Todos obedecen a Sebastián Mendoza.
Todos menos su prometida.
Emilia Velasco nunca pidió formar parte del acuerdo que unió a dos de las familias más poderosas de México. Mucho menos vivir con Sebastián: el heredero frío, implacable y peligrosamente atractivo que parece capaz de descubrir cada una de sus mentiras con solo mirarla.
Él le impone tres reglas.
Emilia convierte romperlas en su pasatiempo favorito.
Pero desafiar a Sebastián tiene consecuencias. Sus advertencias pronto se transforman en castigos demasiado íntimos para olvidar y en una tensión que ninguno de los dos está dispuesto a reconocer.
Lo desconcertante no es su autoridad.
Es lo que ocurre después.
Porque el mismo hombre que la obliga a enfrentar las consecuencias de sus actos también se arrodilla para atarle los zapatos, cura cada una de sus heridas y pasa la noche despierto cuando ella tiene miedo.
Emilia cree que Sebastián solo desea controlarla, hasta que descubre su secreto: él es XL, el admirador anónimo que lleva años comprando sus obras y protegiendo su carrera desde las sombras.
Sebastián no aceptó el compromiso por obedecer a su familia.
Llevaba años esperándola.
Ahora, una conspiración relacionada con la muerte de la madre de Emilia amenaza con destruir todo lo que ambos intentan construir. Y el hombre al que todos temen está dispuesto a incendiar su propio imperio antes de permitir que vuelvan a lastimarla.
Emilia tendrá que decidir si quiere seguir desafiando al heredero…
o confiar en el único hombre que la eligió mucho antes de que ella pudiera elegirlo a él.
NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 10
Sebastián lo descubrió un martes.
Emilia estaba en su estudio tallando las plumas de un fénix cuando oyó la puerta de su habitación abrirse. No le dio importancia — Doña Rosa entraba a dejar toallas limpias a esa hora. Pero la voz que habló no era de Doña Rosa.
—Emilia.
Se asomó al pasillo. Sebastián estaba parado en la puerta de su cuarto con una bolsa de Doritos en una mano y un envase vacío de Coca-Cola en la otra. Los había encontrado debajo de la cama, donde ella los escondía detrás de la maleta de invierno que nunca desempacaba.
—Puedo explicarte —dijo Emilia.
—Adelante.
—Es que la comida de Doña Rosa a veces es muy sana.
—Esa no es una explicación. Es una queja.
—No es una queja. Es un… matiz nutricional.
Sebastián no sonrió. Dejó la bolsa y el envase sobre la barra de la cocina con la misma precisión con que habría depositado pruebas en un juzgado. Luego abrió la laptop que estaba sobre la mesa de centro y la giró hacia ella.
—¿Sabes qué hora es?
Emilia miró la pantalla. Las 3:14 AM. No se había dado cuenta — cuando tallaba, el tiempo se comprimía como la madera bajo la gubia, y lo que sentía como dos horas eran seis.
—Es que estoy en la parte más difícil del fénix. Las plumas de la cola—
—Son las tres de la mañana, Emilia. Te dije que durmieras antes de la una.
—Me dijiste, pero no me lo ordenaste.
—Te lo estoy ordenando ahora.
Se miraron. Emilia de pie en el pasillo con viruta de madera en el cabello y una gubia todavía en la mano. Sebastián sentado en el sillón con las piernas cruzadas, el saco del trabajo sobre el respaldo, la camisa arremangada hasta los codos. La única luz encendida era la lámpara de lectura, que le iluminaba la mitad de la cara y dejaba la otra en sombra.
—Siéntate —dijo.
Emilia se sentó. No en el sillón de enfrente, como habría hecho un mes antes. Se sentó en el otro extremo del mismo sillón, con las piernas recogidas y la gubia todavía entre los dedos. Sebastián se la quitó con suavidad y la puso sobre la mesa.
—Vamos a hablar de tres cosas —dijo—. Escúchame bien porque no voy a repetirlas.
—¿Es un interrogatorio?
—Es una conversación donde yo hablo y tú escuchas. Si al final tienes algo que decir, te escucho. Pero primero me escuchas tú.
Emilia se mordió el labio. Quiso protestar. La parte rebelde de ella — la que tallaba piezas imposibles porque le decían que no podía, la que se había ido a vivir sola a los dieciséis — esa parte quiso levantarse del sillón y decirle que nadie le hablaba así. Pero la otra parte — la que obedecía cuando él decía "ve a dormir", la que se quedaba quieta cuando él le ataba los zapatos — esa parte se quedó sentada.
—Primera: no me mientas. Sobre nada. Sobre lo que comes, sobre a dónde vas, sobre cómo te sientes. Si me preguntas algo, espero la verdad. Si me entero de que me mentiste, habrá consecuencias.
—¿Qué tipo de—
—Estoy hablando.
Emilia se calló. El tono no era agresivo — era inapelable. La diferencia era sutil pero absoluta: no necesitaba levantar la voz porque la voz ya estaba arriba.
—Segunda: no bebas alcohol sin mi permiso. Lo de la otra noche no se repite. No me importa si es una michelada, un mezcal o un sorbo de cerveza. Si vas a beber, me avisas. Si no me avisas, habrá consecuencias.
—Sebastián, no soy alcohólica. Fue una michelada.
—Fue una michelada que terminó contigo en brazos de un desconocido en un restaurante a las diez de la noche. No discuto los hechos, Emilia. Discuto las reglas.
El recuerdo de esa noche — Patricio colgándole del hombro, la entrada de Sebastián, el silencio gélido del auto — la hizo encogerse. No tenía argumento. No porque él tuviera razón en todo, sino porque la parte de ella que protestaba era más pequeña que la parte que entendía por qué lo hacía.
—Tercera —dijo Sebastián, y su voz bajó medio tono—: cuida tu cuerpo. Come lo que Doña Rosa te prepara. Duerme antes de la una. No te saltes comidas. Si necesitas algo diferente, me dices y lo arreglamos. Pero los Doritos debajo de la cama y las sesiones de tallado hasta las tres de la mañana se terminan hoy.
Emilia lo miró. Quería decir "no eres mi padre." Quería decir "no tienes derecho." Quería decir muchas cosas que eran ciertas y que, sin embargo, no tenían la fuerza suficiente para competir con la realidad de que ese hombre le cocinaba cada noche, le ataba los zapatos cada mañana, y acababa de sentarse en un sillón a las tres de la mañana no para regañarla, sino para cuidarla.
—¿Y si no obedezco? —dijo, y la palabra "obedezco" le salió de la boca antes de que pudiera elegir otra menos cargada. La dejó ahí. No la corrigió.
Sebastián la miró. Los ojos oscuros, fijos, sin parpadear. La luz de la lámpara le acentuaba la línea de la mandíbula y el arco de las cejas. No había amenaza en su expresión — había certeza. La certeza de alguien que ya ha decidido lo que va a pasar y solo está esperando que ella llegue al mismo punto.
—No querrás averiguarlo —dijo.
Un escalofrío. No de miedo. No exactamente. Algo más profundo, más antiguo, que le bajó por la nuca y se instaló en la base de la columna como una corriente eléctrica de bajo voltaje. El tipo de escalofrío que el cuerpo produce cuando reconoce algo antes de que la mente le ponga nombre.
El silencio se estiró. Emilia lo sostuvo hasta que no pudo más.
—Está bien —dijo—. Las tres reglas. Está bien.
Sebastián asintió. Una sola vez, como si cerrara un contrato. Se puso de pie, tomó la bolsa de Doritos y el envase de Coca-Cola y los tiró a la basura. El sonido de la bolsa aplastándose contra el fondo del bote fue el punto final de la conversación.
Luego se detuvo. Se volvió hacia ella. La dureza de su voz se suavizó un grado — no mucho, pero suficiente para que Emilia notara la diferencia.
—No estoy intentando controlarte —dijo—. Estoy intentando cuidarte. Pero necesito que cooperes.
—Ve a dormir —dijo, desde la cocina.
Emilia fue. Se lavó los dientes, se cambió, se metió a la cama. Antes de apagar la luz, sacó el teléfono.
Un mensaje a Daniela: "¿Es normal que tu prometido te ponga reglas?"
La respuesta llegó en cuarenta segundos — Daniela nunca dormía antes de las cuatro.
"Depende. ¿Te excitan o te dan miedo?"
Emilia miró el mensaje. Lo releyó. Le dio vuelta a la pregunta como si fuera una pieza de madera que necesitara examinar desde todos los ángulos antes de decidir por dónde empezar a tallar.
No respondió.
Apagó el teléfono, se tapó hasta la barbilla, y se quedó mirando el techo en la oscuridad. Afuera, la ciudad zumbaba con el ruido blanco de las tres de la mañana. Adentro, el departamento estaba en silencio — el silencio de un hombre que no dormía porque estaba asegurándose de que ella sí lo hiciera.
La respuesta a la pregunta de Daniela era ambas cosas. Emilia lo sabía. Y por eso no contestó.