La Joven Amante del Lycano
Clara solo tenía dieciocho años cuando conoció al hombre que cambiaría su destino.
Sebastián era siete años mayor, atractivo, elegante y dueño de un encanto imposible de ignorar. Todo en él parecía perfecto: su sonrisa, sus atenciones y la forma en que la hacía sentir la única mujer del mundo.
Lo que Clara no sabía era que, desde el primer día, él le ocultaba el secreto más importante de su vida.
Mientras ella se enamora perdidamente, Sebastián observa, calcula y nunca deja nada al azar. Para él, perder a Clara no es una opción. Y cuando descubre cuál es la única cosa capaz de alejarla para siempre, decide adelantarse a su destino... aunque tenga que atarla a él de la forma más irreversible.
Pero Sebastián no es un hombre cualquiera.
Es un lycano.
Y cuando un lycano decide que alguien le pertenece, no acepta un "no" como respuesta.
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Rumbo a Paris
A las ocho en punto, el coche gris se detuvo frente a la casa de Clara.
Ella ya estaba esperando en la acera. Vestido floreado. El cabello suelto. El lobo de plata brillándole en la clavícula. Una sonrisa que no cabía en la cara.
Sebastián bajó.
—Buenos días, princesa.
Clara se lanzó a sus brazos. Lo abrazó con fuerza. Con la fuerza de quien ha esperado. De quien ha contado las horas. De quien ha releído un mensaje de texto cuatro veces antes de dormirse.
Sebastián la sostuvo. Le besó la frente.
—Te extrañé.
—Yo también.
—¿Desayunamos?
—Sí.
Subieron al coche. Sebastián arrancó.
Clara lo miró de reojo.
—¿Cómo fue tu reunión?
Sebastián no apartó la vista de la carretera.
—Larga. Aburrida. Números. Contratos. Ya sabes.
—No sé. Nunca he visto un contrato.
Sebastián sonrió.
—No te pierdes de nada.
Clara rió.
Sebastián le tomó la mano. La puso sobre la palanca de cambios.
Y condujo.
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Desayunaron en una cafetería pequeña. Pan tostado. Café con leche. Un zumo de naranja para Clara.
Sebastián no comió mucho. Un café solo. Una tostada que mordió dos veces.
Clara hablaba. De la cabaña. Del mar. De lo que había dibujado. De cómo había intentado pintar las estrellas reflejadas en el agua pero no le salía.
Sebastián escuchaba.
Asentía.
Preguntaba.
—¿Y qué color usaste para el agua?
—Azul. Pero no quedaba. Era más negro que azul.
—Entonces usa negro. Con un poco de plata encima.
Clara lo miró.
—¿Tú crees?
—Sí. El mar de noche no es azul. Es negro. Y las estrellas son plata.
Clara sonrió.
—Tienes razón.
Sebastián bebió un sorbo de café.
Y entonces, como si se le acabara de ocurrir, dejó la taza en la mesa.
—Clara.
—¿Sí?
—Tengo que viajar este fin de semana. A París.
Clara parpadeó.
—¿A París?
—Sí. Unos asuntos. Pero pensé que… no sé. Quizá quisieras venir conmigo.
Silencio.
Clara dejó la tostada en el plato.
—¿París?
—París.
—¿El París de… de los museos? ¿De la torre? ¿De las calles con…?
Sebastián asintió.
Clara se llevó las manos a la boca.
—No puede ser.
—Sí puede ser.
—Pero… ¿cómo? Yo no tengo… mis padres no…
—Les dices que tienes que ir a la capital. Para la matrícula. Los papeles de la facultad de artes. Trámites.
Clara lo miró.
—¿Y si preguntan?
—¿Preguntar qué?
—No sé. Dónde me quedo. Cuánto tiempo.
—Les dices que te quedas en una residencia estudiantil. Que son tres días. Que necesitas estar allá para firmar los papeles.
Clara mordió el labio.
—Es… es mentir.
Sebastián le tomó la mano.
—Es una mentira pequeña. Para una cosa grande. ¿No quieres ver París?
Clara lo miró.
París.
La palabra se le instaló en el pecho como una piedra caliente. Los museos. Las calles empedradas. La torre Eiffel. Los cuadros que había visto solo en libros del instituto, con las esquinas dobladas y las páginas manchadas de café.
—Sí —dijo.
Sin pensarlo. Sin calcular. Sin preguntar.
—Sí, quiero ir.
Sebastián le apretó la mano.
—Perfecto.
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Clara llegó a su casa a las diez.
Su madre estaba en la cocina.
—Mamá.
—¿Qué tal el desayuno?
—Bien. Escucha. Tengo que ir a la capital este fin de semana.
Su madre se giró.
—¿A la capital? ¿Para qué?
—Para la matrícula. La facultad de artes. Necesito firmar unos papeles. Me dijeron que tengo que estar allá en persona.
—¿Este fin de semana?
—Sí. Son tres días. Me quedo en una residencia estudiantil. Una amiga del instituto tiene una prima que vive ahí.
Su madre la miró.
Frunció el ceño.
—¿Y no puedes ir entre semana?
—No. Solo atienden el sábado. Y el lunes tengo que entregar unos formularios.
Silencio.
Su madre suspiró.
—Está bien. Pero me llamas cada noche.
—Sí, mamá.
—Y me dices dónde estás. Con quién estás.
—Sí.
—Y te cuidas.
—Sí.
Su madre volvió a amasar.
Clara subió a su cuarto.
Cerró la puerta.
Se dejó caer en la cama.
Se tocó el lobo.
*París.*
Cerró los ojos.
Y vio la torre. Los museos. Las calles. A Sebastián caminando a su lado con una mano en su cintura.
Sonrió.
No era una mentira.
Era una mentira pequeña.
Para una cosa enorme.
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El sábado a las siete de la mañana, un jet privado despegó de una pista auxiliar a las afueras de Riverside.
Clara estaba pegada a la ventanilla.
Nunca había volado. Nunca había estado en un avión. Y mucho menos en uno que tenía asientos de cuero, una azafata que le ofrecía champán y un silencio que no existía en ningún vuelo comercial.
—¿Estás bien? —preguntó Sebastián.
—No puedo creer que esté pasando.
Él le apretó la mano.
—Pues acostúmbrate.
Clara rió.
Sebastián miró por la ventanilla opuesta.
La costa se alejaba. Riverside se convertía en un puñado de luces.
Siete horas de vuelo.
Siete horas en las que Clara dormiría, comería, le haría preguntas sobre París y él respondería con la información justa para mantenerla en vilo.
Siete horas de encierro compartido donde ella solo podría mirarlo a él.
Solo a él.
En el bolsillo de Sebastián, el teléfono vibró.
Miró la pantalla.
Un mensaje. Almendra.
*"Ayer fue increíble. ¿Nos vemos esta semana?"*
Sebastián miró el mensaje.
Lo leyó.
No respondió.
Apagó la pantalla.
Guardó el teléfono.
Clara lo miró.
—¿Quién era?
—Bolton. Un asunto de la empresa.
—Ah.
Clara volvió a mirar por la ventanilla.
Sebastián se recostó en el asiento.
Cerró los ojos.
Y pensó en París.
En la habitación del hotel. En el museo. En las calles.
En una semana entera donde Clara no vería a nadie más que a él. No hablaría con nadie más que con él. No tendría otra referencia, otro espejo, otra voz.
Siete días para convertirse en el centro exacto de su mundo.
Siete días para que, cuando volviera a Riverside, todo lo demás le pareciera pequeño. Gris. Insuficiente.
Siete días para que no quisiera alejarse nunca.
Sebastián abrió los ojos.
Clara seguía mirando por la ventanilla. La cara pegada al cristal. Los ojos enormes. La boca entreabierta.
—Mira —dijo ella—. Mira las nubes.
Sebastián miró.
Las nubes se extendían abajo como un océano blanco.
—Bonito —dijo.
Clara le apretó la mano.
Sebastián le devolvió el apretón.
Y el avión siguió volando.
Hacia París.
Hacia la siguiente fase.
Hacia la semana en la que Clara dejaría de ser una chica de Riverside.
Y se convertiría, sin saberlo, en algo que le pertenecía solo a él.
---
En el bolsillo de Sebastián, el teléfono seguía apagado.
El mensaje de Almendra seguía sin respuesta.
En algún lugar de Riverside, una mujer de pelo rojo miraba su teléfono.
Esperando.
Como esperaba Clara.
Como esperaban todas.
Con la fe de quien cree que el lobo va a volver.
Sin saber que el lobo ya está volando hacia otra presa.
Con las alas abiertas.
Y las garras limpias.
Clara lleva 57 capítulos intentando descubrir dónde diablos está, y ahora resulta que está enamorada del licántropo que la secuestró. 😭
Pero le prometo algo: Sebastián todavía no ha mostrado todo lo que esconde. 👀
Y después de este comentario… me parece que usted va a querer matarme cuando lleguemos a los próximos capítulos. 😂🐺
Gracias por leer y por preocuparse tanto por Clara ❤️.