadquiel no necesitaba preguntar, él sentía el incendio de agonía que consumía a su hermano.

-Déjalo, Sariel , murmuró Zadquiel con una suavidad que silenció incluso los comentarios de Rafael, quien observaba con tristeza

- Ven conmigo. Salgamos de este salón.

Conducido por su hermano, Sariel se dejó llevar hacia un balcón apartado que miraba hacia el mar de nubes. Una vez allí, lejos de las miradas juiciosas de sus hermanos, Sariel se derrumbó. No cayó al suelo, pero sus hombros se hundieron y su frente descansó sobre el hombro de Zadquiel.

- Ella no lo sabe… la voz de Sariel salió rota, un sonido que un ángel nunca debería emitir

- Ella cree que lo que siente por él es “conexión”, pero no sabe que yo he sostenido su existencia en mis manos todo este tiempo

Zadquiel apretó el agarre, transmitiéndole la paz y la misericordia que eran su esencia.

- Lo sé, hermano. Lo siento en mi propio pecho. El Creador nos dio la capacidad de sentir igual.

- Perdóname zadquiel por no tener el valor de confiar mi amor hacia Alanis a ti, dijo Sariel aún recargado en el hombro de su gemelo

La compasión que siempre caracterizaba a zadquiel pareció volverse una carga física sobre sus hombros.

- La verdad siempre encuentra su camino, Sariel ,respondió Zadquiel con una voz suave, casi un susurro. No necesitas mi perdón por amar. El amor no es el pecado aquí, sino el silencio que nos separa. Dijo Zadquiel estrechando con fuerza a Sariel.

Sariel se refugió, a un mas en el hombro de zadquiel, se sintió aliviado por las palabras de su hermano, y comenzó a hablar sobre Alanis, del juicio de los demás. Si todo se salía de control. Sin embargo, Zadquiel apenas escuchaba.

«Si supieras lo que he visto, hermano mío…», pensó Zadquiel, mientras sentía un nudo de hielo apretarse en su pecho . «Me pides perdón por un secreto del corazón, mientras yo guardo un secreto que destruirá nuestra realidad.

Uno de ustedes tres ya ha comenzado su descenso definitivo hacia la tierra. El equilibrio se ha roto y esto es solo el prólogo de nuestra caída. ¿Cómo decirte que la guerra por Alanis es solo una distracción ante la verdadera sombra que ya camina entre los hombres? Pensaba zadquiel mientras oía a lo lejos la voz de Sariel hablando

- Todo estará bien , mintió Zadquiel en voz alta, aunque sus ojos reflejaban una tristeza que Sariel, en su propia angustia, no alcanzó a comprender.

- Él es frío, Zadquiel , continuó Sariel, cerrando los ojos con fuerza, si Miguel la ama también querrá protegerla como a una ciudad amurallada, pero nunca la entenderá como yo. La verá como un objetivo, como una misión cumplida. ¡Ella busca en él lo que solo yo puedo darle!

- El amor de Alanis es ciego a la profundidad de tu sacrificio, respondió Zadquiel con tristeza. Y tú eres demasiado noble para reclamarle la deuda de tu dolor. Pero escúchame, Sariel: no estás solo en este abismo. Si tu luz flaquea, yo te prestaré la mía. Somos uno mismo en el origen, y lo que ella te ha quitado, yo te ayudaré a soportarlo.

Desde la distancia, Luzbel observaba la escena de los gemelos con una mirada pensativa. El dolor de Sariel era una grieta en la perfección del cielo, y para Luzbel, esa grieta era una oportunidad que no pensaba desperdiciar.

El aire en los salones de cristal de la Ciudad Plateada se sentía más pesado que de costumbre. Para Miguel, el regreso de Sariel desde los confines no solo significaba el fin de una vigilia agotadora, sino el inicio de un tormento interno que ninguna luz celestial lograba disipar.

Miguel y Sariel se reunieron en el mirador de las estrellas

Sariel estaba de pie frente al gran ventanal que observaba el fluir de las constelaciones. Su armadura aún conservaba el rastro del polvo de los bordes del universo, un gris ceniciento que contrastaba con la pulcritud del entorno. Al escuchar los pasos firmes de Miguel, no se giró de inmediato.

- Has vuelto dijo Miguel, deteniéndose a unos metros. Su voz, usualmente un estandarte de autoridad, flaqueó apenas un milisegundo.

- Los confines son silenciosos, pero siempre terminan por devolver lo que les pertenece , respondió Sariel, girándose finalmente. Sus ojos, profundos y cargados de una sabiduría cansada, se clavaron en los de Miguel. Supongo que estás aquí por el informe. Dijo Sariel

Miguel asintió, cruzando los brazos detrás de la espalda para ocultar el leve temblor de sus dedos. Cada palabra que Sariel pronunciaba sobre las fronteras y las sombras repelidas actuaba como un martillo sobre su conciencia.

Sariel detalló las anomalías en el tejido de la realidad y la estabilidad de las barreras. Era un reporte técnico, preciso y gélido.

Mientras Sariel hablaba, Miguel solo podía pensar en Alanis. En las tardes que pasaron juntos mientras el trono de la vigilancia estaba vacío. En cómo el vacío que dejó la ausencia de Sariel fue llenado por una calidez prohibida.

- Dime, Miguel, interrumpió Sariel, rompiendo la monotonía del reporte. ¿Ha ocurrido algo de relevancia en mi ausencia? El equilibrio se siente… distinto.

Miguel sintió que el corazón se le detenía. La culpa le carcomía las entrañas; sentía que el nombre de Alanis estaba tatuado en su frente. Quería confesar que se había enamorado, que había roto la imparcialidad que se esperaba de él, que había buscado consuelo en los brazos de ella mientras su compañero se enfrentaba al olvido.

- Nada que cambie el destino de las esferas , mintió Miguel, con la garganta seca. La rutina ha sido nuestra única compañía.

Sariel sostuvo la mirada de Miguel un segundo más de lo necesario. Él sabía. Alanis lo había buscado apenas puso un pie de regreso, con los ojos empañados y el alma desbordada, confesándole aquel amor desesperado que sentía por el general.

Sariel recordó las palabras de la joven: estoy enamorada de Miguel

Sin embargo, Sariel observó la angustia contenida en el rostro de su amigo. Vio la sombra de la traición y el miedo a la pérdida. Decidió que ese secreto no le pertenecía a él revelarlo. Si Miguel quería vivir en la prisión de su propia culpa, y si Alanis debía esperar en el limbo de la incertidumbre, que así fuera por ahora.

- Entiendo , dijo Sariel finalmente, bajando la vista hacia los mapas estelares. Entonces, si no hay nada más que reportar, me retiraré a mis aposentos. El viaje ha sido largo.

Miguel solo pudo asentir, viendo cómo Sariel se alejaba. El silencio que quedó entre ambos no era de paz, sino el preludio de una tormenta que ninguno de los dos estaba listo para desatar. Mientras tanto, en algún lugar de la ciudad, Alanis esperaba una señal que ninguno de los dos se atrevía a dar.... continuará

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